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La esposa del Generalísimo

jueves 20 de septiembre de 2018
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I. Todo por la Patria

Oviedo, el 14 de septiembre de 1926

Carmen Polo rompió aguas por la tarde. Una pareja de guardias civiles escoltó la ambulancia rumbo al hospital.

Cuando los dolores de parto le partían las tripas, gimió: “¿Dónde está Paco? Si está cazando, dale por muerto”. Cuando se apaciguaron un poco los dolores, las enfermeras le aseguraron: “El general de brigada está en camino”.

El padre de Carmen odiaba a Francisco Franco, así que nunca preguntaba, pero su madre siempre terminaba las cartas pidiendo que la hiciera abuela.

¿En camino? Llevaba desde el cortejo en camino. ¿Cuántas amigas suyas habían tenido un noviazgo de siete años? ¿Cuántas veces se había aplazado la boda para resolver calamidades del rey Alfonso? Si había salido en plena luna de miel para encabezar la Legión Española en África.

Cuando su marido por fin había arreglado para que estuviesen juntos, su trabajo como director de la Academia General Militar en Zaragoza lo ausentaba del hogar tanto como el campo de batalla. Sus cadetes requerían vigilancia constante.

Las otras esposas de los militares en Zaragoza le inquirían: “¿Cuándo le darás al director un generalito para la Patria?”. El padre de Carmen odiaba a Francisco Franco, así que nunca preguntaba, pero su madre siempre terminaba las cartas pidiendo que la hiciera abuela. Por fin, cuando la pareja se mudó más cerca de la familia de Carmen en Oviedo, ésta quedó embarazada y la madre se declaró la mujer más orgullosa del país ya que por fin tendría nieto.

 

“¡Los abalorios!”, gritó Carmen cuando empezaron de nuevo las contracciones.

Diez horas después llegó el general con su apuesto ayudante el capitán Varoni y dos cadetes.

Tan pronto como Carmen vio la cara de su marido empezó a insultarlo y a rogar chillando que la Virgen y todos los santos acudieran a ayudarla.

Su agregado, el gallardo capitán Varoni, ahuyentó a todos y cerró la puerta detrás de sí; sin embargo, los escarnios de Carmen hacían eco por todos los pasillos.

“Tres años me has hecho esperar un hijo”, comentó Franco parado junto a la cama con las manos atrás como si revisara sus tropas.

Las contracciones se habían apaciguado un poco, así que Carmen ya no chillaba. “¿Yo te hice esperar a ti?”. Su cara estaba embadurnada en sudor, pero tenía una mirada glacial.

El ayudante de Franco, el capitán Varoni, llamó discretamente a la puerta, y le permitieron entrar.

Con los graves ojos azules y largas pestañas, Varoni demostró una delicada tristeza: “Lamento molestarlos, mi señora”. Hablaba con las manos enlazadas sobre su pecho y bajó la cabeza: “Se requiere al general de brigada por teléfono”.

“No va a ninguna parte”, Carmen hincó las lacadas uñas en la muñeca de Franco.

El capitán dio marcha atrás y el general hizo guardia junto a la cama de su esposa hasta que vinieron más rápidamente las contracciones y un equipo de doctores y enfermeras entró súbitamente y llevaron a la señora a la sala de partos.

Franco y su escolta daban vueltas en la sala de espera durante casi una hora hasta que oyeron los fuertes gritos de un recién nacido.

“Su hijo, mi general”, dijo Varoni.

El cirujano se asomó e invitó a Franco a entrar a ver al bebé y a la madre. “¡Felicidades, Paquito!”. Le dio al joven militar una bofetada en la espalda: “¡Es nena!”

 

II. La hija de la escritora visita a la esposa del Generalísimo

Pazo de Meirás, La Coruña, 1939

He de subir a la torre, murmuraba María de las Nieves.

“¿Perdone, señora? ¿Quiere usted que conduzca más rápido?”, le preguntó el chofer.

“Ah, no, Xesús, llegamos bien y no me tiene que esperar. Usted debe ir a Sada y saludar a sus nietas”. La condesa sabía que el chofer querría ir a la taberna de sus hijas y, de hecho, ella bien podría pedirle que la llevara allá a almorzar si salía con la suya con Carmen Polo. Si todo salía bien, la visita con la señora del Generalísimo podría durar una hora más o menos. Todavía le cortaba que la Guardia Civil le hubiera vedado la entrada a la casa de su madre hace nada más que un año.

—Gracias, señora.

La condesa se repitió que iba a entrar en la biblioteca de su madre costara lo que costara para sacar las escandalosas cartas de amor. Entonces jamás volvería a pisar el Pazo de Meirás. Ahora sentía remordimiento por haber regalado la mansión cuando el gobierno de La Coruña decidió comprarlo como obsequio del pueblo gallego para los Franco. En aquel momento sentía agradecimiento por que el Generalísimo se hubiera sacrificado salvando a España de los bárbaros, pero ahora…

Subir a la torre, pensaba parada frente a la puerta de la mansión donde había pasado todos los veranos de su juventud.

“Hemos llegado, señora”. Xesús salió de la limusina para ayudar a María de las Nieves, la viuda del general Cavalcanti, a salir. No la consideraba la condesa, su madre había sido la condesa. Ella siempre sería Blanquita y a veces le decía eso, aunque ahora estaba un poquito encorvada y no era la adolescente que había llevado a piqueniques y a pescar con sus hermanos, que en paz descansen.

—Gracias, Xesús, recuerdos a la familia. Y ¿podrías venir a buscarme en una hora?

Subir a la torre, pensaba parada frente a la puerta de la mansión donde había pasado todos los veranos de su juventud. Tantas memorias felices y ahora sus hermanos habían fallecido. Se prometió que no lloraría ni se humillaría ante Carmen Polo. De alguna manera rescataría las cartas de su madre. Ojalá su querido marido estuviera a su lado para defender el honor de la familia…

“Pase usted, por favor, condesa, la señora la espera”. Un mayordomo de librea la llevó a una sala de espera donde nunca iba de niña a no ser que estuviesen jugando al escondite.

“Mi querida condesa”. Carmen Polo extendió una mano que tintineaba de pulseras y las dos mujeres casi se besaban las mejillas. La condesa se acordó de que a la esposa del Generalísimo le gustaba la misma colonia francesa que su madre solía echarse.

“¿Cómo está? ¿Hace cuánto? Un año desde que su marido, un héroe de la patria, falleciera”. Carmen Polo bajó los ojos brevemente.

—Estoy bien. Y está disfrutando de sus vacaciones aquí usted. ¿Y el Generalísimo?

—Sí, estamos bien, gracias. Madrid, como usted sabe, está tan destartalado ahora. Aunque hemos restaurado la paz, no se siente seguro andando por aquella ciudad.

—Y Carmencita, ¿cómo está?

—Muy feliz acá.

Una sirvienta enguantada entró con limonada en una bandeja de plata que la condesa conocía de sobra. Se dio cuenta enseguida de que la mujer era la hija de la criada de su madre, quien había sido como una segunda madre. La condesa se paró para abrazarla. “¡Eres Aranxa! ¡Cómo te pareces a tu madre! ¿Está bien?”.

Carmen Polo intentó disimular su enojo porque una sirvienta hablara con la condesa. Sirvió un vaso de limonada a su invitada y se abanicó.

La sirvienta dijo: “Gracias, mi señora, mamá está en el Hogar de los Ancianos de Santiago. Se alegrará mucho de que la haya visto”.

“Aranxa, se te olvidaron las galletas”, dijo Carmen con desagrado. La mujer hizo una reverencia y salió rápidamente de la sala.

La condesa podía ver el enojo en la cara de Carmen Polo.

—Gracias, señora, de todo corazón, por recibirme tan de repente. No le quiero entretener mucho, pero me gustaría ver la biblioteca de mi madre una vez más.

—El honor es mío, querida condesa, pero lamento informarle que la biblioteca está un poco desordenada de momento. Tantos libros y tantas decisiones que hacer con respecto a todo. El Monseñor me ha ofrecido tan gentilmente ayudarme a disponer de ellos. ¿Podría usted volver en un mes? Como sabe, ésta es su casa.

La condesa respiró profundamente y se miró el regazo. Pidió a la Virgen que le diera fuerza.

—Espero que dejen la biblioteca de mamá intacta. Es un tesoro de la Patria… A lo mejor la Real Academia…

—El Monseñor dirá. Por supuesto, doña Emilia era una notable escritora, sin embargo, yo misma estoy demasiado ocupada para leer semejantes librotes, ni los del señor Galdós…

Tan sólo la mención del nombre del amante de su madre le hizo sentir mariposas en el estómago, pero intentó sonreír. De repente a María de las Nieves la embargaron las emociones y se dio cuenta de que acaso le ayudara a salir con la suya si se permitiera llorar. Sacó un pañuelo de su bolsa y pidió perdón.

Carmen estrechó la mano y agarró la de María de las Nieves. “Le ha de costar mucho venir aquí con tantas memorias felices”.

¿Cuántas veces había esperado aquí a que su madre terminara de escribir?

“Y tristes”. La condesa no iba a soltarle a la esposa del Generalísimo tan fácil. Al fin y al cabo, ella misma sin duda había pedido que la Guardia Civil no la dejara entrar el año pasado. Lloró un poco más.

“Pues, supongo que no hace daño que eche un vistazo a la biblioteca, pero espero que no le ofenda el desorden”. A Carmen le sentaba mal ver a una sesentona llorar. La condesa le recordaba a su madre.

—Tenga la bondad de seguirme.

Le latía fuerte el corazón a la condesa al mismo tiempo que seguía a Carmen por los peldaños de piedra. ¿Cuántas veces había esperado aquí a que su madre terminara de escribir? Cuando Carmen Polo abrió la puerta y la dejó entrar, sintió alivio de ver que todo parecía estar en orden. La biblioteca de su madre contaba con más de 14.000 libros y estaba como la recordaba. Esperaba que quedara aún bajo el secante de papel la llavecita del reposapiés donde su madre guardaba la correspondencia secreta con Galdós. Su madre la había castigado de niña cuando echó un vistazo a aquellas cartas y ahora tenía que asegurar que se destruyeran.

—¿Sería mucho pedir que me conceda unos momentos de soledad aquí? Le tengo tanta morriña a mi madre.

—En absoluto, querida condesa, la aguardo en el salón. Tome el tiempo que requiera.

Carmen Polo cerró la puerta con una sonrisa al darse cuenta de por qué la condesa había venido. Tan altanera con su título de nobleza, pero ahora era su Paco que mandaba en España y no el Rey. Bajaba la escalera lentamente con ganas de poder espiar la búsqueda.

María de las Nieves fue directamente al sillón de su mamá. La delgada llave estaba en su lugar bajo el secante. Se arrodilló ante el reposapiés. El brocado de seda tenía agujeros de polilla. Su bolsa acomodaría bien las cartas y a lo mejor la señora de Franco ni tenía la menor idea de la escandalosa correspondencia que estaba allí. Suspiró fuerte, dio vuelta a la llave y abrió el cajón secreto. ¡Estaba vacío!

Miró a su alrededor. La mesa de su madre estaba intacta con sus tinteros de cristal, sus plumas francesas y su caja de papel de plata. Abrió la caja y salieron polillas. Buscó en todos los cajones y ni pista de las cartas. Desesperada acercó la escalerilla de biblioteca al lugar en donde sabía que su madre escondía los libros no aptos para los ojos de sus niños. Al subir la última grada se sentía un poco mareada. Su médico la echaría una bronca por trepar tan alto. Estaban todos aquí: de Laclos, Zola, Balzac, Flaubert y los demás, pero nada de cartas. Alguien llamó en la puerta.

El mayordomo preguntó: “La señora quisiera saber si le daría el honor de quedarse para comer”.

La condesa no aceptó el convite sabiendo que se había hecho para sacarla de la biblioteca. Descendió la escalerita lentamente.

“¿Encontró usted todo como esperaba?”. La señora sonrió a su invitada. Estaba parada delante del hogar del salón bajo un reciente trofeo de caza de su marido, un cuervo impresionante.

—Sí, se ha conservado bien, aunque la condición de los muebles es lamentable.

—Pensamos restaurar todo, no se preocupe. Lamento que no pueda quedarse para comer.

Charlaron de pie sobre el tiempo y entonces la condesa dio las gracias a la esposa del Generalísimo y se despidió.

Fuera del pazo, a punto de entrar en la limusina, escuchó a alguien llamarla desde las lilas donde antaño se habían escondido. “Condesa”, susurró Aranxa, y le dio un manojo de cartas atado con un lazo de seda. “¿Buscaba usted éstas?”.

Nota: Estas historias son pura especulación de la autora. No sé si hay reportajes sobre el nacimiento de la hija de los Franco. Y con respecto a la segunda parte, aunque Carmen Brava Villasante publicó las cartas de amor de doña Emilia Pardo Bazán a Galdós, las respuestas de don Benito han desaparecido.

Lois Baer Barr
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