correcciondetextos.org: el mejor servicio de correccin de textos y correccin de estilo al mejor precio

Saltar al contenido

Vacío

jueves 22 de septiembre de 2022

Cuando el desierto ruge es que se acerca una tormenta de arena, entonces no sabes si sobrevivirás o quedarás sepultado bajo los millones de granos que forman esta inmensidad que apabulla sólo con mirarla, colocándote las manos en la frente, a modo de pantalla, porque el sol hiriente no te deja ver el horizonte que se confunde con el cielo.

Húmedo al anochecer y en la madrugada, ardiente durante el día, el desierto es duro pero lo amas, no sabes a ciencia cierta la razón pero lo amas, es un sentimiento más fuerte que tú mismo. Es el vacío en nuestra lengua, la nada inmensa.

Tengo casa pero no es una casa de adobe o de madera, o de otro material, se trata de una jaima y está construida con pelo de camello, resistente a los fuertes vientos y segura ante los peligrosos rayos del intenso sol del desierto. La piel de este animal y la lana de las cabras son materiales asequibles para nosotros que nos movemos de un lugar a otro a lo largo y ancho del desierto porque somos nómadas, cargamos con la jaima, los pocos utensilios que tenemos, nuestros animales y las familias en busca de pasto y agua. Aunque ni yo ni mis hermanos y hermanas conocemos este estilo de vida, sólo lo sabemos a través de lo que nos explican nuestros padres alrededor de la hoguera en las noches apacibles bajo las estrellas, mientras sus voces se quiebran por la emoción, como las de los mayores allí congregados, que lloran en silencio al recordar su vida anterior, porque lo que ahora tienen no puede llamarse vida…

Nada conozco fuera de los límites de las tiendas que forman este inmenso asentamiento humano de almas.

Mi hogar —el único que he conocido, y si es que puedo llamarlo de ese modo— es la inmensa llanura de arena que se extiende ante mis ojos en el campo de refugiados de Tinduf, Argelia, aunque nada conozco fuera de los límites de las tiendas que forman este inmenso asentamiento humano de almas, colocadas aquí como un gran juego de ajedrez al que juegan unos desaprensivos que carecen de piedad.

Ya os he dicho que este no es el lugar de mis mayores, ellos provienen del Sáhara Occidental, que yo desconozco, nos une un mismo hábitat, un mismo mar de arena, pero la Tierra de los Hombres Blancos, el adorado paraíso de mi familia, está lejos y jamás podrán regresar a él por circunstancias ajenas a nuestra voluntad. Nadie desea partir de su casa a menos que se vea obligado a ello, nadie quiere ser refugiado ni desplazado, ni ninguno de los adjetivos que signifiquen tener que abandonar tu hogar contra tu voluntad.

Yo siempre digo que nadie nunca tenga que escuchar que es un refugiado de labios de los demás ni pensar que lo es, ni repetírselo a sí mismo quizá a lo largo de toda su vida, como es mi caso.

Halim sonríe y me mira en la distancia con sus ojos cansados aunque todavía son brillantes y oscuros, como los del fénec, que surgen de entre el siroco, el viento del desierto —sahara en nuestra lengua—, que siempre nos acompaña porque, vayamos donde vayamos, no podemos escapar de él.

Me hace un gesto para que corra a su lado, seguro que ha hecho un nuevo hallazgo, ya que bajo la arena se esconden restos del pasado de la humanidad junto a artefactos de guerras que ha vivido mi amigo.

El hombre, ahora casi un anciano, ha llevado una apasionante y trágica existencia. En un asalto perdió a su familia y decidió luchar por su tierra y hacerse activista uniéndose a las filas del Frente Polisario. Recorrió muchos lugares, libró luchas, vio el sufrimiento de su pueblo y sintió el dolor en sus propias carnes.

Al principio de nuestra amistad, cuando yo era un crío que recogía fósiles de la arena, me contó su historia: provenía de una familia bereber que se desplazaba a lo largo del territorio del Sáhara Occidental desde tiempos inmemoriales, su vida transcurría feliz, no necesitaban mucho para vivir, cuando llegaban a un oasis era una fiesta de agua, juegos y palmeras datileras para los niños del clan.

El muchacho Hamil creció, se casó y tuvo hijos, siguió su vida apacible pero los tiempos habían cambiado y a peor, como suele suceder, por desgracia. Una noche maldita muchas familias perdieron la vida en un ataque, entre ellas la de Hamil. Pocos fueron los supervivientes, que no querían serlo a causa del dolor, y desde aquel día el pacífico habitante del desierto se prometió luchar por la libertad de su tierra y de sus gentes. Pasó años peleando sin cesar, pero al final, al ver que se hacía mayor y que no había solución al conflicto porque no había voluntad de remediarlo, se retiró de las armas y se dejó llevar a Tinduf como un refugiado más, echando la vista atrás y llorando lágrimas de dolor por su gente, por su arena… Ahora pisaba el mismo desierto, pero aun así nuestro paisaje sentimental es sólo nuestro y no se puede comparar a ningún otro, por muy parecido que sea en apariencia.

Hamil pasaba los días buscando tesoros enterrados en la arena, jugando con los niños como yo y explicando sus batallitas para mantener viva la memoria de un pueblo que lucha por su libertad y por volver a su hogar.

El viejo combatiente me enseñó muchas cosas a lo largo de los años: a buscar agua; a identificar los diferentes fósiles que íbamos encontrando y determinar la época de la que podían ser con la inestimable ayuda de nuestra bibliotecaria y de los libros de historia que había en la bibliojaima del campo, a limpiarlos de arena, lavarlos y ordenarlos cronológicamente; me enseñó a recitar poemas a la noche y las estrellas, al amor y a la naturaleza, a pesar del infierno en el que vivíamos, un infierno que era el cielo en aquellos momentos compartidos con Hamil en los que yo olvidaba que era un chico del desierto que había nacido en un campo de refugiados en un país que no era el de mis antepasados.

Isabel María Rojas Herrera
Últimas entradas de Isabel María Rojas Herrera (ver todo)
  • Vacío - jueves 22 de septiembre de 2022