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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Historia sin luz

sábado 20 de noviembre de 2021

De pronto las paredes se estrecharon. No podía siquiera imaginar el porqué de aquel encierro tan repentino que contrastaba totalmente con mi manera de pensar, de ver la vida. La libertad por siempre anhelada no era esta; los límites estrechaban mi alma de manera desusada.

La aventura siempre fue para mí el elemento fundamental de la existencia, de la vida, que desde su inicio se constituyó en aprendizaje, en auténtica absorción de naturaleza, de elementos que paulatinamente fueron creando el interior de mi alma y los contornos rudos algunas veces, suaves las más, de mi pervivencia.

Solía caminar por el mundo lleno de entusiasmo investigando esta o aquella situación, compenetrado siempre del espacio circundante. Toda la vida fui admirador de la belleza de la creación, de los elementos reales y verdaderos de la libertad, y quizá por ello me constituí en el eterno aventurero que llenaba sus pulmones de esperanza.

De pronto no podía salir. Mi lucha se circunscribía a un espacio reducido, atosigante, y mi familia había desaparecido.

Vi a Pedro prisionero, a Juan que no salía de su vicio, y a toda una sociedad llena de problemas, de intrigas, que asfixiaban mi conciencia. Por eso luché siempre: por una sociedad sana y libre. Pero libre en el mejor sentido de la palabra: libre de pensamiento, libre del alma. No me importaba la lucha ni el trabajo agotador, si con ello llegaba a mi objetivo final.

Arriba estaba el cielo, el espacio infinito, como invitándonos a subir, a alcanzar el silencio del alma por los caminos del espacio nacidos a lo ancho de la vida.

De pronto no podía salir. Mi lucha se circunscribía a un espacio reducido, atosigante, y mi familia había desaparecido. ¿Qué sucedía con ellos? ¿Acaso estaba viviendo una cruel pesadilla? Por más que recorría los caminos que me era posible transitar, no lograba ver a nadie. Así como se oye: a nadie. El ambiente era tan agradable como siempre, pero la soledad atormentaba cada vez más mi corazón y el alma como que quería salírseme del pecho.

Busqué y busqué infructuosamente, y ya me parecía haber recorrido muchas veces aquel espacio breve al que se había reducido mi ambiente. ¿Qué pasaba con todos? ¿Juan, Pedro, Aquiles, todos mis amigos? ¿Y mis hermanos? Era incomprensible, absolutamente incomprensible todo lo que me había sucedido. Hasta me parecía que el cielo había cambiado, que ya no era el mismo amplio y limpio que yo veía siempre. Cerré los ojos por un momento. Pero los ojos del alma para tratar de ver dentro de mí, para llenarme de recuerdos, de ilusiones vividas, de experiencias; para descubrir tal vez por algún recoveco de mi ánima a mis seres queridos, a los compañeros, a los amigos, y lo único que logré fue un puñado de lágrimas que resbalaban por mis mejillas.

De pronto escuché un ruido. Más bien un estruendo que provenía del cielo. Al principio no lo creí. Era inadmisible para un aventurero como yo haber caído en la trampa. Pero luego la realidad fue haciéndose patente y todo se aclaró dentro de mí: estaba encerrado. Sí, encerrado en una horrible pecera. Sentí como que del pecho me brotaban unas fuerzas tremendas, unas ansias locas de escapar, mas sabía que no lo lograría. Entonces se me ocurrió la idea: saltaría. Sí, saltaría fuera de la pecera para morir. Alguien como yo no podía soportar aquel encierro y era preferible la muerte. Pero no contaba con la crueldad de mi captor: no sólo me rescató del suelo sino que puso un techo a la pecera y aquí me tiene; como si su más grande placer fuera privarlo a uno de la libertad para presumir de ello con sus amigos.

Antonio Cerezo Sisniega
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