Mi amigo Erasmo siempre manifestó su admiración y respeto por el comportamiento sexual de los perros. Decía él que, si los humanos actuaran de la manera en que lo hacen los canes, la población del mundo habría sobrepasado ya sus límites.
El comportamiento sexual de los chuchos ante las perras se debe a las feromonas, sustancias químicas que éstas desprenden de forma natural para comunicarse con los machos de su especie. Los perros las detectan a través del olfato, un sentido que tienen muy desarrollado, y éstas, las feromonas, provocan distintas reacciones como la de atraer a los machos de su misma especie para copular.
La atracción sexual en los humanos, que genera el apareamiento entre ellos, se circunscribe al interés que una persona siente por otra, ya sea por su aspecto físico o por su personalidad, y la influencian varios factores como la apariencia física, la voz, el olor, el tacto, la temperatura, factores culturales, psicológicos o genéticos.
Los olores que despiden las féminas a través de la aplicación de perfumes o lociones no tienen nada que ver con las feromonas de las perras, aunque a veces son de olores deliciosos y pueden, de alguna manera, provocar la excitación sexual del macho.
Algunas mujeres tienen, sin embargo, un comportamiento sexual compulsivo, adicción sexual o hipersexualidad, definida como una repentina elevación de la libido que provoca la necesidad ineludible de tener sexo, acompañada de pensamientos y fantasías sexuales. Esta hipersexualidad consiste en una concentración profunda de fantasías, impulsos o conductas sexuales incontrolables.
—Los humanos no podemos —argüía yo— hacer lo que los perros en lo que al sexo se refiere, porque las hembras de esta especie producen, como algunas otras del reino animal, feromonas especiales o sustancias químicas que los perros perciben por el olfato y los impulsa a buscar las hembras para realizar el coito.
—Pero el hombre, con su inteligencia, ya hubiera inventado algo parecido que, al dárselo a las mujeres, provocara en ellas la emanación de los olores que excitan a los machos de su especie.
—Las perras en celo producen la feromona p-hidroxibenzoato de metilo, que es la que excita sexualmente a los perros machos. Además, también producen un líquido sanguinolento que atrae a los perros por su contenido de feromonas.
—A eso me refiero. ¿Por qué el hombre con su inmensa sabiduría no ha creado algo para que las mujeres durante su menstruación produzcan las feromonas suficientes y necesarias para excitar a los hombres? ¡Sería fantástico!
—Estas feromonas que influyen en el comportamiento sexual de los perros son secretadas de manera natural y acompañadas de otros signos como olores específicos o señales visuales de posturas de evacuación. ¿Te imaginás lo ridículas que se verían las mujeres adoptando posiciones de esa naturaleza sólo para excitar a los hombres?
—Pues yo no tendría ningún problema con eso. De todas maneras, las vería lindas, se pusieran en la posición que se pusieran.
—Sin embargo, hay que tomar en cuenta que una infusión de ese tipo dada a las mujeres puede resultar contraproducente, porque otra característica de la feromona en los perros es que los vuelve psicólogos a su manera. Los estudios han demostrado su capacidad única para determinar los rasgos psicopáticos y las malas intenciones de los seres humanos.
—¿Te imaginás cuál sería el destino del hombre? La completa esclavitud. Si ahora, sin la infusión que se te ocurre, las mujeres controlan hasta nuestra manera de caminar, con ese “invento” sabrían cómo leernos el pensamiento.
—Pero no me negarás que sería un invento interesante. ¿Te imaginás a una diva de esas que se contonean por las pasarelas de los concursos de belleza, llamando a cuanto hombre pase frente a ellas para llenarlo con las mieles de su sexo? ¿Y si son varias? La calle o donde esté se convertiría en el paraíso terrenal.
No dejó de interesarme la idea. ¿Cuánta mujer se pasea por las calles y avenidas de las ciudades siempre viendo al frente, como lo hacen las mulas con antojeras, sin vernos siquiera de soslayo, como si no existiéramos?
A veces Erasmo saca de su mente cochambrosa ideas espeluznantes, como esta del elixir que se aplicaría a las mujeres para desarrollar feromonas que las hagan desear el sexo. Pero no cualquier sexo, sino el violento, intenso, irresistible como el de las perras que cuando están en celo llevan tras de sí al menos cinco machos.
No pude sosegar mi mente, que comenzó a divagar sobre el asunto. Me imaginaba en la avenida principal de la ciudad siguiendo a la reina de belleza de turno, acompañado por dos o más de mis amigos, codeándonos unos a otros para ver quién llevaría el turno inicial. Aunque a esas alturas ya no importaría quién iba primero o último, sino lo importante sería satisfacer a la dama perseguida o a cualquier otra que se cruzara por nuestro camino. La verdad, comencé a imaginarme una ciudad sexual. De esas en las que el sexo corre por sus venas, como sucedía en Sodoma y Gomorra.
—La verdad, a lo mejor tenés razón. Pero ese invento costaría miles de dólares producirlo y no toda la población podría comprarlo.
—Existen donaciones del extranjero. Podríamos crear una ONG de esas que reciben el dinero y no se sabe nunca qué destino le dan. Sugeriremos como objetivo remozar escuelas, crear viviendas baratas o cualquier otra pendejada por el estilo y trabajamos en los estudios sobre el “Elixir divino”. En cuanto al costo para la población, verás que una vez lo prueben sacarán el dinero de cualquier lado para adquirirlo. Hasta debajo de las piedras.
—El nombre me parece correcto. Es decir, fantástico.
—Si querés, mañana mismo comenzamos a trabajar en la ONG averiguando qué se necesita, las vueltas que hay que dar, a quién le pediremos el dinero y todas esas vainas.
—Conozco un par de diputados, de esos que todo lo saben y sin escrúpulos, que nos pueden orientar. Ellos consiguen plata donde sea. Creo que hay que formar una empresa, fijar los lineamientos, calcular costos de lo que vamos a hacer y decir algo sobre los beneficios de la compañía, el IVA a pagar que es lo más interesante para el gobierno que, aunque no haga nada, cobra impuestos hasta por estornudar.
Finalmente, aunque las mujeres perfumadas, arregladas, con curvas como las de las negras fueran irresistibles, me pareció la idea. Comenzaremos el gran negocio “mundial” en nuestro país. Sí, cuando las demás naciones en general, bloques económicos a los que pertenecemos, acuerdos de alcance parcial en los que participamos, vean lo productivo que es este negocio, reaccionarán emulando nuestras acciones.
—Bueno, comenzá a llamar por teléfono. Localizá como sea a tus cuates diputados, ofreceles la consabida mordida, pero no mencionés la actividad real de nuestra ONG, porque si no, nos comen el mandado.
Manos a la obra, me dije, un negocio de estos no se da todos los días. De los trámites no me preocupo porque los diputados conocidos son águilas para conseguir dinero, siempre que les des su consabida “comisión”.
—Ahora me pongo en ello. De inmediato.
En mi mente se dibujó la escena del mundo: una, dos, diez, mil, cien mil, un millón... las mujeres que fueran, sintiendo en sus cuerpos el efecto del “Elixir divino”, jalando, gritando, estrujando a los hombres, las bocas abiertas, el contoneo de sus cuerpos, el movimiento rítmico, el olor a sexo alimentado por el aire, el pleito de los machos por ser el primero, el jaloneo, las trompadas...
La orgía perfecta y eterna.
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