XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Obsesión

sábado 26 de marzo de 2022
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Mi nombre es Alejandro Rocha, tengo veintiocho años. No dejo de pensar que soy un buen tipo, siempre he sido transparente, profesional y poco me gusta meterme en la vida de la gente aunque no sea del todo malo, a veces. También mis padres fueron muy estrictos con esto de la crianza. Haciendo un balance creo que no debería arrepentirme de nada, así que les contaré algo que me pasó con una extranjera cuando la comencé a acosar.

Había pasado un tiempo desde que vio mi perfil y decidió contactarme —¡ella me contactó a mí!

Yo llevaba un tiempo solo y trabajaba online, lo cual era una condena a la soledad misma, mientras tenía esta falsa idea de que me gustaba. Nuestros idiomas eran diferentes, ella era de Inglaterra y por fortuna yo hablaba un poco de inglés. Debía asesorarla en unas inversiones de bolsa en vista de que yo había trabajado en una firma internacional, hace años. Nos veíamos una vez a la semana porque la plataforma lo propuso, y también porque ella lo aceptó así. Le terminé cobrando 125 euros por el mes y no sé si fue un monto digno.

De entrada no me gustó, me parece que era un asunto racial, solamente, más nada. Todo vino luego, aunque no haya sido la clase de mujer que me enloquecía, y me hayan incomodado incluso los fantasmas de un anillo que usaba. Y, bueno, nos fuimos acercando un poco, ya que en algún momento conocí la música que oía: los Beatles y algo de rap, también un poco de música indie y folk, y respecto al cine que veía, le encantaban los documentales de conspiraciones, de acosos y de violaciones, las biografías, etc. Además, tenía un cierto interés en Tim Burton.

Creo que la soledad hace interesantes a las personas en cierto modo, y de allí creí que me gustaba.

 (Ya sé… ¿qué tiene que ver todo eso con inversiones?).

Me dijo que trabajaba en una compañía ya por cuatro años, que le gustaba escribir y tatuarse. Y fíjese que más tarde me enseñó sus tatuajes, momento en que le vi algunas cicatrices por las que no pregunté nada. No me quería sobrepasar. Tenía un dragón en la muñeca y unos ratoncitos al principio de su espalda. Y ahí me pareció que el encuentro se volvió un poquito íntimo… porque esas cosas uno no las muestra por cámara, ¿sí me explico? Al menos la espalda no. En fin, le agarré confianza. Me contó por qué se los hizo y a mí me encantó, le encontré algo sexy a eso y, no sé, pero la comencé a sentir un poco superior a mí, ¡qué raro! Hay que decir que mi vida hacía tiempo cobraba un mal sentido: me había vuelto solitario, y eso me hizo más consciente de mis defectos que de mis virtudes, me comencé a acomplejar, estar con gente me daba pena, y recordaba con anhelo a quienes había dejado al decidir mudarme solo. Aunque también esto me hizo crear algunas cosas buenas y a crecer un poquito intelectualmente porque leí muchos libros para “volverme” interesante. Creo que la soledad hace interesantes a las personas en cierto modo, y de allí creí que me gustaba. Por eso mis encuentros virtuales con ella los martes eran algo sagrado, era una forma extraña de compañía sin dejar de estar solo.

Pero una pequeña oscuridad comenzaba a amenazarme y no me la sabía explicar.

 

Sigamos con ella. A veces llegaba un poco descuidada. Pero otras, tan hermosa que creí que se vestía para mi propia vida. Yo le comencé a preguntar que a dónde se iba o con quién, pero a ella no le gustaban esas preguntas para nada, era obvio. Yo comprendí que me había pasado un poco de la raya. Y en cierto punto, confieso, me empecé a obsesionar hasta con su ropa, aunque no tuviera nada de especial y sólo respondiese a la forma de vestir en los fríos y calores más desesperantes de su tierra. Pero no me reprocho esto, ¿okay?, a esas alturas había un amor de hace años que yo intentaba superar y este tipo de contactos me abrían fácilmente.

Vi que tenía un anillo, y que le encantaba. Se lo giraba en el dedo cuando se ponía a pensar. Creí que podía tratarse de algún matrimonio y me daba un poco de cosa, pero al principio no me dijo nada. Éramos orgullosos, y una vez nos dijimos que el dolor hay que sentirlo todos los días para olvidarlo de verdad, y no pude dormir muchas noches pensando en que quizás aquello tenía algo de cierto. Un anillo de esos siempre da que pensar. Ella estaba silenciosamente de acuerdo porque a veces se lo miraba por un rato, sonreía, me veía por el rabillo del ojo, y era como si el anillo y ella conversaran sobre mí, o se burlaran de que no me atreviese a preguntar.

A lo de las inversiones le dedicamos unos siete minutos, solamente. Me emocioné porque lo sentí producto de una complicidad. El resto se volvió una reunión más para mí que para ella. Me empecé a trasnochar, el insomnio era una mujer con la que me acostaba, y como para entonces los sentidos ya me empezaban a reprochar el hecho de que ni siquiera podía tocarla… o ni siquiera podía olerla, me empecé a hacer ideas de su textura y de la concentración de su olor, y lógicamente me comencé a masturbar por ella. Entonces perdí todas las horas de paz, estuve días enteros sin pegar las pestañas, y cuando lograba dormir, terriblemente a veces ni cuenta me daba de que había dormido.

Una vez se lo comenté, y ella me preguntó si era que pensaba mucho en las noches o si era que me hacía falta pensar, y me recomendó, entonces, videos de sueño y tratamientos caseros para la vigilia, me propuso prender eucalipto o incluso fumar algo de marihuana para dormir en las estrellas. No hice nada de eso, pero le agradecí un montón, le agarré más cariño y temí que me abandonara al enterarse de que en mis desvelos la perseguía por días.

Ahora, fíjese que habíamos hablado sólo de opiniones, aún nada de la vida privada. Por eso sentí la necesidad de ir más allá. Quería otro tipo de cosas: el nombre de esa compañía en que trabajaba era un buen ejemplo y por ahí se podía empezar, los amigos con que salía, a qué parientes quería, quiénes estaban vivos y quiénes ya habían muerto en su vida, qué sé yo: algo más íntimo. Me vi, entonces, con la urgencia de tomar unas medidas más serias y con atención: la busqué en internet. Fue frustrante ya que tenía un nombre muy tradicional, me tardé semanas. Había cientos de personas con ese nombre, también provenientes de su tierra natal, y ninguna me funcionaba. Pero por fin, una vez me dijo que escribía reseñas para modas, así que busqué su nombre con esta actividad y la vi en las primeras páginas. De allí encontré más detalles de todo, por fin el nombre de la compañía en la que solía trabajar —ya no me acuerdo del nombre, pero sé que empezaba por eme—, una empresa de telas donde ella manejaba unas cuentas y administraba un personal de fábrica, también vi los enlaces a sus redes sociales y a su perfil profesional. Supe de sus gustos mucho más y de sus caprichos, vi por allí también un fetiche y me lo reservo, porque solía ser un poquito liberal y descarada. También descubrí que uno de sus tatuajes había sido una infidelidad, y una de las cicatrices producto de la delincuencia cuando intentaron metérsele en la casa.

Yo comenzaba a sentir incomodidad: en el espejo simplemente no me veía para ella.

La vi en fotos y videos. ¡Qué ironía! En unas fotos conocí un rostro que jamás vi por cámara, una cara de lado, una nueva barbilla, unas nuevas pestañas y con las montañas de Indonesia por detrás… porque ella viajaba muchísimo. Cuando usaba los abrigos en el invierno se veía tierna con sus botas de cabaña y su gorro, su chaqueta de plumas… su nieve. Yo nunca he visto la nieve así que para mí también era un rasgo de ella.

Descubrí que era un poquito robusta y bastante larga, sabía que debía ser alta, porque sus manos tapaban las copas de vino y cubrían casi todas las cervezas británicas. Los colores de su raza le llenaban de excentricismo, y en una foto de tacones y toda envuelta de plata, parecía una estatua de Grecia o de Rumania… de por allá, con algo maravilloso que podía seducir a cualquier hombre, y quién sabe si a cualquier animal. Yo comenzaba a sentir incomodidad: en el espejo simplemente no me veía para ella, ni mi apariencia ni mi situación social encajaban, tampoco mi cultura, después comprendí que en toda esta inferioridad del tercermundismo había un problema bien grave.

Decidí estar al día con su vida personal, así que me propuse a husmear sus fotos más recientes y con frecuencia. Y entonces supe que le encantaban los pubs y los bares… y el teatro, que le gustaba beber en exceso porque sentía que se olvidaba de ella misma y se iba a bailar danzas griegas en los restaurantes de su comunidad. Pero creo que también era una mujer veterana a la cual la soledad ya le estaba poniendo cadenas, y como yo era un hombre que también intentaba olvidar, eso me dio una ligera esperanza porque sentía que ahí las parejas se ven atraídas más por sus propias miserias que por alguna cosa sexual.

En las fotos estaba acompañada de puras mujeres, por lo general. Eso me aliviaba. De allí, a cada encuentro asistí con mucha ansiedad, y ella me preguntaba el porqué de tanta alegría, ya que sí, se me notaba alegre aunque carecía de algo más: nada de sus actividades me las decía, y cuando la conducía a esos temas estratégicamente, decidía evadirlos e incomodarse, o decírmelos lleno de mentiras, y lo que no sabía es que yo siempre… pero siempre me daba cuenta.

¿Por qué revelaba cosas de esas en algo tan público como una red social, y decidía esconderlas en una cosa tan privada como la nuestra? No me aguanté y no dejé de preguntarle. Y con cierto dejo me exclamaba que por qué tanta pregunta. Yo odiaba el hecho de que me fuera a repudiar o que pensara que era un sucio acosador de esos documentales que veía. Yo la amaba y no se daba cuenta de que moría por su vida, nada más.

Me entregué con vehemencia a la lectura de sus redes sociales y procuré que por ningún detalle ella lo descubriera, porque aunque la sentía mía a cada rato, en un espasmo se me podía desaparecer al sentir que la acosaba.

 

Un día perdió su anillo. En la charla se la pasó triste. La cuestión fue eso y me lo dijo de entrada. Lo había perdido y no sabía dónde, porque acababa de ir a muchos lugares: a dar una caminata en el parque, luego condujo a casa de su madre, después fue a donar sangre y de último fue a la boda de un colega. Por primera vez me enteré de todo sin tener que ver yo sus redes sociales. Era un anillo de poco valor, hecho a base de puras chatarras, así me lo dijo ella. Sin embargo, no era eso lo que importaba. A pesar de su ubicación descubrí que no pertenecía al matrimonio y eso se sintió buenísimo. El anillo se lo regaló una persona que ya había muerto, y le remordía ni siquiera saber dónde buscar. Yo la hice olvidar retomando el tema de las inversiones, a ver si la ponía un poco más concentrada, ya que aunque me siguiera intrigando la realidad detrás de su anillo, no podía verla a punto de llorar. Y me dio regocijo lograrlo un poquito y un consuelo el que olvidara un anillo y no un amante reciente. Se terminó nuestra reunión de una forma muy especial, pues de alguna manera, a partir de allí en todos los encuentros comenzó a contarme su itinerario tan atractivo, y yo fascinado comencé a sentir peligrosamente que tenía un derecho sobre ella.

Llegó un jueves, recuerdo, unas semanas después. Ella había dejado de subir fotos de repente y yo me había comenzado a mortificar, pero imaginé que se debió al bajón que tuvo por ese anillo: se había notado en las reuniones y por fin una vez se le salió una lágrima porque de a poco se fue desmoronando más, como si se le hubiera perdido un hijo.

Al terminar la cita, me preparé un té para seguirla viendo en el perfil y estar al tanto de toda su noche —porque ella se tomaba muchas fotos en la noche sobre su tocador, haciendo pucheros en el espejo. Entonces fue cuando vi un álbum de fotos nuevas. Estaba en las montañas del DP dando una caminata con una compañera a plena luz del día. Las primeras fotos eran muestras de la naturaleza y unas selfies con su amiga en otras. Lo que llamó mi atención, al repetir las imágenes (siempre las repetía, por cierto), fue la séptima de ellas, ya que ahí su dedo estaba sin el anillo.

Imaginé, entonces, que las fotos y aquella visita fueron después de su pérdida, así que implicaba que esos días había ido al parque sin atreverse a contarme y eso me zarandeó, sentí que algo me jaló para atrás y me dio un poco de impotencia. Sin embargo, otro detalle me pareció más curioso, pues en la primera fotografía estaba el anillo brillante en su dedo… justo ahí, otra vez, y todas las fotos eran del mismo día. Cuando las seguí pasando, vi todo lo correspondiente al día que perdió su anillo: el parque, la madre, el colega.

Yo me emocioné muchísimo, sentí que de repente podía hacerla muy feliz con una noticia tan especial.

Las revisé una vez más para ver si descifraba algo que ya empezaba a imaginar. Fue entonces cuando vi una fotografía donde ambas estaban sentadas en la grama, ella a punto de comerse un pan mientras su amiga revisaba una agenda. Al lado de ambas había un letrero que pedía no contaminar, y en una pequeña roca se veía claramente el anillo como si estuviese en una mesa. Vaya usted a saber qué hacía ese anillo allí, quizás se lo quitó para comer, pero sentí algo de pena por él. No lo sé, parecía como resignado, sí, un anillo, ya sé que no estoy bien.

En la siguiente fotografía ella doblaba las sábanas que habían tendido, la foto estaba medio movida y un poco borrosa, pero en el fondo aún estaba el anillo en esa piedra con toda claridad.

Después no volvió a estar jamás en su dedo, ni en las fotos restantes del DP, ni con su madre y tampoco en la boda del colega.

Creí tenerlo todo al instante: el anillo lo había perdido en aquel parque y precisamente en aquella piedra.

Yo me emocioné muchísimo, sentí que de repente podía hacerla muy feliz con una noticia tan especial, ya que si buscaba en esos lugares pensé que existía una alta probabilidad de que lo consiguiera, ¡Por Dios! ¡¿Quién podría llevarse un anillo de chatarra?! En aquel momento sentí algo de vértigo y comencé a caminar en la sala hablando solo y en voz alta para buscar palabras. Pero a minutos de nuestra reunión, muy ansioso para contarle, un balde de agua fría me bañó completamente, pues razoné que, si le decía, revelaría el hecho de que aquellas fotos las vi en internet, en una red social sobre la cual nunca me dio licencia, nunca me pasó información ni nunca me envió enlaces privados al chat.

¿Cómo pretendía decirle entonces aquello: …que había iniciado una investigación alrededor de ella? ¿…Que había estado viendo sus fotos días y noches enteras…?

¿Qué me iría a decir? Creo que ha sido el momento más incómodo que he vivido…

Aunque no podía ser mejor dejarlo así, definitivamente. ¿La seguía viendo arruinándose por una cosa de esas? ¿Qué sería de mí si lo permitiera?

Pero entonces… ¿soportaría su mirada de asco al ver todo lo que yo hacía?

Decírselo o no, me transformaba en dos personas horrendas.

Pero se lo dije y así terminó todo… se molestó muchísimo y no sé si el anillo después lo encontró. No nos volvimos a ver, simplemente se desapareció. Yo me sentí abandonado otra vez. Aislado, extrañamente solo pero de la peor manera… ¿y es que no había estado solo con anterioridad? ¿Que tenía esto de diferente? No sé cómo explicarlo, era una sensación de vacío rara, creo que aquel anillo abandonado encima de la piedra era un ejemplo perfecto de mi nueva soledad.

Alexandro Xavier López Baquero
Últimas entradas de Alexandro Xavier López Baquero (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio