Yo fui una burócrata del gobierno por treinta años. Trabajé en la misma oficina, en el mismo escritorio, haciendo exactamente lo mismo. Al cabo de veintiocho años, comencé a contemplar la jubilación. Por alguna razón inexplicable, nunca se supo en cuál piso del edificio de veinte niveles quedaba la oficina de la administración del personal. En esa oficina particular se podía uno comunicar con los especialistas de la jubilación. El elevador nunca paraba exactamente en ese piso. Extrañamente, siempre que tenía que ir a investigar cualquier cuestión sobre el plan de retiro, el elevador me dejaba en un piso más abajo o más arriba. Me dejaba en cualquier otro piso, excepto en el piso exacto. Nadie sabía por qué y a nadie le importaba. Subían o bajaban las escaleras, o no iban personalmente, sólo llamaban o se comunicaban a través del correo electrónico. Pero yo prefería ir en persona. Asistir personalmente me hacía sentir más cerca de la fecha ansiada de mi jubilación. Me pasaba imaginándome esa fecha espectacular, mi último día de trabajo.
Un lunes a la media mañana, decidí ir a esa oficina para indagar exactamente cuánto tiempo me faltaba para jubilarme y detalles sobre los beneficios del plan de retiro. Estaba casi segura de que me quedaban unos dos años y quería estar preparada, como para adelantarme a la fecha, o por lo menos a la idea. Sentía que mientras más me obsesionaba con la idea, más rápido pasaría el tiempo, aunque nunca sucedía así. Mi oficina quedaba en el séptimo piso del edificio. Al llegar a los elevadores, marqué el piso veinte, en donde oficialmente quedaba la oficina de la administración para los empleados. Pero me dejó en el piso quince. Al bajar pregunté si debía subir cinco pisos más para llegar al veinte. Una señora vieja y amargada me dijo que siguiera subiendo las escaleras hasta que llegara. Allí no sólo estaban los especialistas en la jubilación, sino que además trabajaban los especialistas de nómina. Otro joven me señaló que él nunca había ido a esa oficina de la administración ni tenía razón por la cual ir. Para eso había internet. Comencé a subir uno, dos, tres, cuatro, cinco pisos. Calculé que ya tenía que estar por el nivel veinte. Todos me decían que allí no era. Pensé que de repente el verdadero piso era la azotea, uno más del veinte. Estaba agotada, pero seguí subiendo hasta llegar a lo que parecía el final. En lo que parecía ser la azotea, me dijeron que había muchas más escaleras que podía subir pero que no valía la pena. Les expliqué que me urgía hablar personalmente con los administradores del departamento del retiro, porque era mi deseo retirarme. Una señora muy anciana y enferma se acercó a mí. Me preguntó que para qué me quería jubilar, que lo mejor era quedarse trabajando para siempre. Ella llevaba cincuenta años en la misma oficina y en el mismo escritorio. Lo único que había cambiado había sido la silla, porque ahora estaba un poco desfigurada y los huesos le dolían. Su esposo había muerto hacía años y tampoco llegó a jubilarse. Ella lo acompañaba a diálisis dos veces por semana, hasta que murió. Hablaba con una tranquilidad espantosa. De momento sentí que a nadie le interesaba si yo encontraba la oficina de jubilación. Regresé a las escaleras. Se hicieron infinitas, no tenían fin, ni tenían números. Mi cuerpo ya no podía más y me rendí. Tomé el elevador en algún piso y regresé a mi oficina. Pensé que quizás lo mejor era tratar de contactarlos a través del correo electrónico y el uso del internet.
Al cabo de unos días, noté que todos mis correos electrónicos dirigidos a los especialistas de la jubilación no fueron respondidos. El recipiente no existía. Intenté llamar, pero sólo respondía una grabadora que prometía contestar las llamadas. Tampoco funcionó. Mis mensajes de voz nunca fueron respondidos. Pasaron meses y pasaron años. Yo seguía intentando averiguar en qué fecha me podría jubilar. Llegó el día en que estaba ya segura no sólo de haber llegado al momento mágico de la jubilación con todos los beneficios, sino que ya había sobrepasado la fecha. Nunca pensé que eso fuese posible. En mi segundo intento por resolver el problema de una vez por todas, fui con mucha más seguridad porque ya había permanecido trabajando más tiempo de la cuenta. Así que subí hasta el piso veinte por las escaleras. Iba contando cada nivel ya que el piso veinte no estaba marcado. Esta vez me excedí a la vez anterior. Y logré llegar a un nivel en donde quedaba la administración que se ocupaba de los asuntos de los empleados. Un hombre muy amable me invitó a sentarme. Le expliqué brevemente el motivo de mi presencia. Le dije que ya llevaba más de treinta años y quería verificar algunos datos. El señor amable me miró muy sorprendido. Al cabo de investigar algunos datos personales en la computadora, me comunicó que mi nombre no estaba en el sistema, o sea que no tenía evidencia de cuántos años había trabajado allí. Al principio, me sorprendí, pero luego pensé que era un error temporero.
Desde entonces, comencé a buscar evidencia de trabajo en la oficina. En realidad, buscaba demostrar mi existencia allí por más de treinta años. Busqué testigos. Hablé con mi jefa por ese entonces, pero se mostró indiferente. Me dijo que lo mejor que podía hacer era jubilarme sin beneficios, no ir más a la oficina. Diariamente, hablaba con los demás empleados de la misma oficina, con algunas jefas de más rango, con empleados que encontraba por los pasillos, en otros pisos y hasta a la salida del edificio. Traté en vano de afirmar mi presencia y explicar mi propósito. Empecé a trabajar más duro. Entraba a las seis de la mañana y dejé de salir a almorzar. Nadie en absoluto se percató de la intención de mis esfuerzos inútiles. Algunos me acusaron de narcisista. Se me ocurrió que podría tener un mejor resultado si me mostraba más agresiva y belicosa. Al cabo de unos días, mi jefa me llamó la atención. Me dijo que mi función no era ponerme por encima de ella ni de ningún superior, que me podría reportar por insubordinación si seguía llamando la atención, o peor aún, despedirme del trabajo.
Al paso de unos meses en esta situación de anonimato involuntario, mi estómago comenzó a enfermarse con dolores inexplicables. A causa de estos dolores y malestares, tuve que ausentarme en varias ocasiones. Una vez llamé para excusar mi ausencia por enfermedad y como siempre dejé un mensaje de voz en la grabadora de mi jefa. Al otro día mi jefa me dijo que nunca recibió el mensaje. Ese mismo día decidí salir a almorzar en el mall que quedaba a cinco minutos manejando desde el trabajo. Luego caminé un rato por el mall como antes solía hacer. Recuerdo que era un día hermoso de los comienzos de la primavera. Estaba soleado y se escuchaban los pájaros afuera trinando, como si el mundo se despertara a través de los pájaros. Cada primavera era un reconocimiento, un asomo cada vez más intenso, un nuevo existir. La primavera era contagiosa. La jubilación llegaría. Todo parecía existir por primera vez, o acaso siempre existió, pero ahora murmuraba más alto, para hacerse escuchar. A última hora decidí regresar a la oficina, para dirigirme directamente al piso veinte, el piso fantasma de la administración de empleados. Estaba decidida a comunicarles que el mes próximo me iba a jubilar, que ya estaba decidida. Todas mis preguntas se esfumaron aquella tarde primaveral.
Alrededor de la 1:30 de la tarde entré al lobby del edificio. Había un grupo de personas esperando elevadores. Yo me paré en frente a uno de los tres elevadores de un lado. En total había seis elevadores, tres a cada lado. Yo me coloqué justo a uno de la esquina. Al cabo de unos minutos llegó el elevador de mi lado. Tomamos la misma cabina del elevador como tres personas. Cuando ya íbamos por el séptimo piso, se oyó un grito desgarrador que venía del elevador justo al lado nuestro. El grito duró varios segundos y se quedó el eco atrapado en las paredes de los elevadores. El eco resonaba en el túnel del elevador como un muerto. Siempre he pensado que los elevadores parecen tumbas de acero. El alarido fue desolador y escalofriante. El grito venía desde arriba hacia abajo, nos pasó por el lado y quedó retumbando entre las paredes de los elevadores. Todos los que estábamos allí nos miramos, pero nadie se atrevió a decir una palabra. Justo después de esos instantes se oyó un golpe aplastante hacia abajo. Fue un ruido fulminante, el fin de algo. Llegué a mi destino, que no era el piso veinte, sino algo aproximado. Al salir escuché mucho bullicio, como si mucha gente se hubiera aglomerado en algún piso más abajo. Al cabo de unos minutos, se escuchó una ambulancia y luego la sirena de bomberos y quizás también varios carros de policía con sus sirenas puestas.
Lo primero que pensé fue que un elevador con una mujer adentro se había roto y la cabina completa había caído hasta el sótano del edificio, tal como sucedía repetidamente en mis pesadillas. Pero no fue así. La realidad siempre supera los sueños, aunque hay quien dice que los sueños superan la realidad. Así como vivir para siempre, eternamente. En los sueños puede ser maravilloso. Sin embargo, en la realidad puede ser una condena, un callejón sin salida. Por eso yo lo único que deseaba era jubilarme, terminar, salir de allí.
Había mucha conmoción y por fin me atreví a preguntar entre el grupo de personas en el pasillo de aquel piso en donde me bajé. Todos hablaban y curiosamente yo todavía oía resonar el grito fantasmal del elevador de mi lado. Era inconfundiblemente un grito de mujer. Cuando las personas que estaban allí vieron que yo salí de un elevador justo después del grito, algunos se acercaron a mí. Querían saber. Pero yo no sabía nada, excepto que fui testigo del grito tajante y del desplome ensordecedor. Poco a poco, en medio de los ruidos de sirenas y después del golpe ensordecedor, de rumor en rumor, la verdad llegó hasta el piso veinte.
Fue una mujer. Era una empleada a punto de jubilarse. Le quedaba una semana más de trabajo. Apretó el botón del elevador desde el piso diecinueve. Al abrirse las puertas para entrar a la cabina, dio un paso y cayó precipitadamente en el hueco hacia el vacío, hasta caer en el techo de la cabina que todavía estaba en los primeros pisos mucho más abajo. Decían que el golpe final fue tan impactante que quedó desfigurada en el techo de acero de la cabina de abajo. Las puertas no funcionaron como debían, se abrieron mucho antes de que llegara la cabina. Ella era la única pasajera. Ella dio el paso hacia su muerte.
Todos comentaron el suceso por el resto del día de trabajo. Se escuchó que habría demandas legales al edificio, a la compañía de elevadores y a la administración. Se decía que la mujer no podría tener un funeral, que la familia recibiría millones por el penoso accidente. Según algunos, el accidente no fue muy significativo ya que la mujer no tenía familia.
Ese fue mi último día de trabajo. Nunca más regresé a ese lugar. Nunca más supe de esa mujer ni de nadie en ese edificio. Pero cada vez que me acerco a un elevador, puedo oír el grito desgarrador que se quedó en las entrañas de mi memoria.
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