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Juan Pocopisto

jueves 16 de enero de 2025
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El hombre, que se llama a sí mismo la especie más inteligente que existe sobre la faz de la tierra, ha inventado templos para adorar a Dios y los llama fanfarronamente “la casa de Dios”, aunque sea tan pequeña y sólo albergue a una reducida cantidad de feligreses en ese sitio donde se juntan el clero y el pueblo de un país donde el cristianismo tiene adeptos.

Por el contrario, Baruch Spinoza, filósofo holandés de los años 1600 que pertenecía a una familia de judíos procedentes de la península ibérica, afirmaba que los templos de cualquier religión no son la casa de Dios, pues todo el universo es su casa y la inmensidad de su creación es el signo de su majestad.

La verdad, yo creo que los templos creados por el hombre para adorar a Dios no son más que el modus vivendi de los curas, pastores, monjes o como se llamen, que han encontrado en ellos la fuente inagotable de ingresos a través de limosnas, diezmos o lo que sea que les quiten a los feligreses para poder vivir bien.

La humildad de esos “representantes de Dios” ha quedado por los suelos y, mientras muchos de sus parroquianos pasan penas y hambres y tienen cuantiosas necesidades insatisfechas, ellos hacen ostentación de vehículos último modelo, aviones privados, helicópteros, vacaciones en lugares paradisíacos, buenos colegios para sus hijos, universidades caras y muchas otras cosas más.

Cuando veo las procesiones de mi país, ostentosas, noto la voracidad de los curas, que cobran cantidades exorbitantes a los que desean cargar las imágenes de la Iglesia católica. Los de otras religiones se aprovechan de los pobres, y no me refiero a pobres de dinero en sí, sino a su mentalidad que no les permite ver cómo sus líderes religiosos les quitan poco a poco sus posesiones y los obligan hasta a aguantar hambre para que ellos vivan bien.

Hace algún tiempo hablaba de esto con Juan Pocopisto que, a decir verdad, no le hace honor al apellido. Desde que inauguró su iglesia, hace ya seis o siete años, su situación económica ha cambiado radicalmente. Antes vivía en un barrio marginal de la ciudad y ahora ni más ni menos que en una colonia residencial.

—Los caminos del Señor son impredecibles —me decía—, pero si uno lo adora como debe ser, Él provee lo necesario para vivir bien.

—Claro —respondí en ese momento—, tus feligreses han de haber mejorado mucho también. ¿Ya no viven en asentamientos? ¿Sus hijos van a colegios o siguen yendo a escuelas? ¿Los que están en edad, van a la universidad?

—Bueno, Dios sabe lo que hace y no todo el mundo puede vivir igual.

—¿Por qué no? ¿Acaso no somos todos hijos de Dios?

—Vos sabés que no todos se portan igual. Algunos no van al servicio todos los domingos, otros no diezman como lo mandan las sagradas escrituras y así pues Dios no los favorece igual.

—¿Crees que por lo menos la mitad de tus parroquianos almuerzan como lo estamos haciendo nosotros?

—Los que llevan una vida ordenada, como te digo, sí. Seguro que almuerzan bien y les alcanza para darse algunos lujos.

—Y decime, ¿se trata del mismo Dios? Los católicos y evangélicos se llaman cristianos porque adoran a Cristo, pero existen religiones abrahámicas, chinas, indias, y cada una de ellas adora a su propio Dios. ¿Cuál es el Dios verdadero?

—El Creador del universo es un Dios universal. Es el mismo en todas las religiones, aunque se les llame de distinta manera.

—Pues yo no estoy muy seguro de que sea el mismo Dios, porque algunos pueblos viven mejor que otros sin importar la clase social.

—Te repito: el Creador del universo es un Dios universal.

—Entonces ¿estás de acuerdo con Spinoza que afirmaba que los templos de cualquier religión no son la casa de Dios, pues todo el universo es su casa y la inmensidad de su creación es el signo de su majestad?

—Pues la naturaleza es la manifestación de Dios, pero cada quien puede adorarlo como considere conveniente y los templos hechos por el hombre son, claro, la casa de Dios en la que se recrean, se adora y piden a Dios todos los feligreses.

—No me podés negar que fundar uno de esos “templos de Dios” es un negocio rentable.

—No lo mirés así. Velo como lo que es: un sitio para adorar al Creador del universo, independientemente de la religión de que se trate.

—También es una fuente de empleo para los curas, pastores y cuanto líder religioso camina por el mundo. Muy rentable, por cierto.

—Bueno, creo que esta conversación va por mal camino. Mejor hablemos de otra cosa.

—Terminemos de almorzar y nos vamos.

—Claro —me dijo—, sólo falta la ensalada que yo por principio la dejo para el final.

—Voy a pedir la cuenta de una vez, así vamos adelantando.

—De acuerdo, no debemos llegar tarde a la oficina porque, como habrás visto, nos tienen el ojo encima.

—Sí, no debemos abusar. Acordate de que hace unos días despidieron como a diez del otro edificio.

—Pero mirá —me dijo—, antes echémonos otro trago para que no nos haga mal la comida.

Se lo pedimos a la mesera, nos lo trajo, los servimos no sin antes pedir las boquitas, y nos los bebimos con la tranquilidad de que el dinero gastado era de nuestro sueldo y no de las ofrendas de los fieles.

—Y si fuera de ellos no importa —fue la frase final de Juan Pocopisto.

Desde entonces no lo he vuelto a ver. Ya no almuerza conmigo porque no puedo pagar los restaurantes de categoría a los que ahora va a disfrutar comidas y tragos acordes a sus jugosos emolumentos.

Antonio Cerezo Sisniega
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