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El recuerdo

martes 19 de marzo de 2024
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De cuando estaba en coma recuerdo, o creo recordar, las frases de compasión o de escepticismo de familiares, enfermeras, doctores, amigos y de cuantos llegaban a verme después del accidente. Pobre, decían unos, mala suerte, otros, y los familiares no creían lo que me había pasado. Jamás lo imaginé, expresaban, si tenía una vida por delante. Pero yo, inconsciente como me encontraba, aún podía pensar, o intuir, quién sabe cómo, que saldría de esa situación. ¿Por qué?, preguntarán, pero siempre he creído, tal como lo decía mi abuelita, que nadie se muere en la víspera.

El accidente fue espectacular. El vehículo en que viajaba voló por los aires después de subirse al promontorio de tierra que los trabajadores municipales habían dejado sin señalización alguna. Puta, recuerdo que dije, ahora sí me llevó la chingada y el vehículo comenzó a dar vueltas en el aire hasta empotrarse en un poste del alumbrado eléctrico. Comencé a oír sirenas de los carros de auxilio ciudadano, que pude identificar como bomberos o ambulancias de centros asistenciales. Lo cierto es que desperté acostado como un rey en una cama blanda, ropa limpia, olor a medicamentos y enfrente, supongo porque no podía ver bien, una enfermera de esas que parecen ángeles.

Los medicamentos me hacían viajar en el tiempo, hasta la niñez, que fue benigna conmigo, o la adolescencia, que no lo fue tanto, y ahora la vida de adulto, que me tenía postrado en una cama de hospital, tratando de revivir o al menos decir, no teman, estoy bien, saldré de esta.

Siempre estuve convencido, no sé si por los dichos de mi abuela o por qué, de que uno no se va de este mundo sino hasta que le toca.

Siempre estuve convencido, no sé si por los dichos de mi abuela o por qué, de que uno no se va de este mundo sino hasta que le toca. Sabía que saldría de ese ingrato coma y que la vida seguiría su curso hasta el final o el supuesto final de mi existencia.

Así fue. A los pocos meses, pocos porque no puedo decir otra cosa, me dieron de alta en el hospital. Mi mujer se veía eufórica, los hijos saltaban de orgullo, o nervios, no lo sé, pero me llevaron rápidamente a la casa, mi hogar, para iniciar el proceso de recuperación de manera inteligente.

Seguí la terapia al pie de la letra, hice lo que los médicos y mi mujer dijeron buscando prorrogar un tanto mi vida, aun sabiendo que todo lo que hacía era inútil si mi destino optaba por dejarme inerte en aquella oportunidad. Afortunadamente no fue así, aún pude arreglar cuentas con aquellas personas a las que se las debía y hasta a las que no se las debía, tal es el designio que nos han impuesto para la vida en esta tierra.

Volví al trabajo, triste destino del humano, hice lo posible por llevar una vida normal sin parranda, tragos, mujeres divinas, pero prácticamente me fue imposible. Cuando uno nace torcido, o recto, según se le juzgue, es imposible llegar a otro destino que no sea el suyo. Volví a la juerga, los tragos, las mujeres, sabiendo a ciencia cierta que nadie, pero nadie, como decía mi abuelita y se los digo una vez más, muere en la víspera.

A partir de ahí, recibí sermones de unos y otros, es decir, de todos. Que cuidara mi vida, que no tomara trago, no mujereara, no desvelos, ni trabajos extras que nada dejaban. ¿Pero dejaban qué?, preguntaba yo, si esta vida es efímera y en cualquier momento se termina. Pero no hay que desbaratarla, respondían, y yo me reía por dentro pensando que jamás, nunca, terminaría mi vida antes del momento programado.

Esta fue mi historia. No morí a consecuencia de aquel accidente del que les cuento, ni del estado de coma en que me vi sumergido, ni del exceso de tragos o del despilfarro del dinero, ni del franco contacto con mujeres no del todo recomendables.

Llevé una vida “digna”, como suelen decir, de trabajo, familiar, manteniendo esposa e hijos como mandan las buenas costumbres, sufriendo de apreturas económicas, pero siempre al frente como un valiente. ¿De qué me sirvió esto? De nada.

Un buen día, bañándome, como mandan las sanas y buenas costumbres, al salir de la bañera me resbalé y caí de espaldas goleándome la cabeza. El golpe no fue tan fuerte, mis familiares estaban ausentes, pero perdí el conocimiento y no pude levantarme.

Espero que mi historia sirva de algo a los muchos que deambulan por el mundo cuidándose de cualquier accidente para no morir.

Desde entonces, después del funeral, estoy aquí tendido en mi tumba, cada vez más convencido de que nadie muere sino hasta el momento en que realmente le toca. No me sucedió nada con el golpazo que me dejó en coma, pero ahora con una simple caída, en mi casa, ni siquiera en la casa de alguna novia, me dejó grogui y sucumbí.

Espero que mi historia sirva de algo a los muchos que deambulan por el mundo cuidándose de cualquier accidente para no morir, sin saber que la muerte no necesita de eso para hacerse presente y llega en cualquier momento.

Desde aquí, en la fría tumba, porque aunque no lo quieran entender se siente frío, los saludo con una sonrisa a flor de piel, según el decir popular, o a flor de huesos en mi caso, sabiendo que un día, el programado para cada cual, seremos vecinos de este mundo que algunos llaman oscuro, pero que para mí está más claro que un día soleado en alta mar.

Espero que vayan llegando familiares, vecinos, amigos, amores, en el momento que el destino lo decida.

Yo estaré aquí, tranquilo, esperándolos para compartir la vida eterna que este cementerio nos depara.

Antonio Cerezo Sisniega
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