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El tango

sábado 13 de agosto de 2022

El recuerdo de Graciela no me ha abandonado ni un solo día después de tantos años. Cuando ella desapareció, no le conté a nadie lo sucedido. Me lo reservé exclusivamente para mí, para mi disfrute. Pero con el paso de los años, necesité contarlo a mis amigos, cuando llegaron, a mis hijos, y hoy son mis nietos los destinatarios de la historia.

Con el tiempo, el recuerdo fue adquiriendo vida propia. Fue excavando un profundo surco en mi memoria por el que discurría a placer como un arroyo, tejiendo una suerte de afluentes formado por todos esos detalles que, a fuerza de contar la historia, fueron configurando su cauce.

A mediados de los años sesenta, Buenos Aires era un hervidero en todos los aspectos. Los ecos de la Guerra de Vietnam llegaban muy atenuados, el rock argentino resurgía con fuerza y todo aquel que se preciara leía a Mafalda. El golpe de Estado del sesenta y seis coincidió con el final de mis estudios de Bellas Artes. Mis currículos dormían en los archivos de todos los colegios de la ciudad, por lo que decidí continuar dibujando para no perder la mano ni las esperanzas.

Su cuerpo se balanceaba como una ramita de lavanda sobre unas piernas delgadas, enfundadas en unas medias de red rotas por los talones.

La primera vez que la vi, llamó mi atención su aspecto desvalido, de marioneta antigua. Posándose, más que caminando, sobre el suelo empedrado del cementerio. Sorteando con sus viejos zapatos de tacón los charcos de una lluvia reciente. A pesar de un cielo amenazante y de un viento que iba a más, ella vestía de violeta de los pies a la cabeza. Su cuerpo se balanceaba como una ramita de lavanda sobre unas piernas delgadas, enfundadas en unas medias de red rotas por los talones. Andaba lentamente, con un bolsito de terciopelo y pasamanería en una mano mientras que con la otra hacía esfuerzos sobrehumanos para que su sombrerito de raso violeta no saliese volando.

Yo sabía que era la hora del mate cuando ella aparecía por la puerta del cementerio. En aquel entonces, andaba yo haciendo bocetos de imágenes religiosas de una iglesia a otra de Buenos Aires. Hasta que, tras la visita a la Basílica del Pilar, aterricé en un banco de piedra del cementerio de La Recoleta, dando la espalda, tras disculparme por ello en silencio y a diario, a la tumba de Guillermo Brown, marino y héroe nacional. Desde allí disponía de un ángulo privilegiado para dibujar la figura del cristo crucificado que presidía el paseo principal. A partir de él, salían ocho calles como las ocho puntas de una estrella de piedra entre las que se distribuían las tumbas de las personas más relevantes de la ciudad.

Graciela venía siempre a la hora del mate, o era yo el que lo tomaba cuando intuía sus pasos, no lo sé muy bien. Pasaba por delante de mí, trastabillando sobre unos adoquines castigados por el tiempo y por el peso de los carros que llevaban féretros de maderas nobles y bronces pesados, como lo exigía el prestigio de sus destinatarios.

Pasaron varias semanas hasta que terminé los bocetos de los grupos escultóricos que rodeaban al cristo, por lo que me decidí a cambiar de banco. Al principio me pareció un poco morboso disfrutar tanto con algo tan sensual como el dibujo, rodeado como estaba de féretros, flores de tela ajadas, banderas descoloridas y enseñas militares maltratadas por el tiempo y el olvido.

Una de aquellas mañanas en que Graciela se santiguó ante el cristo y continuó su camino junto a la tumba del político Domingo Sarmiento, decidí seguirla. Caminó despacio, dejando atrás el monumento a Basualdo Borrego, aminorando aún más el paso a medida que se acercaba a la esquina. Giró a la izquierda y vi cómo se detenía ante un mausoleo de mármol negro y de diseño modernista. Me acerqué con cuidado temiendo que me descubriera pero mis temores desaparecieron con rapidez: Graciela sólo tenía ojos para la tumba. La puerta era de cristal y una enorme cruz de metal plateado la atravesaba. Una placa dorada, que la vergüenza me impidió leer y que representaba una pareja bailando un tango, atrajo mi mirada.

Una lágrima tras otra iban emborronando de lápiz de ojos el ajado perfil de la mujer, mientras el carmín escapaba de los límites de su boca, creando pequeños ríos de sangre sobre las arrugas del labio superior. Me avergonzó estar contemplando cómo Graciela desnudaba su alma ante la tumba sin percibir mi presencia. Creí adivinar, en esos momentos en los que su llanto atravesó el tenebroso espacio que nos separaba, cómo se sentiría un violador arrepentido. La mujer me miró de pronto, y fue entonces cuando todo el dolor que su corazón había paseado durante esas semanas ante mis ojos, comenzó a tomar forma, a adquirir peso y volumen.

—¡Pibe! ¿Nos conocemos? —encogió sus ojos para verme mejor y me pareció que las arrugas que enmarcaban en forma de estrella su mirada eran tan profundas que podrían enterrarse cientos de desgracias en ellas y aún quedaría espacio para más.

Le contesté que no. Que no nos conocíamos. Que me dedicaba a dibujar figuras funerarias mientras esperaba encontrar un trabajo. Le enseñé mis bocetos y me callé incitándola a hablar. Me explicó que hacía semanas que venía a visitar a un amigo que había fallecido recientemente: su compañero de baile durante más de cuarenta años. Pronunciaba estas palabras con la falta de emoción de quien ha contado cientos de veces lo mismo. Cuando ella se fue, leí la placa dorada que presidía la tumba: “A Rubiroso Vidal, el rey del tango porteño”.

Aún me parece verla bailar en mis sueños: Graciela elevando la pierna, empujando el pasado con el empeine de sus pies.

Un día, Graciela apareció con una bolsa de plástico en una mano y un pequeño radiocasete en la otra. Me pidió con mucho tacto que vigilase el extremo de la callejuela. Me aposté obediente donde ella me indicó y observé detenidamente cómo cambiaba sus zapatos violetas por unos negros de tacón alto. Pulsó el botón del radiocasete y la voz de Carlos Gardel inundó la callecita mientras ella se transformaba en la bailarina que fue. A pesar del tiempo que ha pasado, aún me parece verla bailar en mis sueños: Graciela elevando la pierna, empujando el pasado con el empeine de sus pies, abrazando con sus dedos nudosos el final de la vida; elevando el mentón mientras dirige la mirada a un cielo blanco, incierto. En uno de los giros cae su sombrero y con él, su peluca. La cabeza de la bailarina, bola gris y blanca, sigue girando, mientras clava su mirada suplicante en mí. Sus brazos abanican con sus colgajos un aire de muertos. La música acaba y, mientras recoge sus cosas, incapaz de mirarla a la cara, elevo mis ojos húmedos al cielo tropezando en el camino con el grupo escultórico que corona el mausoleo negro: dos ángeles de la muerte arrebatando el alma de un infante a su madre, cuya mirada de dolor, a pesar de la distancia de la materia, atraviesa mi alma. Miro de nuevo a Graciela, que se coloca teatralmente frente a la puerta del mausoleo y hace una reverencia tan profunda que pienso que no podrá levantarse sin ayuda. Se cambia de zapatos y, tras dedicarme una sonrisa triste y antes de irse, me dice: “Pibe, ahora sí que nos conocemos, ¿verdad?”.

Los días pasaban y a mis deseos de dibujar se sumaba ahora el interés que los encuentros con Graciela provocaban en mí. Cada mañana, a las doce, tapaba el termo de agua y guardaba el mate. A esa hora, y siempre de violeta, Graciela entraba arrastrando cada vez más sus pasos por el empedrado del cementerio. Al llegar al cristo, se santiguaba y me miraba de soslayo. Me situaba detrás de ella y la seguía hasta que se detenía ante el mausoleo de mármol negro. A veces sacaba una bolsa con empanadas o tortas. Una vez trajo dos copas arañadas y una botella de vino tinto de Malbec, todo un lujo para un desempleado como yo. Apenas hablábamos, no hacía falta. El tango lo hacía por nosotros. “No hay palabras más bellas ni que puedan explicar mejor la pasión que las palabras que viven en los tangos”. Frases como esta, pronunciadas en un silencio de piedra, era lo que hacía que las mañanas con Graciela no tuvieran precio para mí.

Habían pasado dos semanas cuando, de repente, un día Graciela no apareció, ni al día siguiente tampoco. Yo estaba terminando mis bocetos en el cementerio. Al tercer día estuve a punto de desistir, pero era tanta mi curiosidad que diez minutos antes de la hora del mate ya estaba yo apostado en mi banco esperándola.

A las doce en punto, un féretro de madera oscura atravesaba la reja del cementerio, dando pequeños saltos sobre las traviesas del carro que lo transportaba. Lo seguía una comitiva muy especial formada por cuatro caballeros maduros perfectamente enchaquetados de negro y cuatro mujeres también mayores y vestidas del mismo color, con marabúes rojos volando en torno a sus cuarteados cuellos y maquilladas hasta la exageración. El espectáculo era realmente chocante y, para completar la escena, música de tango rancio al compás de sus pasos. El grupo desfiló delante de mí dejándome maravillado y mudo de asombro. No reaccioné hasta que la comitiva tomó la curva a la altura de la madre doliente. Sentí el pinchazo de la curiosidad y salté del banco, alcanzando a verla justo en el momento en que se paraba frente al mausoleo de mármol negro. Fui acercándome a ellos sin reparo. En ese momento, los caballeros tomaban sobre sus hombros el féretro mientras una de las mujeres abría la puerta de cristal. Introdujeron en silencio la caja de madera brillante y, cuando salió el último enchaquetado, se colocó, al igual que los demás, al lado de una de las señoras, como palomos buscando pareja.

“Caminito”, de Juan de Dios Filiberto, llenó de vida un aire que olía a muerto. Las cuatro parejas comenzaron a bailar con la naturalidad de quienes se han dedicado a ello toda su vida, convirtiendo el suelo de piedra del cementerio en el escenario de una tanguería. Reconocí a Zozobrito Luján, la estrella de El Viejo Almacén de la calle Balcarce de hacía treinta años, en una de las señoras que marcaban círculos en el aire con sus piernas. Era como si el tango las hubiese devuelto a aquellas noches de tragos y facturas en el barrio de San Telmo.

Cuando la música terminó, hicieron la reverencia ante el mausoleo y, acto seguido, las señoras sacaron del bolso unas prendas de color violeta acompañadas de unos zapatos de tacón del mismo color y los depositaron con cuidado y con cara compungida en el interior del mausoleo.

Asistí inmóvil a la representación, deseando en mi interior adquirir el color y el tacto de la piedra, deseando fundirme con su fría superficie para pasar desapercibido. En un principio creí haberlo conseguido: el grupo pasó delante de mí sin mirarme. Sólo al final, Zozobrito Luján se volvió para preguntarme con un deje de tango en sus palabras:

—Pibe, ¿conocías a Graciela?

Asentí y ella no se extrañó. Habló de la discreción natural de su compañera.

La vimos mejorar sin motivo aparente hace unas semanas. Arreglaba con rapidez la comida y la casa a pesar de los dolores porque, según decía, tenía que estar en el cementerio a las doce.

—¡Fíjate que llevaba cuarenta años bailando con él —señaló con la cabeza la tumba de mármol negro— y nadie sabía que eran amantes! Hasta hace dos meses no nos enteramos de que ella se moría a chorros por la leucemia. Pensábamos que el mal color se debía a la pena por Rubiroso, pero no. No obstante, la vimos mejorar sin motivo aparente hace unas semanas. Arreglaba con rapidez la comida y la casa a pesar de los dolores porque, según decía, tenía que estar en el cementerio a las doce. La veíamos acarrear bolsas con empanadas, vino y tortas, pero nunca supimos qué hacía con la comida en el cementerio. Y ya, nos moriremos sin saberlo. ¿Y tú, pibe? ¿Sabes qué hacía Graciela con esa comida en un lugar donde sólo hay muertos?

Miré al cielo y en ese momento creí ver cómo la madre doliente de piedra por fin entregaba, sin poner resistencia, el alma de su hijo a los ángeles, mientras se despedía de él con la mano.

—No sé —contesté—. A lo mejor sólo vino a presentar sus respetos al mundo de los muertos, al que ya casi pertenecía, y a despedirse del mundo de los vivos como mejor sabía hacerlo: bailando un tango.

—¡Un tango! ¡Bah! Estos pibes de ahora… ¡qué sabrás tú de tangos!

Zozobrito Luján se alejó en busca de la comitiva trastabillando torpemente por entre los adoquines, dejando en el aire un perfume intenso a rosas viejas que, aún hoy, con todo mi prestigio como el mejor dibujante porteño, parece perseguirme cuando yo también trastabillo torpemente por entre los adoquines del cementerio de La Recoleta.

Emilia Luna Martín
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