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Osmundo Olegario

martes 15 de agosto de 2023
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Todos sabemos que la creación del mundo siempre ha sido un misterio. Algunos, los que menos piensan, creen que fue creado por un ser superior, que mediante un soplido inventó la esfera terráquea y que en un momento de aburrimiento creó al hombre y después a la mujer, mandándoles para su entretención otros animales y plantas para evitar el aburrimiento de su vida, o minimizarlo, en todo caso. Otros más avezados, más lógicos, más pensantes, creen en la teoría de la evolución y en El origen del hombre, libro escrito por uno de los mayores pensadores del siglo XIX, en cuyo onomástico fue bautizado como Charles Darwin.

En el primero de los casos, el relato bíblico dice que “Dios creó el universo de la nada; durante cinco días puso en orden lo creado, el sexto día creó los animales terrestres y el hombre, el único ser de la creación hecho a su imagen y semejanza y destinado a dominar el resto de la creación; al séptimo día descansó, y sigue descansando”.

Queda un poco en el aire eso de la creación de la mujer con la costilla de Adán para que se hicieran compañía y todas esas pamplinas que nos han contado. Lo que pasa, creo yo, es que no quieren decir que la mujer fue creada para perpetuar la especie.

Charles Darwin expuso en el siglo XIX, como ya se dijo, la teoría científica de que las poblaciones evolucionan durante el transcurso de las generaciones mediante un proceso conocido como selección natural. Presentó pruebas de que la diversidad de la vida surgió de la descendencia común a través de un patrón ramificado de evolución.

Sin embargo, en ninguna de las dos teorías se menciona que, para que el mundo perviva, es necesario que el ser humano y los otros seres vivos se reproduzcan, lo que los obliga a copular. Es decir, lo que vulgarmente se llama coger, aparearse o lo más romántico y estúpido que he oído, “hacer el amor”. ¿Así se hace el amor?

Luego la hembra se embaraza y vamos para delante, hasta lograr los más de seis millones y medio de habitantes con que cuenta ahora nuestro querido mundo o globo terráqueo como lo llaman algunos que quieren demostrar su enorme léxico.

Osmundo Olegario nace un buen día, aproximadamente nueve meses después de que sus padres durmieran juntos, cogieran, “hicieran el amor” o como se le llame al acto sexual al que unos dicen se llega por enamoramiento, pero la verdad se llega a él por puro instinto. Sí, uno ve un buen cuerpo, limpio, bien proporcionado, oloroso, despidiendo hormonas a más no poder y entonces el sexo del hombre apunta hacia ella, dispara y se jodió. Se jodió, porque eso de tener un hijo en este mundo no es así nomás. Requiere de buen trabajo que permita una vivienda soportable, pago de colegio para el hijo, ropa, comida, medicinas, médico y un largo etcétera que para qué les cuento.

Todo el mundo dice “ay, qué lindo, los felicito”, y uno por dentro piensa “como no sos vos, cabrón”, o ellas piensan “ya se jodió esta”, ahora a la casa a hacer oficio como una empleada más, a darle lo que pida el marido cuando él quiera, ya sea con las piernas cerradas o abiertas, en fin, ambos bandos (hombres y mujeres) reniegan, aunque no sean ellos los afectados. Y uno como pendejo comprando ropita, pañales, cuna y cuanta mamada se requiera para la “buena crianza” del crío.

Pero por las noches todo se olvida. Está el cuerpazo al lado de Osmundo, huele bien, su sexo está alebrestado, vienen los besos, los abrazos, las caricias y el deseo. Cuando menos lo siente está encaramado como si la otra fuera una potranca de raza y hasta lanza gritos de lujuria como todo un campeón.

Cuando viene el segundo embarazo se dice “qué mula, ¿cómo fui capaz?”, pero en la noche, ya seguro del embarazo de su pareja, le da y le da sabiendo que no hay embarazo sobre embarazo y así sigue hasta que las circunstancias se lo permiten.

Osmundo Olegario, como buen pendejo, embaraza a su mujer nueve veces en su vida porque, se dice, ahora que ya se jodió, que sea por algo.

Con lo que no cuenta es con el aumento de su familia cuando llegan yernos, nueras, nietos, novias de los nietos y tantos agregados más, que lo hacen un viejo amargado, utilizador de hospitales públicos, escuelas estatales, y espera que todas las mañanas a sus hijos les den de comer, al menos, las galletas de las escuelas a las que, como puede, asiste su prole.

Ella muy ufana le dice “te metiste a tener tanto hijo, pues ahora echá punta”, como si ella no abriera las piernas cada vez que el impulso sexual nace en su marido o ella, no sé si por mandato divino, porque el mundo tiene que crecer de acuerdo a la evolución, por sus hormonas alborotadas o por qué mierdas, pero cada noche y por muchos años practican hacer niños como si de juego de plastilina se tratara.

A estas alturas Osmundo Olegario yace, totalmente desgastado por la vida, en el cementerio general de su pueblo, y su mujer, ante tanto compromiso, anda por ahí tratando de mantener su descendencia, abusando o aprovechando la buena y prolífica experiencia adquirida durante tantos años de vida conyugal.

Antonio Cerezo Sisniega
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