Frida Kahlo retrata a Miriam Penansky
Coyoacán, México D.F., agosto de 1929
Frida le sirvió a Miriam una taza de tila, se aproximó a su nueva amiga y susurró: “Miriam, ¿sabías que me caso con Diego Rivera? Veo en tu cara que me tildas de loca. Mi mamá no puede verlo ni en pintura. ¡Ja!”.
Frida alza las cejas y pausa para ver la reacción de la maestra de solfeo. La reacción es nula.
—Lo llama el rojo gordo, pero papá sí admira su trabajo. A mi modo de ver, Diego es un genio y me asegura que tengo talento. Mi hermana menor, Cristina, dice que no me conviene porque pesa cien kilos más que yo y me lleva medio metro y veintitantos años. Bah. Me importa un bledo lo que digan. Ándale, pásame la taza y siéntate en esta silla. No tienes que sonreír. Se me hace que no sonríes mucho de todas formas.
Frida escupió en la palma de su mano y agarró unos pelitos del lustroso cabello negro de Miriam.
—Vamos, aquí te pondremos un rizo al lado de la raya. Así agregaremos una pizca de algo. ¿No tienes perlas ni joyas? Salomón le compra preciosidades a tu hermana, ¿verdad? Eres muy joven para estar tan triste, Miriam. Te llevo esta noche a conocer a mis amigos. Tomaremos unas copas y bailaremos. Cuando me case, acaso no salga de picos pardos a bailar. Diego baila remal, pero yo, a pesar de la pata rastra, siento la música. Eres pianista, así al menos irás al compás. No te muevas. Este ángulo me gusta. Voy a alisar tu corpiño. Bien. Tienes un cuello muy bonito. Debes llevar vestidos más escotados para que se vean estos lindos pechos. A que tu cuñado Salo aprecia los lindos pechos. No te pongas colorada, no quiero mezclar otro color. ¿Se le ha ido la mano contigo? ¿Por qué no? Eres muy guapa, a pesar de tus atuendos de maestra y tus ojos tristes. Salo es un empresario exitoso y tiene buen ojo para la pintura. Yo que tú, intentaría encandilarlo.
—Y mi hermana, ¿qué? —Miriam por fin pudo meter baza.
—La tuya no sé... pero la mía, en cuanto a los hombres, tiene muy mal gusto, y si me apeteciera su marido, intentaría algo.
Justo entonces, Cristina Kahlo entró en el estudio.
—¿Se puede saber de qué se ríen ustedes?
Frida apuntó la brocha cargada a su hermana y dijo: “No más le digo a Miriam que si mi marido se acostara con mi hermana, los mataría a los dos”.
Nota: Miriam Penansky le dejó este cuadro a su tía, quien por su parte se lo dejó a su hija Marsha Schwartz, una maestra de español de Joliet, Illinois, y tras la muerte de ésta, lo heredó su amiga Michal Mendelson, una amiga de la autora. Sotheby’s lo ofreció en su venta de Arte de Latinoamérica en 2014 destacando el retrato y poniéndolo en la tapa del catálogo.
Una caña de cerveza
A la memoria de María del Rosario Cayetana Paloma Alfonsa Victoria Eugenia Fernanda Teresa Francisca de Paula Lourdes Antonia Josefa Fausta Rita Castor Dorotea Santa Esperanza Fitz-James Stuart y Silva, 18ª Duquesa de Alba (28 de marzo de 1926; 20 de noviembre de 2014).
Esta caña de cerveza de barril
me recuerda a la Duquesa de Alba
con ochenta y pico años tomando
un sorbo lento de la espumosa Mahou
los hinchados labios muy apegados
al borde del cáliz y las arrugadas
manos agarrándolo con saña
la prensa asaltándola de preguntas.
Y me recuerda su expresión
—triste, a mi parecer, vete a saber,
después de tanta cirugía plástica—
cuando tras un solo sorbo le quitaron
el cáliz, quizás para que no se cayera
manchando su vestido de verde chillón.
A mí, a los setenta y siete, nadie
me quita la caña, pero sí, sorbo
con cuidado evitando babear.
Este líquido dorado me refresca
pues sabe a trigo y la levadura
me levanta el ánimo. Las burbujas
provocan pequeños eructos
que sin duda quiso evadir
la dama de corte de Cayetana.
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