XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

El hallazgo

jueves 16 de mayo de 2024
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Después de una larga jornada de viaje por un camino tortuoso, sumergidos en el sopor que produce una alta temperatura y la incomodidad de un automóvil cargado a su capacidad máxima, llegamos a la margen del Río Grande. Era exactamente la mitad del camino; para cruzarlo se hacía necesario tomar un ferry o aventurarse, cuando el agua tenía un nivel bajo, a introducir los vehículos, pues no existía puente. Nos detuvimos a la vera del camino; compramos refrescos e ingerimos algunos emparedados que habíamos preparado para el viaje. En éstas estábamos cuando vimos llegar un camión y un carro. El primero en aventurarse fue el camión; comenzó a cruzar el río e inmediatamente nos percatamos de que su conductor era un buen conocedor de la ruta; a marcha muy lenta, zigzagueando, alcanzó la otra orilla y pronto desapareció de nuestra vista. Vimos después iniciar la operación al conductor del automóvil quien, pese a algunas dificultades, logró su objetivo. Al terminar de comer y de refrescarnos, mi padre, que era el conductor, decidió seguir los pasos de sus antecesores. Iniciamos la operación tratando de encontrar la ruta conforme a lo que habíamos visto; al llegar a la mitad del río el motor se detuvo y el agua comenzó a inundarlo todo. Al ver nuestro problema, un tractorista que se encontraba al otro extremo acudió en nuestro socorro y después de un rato de lucha logró ponernos a salvo. Ya repuestos del susto y luego de haber secado las bujías y el distribuidor, logramos poner en marcha el motor y nos aprestamos a continuar nuestro camino. Desde aquí comenzamos a subir por una vereda desolada, enmarcada por imponentes pinos y presentando enormes precipicios en algunos lugares. El motor rugía; el automóvil avanzaba con dificultad y, al llegar a una curva estrecha, nos encontramos de repente frente a un autobús que descendía totalmente abarrotado de pasajeros. Tuvimos que retroceder como quinientos metros hasta encontrar un lugar amplio donde el autobús pudiera pasar. (Aunque según la ley el vehículo que desciende debe retroceder, comprendimos que era más fácil para nosotros por tratarse de un carro pequeño). Finalmente llegamos. El pueblo era pequeño, de unos dos mil habitantes. Lo primero que vimos fue la plaza principal, donde sobresalían la iglesia, un almacén grande y el edificio de un colegio católico. Preguntamos a un transeúnte por el colegio evangélico y nos dio las indicaciones pertinentes. Quedaba al otro extremo del pueblecito, por lo que tuvimos que caminar por calles rústicamente empedradas, atravesar un puente bastante estrecho y finalmente llegamos a nuestro destino.

 

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En esa época, que debió ser la más esplendorosa de mi vida, me sentí tan solo, tan apartado del mundo y de la gente, como debe sentirse una estrella pequeñita perdida en el confín del universo.

Con la llegada de la adolescencia se acentuaron una serie de problemas en mi vida. Una casi total falta de adaptación al núcleo familiar, diferencia sustancial en cuanto a caracteres con mis hermanos, discrepancia de opinión con mis padres aun en las cosas más elementales y la natural rebeldía de esa edad difícil, en la que ya no se es niño y aún no se es un hombre. La verdad es que, en esa época, que debió ser la más esplendorosa de mi vida, me sentí tan solo, tan apartado del mundo y de la gente, como debe sentirse una estrella pequeñita perdida en el confín del universo. Sí, así fue; sabía que mi obligación era estudiar, cortar el césped, barrer y trapear mi cuarto y el garaje, y que a cambio de ello recibía un techo, ropa, comida y educación. Sin embargo, mi alma estaba vacía. Era poseedor de una inmensa soledad que más de una vez me hizo cuestionarme sobre la validez de mi existencia. ¿Será vivir el simple hecho de cumplir con algunas obligaciones preestablecidas y recibir en pago la comodidad material? ¿Acaso el hombre no necesita de un nutriente para el espíritu y para el alma? Sentía a veces lo monótono de mi existencia como una carga insoportable y me encontraba ávido de cariño, de amor y de comprensión. No tenía un confidente; me tragaba mis problemas, mis ilusiones y mis anhelos que servían de abono a mi descontento, a mi frustración. Comencé a manifestarme áspero, desconsiderado y a veces con mala crianza; me volví rebelde a tal punto que prefería no comer con tal de no cumplir con esas obligaciones preestablecidas que tanto me molestaban por las cuales se pretendía comparar a unos con otros como si esa fuera la esencia de la vida, la razón de la existencia. Mis desavenencias con el grupo familiar fueron acentuándose; ya no cumplía, ya no encajaba: me aparté. Me rebelaba; no quería, no debía ser una pieza más de ese engranaje inicuo con el que se construía toda una maquinaria aparatosa que desmenuzaba la vida en capítulos fijos, rígidos, monótonos y sin sentido; sin alma, sin espíritu, sin creación. Los problemas se multiplicaron. Mi presencia se hizo insoportable. La desolación y el vacío de mi alma hicieron imposible la reconciliación, la armonía. Entonces, un día fui llamado a la presencia de mi padre. Expresó sus ideas, sus apreciaciones sobre mi persona y su firme deseo por que fuera a estudiar de interno a un nuevo colegio en las afueras de la ciudad. “Son personas magníficas”, me dijo, “con mucho deseo de ayudar a la juventud, muy nobles y dedicadas, y yo creo que te vas a sentir bien. Ya platiqué con ellos y están anuentes a recibirte. Nos vamos pasado mañana”. Asentí con la cabeza y guardé silencio. Se acentuó en mí la necesidad de un confidente; de alguien a quién contar lo que estaba sucediendo. Quería manifestar la inconformidad, el temor y la incertidumbre que me producía mi próximo futuro, pero no pude.

 

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No se veía el edificio del colegio; únicamente pudimos apreciar la capilla, un caserón largo y angosto (el internado) y una vivienda pequeña habitada por el director del colegio y su familia. El silencio era tal, que me hacía sentir como si estuviera flotando en el espacio bajo un cielo de límpido azul, sin percibir más que la pureza del aire y la belleza del infinito.

Después de esperar un rato, vimos llegar al director. Un norteamericano más o menos joven quien nos recibió en la sala de su casa con toda amabilidad. Nos explicó que habíamos llegado una semana antes de la fecha fijada; que esa era la razón por la que no se oía bulla. Mi padre narró nuestra aventura en el río y el director dijo que habíamos tenido suerte, que el río era peligroso y muy traicionero. Le recomendó a mi padre que a su regreso tomara el ferry. En esas estábamos cuando apareció la esposa del director. Si él era amable, la señora era amabilísima. Inmediatamente se ofreció para sacar todas las cosas del carro. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que todo estaba empapado y tendimos la ropa en los lazos, incluyendo el colchón. Fuimos después convidados a tomar un refresco y unas galletas hechas en casa que estaban deliciosas. Nos informaron de todas las instalaciones del colegio, de los programas de estudio, de las áreas de recreo; fuimos a conocer el internado y finalmente llegó la hora de despedir a mi padre. Me hizo algunas recomendaciones: que me portara bien, que estudiara bastante y que él vendría a visitarme con regularidad. Lo vi alejarse en el automóvil y lo seguí con la mirada hasta que sólo fue perceptible una pequeña nube de polvo y hasta que cayó sobre la tierra el último granito. Me sentí totalmente solo, abandonado en un pueblecito a muchos kilómetros de mi casa, sin saber qué hacer. Mi desolación era grande; la incertidumbre mayor aún.

Como el internado aún no estaba listo y además era yo el único huésped, me alojé en la casa del director.

Como el internado aún no estaba listo y además era yo el único huésped, me alojé en la casa del director, donde fui atendido maravillosamente bien. Me prestaron algunos libros, me obsequiaron con deliciosos manjares y, lo más importante, me dieron cariño y comprensión. Conocí todo el colegio; el edificio principal, el comedor, la enfermería, la capilla, el internado de mujeres (el colegio era mixto), la piscina, el huerto, etc., y pude tratar a algunos maestros y encargados, a la enfermera y a casi toda la gente relacionada con el colegio. Me di cuenta casi de inmediato de que había caído en un mundo diferente, plagado de personas sencillas y nobles. De esa gente que es feliz brindándose entera a los demás y que hasta ahora jamás había conocido. En este ambiente el alma y el espíritu era lo más importante, lo esencial. Lo vano de la vida que conocía, los malos instintos de algunas personas, el egoísmo y el orgullo, contrastaban enormemente con la sencillez, la nobleza, el espíritu y la bondad de esta gente.

Llegó el día en que todos los estudiantes comenzaron a arribar. El bullicio era enorme. Se repartieron casi todas las camas del internado y los armarios destinados para guardar objetos personales. Fui trasladado al edificio común y comencé a conocer a los nuevos compañeros. Había de todas las clases, de todos los ambientes, de la capital y de muchos pueblos. Ese primer día fue todo un alboroto y comenzamos a adaptarnos al horario. A las cinco de la tarde sonó la campana. Era la hora de la cena y acudimos todos al comedor; hicimos la cola respectiva y cuando llegó nuestro turno tomamos un azafate de aluminio con varios compartimientos, cubiertos y un vaso. Ese primer día nos dieron frijoles enteros, arroz, mantequilla, tortillas, un pan dulce y café; antes de comer oramos. Al terminar, pasamos depositando los trastos sucios a su respectivo lugar.

Fue mi primera noche en el internado. Sentí mucho abandonar la acogedora casita del director, pero comprendí que así debía ser. Yo era un alumno más.

 

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La angustia, la desesperación y el flato que me embargaron ese par de días en que hube de esperar la partida hacia el nuevo colegio, es quizá comparable al profundo temor y a la incertidumbre que vive un condenado a muerte. Al recibir la noticia de mi inevitable exclusión del grupo familiar, salí de la casa rumbo a un terreno baldío cercano. Caminé con lentitud, pensativo, hasta llegar a un pequeño claro donde me senté. Al amparo del verdor del monte, vigilado por un imponente cielo azul y bajo el manto protector de los rayos de un sol esplendoroso, medité. “Qué tristeza pertenecer a un mundo totalmente dominado por cuestiones materiales, donde todo lo que vale y todo lo que predomina es la inercia de la monotonía cotidiana, que nos convierte en parte integrante de una monstruosa maquinaria que trabaja para producir comida y para tener un techo y que es totalmente incapaz de producir amor y acercamiento entre todos los seres. Por el simple hecho de no concordar con estas ideas, por rebelarme ante lo superficial de las relaciones entre los miembros de mi familia, se me castiga enviándome lejos, a un lugar desconocido, como quien echa a la basura una manzana podrida, algo que ya no sirve, que no se adapta. Está bien, me iré. Tendré que irme. Si debo soportar estas ideas, estas relaciones que me entristecen, que compungen mi alma, que hacen casi insoportable el existir dentro de mi familia, mejor lo haré entre personas que no conozco, que no son mi sangre y que me han de entristecer menos. Debo sobreponerme, debo calmar mi miedo y no enseñar ante ellos esta preocupación y esta tristeza que está a punto de matarme”.

Me levanté y, sobreponiéndome un poco a tan terrible golpe, me dirigí a mi casa. Casi no hablé. Cené y me encerré en mi cuarto. Bajo las sábanas, como si ellas fueran a protegerme de tanta incomprensión y de tanta amargura, descansé un buen rato hasta que me quedé dormido.

 

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Nos levantamos a las cinco y media de la mañana. Nos reunimos en el salón de estudio, aunque las clases no habían comenzado.

Al día siguiente, la actividad fue febril. Nos levantamos a las cinco y media de la mañana. Nos reunimos en el salón de estudio, aunque las clases no habían comenzado. El profesor encargado nos platicó sobre diversos tópicos y nos fue leída una porción de la Biblia. Luego tomamos un baño y a las siete en punto estábamos ingresando al comedor. Las clases se iniciaron a las ocho de la mañana; tuvimos un descanso a las diez y a las doce y treinta íbamos en camino nuevamente hacia el comedor. Las clases de la tarde se impartieron de las dos a las cuatro y media y la cena se realizó a las cinco en punto. Por la noche, de siete a nueve nos reunimos nuevamente en el salón de estudio para realizar nuestras tareas escolares, estudiar un poco sobre los puntos impartidos durante el día y leer algo de la Biblia. A las nueve y media nos acostamos. Esta fue la rutina que imperó durante todo el tiempo que duró mi presencia en este establecimiento.

Los días se sucedieron uno tras otro e imperceptiblemente fui captando las enseñanzas de mis maestros. Además de las matemáticas, idioma español y todas las clases, lo más importante fue su conducta. Era una conducta intachable; sus personas irradiaban bondad, comprensión y sapiencia. Poco a poco les fui tomando cariño y llegué a tenerles una gran admiración y mucho respeto. Llegó la Semana Santa y todos mis compañeros se fueron a sus casas. Yo me quedé esperando a que llegaran por mí, pero nadie lo hizo. Pasé la Semana Santa en la casa del director. Cuando llegaron las vacaciones de fin de año me encontraba contento. Había aprendido bastante. Con el estímulo de mis maestros y las horas de estudio acumuladas llegué a ser un buen alumno. Sin duda alguna, lo más importante de mi experiencia este año fue que comencé a ver otra clase de vida, otra clase de personas. La vida ya no fue el círculo vicioso que yo conocía, donde se trabajaba para obtener satisfacción material y donde se comía para seguir trabajando. No, esta gente era algo más; estaba impregnada de espiritualidad y de bondad. Se daban enteras a los demás, no eran egoístas. El convivir con ellos todo un año fue para mí una bendición. Comencé a creer en la gente y en la vida; inicié mis pasos por el sendero de la confianza. Ya no era el mismo muchacho que había llegado lleno de dudas y de incertidumbre. Ahora tenía la certeza de que sí valía la pena vivir.

Estaba ansioso por ver a mi familia. Quería participarles mis experiencias. Deseaba contarles de la existencia de este nuevo mundo que acababa de descubrir. Aguardé un día, dos, tres y nadie llegaba; el director me llamó a su oficina y me dijo: “Toño, recibimos una llamada de sus padres. No podrán venir por usted. Se van a Europa de vacaciones y como no tienen con quién dejarlo, ellos desean que pase las vacaciones aquí con nosotros. Yo no les he contestado; todo depende de usted. Si no se quiere quedar, inmediatamente les aviso a ellos para que vengan a recogerlo, o tal vez pueda irse con don Mario que sale mañana para la capital”.

Era tal la ilusión de ver a mi gente, de compartir con ellos mis experiencias, que me sentí profundamente decepcionado. Creí nuevamente que era un estorbo para mi familia, que no me querían; fui totalmente infeliz y lloré. Desde ese momento el director se convirtió en mi confidente; le conté todos mis problemas, le expresé mis pensamientos y todas mis creencias. Él supo, con gran comprensión, afecto y experiencia en la vida, calmarme. Llegué a la conclusión de que sí quería pasar las vacaciones con él y su familia. Jamás me arrepentí de ello, pues fueron dos meses de ricas experiencias espirituales y de grandes aventuras que corrimos viajando en un carro viejo. Siempre estaré agradecido con ellos por haberme dejado gozar de su compañía y por haberme dado su corazón abierto, desbordante de amor, amistad y comprensión.

El nuevo ciclo escolar se inició y no vi a mi familia. Sentí una gran tristeza por tener que abandonar esa casita, ese hogar tan bonito donde había estado tan bien. Me dolió la separación, aunque sólo tuve que irme a unos cuantos metros de distancia, al gran dormitorio del internado.

Si el año anterior fue para mí muy bueno, este fue mejor aún. Con la seguridad que se siente al tener cerca a la familia (consideraba ya a la familia del director como propia), logré desenvolverme bien en mis estudios y en mi conducta. Ese fue un año hermoso en que aprendí a querer a la naturaleza; a los árboles, a los animales, a las piedras, a todo cuanto existe. Cuando sentía nostalgia, caminaba hacia los cerros cercanos; ahí me sentía como si fuera el rey del mundo. Solo, parado sobre la alfombra verde, vigilado y protegido por pinos inmensos y cubierto por un enorme y benefactor manto azul, contemplaba el horizonte. Entonces sentía ganas de reír, de llorar y de gritar al ver tanta belleza. Muchas veces fui arrullado por el trino de los pájaros y muchas otras me transporté hacia las estrellas. Si llegué al colegio cargando desolación e incertidumbre, desamor e incomprensión, falta de voluntad para la vida y aversión a todo, al finalizar este segundo año me sentí feliz, optimista, lleno de amor y con ánimo de vivir, y adquirí seguridad en mí mismo. En ese pueblecito conocí las cosas más hermosas de mi existencia.

Cuando llegó mi padre a recogerme pudo apreciar de inmediato el enorme cambio operado en mí. Dio las gracias a esa buena gente; yo también lo hice y me despedí con profunda tristeza, con lágrimas en los ojos y dolor en el corazón. Junto a ellos encontré la confianza que necesitaba; estaba listo para partir y enfrentarme cara a cara con mi destino…

Antonio Cerezo Sisniega
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