Saltar al contenido

Onironauta

martes 16 de septiembre de 2025
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Existe un estado de conciencia en el que se es plenamente consciente de uno mismo y del entorno, pero que se desarrolla mientras se está soñando. A quien alcanza este estado se le conoce como onironauta, y se trata de un concepto de determinadas áreas de la psicología que está relacionado con una percepción espiritual y profunda del ser humano.

Existen, entre tantos, los sueños lúcidos, cuyas características son que la persona que está soñando dispone de su libre albedrío, tiene sus capacidades normales de raciocinio, su percepción de los cinco sentidos es comparable a la de la vigilia y puede acceder a los recuerdos de los que dispone cuando está despierto.

Tener un sueño lúcido es, entonces, como tenerlo encarnado en la propia imaginación, lo que permite navegar por él en un entorno creado por completo por la mente, pero parece y se siente como si se estuviera despierto.

Ayer, cuando morí, soñé que estaba vivo, pero ausente de tranquilidad. Me costó mucho trasponer los cerros con sus cimas y sus simas, cimbreando como en los viejos tiempos.

Nunca supe, o no quise saberlo, por qué lo hice, pero la verdad así pasó. Fue un momento alucinante cuando los teníamos encañonados y más cuando Francisco salió cargando las bolsas del dinero que iban a utilizar para el pago de la planilla.

—Ya estuvo —dijo—, ¡vámonos!

Todos salimos caminando hacia atrás, con las armas todavía apuntando a las víctimas y, uno por uno, abordamos el automóvil que conducía Alberto. La verdad, no fue una huida sino un alejarse del lugar de los hechos, hasta que oímos las sirenas. Nos seguían.

Alberto cruzó a la derecha y aceleró la marcha. El pulular de las sirenas se acercaba irremediablemente. Detuvimos el automóvil a la orilla del barranco y nos bajamos todos emprendiendo la carrera desordenada, subiendo al cerro más cercano que, como si supiera de nuestros pasos, nos recibió con hondonadas y cimas por los que marchamos en carrera loca, desenfrenada.

Francisco repartió las bolsas del dinero no sé si para hacernos sentir que éramos dueños del botín, o simplemente para alivianar el peso que lo retenía detrás de todos. Cuando llegamos a la vivienda de Francisco, las sirenas se oían ya lejanas y éste procedió a contar el dinero y a dar su parte a cada uno de los miembros de la banda.

De más está decir que esa Navidad fue fabulosa. En mi caso, compré equipo de sonido, discos, televisor y cuanto hacía falta en mi casa. Pero como el dinero fácil llama más dinero, comenzamos a planificar, en casa de Francisco, un nuevo asalto. Todos estábamos atentos a sus palabras y quizá por eso no nos percatamos de la llegada de las autoridades a las que habíamos burlado en nuestra ida del lugar del primer atraco, por lo que nos sorprendieron y comenzaron a disparar.

Al principio pensamos que eran cohetillos, pero al darnos cuenta de la realidad corrimos todos en cualquier dirección. Salté por una ventana que daba al jardín y, acordándome de mi afición por las carreras de fondo, emprendí la huida. De pronto sentí un ligero calor en el hombro, luego en la espalda y no recuerdo más.

Todo ocurrió como en la bruma, tal como ésta se manifiesta en las tardes que presagian tormenta. Cuando vi el tumulto de gente, escuché los cánticos, las plegarias, vi el carro fúnebre, pensé que alguien importante debía haber fallecido, para semejante cortejo luctuoso. En uno de los vehículos divisé a mi esposa e hijos e inmediatamente pensé en alguien conocido. Pero cuando vi que todos los abrazaban y besaban, comencé a darme cuenta de que probablemente el muerto era yo.

Sin embargo, estaba vivo, me sentía vivo y tuve la certeza de que estaba soñando. En mi mullida cama me vinieron a la mente las sabias palabras: si estoy aquí, dormido, no puedo estar en ese coche fúnebre.

Pero cuando abrieron nuestro panteón familiar, no me quedó duda. Definitivamente estaba muerto, o era un sueño muy real.

Todos mis compañeros de la banda brillaban por su ausencia, lo que confirmaba la idea que me atormentaba.

—No puede ser —me dije— que sólo yo sea el muerto.

Recordé la fiesta de Navidad, los aparatos comprados, la ropa nueva de mis hijos, la mía y tantos sucesos vividos durante las últimas horas y pensé:

—Definitivamente estoy vivo y esto no es más que un mal sueño.

Traté por todos los medios de despertar, pero no pude. En mi mente surgieron las palabras: “Siempre he tenido un sueño pesado”.

Sentí cuando me bajaron al fondo del hoyo, escuché las palabras de mi mujer, de mi familia, y traté por todos los medios de hablar, que me oyeran, pero parecía que mi lengua había cambiado de tamaño y ya no me cabía en la cavidad bucal. Era pastosa, irreconocible, nada que ver con la que emitía notas musicales memorables cuando entonaba alguna canción en las parrandas que nos echábamos a cada rato, por cualquier nimio acontecimiento.

Literalmente supe, por las pláticas mortuorias y los chistes alusivos, que mi muerte acaeció ayer, cuando, quieran o no, estaba en mi cama soñando, en una duermevela alucinante, rumiando lo conveniente de un nuevo atraco, para lo cual meditaba sobre la banda, principalmente Francisco, que era quien planeaba los robos, daba todos los datos, “las coordenadas”, dirían mis compinches, de lo que iba a ocurrir.

Grité, o lo intenté por lo menos, que no estaba muerto sino descansando en mi cama.

—No me entierren —fueron mis palabras—. ¡Estoy vivo!

El ataúd tocó tierra y sentí como si hubiera aterrizado en uno de esos países que tienen aeropuertos malísimos.

—¡Sáquenme de aquí! —dije con todo el énfasis que pude, pero nadie me escuchó o simplemente no les interesaba que siguiera con vida.

Después de todo, ahora no sé si ocurrieron realmente el robo, las compras navideñas, la alegría de mi esposa por el dinerito extra, la planificación del segundo robo, la llegada de las autoridades, los disparos, mis heridas.

A lo mejor todo fue real y definitivamente estoy aquí, yaciendo en una tumba, purgando mis pecados o mis malas acciones, más concretamente.

Ayer, cuando morí, estaba soñando que vivía. No sé si mi sueño ahora es que me están enterrando, cuando a un vivo no se le entierra.

¡Quién entiende a los humanos!

Antonio Cerezo Sisniega
Últimas entradas de Antonio Cerezo Sisniega (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio