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El espejo

sábado 16 de diciembre de 2023
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Siempre he sabido, o al menos eso creo, que el hombre, y con esta palabra me refiero a ambos sexos porque estoy hablando del Homo sapiens, desde la antigüedad ha querido conocerse a sí mismo. Es decir, nunca se ha conformado con ver a sus semejantes y suponer que él es similar, igual, más bonito o feo que su acompañante o acompañantes. Pero, como en esa época no se conocía el espejo, debían exponerse a que los dibujaran o tallaran sobre piedras, lodo o cualquier superficie que se prestara a recibir en su seno un dibujo o escultura que, si bien es cierto no puede saberse con certeza si era bueno, malo o regular, era todo lo que tenían para darse cuenta más o menos de su aspecto.

Por esa razón no podemos saber a ciencia cierta si las narices grandes, arrugas del rostro, pelo despeinado, abdomen prominente, chiches grandes y tantas otras cualidades de los antiguos era real o simplemente producto de la imaginación del pintor, escultor u otro artista nacido en esos tiempos. Pero de repente se vieron mostrados en el agua, alguna superficie reflectora y, al verse, no pudieron más que menospreciar a los artistas que los presentaban como tales esperpentos.

Sin embargo, para fortuna del Homo sapiens, hace miles de años en Turquía, según me dijeron, se crearon los primeros espejos fabricados de obsidiana pulida (cristal volcánico) y a partir de ahí, diferentes culturas comenzaron a usar distintos tipos de minerales para la fabricación de espejos en forma artesanal. El espejo no es más que un objeto definido como un cuerpo opaco, con una superficie lisa que refleja casi en su totalidad la luz que recibe. En aquellos que son planos, los rayos lumínicos rebotan y se desvían de tal forma que reflejan imágenes claras, del mismo tamaño que el objeto reflejado. Por esta razón, nos vemos en el espejo tal cual somos, siempre que no usemos maquillaje, pelucas o cualquier otro utensilio no natural que altere la figura del Homo sapiens ante el espejo. Fue a partir de ese invento que poco a poco se fueron eliminando las barrigas, arrugas, pelo alborotado de las primeras imágenes del hombre, creadas por los artistas de aquella época.

En algunos espejos nos vemos más flacos, jóvenes, sin arrugas, y es en ese, en el del pasillo de mi casa, en el que me gusta verme antes de salir a la calle.

Sin embargo, la figura siempre puede distorsionarse por la calidad de la luna que se utilice. En algunos espejos nos vemos más flacos, jóvenes, sin arrugas, y es en ese, en el del pasillo de mi casa, en el que me gusta verme antes de salir a la calle. Ese espejo me refleja joven, con los cachetes estirados como si no tuvieran ninguna arruga y pesara unas veinte libras menos. De más está decir que salgo a la calle como cualquier joven, luciendo pantalones de lona y camisas de artista de cine, pero no a presumir con las mujeres jóvenes porque ya friso los setenta años de edad.

El día que tomé las vacaciones anuales seguí el ritual de siempre, un baño reparador, escogí mis mejores prendas, me peiné como un dandi, posé ante el espejo milagroso de mi casa y, plenamente satisfecho, como un muchacho en su apogeo, salí rumbo al puerto.

Me dieron una habitación confortable, cama matrimonial, baño limpio, televisión con cable, aire acondicionado. La verdad, me sentí como un hombre privilegiado por tener la capacidad de darme aquellos lujos y el primer día todo fue piscina, mar, sol, como debe ser por aquellos lares. De más está decir que me tomé como media botella de whisky, comí a lo rey, platiqué con mi familia y, ya cansado del viaje, los tragos, la comida, me retiré a gozar de la habitación que me habían dado, a mi forma de ver, plenamente merecida.

Al día siguiente, rumbo al baño, vi, como sin querer, el espejo que adornaba la habitación, pero no le hice demasiado caso hasta que, ya bañado, me paré frente a él y entonces pude ver, no con inusitada sorpresa, la imagen de neandertal que reflejaba. Definitivamente ese espejo no era como el de mi casa sino de esos que te avejentan, engordan y te hacen ver hecho mierda. Volví a mi cama y regresé a ver la imagen de nuevo. Siempre lo mismo: viejo, panzón, lonjas por doquier, chichudo, bigote blanco, pelo canoso… Un dechado de virtudes que no me conocía, pero pensé que era una consecuencia de la resaca del día anterior, el desvelo y cualquier cosa menos que el espejo reflejara mi imagen tal cual.

Todo el día anduve pensando en el desdichado espejo y comenté con mi familia que te hacía ver más viejo y panzón, que un buen consejo sería cambiarlo para beneficio de los huéspedes. Se rieron, pero como se ríen de cualquier chiste malo, y no hicieron caso de mis comentarios sobre el famoso espejo, a mi manera de ver de mala calidad, que reflejaba una imagen muy diferente de la mía. De la que veía todos los días al salir de mi casa.

Ya no tuve claridad sobre si el espejo de mi casa era el bueno o el del hotel el malo o viceversa.

Bueno, pensé, ha de ser un chiste de mal gusto, una broma, mi desvelo, la resaca o cualquier cosa y, con sigilo, me escurrí a la habitación para pasar mi segunda noche, pero cuál no sería mi sorpresa: el condenado espejo reflejaba la misma imagen del día anterior. Ya no tuve claridad sobre si el espejo de mi casa era el bueno o el del hotel el malo o viceversa.

Me cansé de pasearme por el pasillo de la habitación y, ya fuera al baño, al lavamanos, o de salida, el espejo seguía reflejando lo mismo: un viejo (cuándo yo) panzón, con grandes lonjas a los lados, chichudo, canoso, de bigote blanco y arrugas en los cachetes, pero no cualquier tipo de arrugas, sino muy parecidas a las que tiene un globo desinflado que se guarda debajo de la almohada.

Cuando salí de la habitación para regresar a mi casa volví a ver de nuevo el espejo y no pude más que despedirme de aquella imagen horrorosa. Sin resentimiento, pero con total sinceridad, brotaron de mí las palabras más elocuentes dichas durante mucho tiempo.

Espejo hijo de la gran puta.

Antonio Cerezo Sisniega
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