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Se me escapó

martes 15 de febrero de 2022
“Y si no está aquí, ¿dónde está?”, de José Luis Cubillo Fernández
Este relato forma parte del libro Y si no está aquí, ¿dónde está? (Bubok, 2008), de José Luis Cubillo Fernández.

“Loreto… Loreto…”. En cuanto acabamos, Luisa se fue al baño. Nada de caricias, de conversación. Fue entonces cuando me di cuenta de lo que había dicho, mientras escuchaba el agua del bidé corriendo. Se me había escapado. Estúpido que fui.

Me extrañó que Luisa no hubiera reaccionado. Quizá no me escuchó o creyera que había pronunciado su nombre, pero esto era poco probable; no perdía el control hasta ese extremo, y de un tiempo a esta parte hasta ningún extremo. Que se fuera al baño nada más terminar, como si tuviera prisa, tampoco significaba nada. Había sido así en los últimos cinco o seis meses, justo desde que se independizó nuestra hija. Yo sabía que después de limpiarse a conciencia —pasaba al menos diez minutos en el baño, me la imaginaba sobre el bidé, frotándose y frotándose con el gel especial para la higiene femenina que tenía al lado del grifo—, regresaría como si tal cosa, diría cualquier ocurrencia para poner fin al acto, como quien cierra una puerta, se metería en la cama, me desearía buenas noches con un beso fugaz, apagaría la luz y se dormiría. Y así fue también esa vez.

Al día siguiente tampoco dijo nada ni en los sucesivos. Me cuidé de volver a cometer el mismo error. Un domingo, mientras desayunábamos, cuando ya me había olvidado de mi despiste, Luisa me lo recordó.

—Hace unos días me llamaste por otro nombre.

El trozo de tostada con mantequilla y mermelada que estaba tragando en ese momento se me quedó atascado en medio de la garganta. Creí que me asfixiaba.

—¿Por otro nombre? —apenas acerté a repetir, aterrado, intentando ganar tiempo para poder reaccionar.

—Me llamaste Loreto mientras hacíamos el amor. Lo sabes de sobra.

—Es absurdo.

—Tú sabrás. No hace falta que disimules —lo dijo con frialdad, como si no le importara, y eso hacía más preocupante su actitud.

Hacía más o menos un mes, un día cuando llegué por la mañana a la oficina me encontré sobre la mesa una nota. Una persona había llamado para que le hiciera un seguro. Me extrañó que la nota estuviera allí, no porque no fuera corriente que llamara la gente para hacerse un seguro, normalmente familiares o amigos de clientes anteriores, sino porque un compañero mío la hubiera dejado en mi mesa y no se hubiera apropiado de la venta. Tal como estaban las cosas en la empresa cada día se parecía más a la selva: buscábamos incautos a los que colocarles un seguro como leones hambrientos detrás de una presa. Pregunté y me dijeron que aquella persona sólo quería ser atendida por mí.

Sus primeras palabras no fueron suficientes para reconocerla, pero ese tono, esa manera de decirme que si no me acordaba de ella me trajo el pasado a la cabeza.

Señorita Salaberri. Era el nombre que estaba en la nota. No sabía quién era, aunque me sonaba de algo. Trata uno con tanta gente… En cualquier caso, ya que se había molestado en llamar y quería que sólo le atendiera yo, no había que perder tiempo. Estábamos a finales de mes y todavía me faltaban siete pólizas para cubrir el cupo mínimo. Si no lo conseguía, al mes siguiente me retirarían el fijo y sólo cobraría comisiones. Así me agradecían que llevara veinticinco años trabajando allí.

Marqué el teléfono, 91 3 50 69… Lo descolgó una mujer de voz agradable. Intercambiamos los saludos de rigor y me dijo que quería hacerse un seguro de vida. Comencé la retahíla típica del vendedor eficaz seguro de sí mismo y del producto que vende. A las pocas frases me interrumpió.

—¿No te acuerdas de mí, Arturo?                                                                    

Me quedé cortado. Sí… sí, sí. Claro que me acordaba. Ahora sabía quién era. Sus primeras palabras no fueron suficientes para reconocerla, pero ese tono, esa manera de decirme que si no me acordaba de ella me trajo el pasado a la cabeza y me agitó todo el cuerpo como si fuera una coctelera.

—Loreto… —no pude decir más, estaba congelado por la sorpresa.

—Hace tanto tiempo…

—Sí, hace tanto tiempo…

Quedamos en vernos en una cafetería. Era por la tarde. Cuando llegué ya me estaba esperando. Desde luego el tiempo había pasado por ella, como por todos, veinte años no pasan en balde, pero seguía conservando su atractivo, ahora si cabe acrecentado, con esa serenidad y elegancia que da a algunas mujeres la madurez. Sus piernas, que miré en un golpe de vista mientras me aproximaba, seguían igual de espectaculares. Eran unas piernas que no tenían fin, torneadas a la perfección desde el pie hasta la cadera. Me habían vuelto loco de joven y aún podían hacerle perder la cabeza a cualquier hombre.

Nos contamos nuestra vida en cuatro palabras. Eran tantas las cosas que teníamos que decirnos que no sabíamos por dónde empezar. Por eso fue enseguida al grano. Había pensado en mí, quién mejor que un antiguo novio, más o menos buen profesional, que trabajaba en una empresa más o menos solvente.

—Te preparo la documentación y la firmamos en cuanto te hagan el chequeo.

—¿El chequeo? —dijo sorprendida.

—A nuestra edad es imprescindible.

—¿Me estás llamando vieja? —dijo irónica.

—Es un formulismo. Hay que descartar una enfermedad grave. Pero si me lo permites, Loreto, estás impresionante.

—Muchas gracias —contestó complacida—. Estoy muy ocupada y tengo que viajar bastante. ¿No podíamos obviar ese trámite?

Siempre había estado muy ocupada. De jóvenes, cuando éramos novios, no había curso, viaje, causa, actividad, iniciativa o programa al que no se apuntara. Era el paradigma de la inquietud.

—Intentaré arreglarlo —dije como si fuera difícil, para hacerme valer.

La verdad es que la velada fue perfecta: la comida exquisita, y la compañía y la conversación insuperables. Se me pasó el tiempo sin darme cuenta.

Unos días más tarde tenía preparada la póliza y la llamé. Me propuso que quedáramos en un restaurante, así podríamos charlar con tranquilidad.

—El otro día estábamos demasiado nerviosos —me dijo.

—Desde luego —contesté. Tenía toda la razón.

Era un restaurante discreto, con clase, ese tipo de restaurante con el camarero pendiente de que bebas para volverte a servir vino. Sólo estaban ocupadas la mitad de las mesas.

—Firmemos cuanto antes la póliza y así cenaremos tranquilos —me dijo nada más sentarnos.

—Perfecto. No podías haber tenido una idea mejor —contesté.

Pensé que sólo me quedaban seis pólizas para cubrir el cupo mínimo.

La verdad es que la velada fue perfecta: la comida exquisita, y la compañía y la conversación insuperables. Se me pasó el tiempo sin darme cuenta. Hablamos y hablamos sin parar y esta vez sí que nos contamos nuestras vidas al detalle. Loreto no había parado de dar giros a su vida, como tenía por costumbre. Seguía soltera y trabajaba de ejecutiva en una agencia de viajes. Yo, por mi parte, no tenía muchas novedades. Ella ya me había conocido trabajando donde estaba.

—Me casé y tengo una hija —dije mientras le enseñaba las fotos.

—Es clavada a ti —dijo Loreto.                                           

—Es azafata de congresos. Acaba de independizarse. Menudo disgusto le ha dado a la madre.

—Ah, las madres… —contestó con añoranza.

Quería invitarme a cenar, por el favor que le había hecho, pero contesté que de ninguna de las maneras; si alguien tenía que invitar era yo, el vendedor siempre invita al cliente.

—Entonces vamos a mi casa a tomar una copa —me dijo.

Vivía cerca de allí. Tenía un apartamento coqueto. Sirvió unas copas y seguimos charlando.

—Sabes… —me dijo de sopetón, en medio de una conversación intranscendente. La única persona por la que de verdad me he sentido querida ha sido por ti.

No supe si había oído bien. Mi relación con Loreto había sido tormentosa. Nos conocíamos desde el instituto y habíamos pertenecido al mismo círculo de amigos. Ella era una niña de papá; su padre había formado parte del consejo de administración de un gran banco. Se mostraba antojadiza, voluble, le gustaba jugar con los hombres y se sabía la más atractiva y deseada. Todos estaban locos por ella y yo había perdido el sentido. ¿Por qué me eligió? No lo sé. Era el menos idóneo. Ni era guapo, ni fuerte, ni deportista, ni brillante o ingenioso, ni tenía buen tipo, ni era de buena familia, ni tenía un buen trabajo ni perspectivas de conseguirlo, ni ninguna habilidad especial y por no tener no tenía ni un duro. Antes hubo otros y después también. Pero lo nuestro fue especial. De todas maneras nuestra relación fue muy difícil. Loreto era demasiado veleta y yo me lo tomaba todo a pecho. Cosas de la juventud. El caso es que acabó por dejarme. Pero aquello era la prehistoria.

—Ha habido muchos hombres en mi vida —continuó Loreto—. Algunos me han utilizado, a otros, los más, los he utilizado yo. La mayoría venían a ver qué podían sacar. La única ventaja de hacerte mayor es que dejas de ser una tía buena con la cabeza a pájaros.

Nos reímos.

—Pero… —dio un sorbo a la ginebra— querida, lo que se dice querida, sólo me he sentido querida por ti.

Puso su mano sobre la mía, en un gesto de amistad. Me pregunté entonces qué hacía allí. No me gustaba el cariz que estaba tomando la situación. Le había dicho a mi mujer que tenía una reunión de trabajo y llegaría tarde. Yo quería a Luisa, la quería muchísimo pese a los problemas que teníamos. Incluso, a causa de éstos, la quería aún más. Nunca le había sido infiel ni siquiera lo había pensado. No quería traicionarla pero habíamos bebido mucho, demasiado. Tenía mucho calor y me sentía mareado. Loreto quizá se sintiera también mareada, porque recostó su cabeza sobre mi pecho. Me miró. Sentí su cuerpo pegado al mío, tibio. Sus labios seguían siendo carnosos. Eran una invitación a morderlos. Comenzó a acariciarme, a besarme. Perdí el sentido y también comencé a acariciarla. Nos fuimos desvistiendo con urgencia entre besos y caricias. Cuando llegué a su sexo estaba empapado.

A partir de entonces viví una segunda juventud, igual que ella según me confesó. Nos veíamos día sí y día no.

Hicimos el amor como locos, entregados, como si fuéramos la última pareja sobre la Tierra en la última oportunidad antes del fin del mundo. Aquello era hacer el amor y no lo que hacía con Luisa. No recordaba haberlo hecho con aquella intensidad desde hacía muchos años, quizá de joven en mi relación con Loreto o en los primeros años con Luisa. Luego pasó a ser otra cosa y recientemente casi era un castigo. Loreto me confesó que también hacía muchos años que no hacía el amor así y me confesó otras muchas cosas.

—He entrado en una etapa de mi vida en la que miro más hacia atrás que hacia delante —me dijo sombría, en un tono contradictorio con su carácter—. Me preguntaba qué sería de antiguos amigos, por qué derroteros les habría llevado la vida. Y me acordé de ti.

Por eso me había llamado, aunque lo del seguro no era una excusa. Todos buscamos algo de seguridad cuando llegamos a cierta edad. Era muy tarde y no podía quedarme más tiempo. Acordamos vernos otro día. Nos había sabido a poco.

A partir de entonces viví una segunda juventud, igual que ella según me confesó. Nos veíamos día sí y día no. Cada vez que hacíamos el amor parecía que habíamos llegado al límite, pero en la ocasión siguiente lo superábamos. Yo estaba hecho un lío, vivía en una nube, en una permanente borrachera emocional, como si no me bajara nunca de una montaña rusa. Lo malo es que sabía que aquello no podía durar. Era ficticio. Tenía cincuenta años y pico y lo que estaba viviendo no me podía pasar.

Una noche, tres o cuatro semanas después de encontrarme con Loreto, dos después de que se me escapara su nombre, fui a hacer el amor con Luisa y cuando la estaba acariciando y besando me dijo:

—¿Te apetece?                                       

—¿Y a ti? —contesté.

—Por mí no lo hagas.

Me dio la espalda. Al rato noté que lloraba.

—¿Te ocurre algo? —pregunté por intentar ayudarla.

—¿Has vuelto a ver a Loreto?

Si me hubiera electrocutado en ese momento no me habría dolido más ni me habría sorprendido tanto.

—¿Pero qué dices? —me apresuré a contestar.

—Todavía me acuerdo de Loreto. ¿Tú no? —dijo con calma.

—¿Loreto…? ¿Qué Loreto? —intenté disimular.

—No me tomes por idiota, Arturo. Sabes que no lo soporto.

A poco de casarnos, una tarde que estábamos colocando muebles y paquetes en nuestra casa recién comprada, Luisa abrió por azar una caja mía llena de cartas, fotografías, y recuerdos de Loreto. Si me hubiera pillado con mi antigua novia en la cama no le habría sentado peor. Se lo tomó como una infidelidad y casi me cuesta el divorcio. Sabía que había tenido novia antes que ella pero desconocía que guardara recuerdos. Por más que le expliqué que formaba parte de mi vida, que era el pasado y no podía quitármelo de encima como quien se quita un guante, me conminó a que me deshiciera de todo de inmediato, si no ella misma se encargaría de quemarlo. Y hasta entonces, por supuesto, que no volviera a tocarla. No me quedó más remedio que hacer cachitos los recuerdos y tirarlos delante de ella a la basura. Sólo así me creyó que la única mujer en la que pensaba era en mi Luisa. Con el tiempo me olvidé de Loreto, pero mi mujer, al parecer, no.

—Loreto, tu antigua novia.

—¿Mi antigua novia…? —hice como que pensaba—. Pero si de eso hace una vida, Luisa. Qué será de la pobre —intenté tranquilizarla porque me veía venir la tormenta.

—Últimamente estás muy raro. Nunca te has comportado así.

—¿Así…? ¿Cómo así?

—Tú ya sabes —dijo desafiante.

Nunca me asombraré lo suficiente del sexto sentido que tienen las mujeres. Me pregunté cómo Luisa había podido relacionarme con Loreto. Es cierto que un día se me escapó el nombre, cualquiera tiene un lapsus, podía haber sido cualquier otro y eso no quería decir que me estuviera acostando con nadie. Además Luisa sabía que le era fiel. También era cierto que últimamente había cambiado de hábitos y de horarios, por más que lo intenté disimular y justificar. Luisa conocía mis problemas en el trabajo. Tenía que hacer un esfuerzo extra porque la situación era cada día más preocupante. Mi mujer sería la primera perjudicada si empezábamos a tener problemas económicos. Pero de ahí a relacionarme con mi antigua novia, a la que yo incluso había llegado a olvidar, una relación que había acabado hacía veinte años, fue un misterio que nunca llegaré a comprender.

Un psicólogo no puede solucionar que mi marido me sea infiel.

—Tienes que ir al médico, Luisa —intenté el ataque como mejor medio de defensa. Luisa se levantó de la cama procurando disimular los sollozos y se encerró en el baño. Debía de estar colocándose los parches. Era otra de sus obsesiones. Estaba todo el día con los parches. Pasaba una mala época. La menopausia le había alterado el carácter y se encontraba nerviosa, irritable. Decía que ya no servía para nada. Cada dos por tres protestaba y lloriqueaba. Además, la emancipación de nuestra hija empeoró más su ánimo. De ahí venían nuestros problemas. Yo insistía en que fuera a un psicólogo. No era la primera mujer que pasaba por esa experiencia ni la última. Pero sólo mencionar al psicólogo le ponía hecha una furia y le abatía aún más en la tristeza. Las relaciones sexuales eran casi imposibles o cuando menos frustrantes.

—No estoy loca —dijo cuando salió del baño.      

—Nadie lo ha dicho —contesté intentando quitar importancia a mi propuesta, porque de verdad pensaba que no la tenía. Sólo trataba de ayudarla pero Luisa no se dejaba.

—Un psicólogo no puede solucionar que mi marido me sea infiel.

A veces Luisa podía ser muy cruel. Soltaba las palabras sin pensarlo, como latigazos.

—Estás haciendo una montaña de un grano de arena, Luisa —intenté desdramatizar.

Luisa se echó a llorar, y cuando lloraba no había quien la parara. Me restregaba su amargura y su sufrimiento sin ninguna conmiseración. Yo la quería, la quería mucho, y sabía que estaba pasando por un momento muy difícil en la vida de cualquier mujer, pero no tenía la culpa y convivir con ella sintiéndome despreciado, incluso aborrecido, era de verdad difícil. Que se fuera a lavar con prisa nada más hacer el amor, quitándome de encima casi con un empujón, como si la hubiera violado, era humillante.

—¿Sabes quién tiene la culpa de todo esto? –dije.

—¿Quién?

—El tiempo.

—¿El tiempo? —preguntó confundida.

—Llevamos juntos demasiados años.

Luisa pareció reflexionar durante unos segundos, me abrazó y sobre mi pechó lloró entre hipidos como un torrente.

En cuanto vi a Loreto le conté que mi mujer sospechaba nuestra relación. Deberíamos vernos con menos frecuencia y adoptar las máximas precauciones. Loreto me contestó que no hacía falta.

—Me tengo que ir a Estados Unidos por motivos de trabajo. Voy a estar allí una larga temporada.

Era como si me hubieran puesto un caramelo en la boca y cuando más gusto le estaba sacando me lo arrebataran. De todos modos sentí también un cierto alivio. Aquella noche hicimos el amor como locos.

—En el fondo —me dijo— lo que más me habría gustado en esta vida sería tener una familia como la tuya: un marido, una hija…

—No me lo puedo creer, Loreto —contesté.

Siempre había sido demasiado alocada como para llevar una vida convencional como la mía.

—Pues créetelo, Arturo, créetelo. Cuídalas. Tienes un tesoro en ellas.

Desde que se marchó Loreto se normalizó mi vida con mi mujer. Acudió al psicólogo y pareció encontrarse consigo misma. El tiempo que llevábamos de matrimonio era un peso difícil de vencer, pero en la convivencia al menos no había excesivos conflictos, era agradable e incluso, a veces, satisfactoria.

Una tarde en la oficina sonó el teléfono. Era la hermana de Loreto.

—Mi hermana ha fallecido —me soltó de sopetón.

Ella era la beneficiaria del seguro de vida.

—No puede ser —balbucí, sin dar crédito.

—No fue a Estados Unidos en viaje de negocios. Tenía una grave enfermedad y se iba a operar a vida o muerte. No se pudo recuperar.

Estaba mudo. No sabía qué decir. Ahora me explicaba algunas actitudes de Loreto que me parecieron extrañas, impropias de su carácter.

—Me dijo —continuó la hermana— que te llamara y te diera las gracias por lo que habías hecho por ella. Sus últimos días fueron los más felices de su vida.

Desde luego Loreto tenía razón, pensé, poseía un tesoro en mi mujer y mi hija.

José Luis Cubillo Fernández
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