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Lobotomía con plomo
(del libro Perlas con mucho limón y poca miel, de Àngels Gimeno)

sábado 2 de septiembre de 2023
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“Perlas con mucho limón y poca miel”, de Àngels Gimeno
“Lobotomía con plomo” está incluido en Perlas con mucho limón y poca miel (Saga Egmont, 2023), compendio de relatos de la escritora española Àngels Gimeno. Disponible en Amazon

Perlas con mucho limón y poca miel
Àngels Gimeno
Cuentos
Saga Egmont
España, 2023
ISBN: 979-8851318757
244 páginas

La Castañeda se planificó como un manicomio modelo, inspirado en el hospital psiquiátrico Charenton de París. Ubicado en la zona de Mixoac, en la ciudad de México, del fabuloso proyecto se encargó el ingeniero Porfirio Díaz, hijo del presidente de la nación. Se inauguró en 1910, pero tras la muerte del presidente en 1915, comenzó un rápido e imparable declive. A medida que transcurrían los lustros, se rebajaron drásticamente los fondos para su mantenimiento, a la par que aumentaba el número de pacientes hasta desbordarlo. Proyectado para ochocientas plazas en sus inicios, acabó alojando a más de tres mil internos.

El joven psiquiatra Jorge Blanes, a las órdenes del director general, estaba moralmente exhausto. Era un hombre de buen talante, amistoso y ansioso de hacer un buen trabajo, pero las dificultades de todo tipo a las que se enfrentaba estaban a punto de colapsarle. Aquella mañana tenía ante él, en su despacho, al último paciente llegado por recomendación expresa del general Arnedo.

Se trataba de Javier, un muchacho a punto de cumplir dieciocho años, recién expulsado del colegio mayor donde compartía estudios y habitación con Carmelo, el primogénito del general Arnedo. ¿Motivos de la drástica expulsión? Es lo que trataba de explicarle el joven, entrecortadamente y con lágrimas en los ojos mientras se retorcía ambas manos. Era alto y rubio, un güero de grandes ojos azules quizás heredados de su madre.

—Mi compañero Carmelo acababa de regresar de la hacienda de su padre y estaba destrozado psíquicamente. No es muy bueno en los estudios, yo he intentado ayudarle cuanto he podido, pero es evidente que sus notas no son las exigidas por su padre que a, la vista del carácter pusilánime del hijo, ha desechado que siga la carrera militar, pero sí pretende que estudie Derecho y luego se dedique a la política. Carmelo escribe poesía y desea ser escritor. Es barbilampiño, de aspecto poco varonil para su edad. Mientras me repetía las duras palabras que su padre le había dedicado, las lágrimas corrían por su cara, se veía hundido, desesperado, y me confesó que había intentado suicidarse sin éxito. Me acerqué a él, estaba tendido en su cama, el cuerpo estremecido por los sollozos. Le abracé tratando de consolarlo, lo estimaba mucho. Ambos nos protegíamos mutuamente en aquel colegio mayor donde casi todos los chicos eran hijos de militares. Mi padre también lo era, un capitán subordinado del general Arnedo.

”Carmelo se ladeó y, de improviso, me besó en los labios. Me pareció un gesto desesperado por su parte, como el que está a punto de ahogarse y aspira ansioso una bocanada de aire buscando sobrevivir. No sé bien cómo fue todo, creo que correspondí a aquel beso mientras le abrazaba. De súbito, se abrió la puerta del cuarto y entró un compañero, uno de los más broncos, el que disfrutaba más castigando con novatadas y pruebas brutales a otros alumnos. Nos insultó a gritos llamándonos maricones y corrió a avisar al director de la escuela. Todo lo que sucedió después me parece una horrible pesadilla. Lo comunicaron a mis padres y también al general Arnedo, quien me acusó de pretender corromper y encular a su hijo.

—¿Eso es cierto? —preguntó el médico con voz que sonaba fría, sin matices.

—En absoluto, sólo correspondí a su beso.

—Javier, ¿has estado con alguna chica?

—No, no, nunca, del sexo sólo sé lo que he leído en libros o me han explicado los más espabilados del colegio.

—¿Te atraen los chicos?

—Creo que no. Bueno, con Carmelo existe una gran complicidad, somos cuates, nos entendemos sin palabras. Quizás sea porque ambos somos hijos de padres déspotas que se avergüenzan de nosotros porque rehuimos las peleas.

—¿Sabes que te han enviado a este hospital por exigencia del general Arnedo? Quiere que seas curado de tu desviación sexual con las terapias que aquí aplicamos, pero, entre nosotros, me temo que lo que pretende es vengarse. Ha exigido que te practiquemos una lobotomía, no se conforma con el electroshock.

—No le entiendo bien… ¿Qué es una lobotomía, acaso pretende castrarme?

—No, no se trata de convertirte en un eunuco, es algo peor. Quiere que seas lo más parecido a un vegetal y que jamás nadie pueda llegar a enterarse por ti de la supuesta relación que has mantenido con su hijo cuya hombría intenta proteger a toda costa.

—¡Mis padres no permitirán esa barbaridad!

Tu padre ya ha firmado un documento mediante el cual acepta cualquier tratamiento que yo te aplique para encarrilar tus tendencias sexuales.

—Te equivocas. Tu padre ya ha firmado un documento mediante el cual acepta cualquier tratamiento que yo te aplique para encarrilar tus tendencias sexuales. No olvides que es un militar subordinado al general Arnedo y él ya te ha sentenciado. Para tu padre, el general es su dios y como el bíblico Abraham, está dispuesto a inmolarte. Pero yo no soy militar, soy un médico y no tolero que un tirano venga a ordenarme lo que tengo que hacer. Vas a pasarte un tiempo aquí. Cuando Arnedo pregunte, tranquilizaré su sadismo explicándole que estás recibiendo terapia de agua helada para controlar tus pulsiones sexuales, y que, más adelante, ya te someteré a la lobotomía si es preciso. Te voy a instalar en el pabellón de pacientes especiales, lejos del recinto donde se hacinan asesinos psicópatas. Tenemos una fauna de lo más variado, epilépticos, cretinos, incluso prostitutas que están más cuerdas que tú y que yo, pero se enfrentaron a algún cliente importante o a proxenetas mafiosos y han acabado aquí como castigo. La inmensa mayoría de la gente que acogemos en este recinto no son dementes, pero si para pacificar a alguien indignado se le encadena a una pared, el más cuerdo acaba loco perdido. Pasea por el jardín, métete en la biblioteca y procura no hablar con otros pacientes. No te fíes de nadie, aquí hasta las paredes hablan.

La expresión del joven médico revelaba un infinito cansancio pese a que no llevaba demasiado tiempo en aquel lugar que era lo más parecido a la antesala del infierno.

Siguiendo las instrucciones del doctor Blanes que, por alguna extraña razón, parecía dispuesto a protegerle, Javier intentó pasar desapercibido, a lo cual ya estaba acostumbrado en el colegio mayor para evitar conflictos y peleas. Incluso, no resolvía sus exámenes con la brillantez adecuada para no destacar demasiado entre los otros alumnos y no ser hostigado.

Habían pasado un par de meses tras su ingreso en La Castañeda cuando el psiquiatra le requirió en su consulta.

—Javier, estoy recibiendo presiones de todo tipo, el propio director de este centro me exige que te aplique la lobotomía para dejar tranquilo al general. Voy a explicarte brevemente en qué consiste, y también lo que vamos a hacer para salvarnos tú y yo. Será un secreto que no podrás revelar ni a tu madre. Si me traicionas, regresarás a este centro y es posible que nunca salgas vivo de aquí. Te mandarían al pabellón de los locos más peligrosos, allí donde no se atreven a entrar los enfermeros y donde los pacientes se revuelcan sobre sus propios excrementos.

El joven fue sedado y conducido al quirófano. El doctor Blanes preparó su instrumental, una larga aguja que debía introducir por la cuenca del ojo hasta llegar al cerebro donde seccionaría el lóbulo frontal. Era lo más parecido a arrancarle el alma, la inteligencia. El cuerpo viviría como un vegetal, carente de emociones, sin sentimientos, sin recuerdos. Cuando Javier despertó tras la intervención, notó un ligero apósito sobre su ojo. También llevaba un aparatoso vendaje en la cabeza.

—Javier, voy a darte el alta —le dijo Blanes unos días después—. Tus padres han venido a recogerte, vuelves a tu casa. Recuerda lo que acordamos. Tómate las píldoras relajantes que te prescribiré e intenta parecer un zombi. Si alguien se da cuenta de que tu lobotomía ha sido un fraude, te devolverán aquí y ya nadie podrá salvarte. Yo lo negaría todo, como máximo aceptaría que la operación ha resultado menos radical de lo previsto.

Se abrazaron y después, en una silla de ruedas, le trasladaron junto al coche conducido por un chófer con uniforme. Su madre le abrazó, el padre se limitó a darle una palmada en la espalda. El capitán seguía avergonzado, no en vano formaba parte de aquella sociedad despiadada y machista. Javier ocupó un asiento en la parte posterior del vehículo. Entre las terribles experiencias vividas y los sedantes suministrados por el médico, no le costó mostrarse inexpresivo. Nunca, nunca se había sentido amado. Con la única persona que había compartido sentimientos, ilusiones y proyectos, era con Carmelo Arnedo, su único amigo y al que nunca volvería a ver por prohibición expresa del general. ¿Su profunda amistad había rebasado límites inadmisibles según sus tutores? Lo ignoraba todo respecto a la sexualidad, sólo tenía claro que amaba a Carmelo.

Pasaron un par de meses. Javier apenas hablaba, no se relacionaba con nadie. Todos pensaban que realmente la lobotomía le había vuelto aún más pacífico, pero su mente bullía plena de ideas y no buenas precisamente. Tanta frustración y rabia acumulada, un día u otro estallaría.

Aquella noche, el general Arnedo celebraba una de sus habituales fiestas en su hacienda. Estaba muy bien relacionado a todos los niveles, no en vano aspiraba a convertirse en presidente de la nación. Los padres de Javier no estaban invitados. Pese a la vergonzosa claudicación respecto a su hijo, el general no les mostraba ninguna deferencia.

Aquella noche, el joven se dispuso a ejecutar su arriesgado plan.

Javier conocía la casa de Arnedo. Tiempo atrás había estado allí algunas veces, visitando a su amigo durante las vacaciones escolares. Aquella noche, el joven se dispuso a ejecutar su arriesgado plan, lo había meditado largamente y confiaba tener éxito. Le habían considerado loco, pero estar loco no significaba ser tonto. Una cosa sí había aprendido bien: a parecer invisible, a ser ignorado por todos.

Absolutamente vestido de negro, guantes incluidos, y con la cara embadurnada con betún negro para zapatos, se convirtió en una sombra más de la noche. Escapó de su alcoba por una ventana y, a pie, se dirigió a la casa del general. Tuvo que recorrer un largo trecho, pero era joven y no se fatigó. Conocía una abertura entre el muro de setos y no le fue demasiado difícil entrar pese a que había bastante vigilancia alrededor de la casa. Trepó por el grueso tronco de una jacaranda cuyas guirnaldas de flores pintaban de color violeta la baranda del balcón. Éste daba al despacho del general, ahora vacío y apenas iluminado por una pequeña lámpara. Javier estaba dispuesto a esperar las horas necesarias, oculto tras unos cortinajes tan pesados que la brisa no los movía. Sabía que, en un cajón lateral de la mesa, accesible a la mano del general, había una pistola siempre cargada, el propio Carmelo se la había mostrado una vez. No dudó en tomarla en su mano.

No intentó ver a su amigo, en absoluto deseaba comprometerle. Había acudido a la casa pensando en hacerle un especial regalo: librarlo de su padre, de aquel brutal autoritarismo que podía empujarle el suicidio.

Apenas hacía una hora que Javier esperaba cuando la puerta se abrió para dar paso al general Arnedo. Éste entró en el despacho y cerró la puerta con un cerrojillo, no deseaba ser molestado. Se despojó de la guerrera, se aflojó los pantalones y movió ligeramente las nalgas para dejar escapar la sonora y apestosa ventosidad que había contenido mientras estaba rodeado por sus selectos invitados. La situación para Javier era dramática, pero aquella liberación fisiológica del militar le brindó una sensación de seguridad. Evidenciaba que aquel tipo despiadado también era humano y, por ende, vulnerable. Tras sentarse en la butaca, el general se sirvió una generosa cantidad de tequila dorado que paladeó con deleite, chasqueando la lengua sonoramente. En la intimidad no necesitaba mantener su imagen de individuo austero, sin vicios ni debilidades.

Javier avanzó por su espalda. El volumen de la música de los mariachis, el rumor de las conversaciones de la gente, llegaba hasta ellos filtrándose a través del ventanal. Había ensayado aquel gesto a solas y lo reprodujo con absoluta precisión, sin dudar; no podía permitir que el general intuyera lo que iba a sucederle.

Apoyó el cañón del arma en la sien del militar y apretó el gatillo. El hueso temporal no opuso suficiente resistencia al plomo que horadó su cerebro. La cabeza de Arnedo se ladeó y la sangre comenzó a manar, en poca cantidad. Javier se apresuró a encerrar la diestra del general en torno a la pistola. Se trataba de simular un suicidio, para ello había tomado tantas precauciones. El militar ni siquiera descubrió a su ejecutor que canturreó junto a su oído:

—Te he lobotomizado, pero con plomo.

Abandonó el despacho apoyándose en las gruesas ramas de la feraz jacaranda, sus manos protegidas con guantes no resultaron lastimadas. En el trayecto de regreso a su hogar, hizo desaparecer sus prendas oscuras y quedó vestido con una camiseta blanca y los holgados pantalones de deporte que llevaba debajo. Se metió en su cama y una sonrisa amplia iluminó su rostro. Afloraban sus emociones, incluso una siniestra alegría que le costaba refrenar. Nadie tendría imaginación suficiente para sospechar que un tipo que había sufrido una lobotomía era capaz de simular el suicidio del tirano.

Àngels Gimeno
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