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No más lágrimas

martes 27 de julio de 2021
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En lo más profundo de tu corazón sigues enamorada de él.
Supongo que, en una mujer, hasta el odio es una forma del amor
Yasunari Kawabata, Lo bello y lo triste

A veces ella habría querido olvidar el rumor de las olas y la brisa de la tarde lejana en la que Fernando, quien aún portaba una sonrisa honesta, le pidió que se casara con él. Habían pasado ocho años desde aquel viaje a Cartagena, el único que hicieron juntos; también el único recuerdo que ella, después de tantas derrotas, podía considerar hermoso. Ahora, al servir las dos tazas de café, uno de los pocos pretextos que quedaban para hablarse, sabía ya que jamás podría olvidar nada, y que la memoria le pesaría como una culpa cuando se decidiera por fin a acabar con el mundo entero.

Todavía joven, con veintinueve años que prometían pesarle como cincuenta, esperó, mirando por la ventana con el café en el regazo, las palabras de siempre, a medio camino entre la disculpa y la indiferencia.

—Llegaré tarde, Verónica —dijo Fernando, hojeando el periódico—. No me esperes despierta.

La comedia tomaba su curso y ella se haría a un lado contemplando la calle desde la ventana de su cuarto piso.

Y ella, armada todavía por la sombra de una dignidad que se negaba a morir del todo, respondió sin mirarlo, siempre sin mirarlo, de cara al viento de la tarde:

—Es domingo. Hoy no tienes que trabajar.

Fernando guardó silencio y pasó las páginas del periódico como si quisiera arrancarlas, atacado por una rabia que él sabía injusta.

—Raúl me pidió que fuera hoy —respondió acercándose la taza a los labios—. Ya sabes cómo es de complicado.

La representación había terminado. La comedia tomaba su curso y ella se haría a un lado contemplando la calle desde la ventana de su cuarto piso, escuchando la música alegre que sonaba a todas horas en cualquier radio, en cualquier parte de Cali, como una rebelión inútil contra la desdicha. Recordó, aunque no quiso, aunque le doliera en el vientre, las noches remotas en las que él la invitaba a bailar.

—¿Vas a comer antes de irte? —preguntó, dispuesta a fingir un poco más.

Como todas las noches de mentiras, él calló un instante antes de enrollar el periódico y ponerse de pie.

—Gracias, pero no tengo hambre ahora. Tal vez coma algo con Raúl.

Verónica no dijo nada más. El cielo oscurecía poblándose de tonos rojos y azules, tan parecidos a los del mar de hacía ocho años. Suspiró con la mirada sobre las calles, ahuyentando el recuerdo, buscando cobijo en el viento que no podría impedir el aroma que sólo podría ser una amenaza: la loción amaderada que el hombre nunca se ponía cuando salía con ella.

Lloró en silencio sin que ningún gemido la delatara mientras él se abotonaba la camisa, mientras la brisa cargada de polvo y hojas le secaba las lágrimas antes de llegar a las mejillas.

—¿Qué es lo que tanto miras? —preguntó él—. No abras tanto la ventana. La sala se nos va a llenar de hojas.

—No miro nada —respondió Verónica—. Nunca hay nada que mirar.

Fernando asintió con los puños apretados, de nuevo, con la culpa que sólo sabía ser furia.

—Llegaré en la madrugada.

No hubo despedida. El adiós de otro tiempo, pronunciado con la tontería de la ilusión y la ternura, se había hecho inútil, también ridículo. Ella lo vio subirse al carro y desaparecer calle arriba.

Acosada por la soledad de siempre, ahora recrudecida por la quietud del domingo, se rindió, como venía rindiéndose desde hacía meses, a la tentación del escándalo, o bien, de la libertad. Fue hasta el cuarto y abrió el cajón del nochero de su esposo. Bajo peines, tarjetas de negocios y fotos amarilleadas, encontró el revólver, plateado y todavía elegante pese a los años de olvido. Fernando lo consiguió después del robo a la bodega y de las primeras amenazas.

“Será mejor que lo tengas tú”, le dijo entonces, “no me gusta que te quedes sola, sin nada”.

Le enseñó a dispararlo, y ella recordaría que las manos de su esposo en las suyas se habían hecho duras, como si la tristeza lo hubiese alcanzado primero. Las amenazas continuaron y hablaron de irse de Cali, tal vez a Bogotá, o más lejos, al Brasil. Al final, quizá porque Raúl supo qué hilos mover, no hubo necesidad de abandonar el pequeño apartamento en Alameda, tampoco de usar el revólver destinado a la oscuridad de un cajón.

Igual que en otras tardes Verónica puso el arma sobre las rodillas y acarició el cañón. Después, puso una bala en el tambor y tomó aire, segura entonces, segura como otras veces, de que ahora sí tendría el valor. Se puso el cañón en la barbilla y deslizó el dedo hacia el gatillo. Esperó con la misma resignación, mas admitió que nada pasaría, no ahora, no mientras la determinación no llegase, no mientras cargara con una vida en el vientre, con la promesa sin rostro, y aún sin nombre, en la que prefería no pensar. Movida, no por la tristeza, sino por una venganza imprecisa, apuntó hacia la pared blanca iluminada por una bombilla tenue, imaginando en las sombras que allí estaba el cuerpo de su esposo, y que sólo bastaría borrarlo. Pero bajó el arma. Aún entonces la idea le parecía horrorosa, como la rendición absoluta a la sordidez que venía persiguiéndola. Pensó en Cartagena, en las murallas, las olas y el viento. Volvía a recordar, volvía a acobardarse.

Al guardar el arma se imaginó tendida de espaldas sobre la cama empapada en sangre. Fernando la vería y se abrazaría a sus piernas frías, suplicando un perdón que ella ya no podría darle. “Sería libre”, se dijo con las manos trémulas, “las horas dejarían de pesarme”. Volvió a la sala y la encontró llena de hojas secas y flores rosadas como advirtió el esposo. “Debe ser el guayacán. Este es su tiempo”, pensó. Se sirvió un café ante la última luz de la tarde, ante la brisa que había derribado el lienzo y los pinceles que no volvió a tomar, ante el viento que parecía querer derrumbarlo todo.

Llevaban siete meses de conocerse cuando él le pidió que se casaran. Para entonces el taller de repuestos marchaba bien, al igual que el primer embarazo.

—Vamos, túmbalo todo —dijo en voz alta—. Haz lo que no he sido capaz de hacer.

Tomó el primer sorbo y supo que no olvidaba la imagen del esposo dibujada en la pared, después lo vio sentado en el comedor, o en la cama, leyendo libros de negocios que nunca terminaba. Imaginó el revólver apuntándole, su cara resignada, o quizá, atravesada por el pánico, ensayando una pregunta que no llegaría a verbalizar al ser silenciado por el disparo que tendría que borrarlo todo. “Pero no borrará nada”, admitió ella cuando se hizo de noche. Volvió a decirse que era horroroso, pero no pudo negar que resultaba tentador.

—Matar o morir —pronunció con sarcasmo—. A esto he llegado.

Trató de defenderse, de decir que la memoria que la acobardaba no era un capricho, tampoco una justificación hacia el hombre que la había abandonado, sino el vestigio de una felicidad que a lo mejor no tendría que haber sido tan frágil. Llevaban siete meses de conocerse cuando él le pidió que se casaran. Para entonces el taller de repuestos marchaba bien, al igual que el primer embarazo. Verónica creyó cada una de sus promesas, y ella juró otro tanto. Luego ocurrió lo del aborto y el taller quebró. Fue por esos días que Fernando se asoció con Raúl, un hampón de mierda, como ella le dijo desde el principio. El desasosiego descendió sobre ambos como el polvo inacabable que no paraba de percudir la mesa y los muebles que de pronto se veían viejos, vulgares. Fue por esos días también que empezaron las peleas, los golpes y las mujeres.

“Así es la vida”, se dijo entonces al hacer las maletas, aun si sabía que no se iría y que la tragedia de la esperanza no dejaría de ahorcarla, “es una puta mierda”.

Él la miró con el cigarrillo en la boca, con la herida sangrante del tenedor en el hombro. Los ojos bajos, teñidos de sombra, lo hacían aún más temible pues, como bien sabía Verónica, sólo bastaría una voz, que no tendría que ser tierna, para desarmarla.

—No te vayas —le dijo abrazándola por el vientre jaspeado de aruñones y cardenales—. Podemos arreglarlo.

Eran muy jóvenes todavía para saber que era mentira. Ella se volteó por primera vez, indefensa, como lo seguiría estando por años, hacia el rostro que volvía a ser el que conoció, luego irían a purificar la sordidez entre las sábanas, a intentar lo único que parecía posible, a matarse con el abrazo del placer. No tardarían en saber que la vida seguiría su marcha implacable pese a todo ruego, y Verónica, sudada y rendida, empezaría a buscar una muerte real, una que la liberase del horror y del suplicio de la nostalgia.

Levantó el caballete, acomodó el lienzo y los pinceles, luego encendió la radio y terminó el café.

—Matar o morir —repitió ante las primeras mareas del sueño.

 

Despertó con el ruido de la puerta. Una loción, ajena y dulzona, invadió la sala.

—Maldita sea, Verónica —dijo Fernando al encender la luz—. Te dije que cerraras la ventana.

No respondió. Para entonces, cerca de las cuatro que marcaba el reloj, no tenía fuerza para preguntar ni para que le mintieran con tartamudeos que ambos adivinaban ridículos. Apenas movió la cabeza y fingió dormir con los ojos fijos en el espejo, en el reflejo de la lámpara de noche mientras el hombre se quitaba la ropa impregnada de otro cuerpo. “Hueles a puta”, habría querido decirle, mas sólo se quedó mirando hasta que todo quedó a oscuras. Pensó que debería resultarle fácil; sólo haría falta abrir el cajón del nochero y terminar con todo mientras él dormía, pero, con las manos apretadas como si rezara, respiró el aire salobre que había temido, y supo que la antigua promesa la inmovilizaría aún, acosándola en silencio hasta que el sueño la rindiera cerca del alba.

Despertó a las once de la mañana. Fernando ya se había ido hacía un par de horas. Miró los platos remojados junto a dos cáscaras de huevo y migajas de tostadas. Lavó y pensó en el hombre que no quiso despertarla, en las ojeras del desvelo que ambos llevarían todo el día como una marca de deslealtad. Tomó la escoba y barrió las flores y las hojas, sintiendo que la casa se sentía aún más muerta sin el rosado y el verdor opaco que el viento les regalaba todas las tardes.

Antes de salir al mercado fue golpeada por lo único más pavoroso que el embate de la nostalgia. Empezó como aquella vez, como un dolor leve, un ardor mínimo en el vientre que no tardaba en desaparecer. Recordó las manos de Fernando en las suyas, también su voz, que todavía entonces sabía calmarla: “No te preocupes. El médico dice que no es nada”. Un mes después el ardor fue insoportable y el niño se hizo sangre en la ducha, sin llanto ni ruido alguno.

Verónica sacudió la cabeza, preparó el té de canela que siempre consideró inútil, y salió a la calle.

El viento le hablaba del pasado y comprendió lo lejos que se encontraba de lo que alguna vez fue.

La música que sonaba en los negocios, siempre movida, aunque hablara de pesares, la hizo sentirse, aunque lo supiera fingido, con derecho a la alegría que toda la calle parecía exhibir. Contempló las aceras y los guayacanes florecidos. “Es la temporada”, se dijo al caminar por las calles atestadas, “parece que el destino de estas flores es morir para ser bellas”. El sosiego todavía le duró un poco más al comprar la carne, los lulos y los tomates; después, luego de comprar el café, retornó el ardor, fuerte y lancinante, como ella lo recordaba, como ella lo temía. Ignoró todas las voces y manos que se le acercaron cuando la vieron apoyarse en el tronco de un árbol. “¿Niña, se encuentra bien?”. Doblada, a punto de caer, Verónica comprendió que las calles y el sol ya no podrían ofrecerle ningún espejismo de libertad. Cali ya no era su hogar, como tampoco lo sería ninguna ciudad del mundo. “Tendré que decírselo a Fernando”, resolvió al avanzar, pálida y exhausta, entre los rostros de los que acababa de exiliarse.

Después de esperar hasta las tres de la tarde sonó el teléfono y la voz cansada le dijo con la rabia que ella interpretaba como miedo: “Lo siento, no puedo llegar para el almuerzo. No, no me guardes nada. Comeré algo con Raúl”.

Verónica contempló su plato y comió lo que pudo. Miró el plato del esposo, suspiró y lo tiró a la basura con la ira declarada de otro tiempo. El café frío no le supo tan mal después de abrir la ventana hacia la tarde larga, infinita, a la que tendría que enfrentarse en la soledad que aún podía aguantar un poco más mientras el hijo nacía o, como temía ella, terminaba de morir. El viento le hablaba del pasado y comprendió lo lejos que se encontraba de lo que alguna vez fue. Trató de recordar la última vez que Fernando la llevó a bailar; no pudo precisar la fecha, pero la suponía hasta un poco después de Cartagena, cuando Fernando era todavía un esposo, antes del aborto, por supuesto, y antes de conocer a Raúl.

“¿Qué tienes contra Raúl?”, reclamó Fernando hacía un par de años, “gracias a él tenemos para vivir”.

“Es un matón”, respondió ella, “se le nota a la legua”.

“Estás molesta porque ya no estoy aquí todo tiempo”. Fernando se dio la vuelta en la cama. “Además, le echas la culpa de lo que pasó”.

Verónica apagó la luz, simulando el orgullo herido que tan bien le venía en algunos momentos de oscuridad.

“Qué tonterías dices”, respondió desde la tiniebla de su lado de la cama. “Estar contigo y estar sola es lo mismo”.

Pero sabían que el otro decía la verdad, que los reclamos llenos de sorna custodiaban lo que ninguno quería reconocer, y aunque Raúl, el hombre sombrío que ella apenas había visto un par de veces en compañía de una muchacha que decía ser su hija, no tuviera la culpa del aborto, ella decidiría odiarlo como si él hubiera matado al niño en el vientre para luego, con promesas de riqueza y placer, arrebatarle al esposo, la imagen del hombre que ella creyó amar alguna vez en tiempos inocentes. “También tengo derecho a ser brutal”, se dijo esa misma noche al descubrirse deseándole la muerte al jefe de Fernando.

El hombre llegó al final de la tarde, acompañado por el viento insuperable de las seis. Ella dormía con una revista de arte en el regazo.

—Otra vez esta maldita ventana abierta.

Verónica despertó frente a las hojas salpicadas de flores, desperdigadas por toda la sala, como si quisieran hacer de ella un jardín.

—Llamaré a alguien para que corte esos guayacanes —dijo desanudándose la corbata—. Sólo hacen basura.

Ella miró por la ventana. La calle, tapizada de flores rosadas, la sosegó, como si por un instante de viento volviera a creerse feliz.

—Esta es la época en la que caen estas flores —dijo Verónica hablándole a la nada—. Es una bonita muerte, ¿no te parece?

Fernando se desabotonó la camisa y puso a calentar el agua del café.

—¿Qué cosas dices? —preguntó sin mirarla.

La mujer tomó una flor atrapada en el alféizar de la ventana y la olió.

—Fernando —dijo sin apartar la vista de los pétalos, midiendo las palabras que tendría que pronunciar—. Hoy me volvió a doler el vientre, como hace tiempo. ¿Recuerdas? Como hace años, cuando lo de Pablo.

Ahora, ambos yacieron inmóviles en el comedor, envueltos en polvo y sosteniendo la bebida oscura que ninguno se atrevía a probar.

El hombre escondió las manos en los bolsillos y se quedó quieto, aguardando a que el café hirviera, a que cualquier sonido acallara el viento que parecía querer revolcarlo todo. Quiso acercarse a la ventana y cerrarla, pero se encontró sin fuerzas, amarrado por el recuerdo y el olor viejo y suave de las hojas muertas. Se pasó la mano por el cabello alborotado y dijo, esforzándose en mantener la voz firme:

—Debe ser la gastritis. Te he dicho que comas bien.

No dijeron nada más mientras el aroma del café llenaba la sala sin que la brisa, cada vez más impetuosa, se llevara el olor que poco a poco dejaba de sosegarlos. “Adoro el viento de Cali”, le dijo él hacía tiempo en las tardes de promesas, “parece que cuando sopla sólo te pueden pasar cosas buenas”. Entonces le dio un beso y bebieron el café de las cinco. Ahora, ambos yacieron inmóviles en el comedor, envueltos en polvo y sosteniendo la bebida oscura que ninguno se atrevía a probar.

—Tengo que irme —Fernando dejó la taza humeante a un lado y se levantó—. Voy a ayudar a Raúl con un presupuesto.

Verónica sonrió y sopló el café para darle un primer y último sorbo.

—Las mentiras ya no te lucen —dijo mirando su reflejo en la taza—. También el tiempo ha pasado para ti.

Fernando puso las manos sobre la mesa, como si él también empezase a sufrir el mareo.

—¿De qué hablas?

Ella lo miró, todavía con la sonrisa cansada y atravesada por las primeras lágrimas.

—Tú lo matas todo —se puso de pie y derramó la bebida, luego se tocó el vientre—. Por lo menos no me mates esto.

Él no supo qué decir mientras Verónica, la esposa joven y ya vencida, lloraba en silencio, sin que la indignidad del gemido la hiciera temblar. Vio las lágrimas descenderle sobre las mejillas, el cuello y el pecho; oscurecidas e iluminadas por la llegada del atardecer y la hojarasca. Fernando cerró la ventana y sintió el golpe de la culpa, una que no podría paliar ni siquiera con el descaro de la rabia. Tomó el teléfono y marcó lentamente en la rueda, ocultando el auricular con el hombro, hablando en susurros, esperanzado, tal vez, en que el viento le escondería la voz. “Hola, soy yo. No puedo ir, tal vez mañana. No, no puedo decírtelo. Hoy no, ya te lo dije. No, no me llames, nunca me llames. No te pongas así. Muy bien, entonces, como quieras”.

Fernando colgó y miró a su esposa, brillante de sudor y llanto, todavía inmóvil y callada, como las estatuas de los museos que solían visitar.

—Perdón —dijo él, con la única sinceridad que se había permitido en los últimos tiempos.

Verónica se tocó el vientre una vez más, con la misma respiración agitada del mediodía.

—Me arde —declaró sin que la voz se le quebrara.

Se desplomó de espaldas sobre el bifé, rompiendo cristales y cerámicas de otros años, los platos para los amigos que no volvieron a recibir. Pero Verónica no lo supo, tan sólo sintió un golpe y los gritos del esposo que le tomaba la mano y le acariciaba el rostro.

No sabría más hasta después de volver a casa, casi al amanecer, mas recordaría las luces de la calle y el ruido del motor mientras él manejaba. “Es como esa vez”, se dijo en medio del marasmo que le llenaba las manos y las entrañas del frío tan temido. Recordaría, al regresar al dormitorio, con una taza de té en el regazo, el deseo final de querer ser devorada por el vértigo, el deseo, una vez más, de sentir el tacto del revólver. Pensaría, al tomar el primer sorbo, en las luces blancas, heladas del hospital, y en las manos del esposo que llamaban al rencor y al odio quieto que se había instalado entre ambos.

—Ya lo ves —dijo Fernando, ayudándola a desvestirse—. No era nada. Sólo eran los nervios. A lo mejor deberías volver a pintar, creo que te haría bien.

Le quitó la taza de las manos y la puso en el nochero.

—Descansa —dijo él, buscando en la memoria los rastros de la voz que sabía ser tierna—. Mañana me quedaré contigo todo el día.

El vientre volvió a dolerle, pero no dijo nada al fingir la inocencia perdida, como si aparentándola pudiera recuperarla.

Verónica miró a Fernando, deslizando la mirada sobre los contornos que alguna vez amó acariciar. ¿Hacía cuánto que lo odiaba? ¿De qué tamaño era el odio? Bastaría entonces con herirlo, renunciar a la ilusión terca y dolorosa que la memoria y la juventud seguían erigiendo, quizás la añoranza, no del hombre, sino del pasado que nunca fue porvenir. Sin embargo, cuando él entrelazó sus manos con las suyas para esgrimir las promesas predecibles y, pese a todo, deseadas, Verónica supo que no era sólo el odio, o la frágil certeza del mismo, lo que la inclinaba a la rabia.

—Creo que la tristeza mata, Fernando.

Tal vez él no entendió, no de inmediato, pero invocó lo que creía que su esposa deseaba volver a sentir: las murallas y el mar, la promesa de los viajes a Europa, el taller inmenso y poblado de ventanales donde ella pintaría por horas mientras él oficiaba como gerente de alguna gran compañía, para después encontrarse en la noche y sostener los idilios jurados. Convocó las noches de baile y risas en la ciudad que ahora los desconocía, prometiendo, como antes, volver a ellas, quedarse, habitar en los tiempos felices.

—No volverás a estar triste —dijo él, abrazándola—. Lo prometo.

Verónica, herida aún por el embate del ardor, volvió a llorar, de nuevo sin gemidos, sin temblar, sobre el hombro, sobre la piel que ya sabía perdida sin importar promesa alguna. El vientre volvió a dolerle, pero no dijo nada al fingir la inocencia perdida, como si aparentándola pudiera recuperarla.

—Vamos, no más lágrimas —dijo él con la sonrisa que ella recordaba.

Cumplieron una última promesa del cuerpo ese mismo amanecer con la agonía feraz y dichosa de las primeras veces. Al despertar conversaron como antes, con las tazas de café y las tostadas entre ambos, permitiéndose alguna risa ligera que borrase lentamente el sinsabor de los días pasados. Salieron a pasear de la mano por los barrios tantas veces andados, en busca de lo perdido entre las aceras, los griles, cafeterías, casas y árboles vestidos de brisas y soles. Fue un día largo, repetido en algunos más, que habría podido engañarlos de no ser por el recuerdo, cada vez más pesado, de derrotas viejas que nunca terminaban de lamentarse. Aun así, rieron, tomaron café con leche en la tarde y en la noche fueron a bailar, descubriendo que lo perdido había ya pasado, y que no quedaba más salida que conformarse con el retorno perpetuo hacia sus ruinas.

Se fueron caminando a casa cuando amaneció. Fernando señaló un guayacán custodiado por las flores caídas, luego sonrió y dijo:

—Tienes razón. Es una bonita muerte.

Todavía la promesa se sostuvo por un tiempo más. El vientre de Verónica ya exhibía la primera curva, discreta, apenas visible para ojos ajenos. Ambos sabían que por el mismo tiempo habían perdido a Pablo, mas ninguno dijo nada, como si el silencio pudiera conjurar el ardor y el desosiego que no dejaba de acecharlos. Sin embargo, por un par de meses la cotidianidad se hizo más soportable, llena de los viejos detalles de los días en los que no había fracasos. Él empezó a llegar temprano a casa, y el nombre de Raúl empezó a mencionarse cada vez menos. El esposo no volvió a irse los domingos por la tarde, y solía estar en casa para la hora del almuerzo. Para entonces, aun si sabía que no duraría, que no podría durar porque a lo que ha muerto solo le resta terminar de caerse, volvió a tomar el pincel con una ambición similar a la de sus años de estudiante. Pintó un primer autorretrato y lo comparó con las fotografías de la graduación, no le dolió tanto, no como esperaba, el no reconocerse entre los trazos. “Supongo que soy otra”, dijo en voz alta, antes de tirar el lienzo y olvidarlo.

Todo terminó cuando sonó el teléfono en una mañana de sábado. Verónica acababa de sombrear las flores posadas en el alféizar y puso el pincel a un lado. El esposo estaba afuera, comprando vino para celebrar la nueva vida que, a pesar de todo, parecían haber construido. Cerró los ojos y rogó que no volviera a timbrar, pero lo hizo, y supo que no podría resistirse. Una voz de mujer, temblorosa y cimbrada por un llanto feliz, dijo: “¿Fernando? Acabo de salir del doctor. Será una niña”. Verónica miró hacia su pintura, hacia la mañana soleada, y empezó a hablar, sosteniéndose como pudo del bifé, de la mesa, del mundo.

“No más lágrimas”, se dijo al pintar la ventana invadida de hojas y flores que nadie volvería a barrer, al tiempo que se limpiaba la gota de mar que le corría por la mejilla.

Terminó de pintar lo que pudo antes de que las manos se negaran a asir el pincel. Buscó auxilio en la memoria, pero supo que las murallas se habían hecho polvo, y que el viento salobre sólo traería humores de cuerpos muertos, igual que si el mar entero se hubiera podrido. Al final, creyó que le quedaría aún una dignidad, una última ferocidad que, cuando volviese a ser libre, tomaría como una retribución inútil, igual al ardor que le atenazaba las entrañas y la hacía gemir al desnudarse para entrar en la ducha. Al abrir el grifo se dijo que también le quedaba la satisfacción triste de no haber creído, de haber odiado. Así quiso afirmarlo cuando el marasmo se hizo sangre sobre sus muslos, descendiendo pavoroso hacia los pies.

 

Cansada y libre, caminó hacia el descenso, aquel que había planeado en los detalles elementales, aquel que sólo podría tener un solo desenlace.

La brisa de las seis cubrió la sala con las hojas de siempre, pero ya no había flores. Fernando fumaba en el dormitorio mientras ella, pálida y empapada en sudor, lo miraba desde los ojos hundidos que no hablaban de venganzas, sino de una piedad erigida como recuerdo. Pensaba, al mirar al hombre de rostro triste, en sus gritos, en el llanto que ella sabía sincero, también, en las amenazas cuando ella se negó a ir al hospital, diciendo, con la voz débil y sosegada de la resignación, que todo había muerto, hasta ella.

—Ya no hay flores —dijo él, cuando el silencio se le hizo insoportable.

—Ya pasó su tiempo.

Se pasó las manos por la cara, limpiándose el sudor, dándose cuenta de que todavía olían a pintura. “Nuestro tiempo también pasó, hace mucho”, se dijo contemplando los rastros del rosado, el azul, el verde y el marrón, burlándose, tal vez con ternura, de su viejo anhelo de ser pintora. Pues ahora lo sabía: su juventud había caído asesinada, no la juventud de la carne, sino la de la voluntad de vivir, la que alguna vez, quizá no hacía tanto, le llenaba las venas. Podría culpar al hombre, al mentiroso, al traidor que, no obstante, afirmó quererla. Cansada y libre, caminó hacia el descenso, aquel que había planeado en los detalles elementales, aquel que sólo podría tener un solo desenlace.

—¿Hace cuánto mataron a Raúl?

Fernando alzó el rostro y empezó a negar.

—Las mentiras ya no te lucen —continuó ella—, y lo sabes.

Él se acercó al cigarrillo a los labios y dio una calada lenta.

—Hace tiempo —contestó con los ojos cerrados—. Eso no importa.

Verónica sonrió irguiéndose de la almohada, descubriendo la desnudez recorrida por líneas de sudor.

—Supongo que fue el tiempo necesario para embarazar a su hija, ¿no es así?

Fernando aplastó el cigarrillo y buscó otro, sintiendo la emboscada de la ira injusta, la ira del traidor.

—Maldita sea. ¿Qué querías que hiciera? —dijo tomando el encendedor—. Se sentía sola. Son cosas que pasan.

Ambos callaron mientras los ruidos de la calle se apagaban lentamente, mientras él fumaba, sintiéndose ridículo al contemplar la ceniza. Verónica se recorrió los pechos, los brazos y el vientre. “Soy joven”, se dijo, “soy bonita, pero nunca nadie podría quererme otra vez”. Pensó con el sarcasmo rendido que parecía bendecirla con la libertad que ella creyó imposible. Se sintió bella al verse la piel bañada por la luz de la lámpara, igual a los desnudos renacentistas que solía estudiar en la academia.

—Qué tristeza tan terrible —dijo él.

—La tristeza mata —replicó Verónica, tocándose el vientre.

Se dedicaron una sonrisa pesada mientras el teléfono volvía a sonar, una vez, dos, tres y hasta cinco veces. Pero ya no dolió, por una vez, ya no dolía, creía que ya nada podría dolerle.

—Me haré cargo de ambas —dijo Fernando, ensayando la furia y la entereza que tampoco podría ya engañarlo a él—. Te lo prometo. Raúl me dejó un dinero, ¿sabes?

Ella volvió a recorrerse el cuerpo, buscando ahora la lozanía de las flores caídas que había pintado, la misma que también debería ser arrancada por el viento que llegaba hasta la habitación, un viento capaz, lo sabía bien, de derribarlo todo.

—¿Por qué te casaste conmigo?

Fernando miró el cuerpo que tenía al frente, como si la desnudez blanca, la luz que se le derramaba en los hombros, tuviese la respuesta.

—No lo sé —respondió—. Supongo que por esos días todavía te quería.

Ella habría querido recurrir al artificio del recuerdo, de alguna imagen que lograse antojarse bella.

Verónica detuvo las manos en el corazón, y preguntó sin quitarse la mirada del pecho.

—¿Qué pasó luego?

El hombre se encogió de hombros.

—Todo se acaba, Verónica.

Ella habría querido recurrir al artificio del recuerdo, de alguna imagen que lograse antojarse bella. Creyó encontrarla, simple y fértil, en medio de la sordidez y el silencio. Comprendió, como lo había intuido antes, que no podría escapar de ella, pues era más fuerte que el odio y que cualquiera de sus posibles furias, era la nostalgia, la tristeza que hacía todas las horas insoportables, la que la acusaba de haber fracasado.

Verónica deslizó la mano debajo de su almohada y tomó el revólver, apuntando tal y como él le enseñó. Alcanzó a escuchar una súplica, un perdón que casi la hizo sentir pena por el hombre miserable que tendría que ser aniquilado junto a todo lo demás. Imaginó el disparo, el grito, el perdón que ella, al final, tendría que darle. Al sentir el cañón en el mentón creyó escuchar la brisa, aquella que no borró el disparo, ni su única y última impresión al abandonar la vida: ella de espaldas como una flor arrebatada por el viento, y él, cubriéndola de llanto y abrazado a sus rodillas.

Juan Fernando Aguilar Cárdenas
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