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Tres microrrelatos de Mario Capasso

martes 9 de agosto de 2022

La meditación

Sentado sobre la hierba del living, el hombre meditaba acerca del destino que le había tocado en suerte y del alcance que podía tener su brazo en caso de querer alcanzar un estante de la biblioteca, que a todo esto se hallaba hundida en una especie de líquido aguachento que, al supurar en medio de una espesura de muy buen linaje, la convertía casi en inaccesible, tanto o más inaccesible que la comprensión cabal del pasado que esos libros encerraban en tantas historias diferentes, se dijo el hombre, atento además a los vaivenes de la marea, termo en mano, sirviéndose cada tanto un mate amargo, bebiéndolo mientras miraba el mar, que para colmo de males parecía más encrespado que otras veces, aunque igual no alcanzaba a meterse de lleno en la pequeña cocina, hecho que lo tranquilizaba bastante, porque él ya no podría soportar una nueva inundación que le arrastrara los trastos, que le llevara otra vez lo poco que poseía, se dijo mientras hacía ruido con la bombilla por el fin del mate, que coincidió con el fin de la última ola de esa jornada, que invitaba ahora a la calma y al descanso, eso si la cama no se había empapado durante algún descuido del hombre, que entonces apoyó el termo sobre la mesada, miró el horizonte, se aseguró de dejar bien cerrada la canilla y caminó por la playa hasta el dormitorio, donde antes de acostarse construiría un castillo de arena con el que poder soñar después, un sueño que al fin pusiera las cosas en su lugar, se dijo.

 

La puntada

Justo cuando la anciana madre de un hijo único se encontraba a un pasito de enhebrar el hilo en la aguja respectiva, le dio una gran puntada en la espalda. Ahí nomás la mujer se quedó dura, en una postura por demás estrafalaria y traicionera, según su propia definición, hecha a los apurones y en medio del dolor, que por momentos pasaba de punzante a una zona de riesgo más punzante todavía. A pesar del panorama establecido en dirección contraria a lo que se podría denominar su voluntad, la buena mujer trató de mantener la calma bajo un control estricto. Y entonces, remando contra la corriente, igual pudo pensar a su modo y bosquejar algunas ideas trazadas entre líneas. Su hijo vendría de visita, eso era una realidad incontrastable, se dijo, así, encorvada hasta un límite por el que ella antes del percance no hubiera apostado ni loca ni mamada, pero también se dijo que él le había prometido volver al hogar materno en tres o cuatro semanas, todo dependía más que nada del trabajo, de la voluntad de los clientes, de los patrones y de su propio estado de ánimo, en una combinación que podía llegar a alcanzar niveles muy azarosos, según le había asegurado el buen muchacho en un tono algo misterioso, que en ese momento la sumió en una perplejidad de las grandes que, a lo mejor, ahora había derivado en esa puntada de porquería que no la dejaba enderezarse como la gente. Él anda siempre con una valija a cuestas, ofrece a los clientes objetos que ella ignora, rememoró la anciana madre del ausente. Siempre quiso preguntarle y por una cosa o por otra, al final no lo había hecho. Ojalá el hijo dedique sus afanes a vender alguna pomada de buena calidad, que no resulte fría cuando se la haga pasar y que sirva para eliminarle o al menos calmarle los dolores que ahora siente en la espalda, y que cuando él llegue no resulte estar vencida, ni la pomada ni ella, una u otra posibilidad sería el colmo de males más exasperante de su vida y terminaría de sacarla de quicio, se dijo como pudo la madre, a cada instante más anciana, casi sin fuerzas para gritar, bien quietita ahí.

 

La puerta

La puerta del dormitorio se abrió sin hacer ruido y el hombre, después de atravesarla con éxito, dio los primeros pasos sobre la alfombra, los ojos bien abiertos, más que nada para no caer en alguna trampa que el bosque pudiese haberle preparado. Ya con unas cuantas horas de caminata sobre el lomo, el hombre levantó hasta cierto punto la cabeza y desde ahí observó el empapelado en las paredes. La mirada le sirvió, entre otras cosas, para identificar a su derecha una rajadura, y entonces calculó que, de seguir con ese ritmo de marcha, llegaría al valle poco antes del amanecer y una vez allí podría descansar en el sofá y recuperar energías. Entusiasmado al imaginar la meta, no se detuvo, más bien todo lo contrario. En una zona especialmente trabajosa, mientras manoteaba con fuerza para abrirse paso entre la vegetación, advirtió que por suerte la luz del velador, que alguien había dejado encendida, lo ayudaba a guiarse entre los árboles y las plantas, que parecían cubrirlo todo, salvo ese caminito que ahora él pisaba con un entusiasmo renovado y que poco a poco iba dejando atrás, al igual que iba dejando atrás la pesadilla en la que él mismo se veía envuelto en una especie de follaje que se le había metido en la habitación, del que sólo se podría librar a través de una puerta que ahora veía de reojo.

Mario Capasso
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