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Dos microrrelatos de Mario Capasso

sábado 9 de julio de 2022

El ramo

Persuadido de los pies a la cabeza acerca de las dificultades de un acceso carnal más o menos rápido y concluyente, quise probar a combinar suerte y carnada, a ver si convencía a mi mujer soñada por el lado de la belleza romántica y de la caballerosidad.

A un precio que para ser sincero me pareció por demás exagerado, compré unas flores en el puesto vecino a la parada del colectivo. Viajé todo el tiempo acompañado por el ramo de rosas rojas y se lo entregué apenas abrió la puerta, justito a la hora que me había indicado.

Ella recibió el ramo y, llevando a la práctica una leve inclinación del cuerpo, después de agradecerme la puntualidad y dedicarle unas palabras de elogio a la humildad de mis ropas, me hizo pasar.

Ya en el interior de su hogar, miró por segunda o tercera vez el ramo y, qué lindo, y sobre todo qué original, dijo.

Se expresó, además, sacando a relucir palabras de eterna gratitud.

Acto seguido, me ofreció una silla en la sala, que no era muy grande, más bien todo lo contrario, se disculpó.

Ella, después de dos o tres frases comunes, a las que contesté de la manera más común posible, sugirió poner las flores a buen resguardo.

Declaró que no la incomodaba en absoluto mi manera de tartamudear y aseguró confiar en que todavía le quedara un espacio libre en un lugar especial de la casa, al que le gustaba llamar “el vivero”, y también manifestó que, si yo le concedía al menos un permiso provisorio, ella saldría unos momentos de la sala y dispondría todo lo necesario, tal como la ocasión lo merecía, dijo.

A su regreso, al parecer muy contenta, reveló haber hallado el sitio justo, casi casi el último disponible en “el vivero”, así que bien pronto debería proceder a renovarlo. Agregó que había tenido un día ajetreado, muy movido desde la mañana temprano, creo que dijo, pero eso no le importaba en absoluto y no quería convertir su pasado reciente en una excusa, según remarcó sonrisa mediante. A continuación, comentó que me quedara tranquilo, que ya podía dejar de temblar tanto, que la brevedad de la vida la tenía apesadumbrada y que yo no me iría de allí sin antes tomar una linda copita de licor y sin haberme acostado con ella, aunque sea un ratito, dijo.

 

La ausencia

Una pantufla, cualquiera sea su color o su origen o sus creencias, debía por fuerza y tradición mantenerse en estado de sumisión permanente.

El hombre siempre había sostenido esta especie de teoría casera, y no le importaba en absoluto lo que podían llegar a decir las involucradas o toda esa parentela de calzados tan diferentes entre sí.

En la unánime opinión del hombre, el mundo había funcionado hasta esos momentos a base de bastante soltura y ecuanimidad, así, con sus dos pantuflas preferidas puestas en el lugar que les correspondía por designio. Pero esa mañana del entuerto, él las estuvo llamando durante un buen rato y después las buscó por toda la casa.

Ya de entrada le extrañó mucho la ausencia, más que nada porque no recordaba haberlas maltratado. Tampoco les había hecho un comentario fuera de lugar, ni siquiera las había mirado mal en los últimos tiempos. De eso estaba seguro, o casi seguro.

A pesar de no darle mucha bola al correr algo cansino de los minutos, la situación de desamparo se le tornó inexplicable, también podría decirse que por demás escurridiza.

Entonces el hombre se decidió y dio los primeros pasos con los pies descalzos sobre las baldosas frías. Ellas sabían algo, y al ocultarlo las muy egoístas se convertían en cómplices de lo que sucedía en la superficie de la casa, y para colmo esto acontecía en pleno invierno, y qué invierno, se dijo mientras tiritaba de lo lindo y emprendía el movimiento en procura de su abrigo preferido.

No lo encontró donde creía haberlo dejado y comenzó a buscarlo.

Mario Capasso
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