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Asencio y su aventura

sábado 25 de septiembre de 2021
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I

Cuando Asencio creció, jamás pensó alcanzar tal tamaño. Se sentía inmenso, fuerte, agresivo, y miraba sobre el hombro a los fantasmas que lo rodeaban y salían de la cueva a borbotones como si algo estuviera explotando ahí dentro.

Sin embargo el olor no era desagradable. Es más, parecía un alimento sustancioso porque mientras más lo inhalaba, más crecía. Pero cierto desasosiego le impedía entrar con toda naturalidad y sentía como si necesitara de alguna protección.

Por eso cuando lo invitaron se metió dentro del traje que había comprado y se introdujo con gran ímpetu a la cueva de los fantasmas. El cuerpo de Asencio alcanzó una envergadura impresionante. Tocó lo que tenía que tocar, olió lo que debía oler y de pronto se sintió satisfecho pero preocupado. ¡Ya no cabía dentro de su traje!

Sintió un ahogo fulminante, como si quisiera devolver todo lo que llevaba dentro, y comenzó a escupir de sus entrañas pero sin náuseas, con una satisfacción enorme, hasta que de pronto y sin quererlo se redujo de tal manera su cuerpo, que el traje a la medida con que entró a la cueva perdió su solidez y talle. ¡Se había aflojado!

 

Lo acariciaban con toda la ternura buscando prolongar su lozanía.

II

Cuando el morrocotudo murió, los fantasmas hicieron fiesta. Pasaban frente a él, mohínos, haciendo alarde de olores y corroborando la pérdida irreparable del portento.

Que vistámoslo de nuevo, saquémoslo de su marasmo, eran las expresiones que se oían. Pero el morrocotudo permanecía inerte, laxo, muerto en vida después de su aventura.

¡Metámoslo a la cueva!, dijo una fantasma, que ahí se reanima. ¡Probemos!, dijeron todos, pero hay que vestirlo de nuevo. Y sacaron otro traje del baúl que permanecía como almohada del pobre moribundo.

Ya vestido lo metieron a la cueva y ¡oh portento! Ahí estaba de nuevo con toda su estatura, su garbo y su prestancia haciendo de las suyas.

Hay que evitar que se emocione mucho, dijeron todas ellas, no vaya a ser que se desmaye. Y lo acariciaban con toda la ternura buscando prolongar su lozanía.

Pero de pronto el morrocotudo exhaló su frenesí y sin importar las caricias de que era objeto gritó como un poseso y de su garganta brotaron grandes ruidos cuando, en un explotar de algarabía, volvió a sacar de su cuerpo todo el placer afiebrado que lo corroía.

 

III

Cuando vio la cueva quedó paralizado. La maraña era impresionante. Pero si los fantasmas entraban, él también lo haría. No existía una cueva tan morrocotuda como para vedar la entrada a un morrocotudo de alcurnia. Estiró el cuello. Percibió el elixir de los dioses. Se dijo que en las profundidades de aquella oquedad, estaba el paraíso.

Se abrió paso como pudo, quitando ramas y espinas del camino. Olfateó a más no poder buscando la esencia del lugar. Cuando llegó, le fue imposible quedarse quieto. Los olores le hacían cosquillas aquí y allá, pero no se arredró.

Se introdujo lo más rápido que pudo y se llenó de los placeres escondidos hasta atragantarse, y raudo se retiró para volver después a entrar y así sucesivamente hasta quedar harto satisfecho descansando laxo en la oscuridad.

 

Aquí no ves la luz del sol, dijo el fantasma, pero ves la luz de la felicidad.

IV

Ven a mí, dijo el fantasma, y él entró. Quedó extasiado con el olor a mar sin la impertinencia de las olas.

Ya estoy aquí, dijo sin abrir la boca, mas con gestos de euforia y felicidad.

Quédate a vivir conmigo, dijo el fantasma, apretándole la cabeza en un gesto maternal.

Pero debo salir con frecuencia, dijo el morrocotudo, para ver la luz del sol.

Aquí no ves la luz del sol, dijo el fantasma, pero ves la luz de la felicidad. ¿Es que no la percibes?

No la veo pero la siento, dijo el morrocotudo, y se saboreó extasiado.

Cuando se dio cuenta, estaba navegando en el elixir de la vida.

Antonio Cerezo Sisniega
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