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De la vida y los sueños

sábado 14 de diciembre de 2024
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Desde la primera vez que la vi, supe que no me era ajena. Es decir, que la había visto antes, mas no sabía dónde. Era una muchacha impresionante. De esas que quitan el hipo, según el dicho de mi abuelita. La atracción fue mutua y entonces entendí que nuestras almas eran gemelas, producto quizá del proceso de renacimiento o transmigración, de una existencia cíclica, como se le llama en la doctrina del samsara.

La idea de la reencarnación se encuentra en muchas culturas antiguas y ha sido sostenida por eminentes filósofos como Pitágoras, Sócrates o Platón en la cultura griega, pues éstos creían en el renacimiento/metempsicosis, concepto que sostiene la transmigración después de la muerte a otros cuerpos, conforme los merecimientos alcanzados en la existencia anterior. Además, es un principio central en las principales religiones indias.

También es una creencia común cimentada en varias religiones antiguas y modernas como el espiritismo o la teosofía y esta idea está arraigada en muchas sociedades tribales de todo el mundo, en lugares como Siberia, Asia Oriental, Australia o América del Sur. Los Rosacruces, por ejemplo, hablan de un período de revisión que se da inmediatamente después de la muerte y antes de ingresar al más allá, seguido por un juicio que no es más que un examen o una revisión final sobre la vida de cada fallecido.

Los seres celestiales pueden, de acuerdo a la creencia de algunas religiones, descender a la tierra y reencarnarse, y los seres terrenales pueden ascender al cielo en la vida después de la muerte. Todo esto lo estudia la escatología, que es la doctrina que concierne a los últimos fines, o el final del tiempo, de la persona individual después de la muerte, de su extinción o desaparición del mundo.

La conocí una tarde de verano cuando paseaba por el parque del pueblo, bonita extensión adornada por una fuente y frondosos árboles llenos de pájaros cantores. Caminaba erguida y se contoneaba como una reina. La seguí embelesado y aproveché el momento en que se detuvo en la cafetería La Principal para tomar un café.

Me senté a la mesa aledaña. Pedí un refresco y un trozo de pastel, pero la idea era seguir admirando esa belleza. Cuando su servilleta se voló por una ráfaga de viento impredecible, me apresuré a recogerla y entregarla en sus manos. Me vio como sólo las diosas pueden hacerlo y su sonrisa refulgió cuando pronunció la palabra “gracias”. Pedí permiso para sentarme a su mesa y, con una sonrisa de sus labios y ojos, accedió.

Nos presentamos el uno al otro y comenzamos el idilio. Fue algo hermoso que nos llevó con el tiempo a amarnos como nadie lo ha hecho, y pronto llegaron las confidencias.

Me contó que había tenido un enamorado con quien se casó y fueron felices, pero llevaba en el alma la sensación de abandono con la que luchaba cotidianamente, al extremo de visitar un sicólogo dos veces por semana. Él murió en un accidente de avión y jamás pudo recuperar su cuerpo para darle cristiana sepultura.

En sueños solía recordarlo o se le aparecía de tanto en tanto con un cuerpo etéreo que parecía bailar cuando caminaba y la veía todavía con ojos de enamorado. Su lamento principal era que no había tenido hijos, para asirse a algo de su amado. Me contó que ansiaba sus besos, pero cuando estaba por hacerlo después de su muerte, en sueños, desaparecía como espuma.

No pude menos que recordar los sueños míos, pues de una u otra forma se relacionaban. Veía en ellos a una bella mujer que me llamaba, pero cuando quería besarla se diluía como espuma en el agua.

Le conté de mi vida.

—Soy soltero —le dije—, pero ansío una familia e hijos para “perpetuar mi existencia”. Tuve algunas novias con las que creé amistad profunda, pero nunca saboreé las mieles del verdadero amor. Sin embargo, contraje nupcias con una mujer encantadora que, lamentablemente, falleció cuando nacía nuestro primer hijo y también se lo llevó. Sólo atinó a decirme: “Vive, busca una pareja y sé feliz”.

Pero no he podido hacerlo. No la he encontrado. Vago por el mundo como un autómata y, también, me atormentan los sueños.

—La veo siempre —expresé— venir hacia mí, con los brazos abiertos y sus labios rojos expresando una sonrisa encantadora, pero cuando quiero abrazarla se diluye como si fuera una nube de las que adornan el cielo azul que vemos cada mañana.

—Los sueños son impredecibles —me dijo—, y así como pueden satisfacernos de alguna manera, en otras ocasiones sólo provocan sufrimiento. Jamás he podido besar a mi amado después de muerto. En sueños, por supuesto, y eso me hace sufrir. No importa que camine hacia mí, o yo esté acostada esperándolo, que caminemos tomados de la mano, o nos veamos como enamorados sentados en una banca del parque; cuando va a besarme, desaparece como si fuera un fantasma.

—Lo mismo me pasa a mí —dije—, pero ahora siento que la mujer que veo por las noches, cuando alucino, está sentada junto a mí en esta mesa.

Me vio como sólo pueden hacerlo las almas puras y sonrió.

—Anoche soñé, por ejemplo —le dije—, que la mujer que amé y sigo amando estaba acostada en su cama cubierta con sábanas de seda. Me acerqué a ella, abrió los brazos como para darme un abrazo, pero cuando mis labios casi rozaban los suyos se evaporó como el vapor del agua hervida.

Sonrió y dijo:

—Entonces, ¿eras tú?

Antonio Cerezo Sisniega
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