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Divagar

martes 12 de noviembre de 2024
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1. A veces, en los amaneceres

Siempre amanezco con los ojos cerrados, pero algunas veces viendo muy lejos a través del tiempo y la distancia. Es en esas circunstancias cuando me cuestiono; el instante en que diviso tras las sombras la luz de los amaneceres y acumulo en mi pecho la esperanza... Entonces creo que estoy vivo. Sí, cuando veo el sol y el cielo, los árboles y toda esa verdura palpitante, creo firmemente que lo estoy. Porque es imposible no estarlo cuando se palpa la existencia en derredor. Pero realmente no respiro. Es un encierro como el de un nicho en el cementerio. Aunque quizá exagero un poco, porque la luz penetra por una abertura cual ventana. Mas no es suficiente; no depende sólo de la luz del día el hecho de sentirse bien. Son necesarios otros elementos que conforman realmente al hombre. En eso sí tienen ventaja los verdaderamente muertos. Me refiero a los cadáveres que yacen para siempre envueltos en las tinieblas, pero con una oscuridad pareja, tranquila, sin atisbos de luz por ningún lado, con la certeza de no poder ser de otra manera. Pero yo, que respiro, que tengo un espíritu con sus anhelos y sus ansias, que puedo moverme a mi antojo, ver la luz de los colores, la incandescencia de la belleza que llueve del firmamento, en muchas ocasiones siento que estoy muerto, que aún no consigo todos los elementos necesarios para nacer realmente. Y no bromeo; es absolutamente cierto lo que digo: vivir enmarañado en toda esta red de rutinas, salir de una para entrar a otra, sentirme inmerso en el mundo moderno, atiborrado de obligaciones, de necesidades materiales creadas por el propio individuo, me hastía y no me gusta. No me gusta porque sé que el hombre no es una simple pieza de una maquinaria. El hombre es un ente pensante, lleno de un espíritu que debe ser libre como parte integrante de la naturaleza exuberante, del aire puro. Debe ser un destello en la grandeza del infinito y no sólo una partícula absurda dentro de la monotonía humana con sus reglas y sus normas. Bueno, claro que yo resido aquí en la tierra y de alguna manera debo convivir con la gente. Mas no me siento satisfecho con el simple hecho de alimentar a la progenie, de alimentarme a mí mismo sólo para tener la fuerza de despertar cada mañana para meterme de nuevo dentro del engranaje inocuo de la costumbre. Qué absurda la rutina. Qué estupidez nacer tan sólo para morir, olvidándose del espíritu, de la grandeza de la vida. Me siento inmerso en toda esta monotonía y es por eso que me ahogo. Me he dejado llevar por el torbellino del caos encerrado en una oficina como engranaje en una máquina, para producir cada día el ciclaje de la desesperanza. Mas cuando veo el alborear esplendoroso de los campos, el vuelo encantado de los pájaros, el inmenso cielo que nos regala la luz del sol, siento que mi espíritu flota sobre las nubes y que estoy vivo. La vida se impregna a mi ser al conducirme por los senderos del alma, al alborotar mi conciencia de hombre, al enseñarme que existe la belleza. Pero en seguida el dolor es más fuerte cuando despierto de nuevo entre las normas, con el alma oprimida; cuando me ahogo en este cuarto en el que estoy para cumplir con lo establecido. Entonces quiero fundirme con el aire de la esperanza; nacer realmente al mundo, encontrar la libertad de la vida. No debo asfixiarme. Quiero ser parte de la naturaleza, de la existencia misma, y para ello he de deshacerme de estas amarras que me lastiman; entregarme al gozo del espíritu para liberarme de la sarta de ridiculeces cotidianas. No quiero ser una metálica herramienta sin calor. Ante tanta belleza en derredor, no me resigno a apreciarla de lejos, ajeno a todo. Necesito sentir que vivo. Que la luz no entra sólo por una hendidura, sino que me baña a torrentes cada mañana, en un amanecer eterno.

 

2. Devenir

Verde. Asombrosamente verde y brillante. Dechado de vida en esplendor que adorna la sempiterna existencia con guirnaldas de colores que ciñen la faz del mundo, acariciándola. Ríos cristalinos del saber, alimentados por mares de experiencia brotados de rincones puros, recónditos, hermosos... Naturaleza exuberante arrullada por cantos de esperanza, de amor y de virtud que expende su halo luminoso en derredor, proporcionando calor, confianza, amistad y cariño. Luz tremenda que ilumina las tinieblas tenebrosas; fulgor que indica el camino preciso, cierto, hacia la felicidad. Estandarte de bondad, de ejemplo puro, de grandeza del alma; imán portentoso que cobija el haz maravilloso de virtudes que le dan alegría a la vida y que elevan el espíritu hacia alturas insospechadas. Remanso espiritual que proporciona descanso a espíritus ajetreados por el devenir cotidiano. Existencia llena de colorido, adornada por flores hermosas, lagunas cristalinas y caminos que zigzaguean en busca de la felicidad, hacia lugares poblados de árboles frondosos llenos de frutos, jardines encantados y silencio acariciante; hacia la esplendidez de la vida.

Años que transcurren inexorables; que bañan la tierra de tiempo y olvido. Lluvias que a torrentes caen e inundan las extensas praderas y valles alimentando ríos que arrastran distancias recorridas, caminos escabrosos vadeados con decisión, con la férrea voluntad de las vidas grandes y hermosas; con la hidalguía de los espíritus inmensos. Progenie provista de suerte al crecer venturosa alumbrada por sol brillante, cobijada por la sombra de árbol frondoso que brinda sus frutos en bondad, sin egoísmo, y que se place al dar protección, al ser guía infalible hacia preciosos verdes donde descansan las almas que logran crecer. Experiencia que mana a borbotones salpicando la vida de claridad, tendiendo sus manos amigas y fluyendo sabios consejos; hermosa existencia que avalan los dioses y que hacen placentera la estancia en la tierra, pese a guerras, envidias, traiciones...

Tiempo transcurrido; sendero iluminado que asciende hacia el infinito, perdiéndose en la distancia. Días y noches vividos con integridad; mucha agua llovida, mucho tiempo yéndose suavemente... Alma muy grande que arrastra un cuerpo cansado, enfermo; prole que ve con tristeza la realidad de la vida y que observa impotente cómo el sol se extingue, se apaga... Cuidados finales: médicos, medicinas, atenciones, que reciben en pago amor y bondad; descanso necesario que se acerca presuroso, por ley natural, pese a sentimientos encontrados que luchan, que batallan y que no pueden. Calor de hogar mantenido por años, que se enfría inexorablemente; hijos, nietos, hermanos, amigos, visitan, acompañan, intentan reconfortar. El árbol cansado extiende sus ramas y proporciona paz y tranquilidad; es ejemplo de vida venturosa, de trabajo y de amistad. Pocos días quedan, es evidente; la lucha está por concluir, pero mientras tanto, la progenie desea disfrutar hasta el último momento de su calor, de su experiencia, de su amor...

 

3. Divagar

Muchas veces he leído, claro, y me siento profundamente emocionado de que existan personas que puedan sacar lo que llevan dentro; de que existan entes que explayen sus experiencias, sus sentimientos, sus conocimientos. Sí, siempre los he admirado; por supuesto que a unos más que a otros, porque en este arte, como en cualquiera, existe la calidad y como contrapunto la imitación y la ignorancia. Yo he intentado sacar de lo más profundo de mi ser los sentimientos que puedan enaltecerme; he producido algunos escritos que, si bien es cierto, no están divorciados de las reglas del lenguaje, distan mucho de ser bien calificados literariamente hablando. Me han impulsado diversas razones y he tenido elogios y críticas. Debo reconocer que los literatos forman un mundo aparte, una élite privilegiada cuya virtud es la palabra; cuya misión en la vida es informar de lo bueno, de lo malo, de lo hermoso o lo feo. Si yo pudiera escribir por lo menos un cuento, pero lo que se llama un cuento, me sentiría satisfecho, pero usted sabe que no paso de delinear ciertos esbozos, algunas reminiscencias o una que otra aventura. Claro, cada quien tiene su misión en la vida, y la mía quizá esté por otros rumbos, por otras latitudes que me brindarán verdaderas satisfacciones y que han de justificar mi existencia. Si le digo todo esto es porque debo ser sincero con usted, porque mi más profundo deseo, que emana desde el centro mismo de mi alma, es mostrarme tal cual soy, como se muestra ese sol acariciante, nítido, bello, que esparce sus rayos cual manto luminoso que alegra la mañana salpicándola de luz y de calor, de vida y de esperanza. El aire fresco, puro, que insufla delicia al cuerpo y armonía y paz al espíritu haciéndolo gozar. Los árboles frondosos que, impulsados por el suave viento, le cantan a la vida con susurro envolvente; las gotas de rocío prendidas de las hojas, cual guirnaldas multicolores para adornar el día que amanece. Los pájaros que con su piar saludan a la aurora y juguetean brincando de una rama a otra, con la alegría de las almas libres. Más allá, tras la verdura intensa de los arbustos, un río que corre: aguas cristalinas formadas gota a gota en algún rincón de la montaña, que se conducen hacia el valle buscando el mar. Y en medio de ese paraje maravilloso, un camino: un camino con quiebres y recovecos, con piedras y con zanjas, adornado en sus veras por flores, que perfuman el ambiente; un camino que saluda imponente; que ve hacia adelante un inmenso cielo azul, con la suavidad de una caricia; que asciende hacia el infinito, hacia lo ignoto, en busca de la tranquilidad, de la sapiencia, de la estabilidad. Un camino que ha dejado atrás la llanura con sus placeres y sus cuitas, en la que adquirió profunda experiencia de la existencia, con el conocimiento puro de la vida. Un camino que ha dejado la llanura con sus edificios de muchos pisos, con sus casas bien construidas, con sus viviendas de cartón. Una ruta que a través de sus kilómetros y kilómetros ha soportado vida, ha disfrutado vida, ha insuflado vida; que al pie de la montaña alberga una casa pulcra, y en ella, una silla de ruedas que cobija un cuerpo flácido, cansado, pero con mente despejada. Un cuerpo que ha visto muchas primaveras y que ahora, con la lucidez de una mente sana, se resigna al designio de la vida y sueña, noche tras noche, con la senda que asciende hacia la cima de la montaña, hacia la apacible lobreguez de un cielo de azul intenso adornado por estrellas blancas, muy blancas, que parecen saludarlo desde arriba. Pero, le repito, si yo pudiera narrar un cuento, me sentiría el hombre más feliz de la tierra; porque pienso que cualquier situación en la vida, por hermosa que sea, es como un objeto inerte si no sentimos, si no navegamos por los aires espirituales, si no exteriorizamos los sentimientos, la experiencia, la sabiduría que la vida pueda darnos en el corto devenir de sus días y sus noches que caen inexorables unos tras otros, como granos de un costal roto que han de germinar algún día en nueva vida, en la continuidad de la existencia.

Antonio Cerezo Sisniega
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