1. Instrucciones para ser jefe
Déjese engordar. Usted debe demostrar que tiene suficiente dinero para comer bien. Acuérdese que no es lo mismo ver un sambernardo gordo que un chucho callejero muerto de hambre. Cómprese un par de trajes completos y dos o tres sacos que combinen con cualquier cosa. Sí, con pantalones negros, grises, cafés. Colores sobrios, tal y como corresponde a un personaje de alta categoría. Si tiene carro, mejor. Pero si es viejo no lo enseñe. Guárdelo en un parqueo retirado y camine. Eso es bueno para la salud.
Llegue temprano a la oficina. Así puede controlar a sus subalternos. Exíjales que marquen tarjeta para demostrarles quién es el jefe. Sobre todo, a la entrada, salida, hora de almuerzo. Contróleles las idas al baño. A veces se encierran a leer o dormir. No se confíe. Usted salga de la oficina a la hora que quiera, que para eso es el jefe. Una caminadita de once a doce de la mañana cae bien, le ayuda a la circulación y se aleja un poco del aburrimiento cotidiano. Eso sí, si a esa hora ve a alguno de sus empleados por la calle, exíjale explicaciones. Los gatos no deben salir de la oficina cuando les da la gana.
Pida los mismos trabajos a cada rato. Es importante que sus empleados se mantengan entretenidos, aunque sea haciendo las mismas cosas. Ah, y vea que limpien sus escritorios. Convoque a reuniones con frecuencia. Eso da la impresión de que usted en verdad trabaja. Pregunte de todo, aunque sea estupideces. Ellos están obligados a responderle. Para eso es el jefe.
No mande al personal a cursos o seminarios. No vaya a ser que aprendan más de lo que usted sabe y le vuelen el puesto. Tampoco los promocione porque pueden creer que en realidad valen. Manténgalos sumisos. No dejen que se olviden de su presencia. Jódalos a cada rato. Que lleguen temprano, se suban el nudo de la corbata, se lustren los zapatos, se pongan el saco. Si piden permisos para hacer cualquier diligencia, exíjales el formulario indicado para hacer un recuento y ver si no se han pasado del número de veces permitido. Aunque sea misión oficial. Lo importante es que sepan que está detrás de ellos. Oiga sus explicaciones, pero no dé su brazo a torcer. Usted es el jefe.
Cuando pueda mándelos a recibir cursitos de motivación. Así se sentirán inseguros y reconocerán en usted el deseo de que ellos mejoren. Admirarán al jefe por ser magnánimo. Si por cualquier motivo llegan tarde al curso o no asisten algún día, regáñelos. Hágalos sentir mal. Como si estuvieran desperdiciando una oportunidad de oro. Cuando den los resultados estimule a los sumisos. Es el personal que le conviene. A los rebeldes putéelos y hágales saber que tendrán que hacer otros cursos por el estilo. Se sentirán avergonzados.
De vez en cuando exíjales que se queden trabajando después de la hora de salida. Si tienen cursos en la universidad, trabajos extra o compromisos familiares, dígales que lo más importante es la oficina, que usted por eso no tiene compromisos. Nada de salir a las diez de la noche. Por lo menos entreténgalos hasta las doce pidiéndoles más cifras, que verifiquen las ya verificadas, que cambien la redacción de cualquier párrafo dos, tres, cinco veces, las que sean necesarias hasta llegar de nuevo a la redacción original. Esto hará que sus cerebros trabajen. Mientras tanto usted lea la prensa, llame a sus amigos y dígales que tiene mucho trabajo. Así lo admirarán.
Al terminar a eso de las doce o una de la madrugada, recálqueles que mañana los quiere a la hora en punto. No vaya a ser que agarren carretilla de llegar tarde. Hábleles de jerarquía, que los jefes tienen mucha responsabilidad, que para llegar a ser jefe hay que pasar por innumerables vericuetos, en fin, demuéstreles todo lo que sabe y despídalos con una sonrisa. Al día siguiente pida el reporte de llegadas tarde y cáguese en el que no llegue a la hora en punto. A los puntuales no les diga ni mierda. A esos jódalos por otra cosa, pero lo importante es no dejarlos tranquilos. Luego siéntese frente a la computadora, ingrese a Internet y comience a chatear con sus amigos.
2. El aplauso
Cuando recibí el mensaje leí: “Mañana debes ir a una reunión en las Chinamas habla con Guillermo la reunión es a partir de las 10” (escrito así. No he cambiado nada). Puta, dije, ¿y de qué se trata? Entonces recibí otro mensaje: “La invitación la tiene el Vice”. Pero... ¿de qué se trata? ¿Cuál es el tema?, pensé para mí, pero acostumbrado como estoy a estas instrucciones precisas decidí indagar por mi cuenta. “Te acompaña Jobis”, decía el otro mensaje y entonces casi pude adivinar el tema de la reunión, porque el compañero trabaja en facilitación del comercio.
Lo busqué y le dije: Me están diciendo en este momento que debo ir a una reunión en Las Chinamas con vos, pero no sé el tema. Sí, me respondió, estoy viendo en el correo que estás nombrado y ahora mismo te mando los documentos. Es sobre los trabajos de reparación del puente El Jobo. Jobo... Pensé... Jodidos estamos con estas autoridades, pero ni modo...
Busqué a Nemo, el encargado de logística, y para variar me dijo: No sé nada mi Lic. lo seguro es que se va sin viáticos. Me reí... lo raro hubiera sido irse con todo en regla. Es la costumbre de la institución. Pero ¿con qué piloto vamos?, pregunté y me respondió: “Aún no lo sé”. Puta, me dije, son una mierda todos, y regresé a mi escritorio. Ya ni leer tranquilo me dejan, lamenté para mis adentros. Voy a una reunión final para definir trabajos de reparación del puente El Jobo y la escasa información que me dan debo leerla en el camino. En fin, mañana a madrugar.
Diez minutos antes de concluir la jornada laboral, me dijeron: Van ir con Arístides, y lo llamé para verificar el punto de reunión y la hora. Afortunadamente me ofreció ir a traerme a mi casa. A las cinco estoy con usted Lic., me dijo, y pensé: Ya me llevó la gran puta con la levantada. Será a las cuatro por lo menos, a la hora en que se levantan los camioneros.
Me acosté temprano y a las 4:15 de la madrugada estaba de pie. Fui al baño, mas no leí el periódico como es mi costumbre por la premura del tiempo. Me metí bajo la regadera maltratando a cuanto hijo de puta programa estas reuniones sin necesidad. Los asuntos pueden resolverse de otra manera.
A las 4:45 recibí la llamada y pensé: Puta, este cerote no sólo viene de madrugada, sino quince minutos antes. ¡Aló!, dije casi gritado y la voz soñolienta de Nemo dijo: Mi Lic., me acaba de despertar Arístides en lo mejor de mi sueño. Dice que está en la garita de su colonia, pero no lo dejan entrar. Que salga.
Coma mierda, pensé, pero colgué con suavidad y salí a la calle. Aquí estoy mi Lic., gritó Arístides levantando la mano. Ahorita salgo, le dije, sólo voy a lavarme los dientes, y entré de nuevo a mi casa. Que se espere el cabrón, me dije, si quedamos a las 5 y viene quince minutos antes.
Ya en camino pasamos por Jobis al McDonald’s de carretera a El Salvador y se inició el viaje con la risa de ternero asustado de Arístides y la vocecita chillona de Jobis. Puta, me dije, este será un viaje al infierno. Y efectivamente, entre el ¡jaejaejaejaeeee! que berreaba Arístides y la sarta de palabras chillonas que emitía Jobis, transcurrieron los 122 kilómetros hasta la frontera.
Llegamos a las 8:30. No había necesidad de madrugar tanto, pero ni modo, el modus operandi de estos pisados. El resto de convocados fue llegando a las 9:40, 10:00 y 10:30 de la mañana, hora en que se inició la reunión.
Compañeros, dijo alguien, las autoridades de comunicaciones y asesores se reunirán en privado y después vendrán a la general. Ya nos jodimos, pensé, esta mierda va para largo. Pero a la media hora regresaron y dijeron algo así como: Ya decidimos todo. No vamos a cerrar este paso fronterizo, vamos a construir un puente Bailey en un mes y después se iniciarán los trabajos de reparación del puente. Esto se hace por la colaboración que hay entre los dos países, porque somos hermanos. Así que démonos un aplauso por la solución consensuada del problema, y todos comenzaron a aplaudir.
No supe qué hacer. Levantarme a las 4 de la mañana, volar nalga 122 kilómetros para asistir a la importante reunión y luego, sin hacer nada, escuchar los nutridos aplausos por la decisión tomada por las autoridades.
La reunión concluyó, vi a los participantes y sus aplausos y me sentí idiota. Bueno, algo más de lo que me he sentido otras veces siguiendo instrucciones alrevesadas e incoherentes, pero ahora sí que batimos récord. No hicimos ni mierda y regresamos con las decisiones tomadas.
Voy a hacer el informe para justificar mis viáticos.
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