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Nasrudineando

viernes 4 de febrero de 2022

I

La situación no es fácil de describir por lo surrealista. Dos hombres viajan por los caminos de la antigua Turquía. Uno de ellos cabalga de espaldas en su burro manso. El otro camina a su lado mientras escucha las historias. Le brillan los ojos, pletóricos de enorme respeto y admiración. Aunque no puede evitar reír con algunas de las anécdotas. Un gran turbante y una enorme barba adornan al cabalgante. Su espíritu apacible y su aspecto de santón trazuman bienestar. Ese hombre es Nasrudín, el gran maestro de maestros sufíes. El otro hombre soy yo, en una de mis transmigraciones.

 

II

Transmigrado, de esa forma le gustaba llamarme al gran Nasrudín. El mulá descubrió mi particular condición desde nuestro primer encuentro. Un tratamiento cómplice que de alguna forma acercaba nuestras realidades. Porque Nasrudín es un personaje mítico de improbables procedencias geográficas. Se supone que él vivió en la Península de Anatolia. En una época indeterminada entre los siglos XIII y XV. Su nombre Nasr-ed-Din significa “victoria de la fe”. Y el adjetivo Hodja significa “el maestro” o “el profesor”. En una de nuestras múltiples conversaciones cuestioné su real existencia. Nunca olvides, transmigrado: uno es hasta cuando alguien lo recuerda.

 

III

Transmigrado, insistió Nasrudín, uno existe hasta cuando alguien lo recuerda. Desde esa perspectiva yo debo mi existencia a múltiples situaciones. Una de ellas, la tradición oral que prolongó mis anécdotas. Otra, el uso que de ellas hicieron los maestros sufíes. Mis anécdotas fueron utilizadas para iniciar prosélitos en el sufismo. Así como la compilación y divulgación que hiciera Idries Sha. Un destacado escritor indio especializado en el estudio del sufismo. Además de las innumerables ediciones internacionales de ese juicioso trabajo. Situaciones que aún me permiten seguir existiendo en la actualidad. Apreciado transmigrado, el nombre de Nasrudín todavía se sigue gugleando.

Carlos Alberto Villegas Uribe
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