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Si yo pudiera hablar

jueves 6 de abril de 2023
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En este país (por no decir en esta finca) donde abundan las flores y la gente buena, también existe mucha pobreza y mucha hambre; claro que los gobernantes (o los dueños de la finca) viven a expensas de la mayoría. Si yo pudiera hablar les diría sus verdades, aunque me saliera caro. A veces lamento no poder hacerlo. Según me informo por comentarios que hace tanta gente importante que nos visita, nuestros gobernantes pertenecen todos al mismo círculo. Son la misma cosa. El mismo mico, pero con diferente montera, según el decir popular. Ya la gente no cree en ellos pues, a pesar de tanta propaganda por televisión (que no precisamente es pagada por ellos), la situación va de mal en peor. He visto y oído de todo, pues eso sí puedo hacer muy bien; desde discursos hipócritas cargados de demagogia (qué otra cosa se puede esperar) hasta mensajes que pretenden ser religiosos y moralistas pronunciados por quienes nos gobiernan, queramos o no. Lamentablemente la situación es la misma: atraso, explotación y menosprecio a la vida humana (pero no a cualquier vida, por supuesto).

Si yo pudiera hablar, preguntaría el porqué de muchas cosas, sobre todo el porqué de sentirse autosuficiente y querer disponer de la finca y de los campesinos como si fueran dioses, pero no puedo. Mi vida es estática. Vivo en una residencia majestuosa en una de las mejores zonas de la ciudad, con una familia que dista mucho de ser un dechado de virtudes. El jefe de la casa es un hombre muy importante; diputado, creo, y además de sus actividades rutinarias inherentes al cargo que desempeña, tiene otras; si yo pudiera hablar y fuera chismosa hace rato que lo hubiera enviado a la cárcel. Su mujer es una dama de buena estampa que aparenta una candidez que no tiene y que anda por allí con unos amigos muy poco recomendables; si yo tuviera una boca la mitad de chismosa que la de ella, hubiera ya provocado un divorcio o quizás más de algún muerto. Los hijos son dos: un hombre (digamos) que tiene más o menos como veinticinco años y es un vago hecho y derecho, y una mujercita como de dieciocho que parece una muñeca por lo linda que es; su único problema estriba en un marcado gusto por los placeres carnales que realiza en la casa, en cualquier sitio, con cualquiera de sus múltiples amigos. Ha tenido el descaro de hacer el amor ante mis ojos, provocándome ciertos conflictos emocionales que he debido guardar para mí, pues lamentablemente, aunque escucho y veo perfectamente (a veces más de la cuenta), no puedo hablar. ¡Ah!, si yo pudiera hacerlo se armaría un desbarajuste tremendo en esta casa y mi familia no saldría muy bien parada. Tengo bien presente aquel día del secuestro; sí, del secuestro. Creo que ya mencioné que el jefe de la casa desempeña otras actividades que no son precisamente inherentes a su papel de “padre de la patria”, como suele llamársele en mi país a los diputados. Claro que, para tener un padre así, prefiero ser huérfana mil veces. Decía entonces del secuestro, fue aproximadamente hace un año, como a las seis de la tarde, cuando escuché aquella conversación a través del “speaker”:

—Aló: sí, quiero hablar con Juan.

—Un momento, por favor.

—Aló: habla Juan.

—El trabajito está hecho. Lo tenemos en el baúl del carro tal y como habíamos acordado, necesitamos guardarlo bien. Tú ya sabes.

—Bueno, voy para allá. ¿De a cómo es ahora?

—Por lo menos de a ciento cincuenta mil. Este pichón sí duerme con sábanas de seda.

—Bueno, adiós.

Conversaciones similares he escuchado por lo menos seis veces desde que vivo en esta casa. Esto les da idea de la calidad de mi gente.

Así me enteré. Fue una conversación bastante lacónica pero lo suficientemente clara. Ya lo ven ustedes. ¡Ah!, y no fue la única vez. Conversaciones similares he escuchado por lo menos seis veces desde que vivo en esta casa. Esto les da idea de la calidad de mi gente. Lástima que no puedo hablar. Sin embargo, debo decir que el “padre de la patria” no tiene tan negros instintos pues jamás maltrata a sus víctimas; es más, las trata con cierta deferencia llamándoles pichones, angelitos, o de cualquier otra manera sana que denota su bondad de espíritu y sus buenos instintos. Claro que, aunque el secuestro sea tipificado como un delito, el jefe de esta casa no lo ve así y los realiza sólo como un medio para lograr dinero y poder mantener bien a su familia. Ustedes no lo saben, pero los lujos que los nenes se dan son tan caros, que su padre aun trabajando horas extras, en estos trabajitos nada ortodoxos, se ve a palitos para poder mantener el tren de vida de esta mi familia.

¡Ah! Y ni qué hablar de la doña; los vestidos que se pone son de los más caros y los renueva con una periodicidad exageradamente corta. Bueno, no tiene otra cosa en qué pensar. Peor sería que se dedicara a las actividades de su hija, quien toma el sexo con tal avidez, que yo creo que ella piensa que es el último día de su vida que le queda y que el hombre que tiene enfrente es el último de la tierra y que debe exprimirlo al máximo. A veces me siento mal cuando veo a alguno de ellos totalmente extenuado, que ya no puede abrir los ojos por el cansancio que lo aqueja y ella, insatisfecha aún, cual si fuera una perra en brama, restregarse contra su cuerpo, besarlo y sobarlo tratando de revivirlo, sin éxito.

El recuerdo más cercano que tengo de la actividad social de esta mi familia en pleno, se remonta a un par de meses atrás, cuando se organizó una fiesta soberbia conmemorando los dieciocho años de la niña (por supuesto que entre comillas) de la casa. Si ustedes hubieran estado presentes, se habrían dado cuenta de que prácticamente se echó la casa por la ventana, como suele decirse corrientemente. Llegó la gente más rimbombante que jamás había visto, el mejor conjunto musical del momento y hubo comida hasta para tirar y licor en cantidades industriales (por supuesto que del mejor). Nadie hubiera imaginado que una fiesta de tales quilates desembocara en horas de la madrugada en un torbellino incontenible. Fue realmente un espectáculo desagradable, sobre todo para mí, pues en ningún momento pensé ver a mi familia en tales trances. La dueña de la casa, ligeramente mareada (digo esto por no decir completamente borracha) procedió al compás de música ad hoc a hacer un striptease como no lo había visto jamás. Creo con sinceridad que bien podría desempeñarse, con bastante éxito, como bailarina en cualesquiera de los mejores clubes nocturnos del mundo, no sólo por la calidad indiscutible de su danza, sino por sus bellas formas que aún conserva pese a los buenos años que lleva desenvolviéndose en este mundo. A decir verdad, el hecho de verla como Dios la trajo al mundo fue todo un espectáculo, digno de recordarlo siempre. Mientras esto sucedía en la sala, frente a mis ojos, el “padre de la patria” se escurrió con una hermosa rubia rumbo a las habitaciones. Esto no tendría nada de especial, a no ser porque, además de estar en su casa, era la esposa de su mejor amigo. Pero lo narrado hasta ahora se queda pequeño si se compara con la actividad febril que vi desarrollar a los dos jóvenes de mi familia. Fue cuando ya estaba amaneciendo, en la sala, dentro de un tumulto de gente. La joven, a pesar de que ya la había visto con anterioridad, despertó en mí un sentimiento de admiración profunda. Sí, digo admiración profunda y les voy a contar por qué: fue una danza espectacular, de la calidad que demostró su madre cuando realizó el striptease, pero lo notable fue el acompañamiento de cuatro muchachos que, ni lerdos ni perezosos, se iban despojando de sus ropas al compás de la música al mismo tiempo que la joven. Lo que aconteció después ya pueden ustedes imaginárselo. Lo único que puedo decirles es que de sólo ver aquel espectáculo quedé exhausta. Mientras esto ocurría, su hermano, tirado en el suelo junto a otros muchachos de ambos sexos, se dedicaban a inhalar el humo de la mariguana y a realizar actos que, creo yo, están reñidos con las más elementales reglas de la moral. Ya lo ven ustedes, si yo pudiera hablar cuántas cosas aclararía y el daño que podría hacer divulgando las intimidades de mi familia. Creo que podría relatar los pormenores de un secuestro y unas cuantas novelas pornográficas. Dios sabe por qué no puedo hablar. Realizar el acto de ver o de escuchar es algo que no puedo evitar y que seguiré haciendo mientras los hechos se sucedan frente a mí y yo siga siendo lo que soy: una pared.

Antonio Cerezo Sisniega
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