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El hombre loco

sábado 2 de diciembre de 2023
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Yo fui la primera que le abrí la puerta. Vivíamos en un apartamento del piso 11. Allí vivíamos mi esposo, Hernán, y yo. En el edificio siempre había un portero de turno. Ese día, un hombre subió a nuestro apartamento, sin identificarse.

Al abrir la puerta, vi a un hombre sin rostro. Su rostro se desvanecía ante la mirada. Parecía ser que hablaba varios idiomas y, a la misma vez, ninguno. Lo primero que nos dijo fue que nos había conocido mucho tiempo atrás, aunque nosotros no lo recordábamos. Mi esposo, Hernán, se acercó a la entrada en donde todavía estaba de pie el hombre y le dijo que nosotros no éramos esos que él pensaba porque nunca lo habíamos conocido. Pero el hombre nos miraba intensamente aunque no encontrábamos sus ojos. Apenas hablaba. Ese día se esfumó sin hacer ruido.

Desde esa tarde todo cambió. Ya no podíamos estar tranquilos y seguir con la rutina diaria sin esperarlo. Hernán y yo tratamos de recordar si alguna vez lo habíamos conocido pero no encontramos rastro alguno. Por más que escarbamos el pasado, las viejas amistades y conocidos, el hombre loco no se asomaba en la memoria.

Me asombré porque no entendía cómo pudo abrir la puerta. Le pregunté y me dijo que no había puertas ni cerrojos que abrir.

Al día siguiente no tocó en la puerta. Sencillamente estaba ahí en la entrada y la puerta abierta. Yo me acordaba de haber cerrado la puerta del apartamento con los dos cerrojos. Desde entonces nunca más funcionaron, al menos con él. Unos meses atrás mandé a cambiar los cerrojos para tener mayor seguridad. Al verlo, yo siempre lo veía primero, más que nada me asombré porque no entendía cómo pudo abrir la puerta. Le pregunté y me dijo que no había puertas ni cerrojos que abrir. Me comencé a sentir inválida ante ese hombre intruso que apenas hablaba. Le dije con mucho miedo que no volviera más a mi casa. Desapareció nuevamente. Pero esta vez escuché ruidos lejanos cerca de los elevadores y al fondo del pasillo del edificio. Luego un aullido y otro largo aullido, como si fuera un alma en pena. Era un aullido casi sobrehumano. Se estremeció el edificio entero. Mi apartamento temblaba como si hubiera un terremoto. Desde esa noche, nunca más tuve una puerta. Era como si todo lo que ocurría en mi apartamento estuviera a su vista. Ya nunca más tuve sosiego. Mi vida se revelaba ante él, aun sin tratar. Esa noche nos imaginamos que el hombre estaba loco. Dicen que los locos tienen poderes sobrehumanos y una fuerza astronómica. El miedo aumentaba y ya no quería llegar a mi casa en las tardes. Pensaba en él a cada hora. De repente me encontré hablando con él, tratando de advertirle que se alejara. Me perturbaba la presencia del hombre loco. A mi esposo no le molestaba. Hernán me dijo que no le hiciera caso. Pero lo de la puerta no lo podíamos explicar. Y comencé a esperarlo, a la hora de la cena, después de la cena, o a cualquier hora del día o de la noche. Así se convirtió en nuestro visitante, aunque poco a poco lo conocíamos menos.

Durante esa semana el hombre loco regresó al umbral de la entrada. Esta vez la puerta estaba desconectada del marco, y colocada al lado de un armario. Él reveló su secreto de cómo abría la puerta con cerrojos. Sencillamente la levantaba agarrándola desde la parte de abajo y ya, decía él. Su estatura era la de un hombre loco. Después de su partida, o su desaparición temporal, le dije a Hernán que pusiera unas varillas de acero a través de la puerta en forma de equis para que el hombre no pudiera aparecer más en el umbral de la entrada sin puerta. Pero volvió y las varillas no existían, al menos para él, porque nadie más podía abrir esa puerta desde afuera. Esa vez, junto a mi esposo que estaba a mi lado, lo amenacé con llamar al portero para que no le permitiera entrar al edificio. Incluso levanté la voz. Demostré coraje. Pero mi coraje y mis gritos no me sirvieron de nada, porque el hombre lo único que quería era mirarme intensamente al umbral de la puerta abierta. Estaba loco por mí, toda su vida lo había estado. Él me podía mirar a los ojos pero yo no a él. El intruso se esfumaba como el vapor, o como los perros que ladran y ladran para anunciar la muerte en la lejanía. Y poco a poco mi casa pasó a ser el lugar del miedo al loco que me acechaba. En algunas ocasiones tuve discusiones con Hernán sobre el asunto del hombre. Hernán no le daba mucha importancia; es más, a veces le parecía cómico que podía burlarse de las puertas, los cerrojos, el portero, los elevadores, las paredes y de nosotros. Me decía que yo estaba dándole demasiada importancia a un loco, que mejor era seguir mi vida como si él no estuviera allí. Comencé a pensar que de repente habían sido cómplices en otro tiempo.

Pasaron las semanas y cada vez que se presentaba hacía ruidos más extraños. Tenía una especie de lenguaje gutural, casi ininteligible. A veces me decía que sentía una atracción por mí desde que yo era una niña. Le contaba todo a Hernán porque él se cansó de ir a la puerta conmigo. Pero nada que dijera el hombre loco le molestaba a Hernán. Se sentía muy seguro de mí y confiaba en que el loco era benigno. Hasta que sucedió lo siguiente que les voy a contar. El intruso comenzó a habitarme, no encontraba un lugar en dónde él no estuviera. Me ocupaba el tiempo y el espacio. No me podía zafar de él.

Lo escuchaba pero no lo veía. Hizo ruidos, gemidos, aullidos, gritos, pero era invisible.

Como siempre el hombre loco llegó al día siguiente. Estaba en el umbral de la entrada sin puerta. Esta vez yo no lo podía ver. Eso fue diferente a todas las otras veces. Lo escuchaba pero no lo veía. Hizo ruidos, gemidos, aullidos, gritos, pero era invisible. En ese momento se oyeron gritos por el pasillo y el elevador. Incluso en el piso de arriba. A mí me dio mucho miedo y llamé a Hernán. Hernán se preocupó. Yo le dije que cerrara la puerta. Pero él dijo que como quiera el loco la podría abrir. Entonces se me ocurrió una idea; después de cerrar la puerta, arrastramos un gran armario que teníamos en el pasillo para bloquear la entrada. Quizás sólo así podríamos liberarnos del hombre. Mi esposo cerró la puerta y le puso todos los cerrojos. Rápidamente, procedimos a arrastrar el viejo armario en contra de la puerta y colocamos encima del armario todo lo que se nos ocurrió en aquel momento para clausurar la entrada, de tal forma que al intentar levantar la puerta no pudiera moverla hacia adentro por el peso del armario y varios otros muebles más pequeños que encontramos.

Justo en ese momento, pasó algo escalofriante. Cuando creímos estar a salvo, escuchamos el aullido del hombre loco dentro de nuestro mismo apartamento. El ruido se oía de adentro, con nosotros. Estábamos atrapados con el mismo hombre. Yo grité y, en ese momento, Hernán se puso a aullar igual que el loco. No parecía que éramos tres personas diferentes. Yo traté de marcar 911 en mi teléfono móvil. Lo marcaba una y otra vez pero no tenía timbre, no pasaba nada. Traté de marcar el número del portero del edificio y no marcaba tampoco. Mi teléfono móvil dejó de funcionar. Todas las líneas de comunicación colapsaron. Quedamos suspendidos en un mismo espacio. Desde entonces vivimos todos juntos.

A mi esposo no le parece molestar la presencia de ese otro hombre en nuestras vidas. Dice que es inevitable. Poco a poco me he resignado. El hombre no habla mucho, y mi esposo tampoco. Dejamos de recordar que hubo un pasado sin él. La locura nos habita o nosotros habitamos en la locura.

Giselle Duchesne
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