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La carta

martes 21 de junio de 2022

—¿Me vas a poner atención o no, María? —dijo Pedro levantando la vista y acomodándose los lentes para ver a su mujer, que no cesaba de hablar al tiempo que fregaba los trastos en la cocina.

Intentaba desde hacía un buen rato dar lectura a la carta llegada desde el África con noticias de Juan Luis, el mayor de sus hijos, quien había elegido dedicar su vida a Dios. Se fue a los veinte años impulsado por ese ímpetu juvenil que mezcla la aventura con una eventual convicción sobre los aspectos fundamentales de la vida, y no valieron los ruegos de su madre ni los de Petronila, a la sazón su novia, y para quien el amor no fue suficiente como para abandonar todas las comodidades a las que estaba acostumbrada.

—“Con mucho sacrificio hemos terminado la capilla; a base de esfuerzo y dedicación tenemos ya todas las comodidades que un templo debe tener: servicios sanitarios, ducha, y un chorro que nos permite obtener el agua para las más ingentes necesidades…”. Pero escucha, vieja, deja de hacer tanto ruido con esos platos y ven a sentarte.

Sólo se dirigían la palabra a las horas de comida y en las raras ocasiones en que les llegaban noticias de Juan Luis.

—Si no hago yo las cosas, ¿quién en esta casa? Es muy bonito comer en platos limpios, con cubiertos, pero también hay que lavarlos.

—Entonces no leo más —dijo Pedro quitándose los lentes y encendiendo un fósforo para reactivar el fuego que consumía su habitual habano.

Jamás se ponían de acuerdo. Con el transcurrir de los años sus intereses se habían ido tornando disímiles y sólo se dirigían la palabra a las horas de comida y en las raras ocasiones en que les llegaban noticias de Juan Luis. Al principio se comunicaban también con Petronila, hasta que ésta dejó de frecuentarlos cuando resultó con amoríos en su trabajo. Mucho quería a Juan Luis, pero el amor fue enfriándose en la medida que los años transcurrían y Sebastián la cultivaba como si fuera una tierra fértil.

—Por el amor de Dios, Pedro, no seas así, dame las noticias que yo más ansío, sigue leyendo, lo que pasa es que estos trastos ya son muchos para el lugar tan estrecho en esta cocina, pero te escucho, vamos, lee, no te detengas —le dijo a Pedro cuando éste ya se acomodaba los lentes de nuevo. “…agua para las más ingentes necesidades, punto… Claro que el agua viene del río porque olvídense que por acá haya agua potable; sin embargo, la bebemos, no nos queda otro remedio que hervirla para evitar tantas enfermedades. He construido mi casa muy cerca porque es difícil el transporte. ¿Cuántas veces no he tenido que caminar kilómetros de kilómetros para llevar el pan de Dios a tantas personas que lo necesitan?…”.

—Si no compramos gabinetes nuevos tendré que poner los platos en el suelo, Pedro, ¿cuándo vamos a comprarlos?

Los lentes cayeron sobre la mesa lanzados con actitud de impaciencia en el preciso momento en que la brasa del habano se enrojecía de rabia.

—Tantas necesidades insatisfechas ya me tienen al borde de la desesperación. Menos mal que Juan Luis está lejos y así no puede ver lo que estamos pasando.

—Pero qué quieres, vieja, ¿que hablemos de nuestras desgracias a cada rato? No enturbies este momento, por favor, en que nuestro hijo nos habla, aunque sea por medio de estas letras. Hemos dado al mundo eso, un hombre de bien que se dedica a predicar la palabra del Señor por lugares tan inhóspitos. Escucha, ¿quieres? “(…) cuántas veces no he tenido…”. No, espera, eso ya lo leí; a ver, sí, “(…) ¿el pan de Dios a tantas personas que lo necesitan? Pero no importa, estoy consciente de que la misión que el Señor me ha encomendado aquí en la tierra es esta y lo hago con mucho gusto. Claro que al estar lejos de ustedes sufro (…)” —dijo Pedro quitándose los lentes para limpiarlos, en burdo afán de disimular las lágrimas que le empañaban los ojos.

—Vamos, lee —dijo María urgiendo a su marido para escuchar de su boca los sufrimientos del hijo ausente.

—“(…) sufro, pero ustedes comprenderán que mi vocación es esta. Cierto es que la misión en este país entraña un sinnúmero de dificultades y peligros (…)”.

—Pobre —dijo ella—, lo que debe sufrir lejos de nosotros. Si tan sólo la ingrata de Petronila se hubiera ido con él, otra cosa sería. Porque entre dos que se quieren se ayudan, se dan ánimo y pueden hacer de la vida algo más agradable. Pero no pudo esperarlo, y ese infeliz con quien anda no sirve para nada.

—Cállate —dijo él—, ya todos sabemos que amor de lejos es de pendejos; además yo creo que no le convenía y su misión está por allá. Escucha: “…de dificultades y peligros como el caso de los leones…”.

Lo peor que se ve en el mundo es la maldad entre los hombres porque sin necesidad se matan unos a otros.

—Sí, siempre me ha parecido interesante la comunidad leonina. Entre ellos, es decir, su familia, se protegen; pero son agresivos y matan a otros animales que se les acerquen, aunque no tengan precisamente hambre.

Pedro pasó la página e hizo caso omiso de los comentarios de su mujer, y siguió leyendo:

—“…pero su justificación está en que su ley es matar para poder vivir: Dios los ha hecho carnívoros…”.

—Realmente ellos no tienen la culpa —dijo María—, porque su naturaleza es así: salvaje. Lo peor que se ve en el mundo es la maldad entre los hombres porque sin necesidad se matan unos a otros. Pero lee, no te detengas —le dijo a Pedro, quien apagaba el habano en esos precisos momentos.

—“…Dios los ha hecho carnívoros —repitió Pedro al enfrascarse de nuevo en la lectura—, pero lo peor es que se han metido al pueblo y destrozaron a algunas personas. En eso sí se han pasado, porque debieran alimentarse en su selva. Para eso Dios les ha dado su medio…”.

—Bueno, el hambre es seria —dijo María—, y además, el hombre ha ido a asentarse en los linderos de su selva. Ellos tienen que protegerse, pero siéntate viejo, no te pongas así, sigue leyendo —expresó en voz alta, pero Pedro siguió rumbo al baño. En el silencio desconcertante que a continuación se produjo, se escuchó claramente el ruido de la orina que caía en el inodoro.

—Bien, ¿estás dispuesta a escuchar?                                

El silencio de María le dio la pauta para continuar con la lectura.

—A ver —dijo— “…Dios les ha dado su medio. Pero aparte de esos peligros y que me he casado, ¿no les había contado? Me he casado hace un mes porque creo que un siervo del Señor también necesita de una compañera…”.

—¿Cómo? ¿Qué dices? —la voz de María se confundió con el ruido que produjo una taza al caer al piso. A ver, lee de nuevo...

—“…me he casado hace un mes porque creo que un siervo del Señor también necesita una compañera que le ayude en su menester. Se llama Josefa; sí, ya sé que su nombre no va a sonarles muy bien, pero así se llama. Pronto les enviaré su foto y todos los datos de nuestro romance; sobre todo a mamá que se interesa por estas cosas. En fin, ¿cómo les va con Atenor?…”.

—¿Y sólo eso dice? ¿Cómo se atreve a dejarme con esta inquietud? No puede ser, Pedro, que nuestro Juan Luis se haya casado sin participárnoslo antes. Y sin preguntar por Petronila; ¿qué sabe él cómo está la pobre muchacha? ¡Qué ingrato es!

—Te callas o no sigo —dijo Pedro mirando por encima de sus anteojos y se aprestó a continuar con la lectura. “…en fin, ¿cómo les va con Atenor?…” —repitió—. ¿Te fijas, vieja, cómo nuestro hijo se recuerda de nuestros problemas aun a la distancia? “…espero que hayan zanjado sus diferencias porque no me gustaría que se devoraran el uno al otro como los leones salvajes de que les cuento…”.

—Si Juan Luis supiera los problemas… pero sigue, Pedro, no te detengas —y María se dirigió hacia la sala para acompañar a su marido.

Estaba tres pasos detrás de él cuando Pedro abrió la puerta.

Pedro estaba dedicado a encender un nuevo habano cuando sonó el timbre de la puerta.

—Con que no sea el desgraciado de Atenor a estas horas —dijo María e hizo el intento de levantarse, pero Pedro le puso una mano en el muslo haciéndola recordar algunas otras intenciones.

—No, voy yo —expresó poniéndose de pie al quitarse los anteojos; hizo el ademán de dejarlos sobre la mesa, pero quién sabe por qué se los llevó en la mano.

Como impulsada por un resorte María salió tras su marido. Estaba tres pasos detrás de él cuando Pedro abrió la puerta.

—¿Quién es? —preguntó en el preciso momento en que la silueta de Atenor se dibujaba al trasluz y sonaba el estampido.

Antonio Cerezo Sisniega
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