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Vidas saludables

martes 23 de septiembre de 2025
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Lo más importante es perseverar en una alimentación sana y caminar. También, elegir un buen endocrinólogo, casi todos los mayores de sesenta tenemos problemas con el T4, ni te cuento con el colesterol, la glucemia y otras yerbas —le dice la otra.

Desde siempre, suelen recordar, durante sus encuentros en cafés de cercanía o en algún restaurante, las manías de sus ancestros: mi viejo corría a los perros a escopetazos, tuvieran dueños o no —comenta la una. Y mi abuelo tosía a más no poder y largaba escupitajos a escondidas, imaginate si mis padres y hermanos lo hubieran visto... —replica la otra para no ser menos, marcando la diferencia entre la vejez decadente de entonces, sus caros antecedentes de abolengo y la mayoría añosa de hoy, por siempre joven.

Ambas representan esa gente felizmente saludable de buena onda que se ríe a sus anchas de cualquier cosa. Es que son mujeres de bien y no necesitan haber conocido del todo París, la Costa Azul ni la Normandía: la escasez de sus recursos es suplida por un buen manejo del francés, fruto de la grata pertenencia a una extinguida clase social, que en este siglo se transformó en fantasmas de medio pelo.

El mundo cambió. No son feministas, faltaba más. Reconocen, sin embargo, que las mujeres se liberaron. Y ellas no son la excepción. Comparten recetas de cocina de la vieja y nueva ola francesa, de la pastina in brodo italiana, los secretos de la legendaria Sacher Torte y datos acerca de plomeros honestos que hacen el trabajo de destapar la mugre de las tuberías por un pago razonable; las eternas quejas por dolores de columna, de lumbares o por los pies que se cansan de andar limpiando y cargando peso a falta de servicio doméstico barato y diligente.

Sus vidas repiten instantes cómicos e intrascendentes, comentarios sobre yerros y torpezas e incluyen las típicas instrucciones sobre el cuidado de mascotas. Una tiene un perro y la otra, un felino. Los entrenaron como símiles de bebés a la carta (el gato se resiste), ya que se identifican a pleno con la salvaje pureza de estos seres sintientes, pues —piensan— la sociedad se ha vuelto vulgar y no hay más remedio que sobrevivir en una burbuja, acompañadas de animalitos o por quien se pueda. Olvidarse del resto y ser feliz, en definitiva, dialogando amorosamente con inocentes caninos o gatitos y con alguna vecina de cotilleo, mientras postean fotografías de ensueño en el Instagram, consumen vidas de bagatela de famosos o responden lo más “sutil” y venenosamente posible a quienes no piensan igual que ellas en X.

Se tratan, estas, de mujeres convencidas de que los humanos hemos nacido para disfrutar en tanto buenas personas, sobre todo se debe amar al prójimo análogo (no vaya a ser que la desgracia de los diversos las salpique, bastante con los dramas familiares que hay que soportar —qué remedio—...). Ay, qué planeta este, olvidado de la moral y de sus valores, qué confusión, etcétera.

Cada tanto recuerdan, esto sí, la patria que las vio nacer y que fue y no retornará jamás, cuando menos mientras los demás no aprendan que un buen ciudadano tiene derechos pero, sobre todo, obligaciones. Es que ellas cumplen votando y se enteran de las barbaridades contemporáneas en la tele sólo de vez en cuando, pues no hay que intoxicarse con tanta mala onda que bordea la existencia vigente. Y si, a decir verdad, ellas no hacen caso de los malditos tributos, es debido a que se trata de cuestiones menores, reservadas a los ricos. Suficiente con que mantienen su riguroso cable a tierra: fueron deviniendo pobres de generación en generación y lo padecen, ¿encima pagar impuestos?

Lo importante debe ser, pues, una alimentación sana y caminar —comentan una y otra vez en el teléfono entre ellas, con vecinos y amigos en reuniones, fiestas o en pasillos.

¡Y hay que ser feliz con una mascota e instante tras instante! En definitiva, concluirán, todos llevamos un niño adentro. Y ellas nunca gustaron de los dramas: durante la infancia jugaban a la rayuela y a la sillita robada. Y, precisamente, por esa niña dócil que conservan en su corazón por siempre, estas mujeres se entretienen, en medio del caos que es hoy el universo, contando fábulas bizarras y sempiternos relatos de familia que a pocos interesan.

Paula Winkler
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