Regresar a casa después de una jornada sin importancia, haciendo lo que no le gusta y tropezándose con los que hacen que trabajan pero su labor, a decir verdad, consiste en obstaculizarlo todo. Añejas tipas amuran las ventanas que dejan ver esos árboles pero no le alivian un agujero ancho y profundo de color negro que crece en su estómago y está a punto de estallar a cada rato. Controlarse esperando que se hagan las veinte para descorchar un malbec. A temperatura moderada, cada gota, de la copa a su garganta. A sabiendas de que la vida es plaga, una mujer cualquiera (cuando digo “una mujer cualquiera”, no digo “una señora a la carta”, “una señora-de-bien”, “una mujer ilustre”, “una mujer circular” sino sólo una “mujer cualquiera”), esta mujer se arma a diario de paciencia y lee libros y periódicos, entra y sale de casa; labora y cada tanto la dejan opinar (se está poniendo vieja). También oye tonteras: acaso humanizarse sea tan sólo resistir fotocopiando ideas, reiterándolas como cotorra... En definitiva, piensa, la cosa se reduce al deber-ser urbano del ciudadano abducido por el márquetin y la propaganda, que cree que la cultura se va haciendo repetidamente al andar...
Pero pensar no impide sentir: cuando viaja en el transporte público ve rostros cansados, mezclados con otros felices, incluso rozagantes. Demasiado, quizá por noveles y menos experimentados. Todos, ella también, transcurren en una ciudad transformada últimamente en usina de cosas estridentes, de mal gusto... ¿Será esto sobrevivir? Vaya a saberse.
Su única certeza es que, en la oficina o en casa, la soledad repite un grito casi mudo: aceptar lo que hay. Todavía le quedan, en fin, mañanas condenadas al sol insolente y noches de estrellas líquidas o nubarrones que anuncien tormentas e inundaciones. La entretiene de vez en cuando, sin embargo, el agua de la leve lluvia, se comenta que crecen las plantas en derredor, y su pelo brilloso e inmune a la humedad, por lo demás, continúa idéntico a sí mismo, como durante su infancia. Apaga luces y se duerme. Vuelve a despertar contra su voluntad y recorre un largo pasillo de paredes carcomidas por goteras que nunca reparó el consorcio, hasta la sala de baño. Expone su cara a la presión ruda del agua y seca su cuerpo olvidado (últimamente ni siquiera consulta al médico...) entre cuidadas toallas que huelen a jabón de tocador recién comprado.
La mujer cualquiera de este relato cumple cada día hábil su jornada y cuando regresa, satisfecha en tanto todavía no la despidieron ni le pidieron que fuera preparando los papeles de su jubilación, se descalza y se deshace de la ropa de calle. Le gusta tantear con los pies el piso de baldosas y después el parqué, allí donde la madera acompaña y da la sensación de alivio por haber cumplido su deber-ser urbano. Sabe, asimismo, que a ella no se la puede infamar hablándole del Sein y del Dasein: su vida marcha entre averiadas vías y opera con deseo cuando llueve. Le da placer, en efecto, que el agua lave calles y callejones y ensucie algún vidrio que luego ella misma limpiará.
Quizá “humanizarse” sea soportar lo que hay, tras una esperanza que los demás prometen y a ella ni siquiera se le aparece entre fantasmas...
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