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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Bufandas

sábado 17 de julio de 2021
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Mamá me regaló una bufanda cuando tenía diez años. A mí me gustaban las que llevaban puestas mis compañeras de colegio: de angora y compradas en los grandes almacenes. Durante el invierno, la lluvia solía salpicarme la cara a través del paraguas agujereado de mamita. Ella siempre se ocupaba de abrigarme y: ponete la bufanda que te regalé, dale una vuelta más al cuello, que hace frío y te podés engripar, dijo aquella vez.

Por qué me había regalado esa bufanda, yo la odiaba: tejida a dos agujas en punto santa clara (la maestra de manualidades lo llamaba “punto bobo”), de un irritante azul eléctrico, los flecos eran tan largos que daban la impresión de que en cualquier momento iban a terminar pisados por mis zapatos. Para colmo, mamá no la había tejido sino mi abuela y a mí me daba vergüenza que no pudiera lucirme, que fuera ella y no mamita, la perfecta ama de casa.

La bufanda no se adaptaba al resto de mi ropa, no hacía juego con nada. En cambio, mis compañeras tenían varias de distintos colores y texturas. Santana llevaba los lunes una austera y refinada, de color gris como sus ojos; el resto de los días, intercambiaba. Y las amigas, unas que se estiraban y estiraban y combinaban con cada uno de sus tapados o sacones. Y Giménez llevaba además un pañuelo de seda natural anudado al cuello, parecían artistas de cine, ¡chicas normales! Yo quería parecérmeles, pero era pobre. Me esmeraba en las notas como una manera de que me permitieran jugar en el patio con ellas durante el recreo.

Fue usada por mí hasta de más grande en cada invierno. Y llegó, paciente, hasta estos días.

De buena gana, le hubiera cortado los flecos a mi única bufanda, con ese color estridente… vulgar. Pero me daba no sé qué, y mi bufanda me acompañó puntualmente a todos los cumpleaños de familia, en los actos patrios si hacía frío; no me la quitaba durante los tés de las vecinas y la usaba hasta para dormir en casa. Por la falta de gas, mamá trataba abrigándome de que no me resfriara; un modo de evitar la crema del vaporup y el alcanfor, decía.

Mi rabia no alcanzó para hacer que desapareciera la maldita bufanda como durante esos actos de magia que una vez vi en el cumpleaños de Santana. Aunque hice como que me la olvidaba en el ómnibus la otra mañana… y el chofer me avisó y tuve que resignarme. La pobre bufanda se vio así sometida, durante los veranos siguientes, a infinitos lavados. Fue usada por mí hasta de más grande en cada invierno. Y llegó, paciente, hasta estos días. Ahora, desflecada y con agujeros debido a las polillas, yace en el placar de los recuerdos. Se transformó en una bufanda-fetiche.

 

El tiempo pasó con todas sus estaciones, sin abuela y sin mamita. Cuando una crece, los parientes se van, la ley de la vida… Me gradué de maestra y doy clases en el mismo colegio de siempre. Cuando veo a alguna nena que no se adapta en los recreos, en lugar de llamar a los padres o a la psicopedagoga, enseguida le hablo. Y si no le gusta su echarpe, se lo cambio yo misma por otro.

Durante estos inviernos, las noches cerradas acumulan escarcha y, de vez en cuando, se va acumulando la misma agua nieve que cuando era chica, excepto que ahora estalla porque se suceden cada vez más los días poco asoleados, uno tras otro.

Cada tanto Mario viene a visitarme, charlamos de nuestras cosas, entre mates y algún asado. La amistad va en ascenso y acaso esta soledad compartida de a ratos se deba a que nos aguantamos la rutina sin chistar: nada nos falta ni sobra. Será la latitud, vivimos en el fin del mundo, vaya a saberse.

 

Acostumbrados al invierno, a la lluvia y a cierto desgano, la otra noche (cuál fue mi sorpresa) nuestros cuerpos terminaron como un violín que ejecuta una melodía extraña. Siempre intuí que las caricias profundas de Mario no alcanzarían a vencer la gélida estampa del cielo. El cielo del sur que anuncia la sempiterna partida de un tibio sol en estos parajes. Claro que había encendido la estufa, temperaturas bajo cero anunciaron en la radio. De adulta, tuve sexo con algunos hombres, poco amor: experiencia suficiente para acertar con Mario. En efecto, el intento amoroso se nos empobreció un poco. Estaba a la vista que no cuajamos en los asuntos del sexo… Hay personas que se mueren desconociendo la pasión, y mi amigo iba a ser una de estas. Mi decepción fue importante, no dije ni mu. Y dos cuerpos plurales dejaron de ser uno (si es que esto de ser “uno” había sucedido durante el encuentro). Pero, por pudor, supongo, nos besamos temerosos en la mejilla. Se hizo un silencio de incomodidad. Algo se había quebrado, evidente. Atiné a servirle un café, intercambiamos algunas palabras, y se marchó, debía atender una emergencia, vaya a saberse.

Fui corriendo a buscarla dentro del placar, quizás para recuperar momentos de cuidado amoroso por parte de dos mujeres que significaban mi origen.

En el apuro, se dejó olvidada su bufanda. Mario y yo habíamos traspasado, quizá por el frío y por un incontrolado impulso, los bordes de una larga amistad. Y la bufanda de él yacía de momento en el sillón: flecos poco abundantes, confeccionada a máquina. Un echarpe a la moda y punto, ni siquiera lo llamé para avisarle. Adónde habrían ido a parar los significantes…

En cambio, recordé la bufanda de mi infancia. Y fui corriendo a buscarla dentro del placar, quizás para recuperar momentos de cuidado amoroso por parte de dos mujeres que significaban mi origen. Olí desaforada el entramado, toqué el tejido artesanal del “punto bobo” con el que la abuela me había tejido la bufanda, de seguro con dedicación y orgullo.

Y advertí, amargamente, que yo había estado compitiendo con mis compañeras del colegio en busca de una felicidad inalcanzable, sin disfrutar de aquellos singulares instantes con la bufanda de mi infancia. Esos rituales, sin embargo, no se habían desvanecido del todo entre nubes durante la espesa madurez de mi existencia. El tiempo, más sabio que yo, me devolvía aquellas voces de mamá y abuela, susurros ahora robados a la vida gracias a una casera y ancestral bufanda.

Paula Winkler
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