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La llamada de María

martes 9 de abril de 2024
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A María siempre la llamaban a las seis de la tarde. Lo sé porque me fijo en las horas, en mi vida las cosas suceden con regularidad.

Es difícil precisar cómo algo aislado se convierte en una frecuencia, pero, cuando uno repara en ello, este hábito ya se ha ido afianzando durante semanas o meses y ha establecido sus propios motivos para quedarse y coexistir. En nuestro caso, las mañanas eran una sucesión de rituales preparativos —la compra, el baño, la comida— antes de la hora del té, el momento del día que avivó nuestra inquietud. Llamaban todas las tardes. El teléfono sonaba y los demás nos mostrábamos ansiosos y más o menos ocupados con nuestras tareas, las que sean, las que fueran. Uno no guarda recuerdos nítidos de la frecuencia, sólo de aquello que la rompe, lo anómalo, lo extraordinario. Nuestras vidas eran así, anómalas, aunque carentes de lo extraordinario. Quizás por eso no nos llamó la atención que a María la llamaran siempre a las seis de la tarde, un hecho que se transformó en una rutina más que con los meses fue dejando de ser novedosa y que acabamos por asimilar y hacer nuestra.

Hay gente que siente los automatismos como un poder devastador: la costumbre de hacer todos los días lo mismo, de buscar la distancia o el sexo con los mismos cuerpos, amar y odiar a las mismas personas de la misma forma. A nosotros, sin embargo, esto nos da seguridad. Nos ayuda a olvidar lo que fuimos, y nos hace conscientes de lo que hemos logrado a base de hábitos y de esfuerzo: las frecuencias construyen el espíritu, o al menos una parte de él, minimizan y alivian el deterioro de lo aleatorio. Un hombre sin rutinas es un desalmado o un bárbaro, como lo fuimos nosotros. Lo sé porque recuerdo todas las horas.

Por eso nos pareció adecuado que, si alguien tenía que irrumpir en nuestra vida, lo hiciera con un respeto escrupuloso y llamara siempre, todas las tardes, a las seis, por ejemplo, y a la misma persona: a María. Al fin y al cabo, ella era la única aún distinta a nosotros. Creo que de alguna manera siempre supimos que este momento sucedería, que llegarían estos instantes en los que alguien la reclamaría y ella saldría momentáneamente de nuestra vida para ser la que acordamos silenciar, la que nunca le contamos que fue cuando la trajimos aquí, tan niña aún, para ser María.

Después de apenas unos minutos, María retomaba la actividad previa: el té, una tarea pendiente, un bizcocho en el horno. Una llamada que apenas interrumpía la secuencia lineal del día, de las cosas que éramos. A veces hay momentos en los que lo que hacemos adquiere más importancia que lo que somos. Y así, nos convertimos en las cosas que hacíamos. Esto siempre sucede de manera no extraordinaria, sin percibirlo siquiera. A fin de cuentas, uno elige ciertas rutinas porque piensa que lo mantendrán a salvo, que no alterarán lo que cree que es. Cada uno escoge sus propios monstruos y nadie le advierte de ello, nadie nos llama a las seis para decirnos “te estás convirtiendo en esto”, ni rompe nuestras precauciones.

De esta forma, la misma tarde tiene lugar día tras día y con ella nosotros, que ya no nos extrañamos de la llamada de María, de su tono dulce al contestar, de su parquedad inicial, su ocultismo y sus respuestas en clave con palabras que al principio juzgábamos extraordinarias por su cifrado. Con el tiempo, también lo secreto pasa a ser rutinario y uno se acostumbra a convivir con los misterios de los demás. No los conoce, simplemente aprende a identificarlos. Sabe que están ahí, se da cuenta de cuándo se manifiestan, pero no se altera el ritmo de la vida. Así es como la llamada de las seis de la tarde pasó a ser algo más nuestro que de María, algo que marcaba nuestras expectativas, los miedos que no nos dejaban dormir, las conversaciones inacabadas, y todo porque sabíamos que a las seis habría una llamada que aparentaríamos apenas percibir por lo rutinario. Nuestra vida giraba en torno a algo que ni nos incluía ni nos afectaba, algo a lo que ni siquiera teníamos acceso pero que marcaba nuestro día. En esto nos habíamos convertido, en seres que contaban las horas con sucesos que no vivían.

Aquella tarde, sin embargo, no sonó el teléfono. María estaba preparando el té, pero no hubo llamada ni nerviosismo por su parte, como si supiera que ese día no hablaría con la persona en cuestión. La interrupción de esta rutina provocó un despertar brutal en la casa, un torbellino de reacciones y gritos, pasos en direcciones contrapuestas, palabras inquietantes sin un destinatario específico. ¿Qué podría haber pasado, acaso habíamos obviado algún detalle? En pocos minutos nuestra ira se fue centrando en el desconocido al que juzgamos responsable de haber trastocado la monotonía que nos protegía. Todos nos sentíamos casi salvados, sabíamos quiénes éramos, seguíamos allí después de tantos años. La rutina nos apacigua, pero nada calma a la bestia. Siempre hay una bestia. Nos miramos despacio. Nos reconocimos después de tantas horas a las seis de la tarde, las recordamos todas, nos recordamos en todas. Éramos nosotros. Y entonces, justo entonces, sonó el timbre de la puerta. Todos sabíamos ya qué hacer, nadie tenía dudas ni inseguridad, como si el poder anestésico de tantos años mortecinos y ocultos se hubiera concentrado en aquel instante decisivo para todos.

Al oír el timbre estábamos aún tan agitados que pensamos que era el teléfono. Nuestro miedo podía habernos inducido al error, a convencernos de que todo estaba bien, de que sólo había sido un retraso. Pero todo había cambiado, y María no atendía la llamada, sino que dirigía sus pasos hacia la puerta. El timbre sonó una sola vez, sin insistencia, y María acudió con seguridad, como sabiendo quién era y para qué venían a buscarla, porque sin duda era alguien que preguntaría por ella. ¿Por qué hoy precisamente, por qué no otro día? Quizás el teléfono no había sonado las últimas semanas y ni siquiera nos habíamos dado cuenta. María abrió la puerta, ajena a nuestra demencia. Abrió y lo extraordinario sucedió inevitablemente en aquel momento. Aunque el hecho de que sucediera algo en nuestras vidas ya era por sí mismo extraordinario.

Muchos años después, el teléfono sonó una vez más a las seis de la tarde. María ya no estaba, llevaba mucho tiempo muerta, muchas horas muerta, y no era probable que la llamada fuera para ella. Aquel día no respondimos. Tal vez se habían equivocado. Pero sucedió de nuevo. Volvieron a llamar una y otra vez a la misma hora, y nosotros a actuar como si la parálisis fuera una rutina más de la vida, una forma de ser y de ordenar el día y el espíritu. El día que accedimos a responder, oímos al otro lado de la línea lo que siempre habíamos temido, aquello de lo que nunca habíamos hablado. Era una voz suave, casi cálida, de mujer. Nos hacía saber que vendría a visitarnos en unas semanas. Al instante, algo dejó de luchar en nosotros, de esforzarse, de contar las horas y las muertes. Algo se rindió por fin y nos observó devorarnos y despedazarnos salvajemente igual que antes, palabras y miembros, cuando aún éramos inmunes a su voz, cuando nada presagiaba que la encontraríamos de nuevo. Lo recuerdo bien porque me fijo en todas las horas. Ya queda muy poco de nosotros, los que fuimos.

Miguel Rodríguez Otero
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