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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

El ocaso del león

sábado 23 de octubre de 2021
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El compañero Eulogio

Cuando entré, estaba durmiendo. La silla reclinada, la cabeza recostada en la pared, los brazos cruzados. Tomé del escritorio tres libros gruesos, los levanté a la altura de mi cabeza, y los dejé caer. El ruido fue grande, pero él no se movió.

Volví a repetir el proceso. La única diferencia fue que lancé los libros con fuerza. El estruendo sólo lo hizo levantar levemente un párpado, mínima señal de que estaba volviendo a la vida.

—¡Qué sueño más pesado! —le espeté—. ¿Te desvelaste anoche?

Tal parecía que hablaba con la pared. El hombre seguía durmiendo.

De momento no supe qué hacer: si salir de la oficina, sentarme a esperar un rato, o zangolotearlo. Me parecía inconcebible que con tal relajo no despertara. Le hablé de nuevo:

—Vos… Eulogio… ¡Oíme! ¿Estás enfermo? ¿Qué te pasa?

De no haber sido por aquel leve movimiento del párpado, hubiera pensado que estaba muerto. Por un momento me afligí; ¿y si le había dado un ataque? ¿Y si tenía la presión tan alterada que le impedía todo movimiento?

“¡Eulogio!”. Mi voz retumbó en la oficina: “¡Eulogio, Eulogio!”. Nada. Ahora ni siquiera el leve movimiento del párpado. Me decidí: le tomé del brazo y tiré de él. El brinco fue descomunal.

—Qué… qué, ¿qué pasa? No jodás, Pedro, ¿es que no puede uno estar tranquilo en esta oficina? Eso sí no me gusta: que me despierten de manera tan violenta; y la próxima vez…

—Calmate, hombre, lo que pasa es que tengo rato de estar haciendo ruido, hablándote en voz alta y vos como si nada. Pensé que algo te había sucedido.

—Ah, no, hombre, es que estoy un poco cansado. Anoche no dormí bien. Además estoy algo sordo.

¡Ja! Algo, pensé yo para mis adentros, ¡si sos más sordo que una tapia!

—Bueno, me alegro de que no haya sido nada. Pero cuando uno está cansado, debe quedarse en su casa; ¿para qué venir en esas condiciones a la oficina? Una llamada telefónica y avisás que estás enfermo.

—No, no me gusta quedarme en casa. Yo necesito ver la luz del sol, llenar mis pulmones de aire, ver a los compañeros de oficina… Encerrado en mi casa me muero, Pedro; además, allá no tengo nada que hacer.

 

La odisea de Siam

Siempre me ha gustado la eficiencia de la oficina. Es única.

Cuando querés conseguir permiso para salir, te lo dan de inmediato. Si lo que te urge es un trago a las siete de la mañana porque te estás muriendo de la goma, te dan tres, cuatro, o los que querrás; si tu urgencia es asistir al velorio de un amigo, tenés vía libre. Hasta para morirte, te pagan el entierro y la viudita no tiene por qué molestarse. Te echan tierra encima para volver a ser polvo, según las sagradas escrituras.

En lo que sí fallan un poco es cuando se trata de asuntos de trabajo.

El otro día necesitaba dos galones de gasolina para reponer algo de los cuatro que había gastado en asuntos oficiales. Le hablé a la jefe (ya dije por ahí que mi jefe es una mujer, y no es que trabaje en mi casa ni mucho menos); la jefe me dijo sí, claro, con muchísimo gusto.

—Sólo decile a María que prepare un memorando y que me lo pase para firma.

El memorando estaba bien hecho. Me consta. Las justificaciones eran perfectas, tal y como lo dice el manual de la oficina. La jefa no tuvo ningún empacho en firmarlo.

—Ahora llevalo a Contabilidad —me dijo.

La agradable compañera Contadora me recibió con una sonrisa de oreja a oreja: ya tengo la copia del memo aquí, en cuanto me desocupe se lo doy.

Tres horas después recibí la llamada:

—Señor Siam, tenga la bondad de pasar con la señorita Maritza para que lo apunte en el libro de las donaciones.

Estaba afligido. No porque se me fuera a dar una “donación” de este tipo, sino por tanto tiempo de retraso.

—Adelante, señor Siam. Por favor, firme aquí; el recibo también. Ahora puede llevar este vale donde la señorita Moravia para su visto bueno.

Puta, me dije, tanto trámite para un par de galoncitos de gasolina. Mejor hubiera pedido un trago.

—Vaya de nuevo —me dijo la señorita Moravia— donde la señora Contadora para que le firme el vale y se lo selle.

Mi paciencia estaba llegando al límite. Tenía ya una mañana de atraso en el trabajo y debía dar aún más vueltas que un trompo. Sin embargo fui con la Contadora; me firmó y selló el vale.

—¿Ahora dónde? —pregunté con timidez.

—Eso es todo —me dijo—, aquí las cosas las hacemos rápido para que se pueda trabajar con eficiencia. Está servido.

Salí sin saber si reír o llorar. Tenía el vale en la mano con sus sellos, firmas y todas las de ley. ¡Y me había costado sólo una mañana!

Realmente no fue tanto, me dije, estoy exagerando.

 

La función del ventilador

No. No es una gata de Angora, ni siamesa ni mucho menos. Tiene la prestancia, eso sí, de las que viven siempre entre sábanas de seda, o que se enroscan en un sillón de terciopelo. Además, es un ejemplo digno de desfachatez. Porque habrase visto cosa igual: acostarse en el sillón de la sala donde concurren tantos visitantes en busca de información o de una platiquita que renueve el espíritu. Claro que no se trata de una sala pública, sino de la sala de espera en la oficina del jefe. Uno de los tantos de la oficina.

Ayer entré ahí. Al nomás trasponer la puerta pude ver los pies callosos, angostos y largos. No pude hacer lo mismo con las piernas pues las cubría el saco del jefe. La oficina estaba en la penumbra. Tuve el impulso de retirarme, pero una vocecilla me indicó: no está.

—¿A qué horas viene?

—No sé, se acaba de ir.

La hediondez me llegó de pronto. ¿De dónde vendría el mal olor? Mi cerebro logró determinarlo casi de inmediato: la gata echada sobre el sillón; sí, esa de los pies de hojaldra con callos, se acababa de tirar un pedo.

Salí decepcionado y como la gran diabla. ¿Cómo era posible tal cosa en una oficina seria y responsable como la mía? No estaba dispuesto a permitirlo. El Gran Jefe tendría que oírme.

—No —me dijo—, es que la pobre está enferma.

—Qué estupidez, ¿y por qué no se va a su casa?

—Porque vive sola.

Increíble. Absolutamente inconcebible la postura del Gran Jefe. Había sido yo quien soportó el mal olor, el triste aspecto, la impresión deplorable; pero, ¿y si hubiera sido uno de los verdaderos jefes? Decidí regresar a hablar con ella.

Le expliqué lo feo que en una oficina era encontrar a una mujer acostada, lo mal que hablaba de ella esa situación y, sobre todo, lo inaguantable del mal olor que producían sus pedos.

—No te preocupés —me dijo—, encendé el ventilador.

 

El ocaso del león

Renuncio. ¿Cómo es posible que después de toda una vida en la oficina me hagan esto? ¡Remigia! Voy a dictarte una carta. Sí, no pongás esa cara de vaca afligida; voy a dictarte mi renuncia.

Estimado Gran Jefe… no, qué estimado ni qué ocho cuartos; Señor Gran Jefe, tampoco; si de señor no tiene nada. Ponele sólo Gran Jefe y le decís que mañana ya no vengo. Apurate.

No es posible que esto suceda. Más de veinte años sirviéndole a la oficina; he escalado posiciones desde la más baja hasta jefe de jefes. ¿Por qué no lo lograron otros? ¿Por qué tuvieron que renunciar? Porque yo soy mejor, no sólo para caminar por las mañanas y chupar parejo, sino para el trabajo. Sí, el trabajo sale sea como sea, aunque este grupo de haraganes que tengo trabaje a media agua.

No, Remigia, no me gusta. ¿Cómo es eso que “la institución que usted acertadamente dirige?”. Si fuera acertada su dirección no estaría sucediendo este descalabro. Cambiame esa frasecita; ponele la institución que usted dirige, o mejor no le pongás eso; decile que no voy a estar más en la oficina y punto.

Este carajo se cree Dios. Pero no llega ni a ayudante de administrador; no le doy seis meses más de vida a la oficina. En cuanto los jefes, pero los verdaderos jefes, se enteren de lo que está pasando aquí, tomarán cartas en el asunto; deben tomarlas porque si no esto se acaba.

Te digo que no lo adulés, Remigia, que no le pongás “atentamente”, si yo no quiero ser atento con el cabrón ese; además, eso de “su atento servidor” tampoco. Sólo ponele mi nombre. Ah, me sacás seis copias por favor.

Tanta burocracia para decirle a un cabrón que ya no quiero trabajar con él, que yo también tengo mi dignidad y que no voy a permitir semejante atropello. ¿Cómo voy a ser ahora subalterno después de tantos años? ¿Después de ser jefe de jefes? Si yo he trabajado muchísimo; que ahora me haya retrasado un par de semanas para venir a la oficina, no quiere decir nada.

Ahora sí, Remigia, los adornos ya están bien; la parte medular, el meollo del asunto, debe decir: “presento a usted mi renuncia irrevocable por el atropello cometido contra mi persona”; no, “por la degradación de que he sido objeto”; no, tampoco. Haceme un borrador y me lo traés.

Un jefe de jefes no puede soportar ¡jamás! semejante humillación: ¿cómo es que ahora voy a ser un simple colaborador? ¿Por qué debo estar bajo las órdenes de quien fue mi subalterno? ¡Ese es un despido indirecto! y antes que un despido, renuncio.

¡Remigia! ¿Está lista la carta? Bien, dame una pluma. La firmo. No, mejor no la presento; ¿qué te parece? Lo que no pueden quitarme son todos los años de servicio, mis prestaciones, el salario. El sueldo es bueno, Remigia, y es mío. ¿Por qué voy a irme? Si quieren que no haga nada, pues nada. Me quedo.

—Ay, Farabundo, pero es que te han degradado; es como que después de haber sido león, te convirtieran en gato.

—Sí, pero de Angora.

Antonio Cerezo Sisniega
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