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Juan Casisolo

martes 18 de julio de 2023
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Nadie puede negar, al menos no una persona medianamente inteligente, que el hombre desde que nace debe recorrer varias etapas si quiere llegar al final de su existencia con lo que llaman “una buena calidad de vida”. Tampoco se puede negar que el hombre es el animal más inútil al momento de nacer sobre la tierra, aunque después de vencer cada una de las etapas de que hablo, se vuelva el azote de la humanidad.

Cuando nace, no puede caminar, ni comer por sí mismo y mucho menos comunicarse, como no sea con gritos que sólo la madre puede interpretar. Luego comienza a dar sus primeros pasos y balbucear a saber qué cosas, pero sin dominar sus esfínteres, hasta que ya en un par de años pueden sus padres aliviar su presupuesto al no comprar pañales. Después viene la etapa de la escuela, las primeras letras, los estudios secundarios y, los que tienen suerte, llegan a la universidad, aunque la mayoría de ellos no pueda nunca obtener un título.

Las etapas posteriores se circunscriben a obtener un trabajo, pagar su comida y, algo muy importante para la sociedad, formar una familia, lo que los mete de lleno en el mundo del consumo a que nos tiene acostumbrados el sistema y así, sucesivamente, va transcurriendo la vida de la humanidad, siempre unos arriba, otros abajo, como las gallinas, cagándose unos sobre los otros.

Juan Casisolo nació en Matamala, tierra maravillosa de eterna primavera, políticos rapaces, clases sociales siempre dominadas por los mismos que se mantienen arriba cagándose en los de abajo, ordeñando la vaca de la vida para su propio beneficio. Un típico país del tercer mundo, como dicen los economistas, pero para mí del quinto mundo —si éste existiera. Sin embargo, Juan tuvo la suerte de ser universitario, de esos que obtienen un título que sólo sirve para que le digan “licenciado”, “doctor”, “ingeniero” o lo que sea, pero que lo distingue de la plebe.

Lo que nunca imaginó, ni por asomo, fue que terminaría siendo empleado de gobierno en ese paisito.

Su niñez fue relativamente feliz, sin limitaciones económicas. Su juventud llena de vida, deportista, paseador, borracho y enamorado. Se casó relativamente joven, tuvo cinco hijos —tal como corresponde a un país subdesarrollado— a los que fue llevando de la mano hasta su mayoría de edad en que los echó a la mierda para que aprendieran a vivir la vida a través de su experiencia tal como le tocó a él mismo.

Tuvo diversos trabajos, bien remunerados algunos, con sueldos de miseria los otros, pero fue —como decía mi abuelita— saliendo adelante. Lo que nunca imaginó, ni por asomo, fue que terminaría siendo empleado de gobierno en ese paisito. Pero, la verdad, no le fue tan mal, porque tuvo la oportunidad de becas, viajes al extranjero, cursos de capacitación, horario flexible y trabajo inoperante tal como corresponde a un funcionario.

Su vida al final del camino le deparó muchas alegrías —las tristezas para qué mencionarlas si ya se sabe que abundan en la vida— y su trabajo se vio recompensado en los últimos años por descansos prolongados en su escritorio, pudo leer buenos libros, informarse de tanta pendejada que ocurría no sólo en la oficina sino en Matamala y pudo ver diputados ladrones, ineptos, ministros de salud siendo ingenieros industriales o ministros de la defensa siendo profesionales de la educación. En fin, una lindura de país. Pero lo más destacable del ámbito político fue ver a presidentes militares —que ni siquiera de armas saben—, médicos que no curan a nadie, menos las necesidades de un país en el que la educación y la salud son relegados a segundo plano.

Cuando llegó a su casa aquel día, se sintió solo. O casi solo, pues ya en la octava década de su vida estaba cansado, aburrido, deprimido, pero su cansancio era tal que se quedó dormido. Por su mente pasaron tantas imágenes: su infancia, adolescencia, juventud, adultez, y en todas ellas se reflejaba el esfuerzo, los éxitos, fracasos… La vida en imágenes de un insigne empleado de gobierno de un país maravilloso —pese a su pobreza y falta de inteligencia— y de repente se sintió contento. En el balance, su vida había sido un éxito rotundo tomando en cuenta la media de ese país tercermundista en el que la violencia, enfermedades, falta de hospitales, entre otros factores, se enseñorean.

Cuando despertó, vio la hora. De golpe se incorporó porque eran las cuatro de la tarde y estaba en su cama cuando debiera estar en la oficina. Vio su habitación, el reloj de pared, la televisión, el clóset, las mesas de noche… Sí, estaba en su casa sin saber por qué, en un día laboral.

De repente lo recordó. Después de más de medio siglo de trabajo —o de asistir a la oficina, si se quiere—, se había jubilado. “¿Y ahora qué?”, se preguntó, en el momento que escuchaba la voz de su mujer que le decía: “Cielo, ¿quieres tomar una tacita de café?”.

Fue entonces cuando comprendió su nueva realidad.

Antonio Cerezo Sisniega
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