“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Es de noche

jueves 16 de junio de 2022

¿Es de noche? No sabe si es de noche, no lo puede saber porque no tiene la referencia clara de cuándo fue de día. No lo recuerda. Sabe que luz no hay. No es que esté oscuro, es que no hay nada de luz. ¿Es negro lo que ve? No sabe siquiera si puede abrir los párpados. ¿Es el interior de los párpados lo que no ve? Porque, piensa, no ver es más que ver negro. ¿O es menos? Duda. Tiene la conciencia de que el interior de sus párpados no puede ser negro. Sabe que si hubiera algo de luz lo vería de un color rojizo, más tenue, eso sí, cuanto menos luz. Sabe que esta coloración se la da la sangre. Pero él no ve negro el párpado, es que no lo ve. Es que no hay luz. Es decir, hay párpado, pero no hay luz. ¿O es que ni siquiera hay párpado? ¿La ausencia de luz es la oscuridad? ¿El negro es, como le han dicho, la ausencia de colores? Claro, si no hay luz no hay colores. Todo esto está pensando en silencio. ¿En silencio, digo? ¿Es que tampoco hay sonidos? ¿Es que el silencio es la ausencia de sonidos? ¿Qué relación puede tener con la ausencia de color? ¿Es que también el sonido depende de la luz? Intenta abrir el párpado negro, pero no puede. El oído es distinto, no puede cerrarse. El oído siempre está ojo avizor, ironiza. ¿O no puede abrirse porque ya está abierto? Pero si el oído está abierto, es que ahora no entra sonido a través de él. Es que fuera, como dentro, no hay sonido. ¿Es ausencia de sonido o es sonido negro? No quiere volver a pensar en las ausencias de colores y de sonidos, está agotado. Piensa entonces en abrir los párpados, pero no sabe si los está abriendo. Todo lo que puede ver es negro, como cuando los tenía cerrados. No saber si los ha podido abrir le desasosiega. ¿Es que tampoco puede mover sus músculos? ¿Es que está paralizado? Intenta hacer un movimiento con cualquiera de sus extremidades, pero no tiene conciencia de que pueda hacerlo. No es que no pueda moverse, que parece que no, es que ni siquiera tiene conciencia de que pueda intentar hacerlo. Le tranquiliza de momento pensar que esa parálisis es una defensa refleja porque al no poder ver, al no poder oír, al no poder ser consciente de sus movimientos, si lo hiciera, correría un riesgo que la naturaleza no puede permitirle. Agradece a ésta su sabiduría y continúa quieto y en silencio. Y entonces piensa, si estoy pensando es que tengo pensamiento, si estoy agradecido a la naturaleza es que tengo sentimientos. O sea, piensa, tengo pensamiento y sentimientos. No sólo eso, si sé que existe la naturaleza es que conozco lo que es natural y, si esto es así, también conozco lo que no lo es. ¿Pero de qué me sirve? Ya que tiene pensamiento, piensa que, aunque no sea hoy luna llena, que no lo sabe, la luna rielará en el poema de Espronceda y las estrellas tiritarán en el de Neruda. ¡Qué tontadas pienso! —piensa. Ya que tiene sentimientos, se entristece y recuerda los ojos de Matilde cuando eran jóvenes. Ella tenía unos ojos verde gato desde que la conoció en la universidad y así, gatunos, los mantuvo hasta que murió y lo dejó solo en este mundo. Fueron muchos años de soledad pensando en aquellos ojos verdes. ¿Veo el verde de sus ojos en mi pensamiento, pero no puedo ver mi párpado? Puedo, con dificultad, reconstruir aquellas facciones tan dulces que enmarcaban aquellos ojos, pero no puedo recordar qué ha pasado para que me encuentre en esta situación. Ha intentado de nuevo abrir sus párpados, pero es inútil, sólo hay oscuridad en su vista. Otra cosa, parece, son los recuerdos, los pensamientos, los sentimientos y todas esas cosas incorpóreas que hacen que la vida tenga valor. Tengo, pues, piensa, lo que vale de la vida, pero no puedo comunicarme ni siquiera con mis músculos. Esto no tiene ningún sentido, lloro y ni siquiera puedo saber si estoy llorando, no sé si tengo lágrimas, no sé si alguien me las seca. Y no sé cuánto tiempo ha pasado desde que estoy así, no tengo referencias que me sirvan de marcadores. El tiempo necesita de esos marcadores para hacerse notar. Esto es, cómo diría, un vacío de tiempo. Un tiempo que no pasa. Einstein decía que el tiempo podía contraerse y el mío debe haberse contraído tanto que ya no existe, Y al no existir no comienza ni termina. Puedo por lo tanto llevar así una eternidad o tan sólo una milésima de segundo. Tal vez esto sea la eternidad. Algo tan corto o largo, algo inconmensurable. El hombre, agotado, siente la necesidad de dormir, pero también ha perdido esa posibilidad. No distingue entre el sueño o la vigilia. O mejor, siempre permanece en la vigilia. De pronto, sin ver nada, sin oír nada, sin poder moverse, sin que sea un sueño, se sabe rodeado de belleza. Es aquella de la infancia que había perdido y buscaba en las puestas de sol, en los amaneceres, en la pintura y en la escultura, incluso en la palabra. Y esa belleza permanecía desde entonces recluida en su interior. Pero esta vez es clara, es algo que puede sentir y que le atrae, como hace la luz con algunos insectos, le atrae sin remisión. Pierde por completo la posibilidad de evitar esa atracción, cosa que por otro lado no desea. Es placentera. Es como flotar en la nada. Sigue sin poder mover ninguna parte de su cuerpo. En realidad, piensa, es que no siento mi cuerpo. Sólo lo inunda una placidez que no había sentido jamás. Flota en el vacío. No, no es eso, él es el vacío. No hace por comprenderlo, lo acepta. De pronto, sin verlos, ve los ojos de Matilde que le miran a través de una claridad que le dirige hacia un espacio sin límites. Todo es bello. Allí es…

Francisco Suárez Trénor
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