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La frase

sábado 1 de octubre de 2022

No sé exactamente cuántos días llevo sin moverme de la maldita cama, pero lo cierto es que ya estoy cansada de esta inactividad. Quiero recordar desde cuándo estoy en este plan pero debe de hacer más de una semana. Empecé a encontrarme mal y sin fuerzas y don Antonio me aconsejó descanso. Recuerdo que entre las recomendaciones que el médico me dio, estaba la de no preocuparme por nada. Intentó averiguar el motivo de mi supuesto estrés pero no solté prenda. Lo último que faltaba era que se enterara de la discusión que habíamos tenido mi hija y yo. Después se toma dos copas en la taberna y se entera todo el pueblo de mis desavenencias con Elena. ¿Y su mujer? Buena era para callarse algo. Le faltaría tiempo para encajarse en casa de María Rosa y organizar una merienda con fines benéficos para ponerlas al día de mis problemas.

Todo empezó el mes pasado, cuando a mi hija Elena se le pasó por la cabeza la feliz idea de que su hija debía irse a la capital a estudiar. Había terminado la Secundaria y en el colegio del pueblo no había Bachiller. Mamá, para mandarla a Manzanares, mejor la mandamos a Madrid. Desde luego que mi hija parece tonta. Cuando le dije que ya lo pensaría, agitó las manos en el aire y me preguntó que qué tenía que pensar. Es tu nieta, quiero que tenga las mismas oportunidades que las hijas de mis hermanas. Don Ramón dice que es muy buena estudiante y que se merece una educación mejor de la que pueda conseguir en cualquier instituto de segunda.

Esta conversación fue el detonante de mi malestar. Desde aquel momento, Elena buscaba la menor ocasión para insistir en el asunto. Parecía no darse cuenta de que su hija no era como mis otras tres nietas. Hasta que llegó el momento de decírselo con claridad. Una claridad cruel pero claridad al fin y al cabo: Tus hijas nunca serán iguales a las hijas de Carmen y de Isabel, entérate de una vez. Tus hermanas siguieron mis consejos, no tontearon con ningún gañán y, cuando llegó el momento, se casaron con hombres de posibles que las sacaron de aquí y les dieron una buena vida. Éramos la envidia del pueblo hasta que tú… No tenías otro muchacho de quién enamorarte que del hijo del maquinista. Mi hija no cabía en sí de estupor. Y cuando te propuse la solución a todos nuestros problemas, te negaste. Era tan fácil. Lo tenía hablado con la prima Margarita que vivía en Londres… Pero no. Tú tenías que tener la niña y hacernos pasar por la vergüenza de sufrir en nuestra propia casa, días tras día, una niña sin padre. Dios mío… se me seca hasta la boca cuando recuerdo aquel día y no hay ni un maldito vaso de agua en la mesilla de noche.

Desde aquella tarde empecé a notar que la actitud de Elena fue cambiando con el paso de los días, haciéndose más solícita conmigo.

No es que me importara demasiado, pero desde aquella tarde empecé a notar que la actitud de Elena fue cambiando con el paso de los días, haciéndose más solícita conmigo. Una mañana incluso llegó a ofrecerse para acompañarme a misa. ¿Con ella? ¿Quería que fuera a la iglesia con ella? Ella, que fue la causante de que se acabaran mis reuniones parroquiales, mis meriendas benéficas donde yo era la que marcaba la moda, la que tomaba las decisiones con el cura… la que dirigía de principio a fin la vida del pueblo… Ella, en su locura y su sinrazón no supo calibrar el daño que su comportamiento causaría en nuestra familia. Sus hermanas lo tuvieron fácil: dos semanas sin aparecer por la iglesia con la excusa de un viaje a Asturias y todo zanjado. Pero para mí… para mí se terminó todo; lo más cerca que tuve la calle, aparte de las misas solitarias a primera hora, fue lo que veía a través de los visillos de encaje del cierro del salón. Año tras año. Arruga tras arruga. Con el tiempo, las únicas alegrías me las proporcionarían las visitas de mis hijas con mis nietas madrileñas. Hasta que crecieron y ya no quisieron volver al pueblo. ¿Y ahora quiere que vaya con ella a misa?

No hago más que tocar la campanilla y Angustias ni aparece. Esto de estar encamada no está hecho para una mujer como yo. En cuanto aparezca por la puerta don Antonio lo mando a hacer gárgaras y me levanto. Y a Angustias la mando a su casa a fregar. ¿Y Elena? ¿Dónde estará esa desalmada? Seguro que está con la hija en la biblioteca, atontada con esos libros del demonio que les tienen sorbido el seso a las dos. Maldita sea la hora en que a Salvador le dio por acumular libros. Y todo porque a la niña le gustaba… La niñita de sus ojos… La adoraba el infeliz. Incluso después de quedarse embarazada y negarse a mis súplicas él la seguía adorando. Y ella bebía los vientos por su padre. El tonto le daba todo lo que le pedía y cuando su niña fue creciendo, le prometió el oro y el moro. Eso me recordó la muy bandida hace unos días cuando me negué a ir con ella a misa y retomamos la discusión sobre lo de mandar a la niña a Madrid. Recuerda que papá me dijo que el futuro de María estaba solucionado porque mi herencia sería la misma que la de mis hermanas. Que en el testamento estaba así dispuesto y que dejaba una cantidad suficiente para su educación. No quiero que a mi hija le falte de nada. Yo no pude estudiar porque te negaste a cuidar de mi niña para que yo lo hiciera, pero a ella… A ella eso no le pasará. La mandaré a Madrid con sus primas. Allí nadie pregunta si tienes o no padre, ni de dónde vienes. He hablado con Isabel y está todo preparado para que viva en su casa y vaya al colegio con sus hijas. ¿Así que había hablado con sus hermanas? La muy ladina no era tan tonta como yo creía.

Al día siguiente de esta conversación, se acercó a la cama con mucha suavidad y me enseñó unos papeles. Sin apartar la vista del periódico le dije que no sabía para qué eran y me contestó que era la solicitud para el colegio de Madrid. No pude evitar la carcajada. ¡Ah!, ¿así que al final has decidido mandarla a la capital? ¿Y con qué dinero pagarás el colegio? ¿También te lo pagará tu hermana? A esa la voy a coger en el momento en que pueda levantarme a llamar por teléfono y se le va a caer el pelo. Elena me aclaró con una mirada expectante que el colegio se pagaría con su dinero, con el dinero de la herencia de su padre. ¿De tu padre? Querrás decir de “mi dinero”. Olvídalo, no vas a tener ni una peseta de mí. ¡La niña estudiará en Madrid sobre mi cadáver!

Lo cierto es que ahora que lo pienso, nunca debí haber dicho eso, porque fue la última vez que Elena y yo hablamos sobre el asunto y en el silencio de la noche, más de una vez la maldita frase martillea mis oídos sin piedad.

Está atardeciendo y el sol proyecta las últimas sombras de la higuera del patio sobre el retrato de Salvador, formando una maraña de ramas retorcidas sobre su rostro. Con lo bueno que era y que mala suerte tuvo empeñándose en enfrentarse a mí. Porque el día que se puso del lado de Elena firmó su sentencia de muerte conmigo. Eso es lo que tiene el rencor, no desaparece nunca. ¿No podría haber compartido mi punto de vista? Todo hubiera sido más fácil. Pero no. Ese era otro cabezota que se empeñó en que Elena era como sus hermanas y había que protegerla. ¿Protegerla? ¿Tuvo consideración nuestra hija conmigo cuando, arrodillada a sus pies, yo le pedía, con el billete de avión para Londres en la mano, que accediera a mi proposición? ¿Y ella? ¿Lo protegió a él de la mala suerte? Sólo pensó en ella misma y en su maldita niña. ¿Que ella podría haber estudiado? ¡Claro que hubiera podido, lo que hubiera querido! Era tan fácil, lo tuvo en su mano. De haberse zafado de la criatura todos andaríamos contentos y su padre aún viviría…

Después de los rosquitos vinieron bollos berlineses, hojuelas y mantecados. Todo hecho por ella.

Después de la última conversación, me tranquilicé cuando vi que Elena actuaba con normalidad. Como siempre, había vuelto a sentarse junto a mi cama y me consultaba sobre las labores, me ponía al día de los cotilleos del pueblo e incluso me preguntaba si quería que me hiciese croquetas, rosquitos o cualquiera de las chucherías caseras que tanto me gustaban. Mi estómago no estaba para mucha fiesta pero por no contradecirla acepté su ofrecimiento. Me costó mostrarme simpática, pero debía contrarrestar el amargor de nuestra última charla. Le dije que quería levantarme, que ya había pasado la crisis y que necesitaba que viniera don Antonio para hablar con él. Me contó apenada que la madre del médico había muerto y él se había ido de viaje para asistir al entierro. Tardará unos días en dejar los asuntos familiares resueltos, ten paciencia. Después de los rosquitos vinieron bollos berlineses, hojuelas y mantecados. Todo hecho por ella. Mi asombro debió quedar patente porque mientras colocaba la bandeja con patas sobre el edredón me decía: Nunca te has fijado pero he aprendido a hacer muchas cosas observándote. Me admiré de la consistencia de las masas, del punto de fritura, de su cobertura de fino azúcar glas… Sus hermanas no sabían nada de cocina. Y es que cuando uno está en cama hay que ver la de tiempo que tiene para pensar y atar cabos. Las cosas adquieren otra dimensión, como si les quitáramos de delante esa especie de velo que no nos deja verlas con claridad. ¿Me habría equivocado con Elena?

Con el paso de los días, recuerdo que seguía teniendo el mismo malestar que cuando don Antonio me mandó a la cama pero con una intensidad cada vez mayor. Me dolía tanto el estómago que apenas podía levantarme para ir al cuarto de baño. Para colmo, cada día estaba más sola. Nadie acudía a mis llamadas de campanilla y Elena aparecía sólo de vez en cuando por la habitación para darme cualquier dulce con la esperanza de que mejorara. ¿Dónde estaría la maldita Angustias? A esa la iba a coger yo cuando me recuperara y… La nariz no hacía más que sangrar y había que cambiar la ropa de cama.

Mi estado empeoraba a marchas forzadas cuando, una mañana, Elena apareció con los papeles del colegio de la niña en la mano. ¡Otra vez con los papeles, y esta vez no tengo fuerzas ni para discutir! Eso pensé en un principio, pero en seguida descubrí que Elena no venía a polemizar. Se dirigió hacia mi tocador, sacó del cajón secreto la llave de la caja fuerte y la abrió. Desanudó el lazo carcomido del testamento y lo leyó por encima con rapidez hasta detenerse en algo concreto durante unos minutos. Asintió varias veces con la cabeza, colocó en su sitio el documento y cogió uno de los fajos de billetes de cinco mil pesetas que tenía más cerca de ella. No entiendo cómo sabía de la existencia de ese escondite, dónde guardaba la llave y la combinación de la caja… Después metió la mano con suavidad y, a tientas, rebuscó en el interior oscuro y metálico hasta que sacó la bolsita de terciopelo. De repente se volvió hacia mí y soltó una carcajada. Sí, fue papá quien me dijo dónde guardabas la llave, cuál era la contraseña y dónde estaba la medalla de oro que él le regaló a mi niña cuando nació y que nunca consentiste que se pusiera. Tú no lo sabías pero él me contaba muchas cosas de ti que me advirtió que me ayudarían en el futuro. Cuando él ya no estuviese conmigo. Recuerdo que intenté decir algo pero mis labios eran incapaces de articular una sola palabra, tal era mi falta de fuerzas.

Elena salió de la habitación con el dinero, después de cerrar la caja fuerte, sin mirarme siquiera. Al rato volvió con su hija y le dijo que me diera las gracias por el dinero de la matrícula del colegio. Ésta, atemorizada, no se atrevía a acercarse a la cama. La madre la empujó con suavidad y le advirtió que no tuviese miedo, que yo no le haría daño nunca más, ya ni siquiera podía hablar.

Que yo supiera, la niña nunca había entrado en mi dormitorio. Nunca hizo falta prohibírselo, el miedo era suficiente para impedirle la entrada. Agarrada a la mano de su madre miraba con curiosidad los muebles de mi alcoba, las cortinas de moaré, los retratos de las paredes… las colgaduras doradas de las cortinas. Transcurrieron unos minutos y Elena mandó a su hija a hacer el equipaje; cuando la niña salió de la habitación ella arrastró la mecedora del cierro hasta la cama y se sentó a mi lado. ¿Necesitas algo antes de que nos vayamos, mamá? Piensa que estaremos unos días en Madrid. Cuídate. Por cierto, ha llegado don Antonio al pueblo y ha preguntado por ti. Le he comentado que estás mejor, que no hace falta que se dé prisa. De todas formas, el tratamiento de tu enfermedad tampoco habrá variado demasiado. Pobre don Antonio, sufrirá mucho cuando sepa que lo que él creía que era un tumor de estómago incipiente, se ha convertido en menos de quince días en una enfermedad mortal. Pero eso es lo que tienen estas enfermedades traidoras… nunca se sabe cuándo van a dar la sorpresa. Son como el rencor, que espera agazapado su oportunidad para salir a la luz.

Poco a poco las piezas iban poniéndose en su lugar. Elena se había quitado el disfraz de muchacha dolida y apocada y se manifestaba como la madre coraje que era. Así que después de todo tenía valor… Y todo por su hija. Yo nunca habría tratado así a mi madre, pero ella tampoco me habría destrozado la vida ni habría querido que me deshiciese de un hijo, las cosas como son. Mi cara no debió dejar lugar a dudas de lo que estaba pensando porque me dijo que me encontraba sorprendida.

En cuanto me fijé en tu mirada de odio preparando los dulces a papá, lo descubrí.

—¿Ves? Ya te dije que había aprendido muchas cosas de ti observándote desde que era una niña. Algunas cosas las entendía, como que le hicieras buñuelos y hojuelas a papá, pero otras no tenían ningún sentido aparente.

—¿Como cuáles?

—Pues tus idas y venidas al armario del trastero para coger el veneno de las ratas. Al principio tuve miedo porque creí que habían vuelto a anidar entre las maderas del suelo. Pero en cuanto me fijé en tu mirada de odio preparando los dulces a papá, lo descubrí. No hizo falta ver nada más. Pobre papá. Cuando me cercioré de tus intenciones ya era tarde, apenas dio tiempo a que él me advirtiera de que el odio es lo que mueve el mundo, más que el amor. El odio y el miedo. La certeza de que papá protegería a María siempre te blindó de las fuerzas necesarias para quitarlo de tu camino.

No puedo recordar mucho más de la última conversación… Siento que la cabeza se deshace. Hace ya un par de días que Elena se marchó con la niña. He tocado la campanilla hasta la extenuación. He gritado a Angustias hasta romperme la garganta, pero la muy ladrona de mi hija debe haberse asegurado de que la criada no volviera antes que ella. Salvador me mira risueñamente desde la pared, como compadeciéndose de lo que me espera. Pobrecillo, con lo que vomitaba y gritaba de dolor los últimos días de su vida… Los síntomas se agravan y apenas puedo pensar, ni siquiera soy capaz de rezar o arrepentirme aún sabiendo que tengo el final tan cerca. Lo cierto es que nunca me he arrepentido de nada salvo de una cosa: de no haberme tragado la lengua el día que zanjé la discusión con Elena diciéndole que su hija iría a Madrid sobre mi cadáver.

Emilia Luna Martín
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