“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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La cuerda sagrada (Shimenawal)

sábado 11 de junio de 2022

Arrodillada frente al kami, Miko renovó sus diarias ofrendas en el pequeño altar: arroz, agua, sal, un poco de sake… Pero en aquel altar no había ninguna alegoría a sus antepasados, su altar era mucho más vital. Allí, desecados y curtidos, colgaban los cordones umbilicales que sus manos hábiles habían anudado y cortado a lo largo de su vida ejerciendo como comadrona en la pequeña aldea nipona, tan alejada de ese mundo urbanita que llamaban civilizado.

Miko era una chamán. Desde la infancia, su madre y su abuela la habían adiestrado haciéndola partícipe de seculares conocimientos basados más en la experiencia que en magia alguna, aunque no pocos en la aldea le atribuían poderes mágicos. ¿Cómo explicar, si no, que a Miko le bastara con sostener la muñeca de un enfermo para captar su pulso y casi de inmediato determinar qué órgano de su cuerpo fallaba? Mientras en un almirez molturaba hierbas, algas y setas que sólo ella conocía, canturreaba extrañas salmodias que la ponían en contacto con los espíritus de sus antepasadas para que la guiaran, porque la suya era una magia absolutamente femenina. En aquella familia los hombres habían tenido el mero papel de ser elegidos para la procreación. No había constancia de que hubieran parido ningún hijo varón, parecían seleccionar el momento justo en que la fecundación daría origen a una mujer, se rumoreaba que así debían hacerlo para mantener la sabiduría de la estirpe chamánica femenina.

Pero el imparable avance de los tiempos se imponía, y la última descendiente de la familia, la dulce Ayami, había estudiado biología marina. Viajaba por todo el archipiélago ejerciendo su profesión sin querer adentrarse ni mucho menos participar del enigmático mundo de sus antepasadas, donde todo tenía un valor simbólico y trascendente. Para ella, si una especie marina desaparecía, era por contaminación de las aguas, por falta de su alimento natural o por la maldita radiación de Fukushima. No compartía la creencia de que un dragón abisal, enfurecido por la falta de respeto mostrada por los humanos, hubiera emergido para engullir su alimento tratando de condenarlos al hambre, a la extinción.

La abuela sabía que sus propios óvulos eran el origen de su nieta y eso quedaba patente hasta en el gran parecido físico que existía entre ambas.

Abuela y nieta habían vivido muy unidas. La madre de Ayami murió muy joven, engullida por el mar que de vez en cuando reclamaba un tributo, una víctima. La abuela sabía que sus propios óvulos eran el origen de su nieta y eso quedaba patente hasta en el gran parecido físico que existía entre ambas, pero la educación escolar recibida por la joven la colocaba en las antípodas de Miko, sin menoscabar el profundo cariño y respeto mutuo que ambas sentían.

Miko, la anciana, controlaba su intensa preocupación. Había recibido una llamada telefónica de Ayami y su simple tono de voz le advertía que algo no iba bien, que la joven estaba triste, y eso era inconcebible. Dentro de un par de meses iba a contraer matrimonio con Kuro, un ingeniero que trabajaba en Tokio, atractivo y talentoso, con la particularidad de haber nacido en la misma aldea que Ayami.

La abuela recordaba bien haber asistido a la madre de Kuro en el parto, lo difícil que éste había sido. El bebé venía de nalgas y Miko tuvo que emplear todos sus conocimientos para conseguir cambiar la postura del bebé dentro del propio útero, sin dañarle en absoluto y que naciera de cabeza, algo que muy pocos ginecólogos conseguían. Pero como todo el mundo repetía, las manos de Miko eran mágicas y obraban prodigios. Miko sintió siempre una predilección especial por Kuro, el niño difícil, que frecuentaba su casa y compartía juegos con su nieta.

Con el paso de los años los estudios en distintas facultades separaron a los jóvenes, pero les bastó tropezarse un día en una fiesta en la ciudad para que los viejos sentimientos adormecidos revivieran de golpe con tal fuerza que se hicieron novios y, ansiosos, iniciaron los preparativos para casarse cuanto antes. Ayami estaba radiante, la felicidad escapaba por sus bellos ojos, su piel resplandecía. Cuando hablaba con su abuela reía a carcajadas pese a la severa educación impartida a las muchachas, quienes debían contener y disimular siempre sus emociones, especialmente si éstas eran tristes, para no hacer sufrir ni incomodar a sus interlocutores. Generosidad en grado sumo, contener el propio dolor para no contagiarlo a otros.

La abuela oyó el ronroneo de un motor, se acercó a la ventana de la casa de madera y vio a su nieta descender de un coche pequeño. Aquella niña no había tenido problema en sacarse un carnet de conducir, como tampoco lo había tenido para conseguir un título universitario y trabajar codo a codo con hombres. Era decidida y competitiva, pero no había perdido su encanto natural de mujer, sus modales sutiles y delicados que de golpe borraban la época en la que se movía para convertirla en una joven ansiosa de agradar a la persona que tuviera delante, como pudiera hacerlo una geisha en el ritual del té o tañendo las cuerdas de un koto.

Ayami se acercó a la casa cubierta con un grueso abrigo; hacía frío, soplaba un viento helado que anunciaba la llegada del invierno. Ambas mujeres se fundieron en un apretado abrazo con el que se transmitieron mucho más que con multitud de palabras. Pocas explicaciones necesitaba la intuitiva abuela, pero Ayami no regateó el relato de su frustración, de su ruptura. Quizás necesitaba exorcizar su dolor y nadie mejor que su abuela para comprenderla.

—Kuro me ha dejado —explicó con sencillez—. La hija del dueño de su empresa se ha fijado en él y el padre ve con buenos ojos esa relación. Sabe que Kuro es un magnífico ingeniero y que será fiel al espíritu de su corporación y la engrandecerá. Kuro se deja querer, me ha confesado que no está enamorado de esa mujer, pero es la gran oportunidad de su vida. He aceptado su explicación; la cosa no tiene remedio y prefiero mantener mi dignidad intacta, no rebajarme. No he aceptado seguir viéndonos como él me proponía, le amo demasiado para aceptar ser sólo una concubina.

—¿Cuándo es la boda de Kuro? —preguntó Miko con una voz exenta de matices, tan fría como el viento que soplaba en el exterior.

En estos momentos deseo morir, y a mí misma me digo que Kuro no es digno de mi dolor.

—Ya debe de haberse celebrado, esta es su noche de bodas, la noche que debía compartir conmigo, pero estará en brazos de otra mujer. No soportaba seguir en la ciudad, he venido a refugiarme aquí, contigo. En estos momentos deseo morir, y a mí misma me digo que Kuro no es digno de mi dolor, él ha escogido su camino olvidando todos los lazos que tantos años nos han unido… Hemos compartido juegos, ilusiones, un gran amor, al menos por mi parte.

Ayami hablaba atropelladamente mientras las lágrimas caían sin freno alguno, sus mejillas brillaban por gotas que se encharcaban sobre la mesa cuadrada, las dos mujeres acuclilladas sobre los almohadones que, poco después, extendidos, serían los tatamis que acogerían su sueño, aquel día plagado de pesadillas. Todo en la casa era simple, de una belleza sin artificios, tan austera que serenaba el alma. La abuela escuchaba en silencio, como si meditara. Su rostro impasible no revelaba enojo, ella también era capaz de disimular la profunda ira que agarrotaba sus entrañas.

—Voy a prepararte una sopa que te confortará —dijo con naturalidad, levantándose para acercarse al pequeño hogar. Ayami asintió con la cabeza. No tenía hambre, pero no quería molestar a la abuela despreciando el alimento que sin duda iba a prepararle con todo su amor.

Miko se acercó a su pequeño altar y tomó algo de él. Ayami, absorta en su tristeza, no se percató de ello. Tampoco dio importancia al canturreo de la abuela mientras majaba algo en un almirez. Transcurrió un tiempo y Ayami no tardó en tener ante sí un cuenco conteniendo sopa.

—Come, Ayami, esto te relajará, confortará tu estómago y tu alma.

Itadakimasu —la joven no olvidó el obligado “recibo con gratitud” que merecía el cuenco ofrecido por su abuela. Introdujo la cuchara en el caldo y agitó algo oscuro; parecía una raíz, quizás un alga desecada—. ¿De qué es esta sopa? No reconozco el sabor.

—Le he puesto un trozo de raíz especial, mastícala despacio, desmenúzala con tus dientes.

La muchacha se encogió de hombros, le daba igual comer que ayunar, pero tenía frío y la sopa estaba caliente, un calor que se transmitía a la mano que sostenía el cuenco. Le fue fácil masticar aquella raíz y la tragó sin problemas. Si la había cocinado su abuela, seguro que era perfecta para aliviar la tensión de su estómago, vacío desde hacía un montón de horas. Una dulce somnolencia la invadió. La abuela la acunó como cuando era una niña. Seguía siendo huérfana, y confortada por aquel contacto, envuelta por el aroma familiar que exhalaban las maderas de la casa, no tardó en dormirse sobre el tatami de paja de arroz. Estaba exhausta, demasiadas emociones negativas acumuladas en los últimos tiempos. La abuela seguía canturreando algo que no era una nana, quizás fuese la llamada para contactar con el universo ancestral y mágico en el que ella sí creía.

A muchos kilómetros de la cabaña, Kuro permanecía con los ojos muy abiertos en la suite nupcial del lujoso hotel donde se habían celebrado la cena y la fiesta de esponsales. A su lado, la flamante esposa dormía y dormía plácidamente. Si estaba cansada, no era por ajetreo sexual alguno. Habían iniciado el juego amoroso con una activa participación de la novia, pero sus esfuerzos resultaron inútiles a la vista del falo arrugado de su pareja, que no parecía el de un hombre con menos de treinta años. Decepcionada, pero aceptando que Kuro estuviera agotado (demasiada tensión en aquella jornada donde se pretendía que todo saliera perfecto), le besó y se tendió a su lado. El sueño no tardó en invadirla, ella también estaba muy cansada. A la tensión de los últimos días se añadía aquella jornada sobre unos zapatos con tacón de aguja, altísimos, un vestido blanco con corsé apretado al estilo occidental y un peinado tan elaborado que las horquillas le torturaron. No importaba que aquella noche las cosas no discurrieran como ambos deseaban, al día siguiente se resarcirían y todo el tiempo del mundo sería suyo.

Kuro, profundamente molesto y humillado, comenzó a sentir un intenso dolor en el abdomen. Se inició justo detrás del ombligo, como si le hubieran clavado un tanto, la pequeña daga de apenas treinta centímetros que en tantas películas había visto utilizar a los samuráis que recurrían al suicidio ritual para lavar su honor, algo que los jóvenes japoneses sólo conocían ya por la literatura o el cine. Temió tener las tripas henchidas de gases, algo del fastuoso menú pagado por su suegro debía de haberle sentado fatal. Temeroso de no poder contener una explosión de ventosidades apestosas que podrían estropear aún más una noche de bodas en la que había hecho el ridículo, se levantó tambaleante para dirigirse al cuarto de baño.

El frío más intenso se apoderó de su cuerpo, lo sintió subir por los pies reptando como una culebra hasta el pecho.

Cerró la puerta tratando de no hacer ruido. La luz muy brillante se encendió sin necesidad de pulsar ningún interruptor, era una luz fría que reverberaba sobre las baldosas blancas y hería los ojos. El dolor se agudizaba, ansiaba sentarse en la taza del sanitario para intentar liberar sus doloridos intestinos, no sabía de qué, mientras violentas arcadas subían de su estómago a la garganta. No consiguió llegar junto al sanitario, cayó al suelo carente de fuerzas, su espalda desnuda apoyada contra la pared. El frío más intenso se apoderó de su cuerpo, lo sintió subir por los pies reptando como una culebra hasta el pecho mientras sus manos oprimían el abdomen. Intentó gritar, quizás para pedir socorro, pero ningún sonido logró traspasar las paredes del baño, bien diseñado para no transmitir incómodos ruidos al dormitorio donde su pareja dormía plácidamente. El dolor se agudizaba, no cedía, le atenazaba como un garfio de matarife. Gimió y notó que sus manos comenzaban a mojarse. Las miró horrorizado, estaban manchadas de sangre… Sin poder dar crédito a lo que sus ojos apenas alcanzaban a ver, como inmerso en el pánico de una niebla densa, sintió que su vientre se abría como hendido por la daga ritual y las tripas escapaban incontenibles, liberadas del duro cinturón muscular. ¿Qué droga le habían administrado, qué veneno había tomado? En el menú nupcial no se había servido pez fugu, era un manjar tan caro como de difícil elaboración y su suegro no iba a correr semejante riesgo. Con la espalda semiapoyada contra el muro, su cuerpo se convulsionó como si estuviera pariendo sus propios intestinos, que escaparon de la cavidad abdominal para rodear sus piernas como una cuerda maldita, irrompible. La sangre era como una isla roja sobre las baldosas blancas en la que Kuro era el centro.

Muy lejos de allí, Miko acarició los cabellos negros de su nieta la científica, para quien la magia sólo era real en los cuentos que le explicaba la abuela antes de dormir. Dirigió una última mirada a su pequeño y singular altar donde faltaba un cordón umbilical: el de un niño a cuyo parto de nalgas ella asistió con exquisito cuidado. Nadie se daría cuenta de ello, nadie sabría nada y la vieja chamán se mostraría hermética e impasible en aquel tiempo donde ya nadie creía en poderes sobrenaturales, porque imperaba la más avanzada tecnología.

Este relato se puede escuchar en esta lectura dramatizada del podcast La Llave del Laberinto y forma parte de la antología Kaidan, los que vienen del otro lado (Babylon, 2018). El libro se puede descargar gratuitamente en formato PDF haciendo clic aquí.

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