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El paria

jueves 18 de abril de 2024
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Me estoy volviendo viejo, lo sé. Esto no se debe a los setenta y cinco años de “dichosa” existencia que llevo en este mundo, sino a los achaques que han arreciado en los últimos tiempos. Hoy, por ejemplo, me amaneció doliendo el dedo índice de la mano derecha, ayer estaba con diarrea, el otro día me dolía la rodilla izquierda y si sigo enumerando los padecimientos, no terminaré hoy. Hasta hace un tiempo, unos cuatro años atrás, me mantenía sano, sin problemas, hacía ejercicio todos los días: caminaba cinco kilómetros diarios, sesenta despechadas por día, algo de pesas, en fin, me mantenía activo.

El trabajo me daba vida. Eso de estar por treinta años metido en el tráfico cuatro horas diarias, dos de ida y dos de vuelta a mi casa, aunque protestaba, me servía de entretención. Ahora, ya jubilado, no hago ejercicio o lo hago muy de vez en cuando. Ya no camino cinco kilómetros por día, sino tres o menos algunas veces, porque tengo que lidiar con el dolor de rodillas, tobillos, cansancio, aburrimiento y la tentación de estar acostado en mi cama viendo televisión.

Cuando hago un recuento de lo vivido, me doy cuenta de que poco a poco fui asfaltando el camino de mi existencia con trabajo, estudio, matrimonio, hijos y ahora nietos, preparando el camino para volver, algún día no lejano en estas circunstancias, a la tierra para hacerme polvo, como dicen las sagradas escrituras. Estas reflexiones, más tanto achaque, son la muestra fehaciente de que me estoy haciendo viejo.

Salía del trabajo después de diez o doce horas de labores y entonces los jefes me adoraban.

Cuando llegué a la oficina, hace ya mucho tiempo, me tenían aprecio. No por mi buena cara, que de hecho no lo es, sino por mis conocimientos, la capacidad de respuesta a las peticiones de los jefes, mi entrega al trabajo. Muchas veces, no recuerdo cuántas, pero muchas, salía del trabajo después de diez o doce horas de labores y entonces los jefes me adoraban y ponían de ejemplo ante mis compañeros la “entrega” que daba a la oficina.

Mi jefe inmediato, que lo consideraba mi amigo, me pedía que lo esperara a altas horas de la noche pues le gustaba aparentar que en la oficina se hacía mucho y que por lo tanto eran necesarias las horas extras, no pagadas por supuesto, y de esa manera pretendía deslumbrar a los jefes de la institución.

Pasábamos largas horas platicando de esto o aquello y yo lo acompañaba, daba consejos cuando podía hacerlo, me contaba sus problemas, alguna vez lloró conmigo, otras se veía altamente compungido por la aprehensión que le provocaban los trabajos que pedían a última hora, y yo siempre estaba ahí. Así pasaron los años y, dada mi preparación académica, me daban los trabajos más importantes, me enviaban a becas para prepararme a seguir bregando en beneficio de mi jefe inmediato y la institución.

En determinado momento, cuando me cansé de trabajar tantas horas porque el tiempo no pasa en balde, hablé con mi jefe, mi amigo, y le dije que no podía seguir así, que de ese momento en adelante haría todo lo posible por cumplir, en las ocho horas establecidas, con todos los requerimientos que nos hicieran las altas autoridades, pero que ya no me quedaría hasta altas horas de la noche platicando y esperando el paso del tiempo para demostrar el “trabajal” de la oficina.

A partir de ahí todo cambió. El jefe, que antes me atendía a cualquier hora, platicaba de todos los temas necesarios, del trabajo, de temas de hogar, economía, política, etc., ya no me quería ni ver. Cuando entraba a su oficina me decía cosas como:

—En este momento no puedo atenderte.

—Ahora no me hables, porque no te voy a poner atención.

Cuando había trabajo que hacer, pedía directrices y me las daba como para que no entendiera:

—Hazme un resumen de la balanza comercial de Guatemala.

—¿Con qué país? —preguntaba yo.

—Tú hazla —respondía.

Cuando le llevaba el trabajo me decía:

—En miles de dólares, por favor.

Si se la llevaba en miles de dólares, entonces pedía:

—En moneda nacional. Tú sabes que aquí el dólar no vale nada.

Así, miles de excusas para no hablar, no dar instrucciones precisas, no sé si para mal informarme o simplemente para joderme pero, la verdad, ya no me era grato estar en la oficina.

Decidí empezar los trámites para mi jubilación y pasó lo que siempre pasa con los viejos. Comienzan a despreciarte.

Como tenía casi treinta años de trabajar para la institución, decidí empezar los trámites para mi jubilación y pasó lo que siempre pasa con los viejos. Comienzan a despreciarte, cuchichean entre todos, te ven como animal raro, suponen que ya no sirves para nada y no te dan trabajo. En otras palabras, te marginan esperando que te vayas para así buscar el reemplazo. Como si fueras la pieza de una máquina que llegó a su término de uso y hay que cambiarla por otra. Es en ese momento que las “amistades” se alejan, ya no te toman en cuenta para nada, en fin, te conviertes en un estorbo, en un ser humano marginal al que no se ve como integrante decisivo de la sociedad. A veces los viejos son condenados a la humillación y al escarnio, calificándolos como parias de la humanidad.

El mundo se vino abajo y me dijeron hasta de qué iba a morirme.

—Tienes que devolver la laptop —me dijo el jefe.

—Claro, no me llevaré nada que no sea mío —respondí.

—Los archivos, la máquina de oficina, la engrapadora —recalcó—, no pueden perderse.

La verdad es que me dieron ganas de voltear el tambo de basura para dejarles todos los papeles que había desechado, pero no lo hice. Devolví todo, menos un archivo, esperando que llegara mi último día de labores. Hice todo el engorroso proceso de quitar del inventario mis cosas, vaciar gavetas, archivos, entregar todo lo entregable, menos el archivo de marras que me sirvió más de un mes para guardar la máquina que me habían prestado para hacer los ya pocos trabajos que me asignaban.

—Pero tiene que devolver el archivo que le queda —me dijo la secretaria—, son órdenes del jefe.

—No puedo hacerlo —fue mi respuesta—, porque entonces ¿dónde guardo la engrapadora y todo lo fungible, los papeles, lápices y todo lo que aún tengo a mi cargo?

La verdad es que no lo devolví sino hasta el último día. Me despedí de todos no sin cierta nostalgia, porque treinta años compartiendo con mis compañeros fue toda una vida.

Salí, me fui a mi casa con los últimos bártulos que recogí del escritorio y entonces comenzó el proceso de adaptarme a mi nueva vida: la vida del jubilado. Al principio desorientado, un poco aburrido, pero poco a poco le fui ganando al proceso del cambio. Seguí con mi rutina de ejercicios, leía libros, escribía alguna pendejada como ésta, salía de compras, a visitar amigos, al club del que aún soy socio.

Sufrí unas tantas caídas que me provocaron golpes no sufridos en toda mi vida.

Todavía me sentía lleno de vida, sin achaques, hasta hace un tiempo en que si no es una cosa es otra la que me duele o funciona mal: dientes, dedos, manos, piernas, cabeza, en fin, todas las partes de mi longevo cuerpo que ya llegó, o va llegando, a viejo. Pero lo peor es que comencé a tener problemas de equilibrio, digo yo, porque sufrí unas tantas caídas que me provocaron golpes no sufridos en toda mi vida.

Esas caídas no fueron por mi adoración a Baco, que aún conservo, sino producto del deterioro constante de este organismo lleno de vida por tantos años, setenta y cinco para ser exactos, en el que la vejez, cada vez más de prisa, va haciendo de mi cuerpo su albergue, convirtiéndome, como colofón de mi existencia, en un miembro más del grupo de los viejos a los que, en este mundo en el que vivo, se cataloga como parias.

Antonio Cerezo Sisniega
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