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Tres cuentos de Alejandro González Espinoza

martes 26 de septiembre de 2023
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No miren para atrás

“No miren para atrás”, dijo el padre a los niños sentados a su espalda. No pareció que le escucharan, permanecieron quietos pese a la enorme velocidad del vehículo.

“No miren para atrás”, repitió, perentorio.

El ruido maldito subía por momentos, bajaba en otros hasta casi desaparecer, pero no lo hacía, el ruido maldito jamás desaparecía.

“Se me hizo tarde”, murmuraba el padre, como pidiendo perdón a quien quisiera escuchar.

Los niños, tomados de la mano, casi sin pestañear, mantenían sus ojos llorosos fijos en la nuca del padre. El ruido maldito les mantenía paralizados, más que la orden del padre incluso: “No miren para atrás”.

Luego de cruzar el puente, a toda la velocidad que la frágil estructura de madera lo permitía, el ruido maldito creció hasta casi pisarles los talones. “No miren para atrás”, comenzó a susurrar el padre una y otra vez, como salmo protector, “no miren para atrás”.

Casi volando sobre el camino, llegaron a la curva del peral. Sin que lo pudieran evitar, el ruido maldito los envolvió, ya no sabían si estaba atrás, delante o entre ellos.

Por fin, a oscuras y en silencio, por detrás del bosque asomó la casa, el hogar protector. “No miren para atrás”, comenzó a gritar el padre con rabia, angustia y locura en su voz, “no miren para atrás”. Los niños lloraban en silencio o eso creyó él.

Al fin, y temblando, el padre detuvo el vehículo frente a la casa. El sudor y las lágrimas corrían por su rostro. El corazón preso en su pecho quería escapar por su boca.

 

Con los ojos apretados el padre pudo escuchar el silencio a su alrededor. “Los niños”, “debo proteger a mis hijos”, se dijo, como dándose ánimos, como obligándose a mirar.

Haciendo acopio de su último grano de coraje, el padre giró lentamente, y lentamente abrió los ojos para descubrir el asiento vacío. Los niños ya no estaban, en su lugar, boca cerrada y ojos oscuros, el ruido maldito sonreía.

 

La casa había permanecido intacta gracias a su sólida construcción, en la que su abuelo había insistido y participado directamente.

Vientos del Edén

Como todos los días desde hace meses, el viento soplaba con fuerza devastadora. La casa había permanecido intacta gracias a su sólida construcción, en la que su abuelo había insistido y participado directamente; “vendrán tiempos duros” decía el abuelo, “habrá que protegerse y rezar”.

Ya no se escuchaba ningún ruido en el pueblo, los gritos, los deshumanizados gritos habían cesado por completo, como si no quedara nadie con vida. Las comunicaciones hace tiempo se habían cortado y la oscuridad era casi completa, no importaba la hora que marcara el reloj.

Vivía solo, desde mucho antes del “vendaval del diablo”, así le llamaban. Disfrutaba su aislamiento. Dedicaba largas horas del día o de la noche a leer y reflexionar. Fue una buena vida, hasta que leyó los cuadernos que encontró ocultos en una pared del sótano. La letra era de su abuelo, y el contenido, el dictado de algún demonio.

El viento comenzó el mismo día en que él comenzó la lectura, comprendió enseguida la conexión, pero no pudo detenerse, no supo cómo o no quiso. Mientras más leía más fuerte el viento, más oscuridad y más dolorosos los gritos en el pueblo.

Con el tiempo, los víveres se acabaron, el agua dejó de fluir por las tuberías, los animales desaparecieron, incluso las hormigas y las moscas. Pudo atrapar un par de ratas, sin embargo, las últimas de su especie, que devoró crudas, con salvaje angustia por sobrevivir.

 

Podía recordar algunas frases de aquellos cuadernos, que arrojó por la ventana como una ofrenda en cuanto comprendió el sentido de las palabras. Frases que invocaban al viento, como el ideal de un espíritu renovador, para que arrancara de raíz todo el mal del mundo, todo el mal del hombre, destinado a desvanecerse junto con su memoria.

El hambre, la sed y un punzante sentimiento de culpa le obligaron a tomar una decisión: abriría la puerta que daba al patio, correría los escasos metros que separaban la casa del bosque aledaño y ahí se ocultaría, hasta que dios le perdonara o de una vez por todas le hiciera descender al infierno.

Tomó aire, notó un sudor frío bajando por su nuca, y sin querer pensarlo más abrió de golpe la puerta.

Corrió todo lo rápido que le permitían sus escasas fuerzas. Quiso recordar alguna oración, de esas antiguas recitadas por su abuela, pero no pudo hacerlo. “Abuela”, pensó.

Sus delgadas piernas se movían desmañadas, su corazón palpitaba desbocado y su memoria no podía recordar, todo era sangre y torbellino.

De pronto, el viento pareció solidificarse frente a él. Se detuvo en seco, en una posición absurda, como si hubiese chocado contra un muro. Un remolino de aire, ramas, polvo y restos todavía humanos lo envolvió, horrorizándolo.

“Abuelo”, pensó.

Sintió cómo el viento desgarraba su ropa, demasiado holgada para su cuerpo demasiado flaco. No le importó. “Es un viento cálido”, pensó, “extrañamente cálido”.

 

Luego notó cómo sus pelos eran arrancados, en montones desiguales, de su cabeza y de su cuerpo. Abrió los ojos sin comprender.

Sintió arder su cuerpo cuando el viento rasgó su piel, poco a poco, con cierta templada delicadeza, dejando al descubierto lo que quedaba de sus músculos. Luego esos mismos músculos comenzaron a desprenderse, con un dolor insoportable que no podía sublimar en grito alguno, porque su garganta permanecía cerrada.

En lo que le pareció una eternidad en el infierno, quedó expuesto, sólo huesos y ojos, incluso su alma pareció desarraigada por el viento, diluida en él.

Su esqueleto comenzó lentamente a disolverse, y su alma, polvo-al polvo-al viento-al final de la memoria. “Abuelo”, pensó una vez más.

Sus ojos cayeron deshechos en sal antes que sus lágrimas tocaran la tierra.

Finalmente, el viento se disolvió entre ráfagas de luz, sin que ninguna mirada pudiese maravillarse ante el nuevo Edén recién nacido.

 

Los abuelos observaban con beneplácito la tormenta navideña desatada por su descendencia.

Navidad con los abuelos

Cada Navidad, la familia se reunía donde los “tatas”, como les llamaban los nietos. Ubicada lejos de la ciudad, la casa fue construida por el propio abuelo antes incluso de casarse con la abuela.

El día de Navidad, un verdadero enjambre de personas y personitas subía y bajaba escaleras, hablaba en susurros o a los gritos, salía de las distintas habitaciones y entraba a otras, llevando platos, vasos, regalos y adornos a donde correspondiera llevar. Los niños y las niñas en tanto disfrutaban jugando en el patio, riendo con ganas y a veces llorando sin mucha intención de sufrir.

Los abuelos observaban con beneplácito la tormenta navideña desatada por su descendencia. Compartían la risa; desde sus asientos dirigían la marcha de los adultos cuando éstos se perdían entre cocina y comedor; daban consejos sobre la preparación de tal o cual plato y regañaban a algún niño o niña que con su curiosidad ponía en peligro un antiquísimo libro cerrado a candado, que el abuelo conservaba como un tesoro.

Esa fecha era especial para la familia, pues los abuelos pronto cumplirían setenta años de matrimonio, y aprovechando que esta vez habían llegado todos los parientes, lo celebrarían el mismo día de Navidad. Corría también el rumor de que los abuelos darían una noticia importante, que significaría seguramente una renovación en las costumbres de la “tribu” (como le gustaba decir al abuelo), de tal forma que todos permanecían expectantes.

Acabada la cena, sirvieron el postre, una tarta de manzana preparada por la abuela cuya receta era un secreto familiar, que ya temían se llevara a la tumba. Grandes y pequeños degustaron golosos la tarta, algunos incluso se repitieron.

 

Cuando habían terminado el postre, vigilados atentamente y motivados por la abuela para que no dejaran siquiera una migaja en el plato, el patriarca de la familia pidió ayuda para ponerse de pie, pues quería brindar, era el momento de la gran noticia, la descendencia en pleno renovó su atención.

Brindó el abuelo por la familia, porque a pesar de las dificultades habían sabido permanecer unidos, “la sangre familiar es lo más preciado que tenemos”, dijo con emoción. Brindó también por el tiempo que junto a la abuela habían podido disfrutar de hijos, nietos y bisnietos. Y también porque luego de esa noche él y la abuela renovarían sus votos matrimoniales por una nueva eternidad. Todos aplaudieron las ocurrencias del abuelo. Pidió éste que le trajeran su libro, lo abrió con una llave que traía permanentemente colgada al cuello, tomó la mano de la abuela y comenzó a recitar los versos de un antiguo poema en una lengua desconocida por todos.

Nadie dijo nada, era otra tradición familiar que no entendían, pero que respetaban como sagrada. Hasta que cayó el primero de ellos. Le miraron asustados y corrieron a atenderle, entre los gritos de los adultos y el llanto de los pequeños. Luego cayó uno de los niños y luego otro y una niña también. El susto dio paso al pánico y a los intentos de solicitar ayuda de ambulancias, policías o bomberos, nada de eso pudieron hacer, porque en cuestión de minutos la familia entera yacía en el piso como si estuviesen muertos.

Excepto los “tatas” que, como si nada ocurriese, continuaban, ahora juntos, recitando el poema. Terminada la declamación, cerraron y guardaron cuidadosamente el libro, tendieron a grandes y pequeños uno al lado de otro, les quitaron las ropas y, utilizando los mismos cuchillos de trinchar que usaron durante la cena, les rebanaron amorosamente el cuello, dejando correr la sangre.

Cada vez que la vida de uno de los descendientes se apagaba, los abuelos rejuvenecían un poco más. Cuando todos habían muerto, los abuelos aparentaban no más de veinte años. Se miraron a los ojos, se besaron con pasión y se prepararon a quemar esa antigua casa que tantas alegrías les había dado en esa vida.

Alejandro González Espinoza
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