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¡Qué agonía todo esto!

martes 23 de abril de 2024
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Me coloqué al final de la fila. Ni modo. Pero me sorprendió que ya a esa hora, seis y media de la mañana, hubiera tantísimos autos, uno detrás del otro, con paciencia de oruga. Puse las luces de estacionamiento, lo que suelo hacer para que otros conductores se enchufen detrás.

Iniciándose octubre, un leve frío me hizo subir el cierre de la chaqueta Nike deportiva azul y gris, “herencia” de una de mis hijas emigradas al norte. Me bajé y me acerqué al auto más próximo. Estaba cerrado. Y los cristales oscuros no revelaban a nadie. Avancé hasta el siguiente. Una muchacha, embutida en un suéter color fucsia, apenas levantó la vista del móvil, que sufría los embates de unas absurdas uñas artificiales amarillas, para decirme:

—Mire —y estiró los labios para señalarme el automóvil de adelante.

—¡Ay!, ¡qué cagada! —dije no sin sorpresa y con mucha desazón.

Ya le habían puesto el cono sobre el techo. Un cono de plástico color rojo reflectante para avisar, con autoridad unilateral, que todos los otros vehículos que venían detrás ya no tenían chance para reabastecer sus tanques.

—¿No les dijiste nada a quienes trajeron el cono? —pregunté.

—No. Llegaron hasta ahí repartiendo los números y fotografiando las placas. A mí no me dieron. Ni le tomaron foto a mi auto.

—¡Unm! Yo voy a esperar —le dije, por si acaso.

—Yo también —y cerró la conversación clavando la vista en su teléfono.

Tres horas después, ya casi llegando a la estación, mostré el documento de registro para poder surtirme. Fue que la gran fila había seguido avanzando, aún después de puesto el vergonzante cono. La adusta empleada tomó el QR impreso e inmediatamente me dijo, imperativa y categórica:

—Usted no puede surtir.

Hizo una pausa desviando su mirada y agregó:

—Salga de la cola.

—¿Pero por qué? —le dije—. ¡Estoy en la cola desde antes de las siete!

—No sé —me dijo en una frase lacónica y de tono indiferente. Enseguida avanzó sus pies hacia otro de los vehículos de la gran fila y captó el QR correspondiente.

—¿Pero por qué yo no, señorita? —le dije exasperada y bajándome del auto.

—No sé, hable con el encargado.

—Dónde está?

—Ese, el de chaleco rojo.

—Buen día —le dije sin tono alguno.

Apenas me miró. Atendía o resolvía un problema que había.

—Disculpe, quiero que me informe por qué no puedo echar gasolina.

—¿No puede? —me preguntó viendo una tabla de control.

—No —le dije con énfasis.

—¿Cuál es la placa de su vehículo?

Se la dije. Y enseguida le dijo a otro empleado, sin mirarme:

—Esta es la tipa —y me señaló con su pulgar derecho, cuando me daba la espalda.

—¿Cómo dice? —le pregunté con visible disgusto.

—Usted envió por nuestro grupo de WhatsApp frases donde se quejaba del servicio.

—¿Cómo? ¿Cuándo? —alcé el tono.

—Usted, tratando de exaltar los ánimos, escribió: “¡Qué agonía todo esto!”. Mire —y pretendió mostrarme su móvil.

Yo me eché dos pasos hacia atrás. Di media vuelta y, dirigiéndome en voz alta a los choferes más cercanos, dije:

—¡No me quieren echar gasolina porque yo dizque estoy armando alboroto por el grupo!

Los conductores levantaron la vista y empezaron a acercarse a mí.

—¿Qué pasó, señora? ¿Por qué no le quieren echar?

—¿Qué fue lo que dijo?

Todos me rodearon cuando les mostré mi móvil con el mensaje. Les parecía insólito que no me fueran a echar.

—¡El colmo, el límite!

—¡Eso no es nada! ¡No dice nada!

—¿Será que estos tipos consideran eso como “incitación al odio”?

—Sería el colmo...

Me apoyaban, congregados alrededor del sujeto y exigiéndole hacer lo que le correspondía. Claro, cada uno en su tono y en su nivel de rabia y sorpresa: sutiles, groseros, quejumbrosas algunas, otros compungidos, exaltados... Se acercaron varios guardias nacionales. Unos respaldaron al hombre de la gasolinera. Otros parecieron dudar. Los trabajadores de la estación de servicio sonrieron. Muchos clientes se envalentonaron y comenzaron a hacer presión sobre la administración del negocio: se escucharon cornetas al unísono, insoportables; el techo de cada una de las islas donde estaban los surtidores servía de resonante y cada conductor se había atrincherado en su automóvil. No parecían querer callar, pero al ver que accedieron a surtirme, cesaron. Tampoco se conformaron. Salieron de sus autos, los portazos indicaban que no era uno, ni dos, sino todos los que ya estaban cerca de la estación, a punto de surtir.

—¡A mí no me van a echar los litros que ellos digan! Me tienen que echar más porque mi camión es grande y yo trabajo con verduras. Tengo que buscar y llevar muchos pedidos.

Así dijo uno, dirigiéndose a la ventanilla de pagos; su paso era firme y decidido —un macho alfa, dije yo para mis adentros— y con su acción convocó a otros a incrementar la presión. La protesta, represada por tantos años, se retroalimentaba como un resorte.

Yo, tiquete en mano, asombrada. Y contenta. ¡Podía surtir!

¿Contenta? ¿Qué he dicho, contenta? Pero, ¿por qué una debe contentarse por echar gasolina?, me pregunté, si lo normal es que haya gasolina, suficiente, sin colas. La frase de “valió la pena la espera” era la que nos tenía jodidos. Reflejaba un conformismo de cara. Era la normalización de la escasez. Era un manifiesto de resignación que había creado en todos, en toda la población, una alegría vacía y superficial. Era una “alegría de tísico”, como dice el dicho en mi pueblo.

Mis dudas, reinantes desde el comienzo de la mañana y hasta ese instante, se volvieron temor. No era enfado. Era temor, no fuera a ser que mi comentario de WhatsApp tuviera consecuencias. Parecía ser que, de algún modo, había desatado la presión y la decisión de otros para armar todo aquello. Y ahora todos le exigían al administrador un cambio en su política de repartir el combustible.

—¿Por un mensaje, por un mensaje? ¡Estos bichos le pegan a lo bruto!

—¡Ya basta, no jodan más!

—¡Echaremos hasta que se agote y luego cerramos la avenida; ya basta!

En ese momento, conductores que pasaban por la avenida fueron deteniéndose a observar, logrando sin querer, pero lográndolo, bloquear el tránsito. La fila que se formó contagió al otro canal, el que subía. Las cornetas aumentaron, había gritos y golpes dados por los choferes sobre la puerta de sus vehículos. Al rato tales golpes se hicieron rítmicos y brotaron consignas en contra del sistema de suministro de combustible: pero pronto ya se habían vuelto contra el gobierno.

—En Palencia y en Santa Paula como que también hay protestas —me dijo alguien, sacando la cabeza por su ventanilla—. ¡Bueno, eso están diciendo las redes ya!

—¡Dizque sacaron tanquetas de la guardia!

No querían operar a la mamá de Priscila. Había un “operativo” —fervor de las palabras, casualidad entre ellas— para atender a centenares de pacientes que necesitaban operarse de diversas dolencias. Su madre necesitaba quitarse las cataratas. Tenía todo listo: exámenes médicos al día, registro en una aplicación creada por el gobierno a ese fin. Y llegó el día, después de una larga espera. Ya le habían pospuesto la cirugía una vez.

—Porque usted mandó un mensaje por el grupo de gasolina en el cual puso mal al gobierno. Eso es incitación al odio —terminó de decirle alguien, ya en el hospital.

Sí. Eso le dijo una doctora que era parte del equipo encargado de las cirugías. Priscila quedó estupefacta. Y pensativa. Miró a la doctora, que aún la miraba sin expresión, fría y desafiante, mentón en alto. Priscila miraba a su madre, estacionada en una silla de ruedas, ya en la puerta del quirófano. Su madre la miraba sin distinguirla, desde su borrosa perspectiva.

—Disculpe, estoy aquí porque no he podido tramitar mi pasaporte —le dijo Priscila al funcionario que la atendía en la oficina estatal del Ministerio de Identificación y Extranjería.

El ambiente estaba presidido por dos grandes posters o retratos —Priscila no se fijó, en realidad, pero eran del presidente permanente y del gobernador de turno.

—¿Qué dice el portal? O sea, ¿hasta dónde pudo llegar usted con su registro en nuestro portal?

—Pude crear mi cuenta, pude introducir mis datos personales, pero al decirle “Enviar”, me saca y me dice: “Trámite no aplica”.

—Permítame su carnet DNI. No, no. Mejor dígame el número.

Hablaba sin mirarla, moviendo unos papeles y unas flácidas carpetas que tenía sobre el escritorio. Hundió sus dedos lentamente, sin convicción, en la parte del teclado reservada para números y signos.

—Por supuesto que no. Porque usted mandó un mensaje por un grupo en el cual puso mal al gobierno. Eso es incitación al odio...

Ya su frase era tendencia en las redes. La gente escribía con el hashtag #QueAgoniaTodoEsto. Y ya se sabe cómo son las redes.

Se veían los camiones cisterna repartiendo el agua en los barrios y urbanizaciones. Desde la madrugada, por todas partes. Y desde la madrugada había que apostarse en las largas colas para recibir la bolsa del racionamiento de alimentos. Los consejos comunales actuaban como un clan. Lo eran, en realidad. Clan a clan. Clan a clan, como lúgubres campanazos.

Otro de los rumores era el de que el dictador ya no podía confiar en nadie. Había adelgazado, se le notaba en las mejillas y en el tórax, menos robusto, más blando. Corrían, corrían rumores. Bulos, bolas, fake news, tendencias... El sector comercial importador ya no se beneficiaba de los acuerdos con China. Ni de los suscritos con Turquía. Su mascada había mermado. Era lo que los politólogos y expertos en política llaman “ruido de sables”. Otra vez “ruido de sables”.

—Qué agonía todo esto —dijo el presidente perpetuo, guareciéndose en el Palacio del Ejecutivo Nacional. Unos pocos cadetes, imberbes aún, lo acompañaban, temerosos.

Jesús Salcedo Picón
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