Las luces brillan en todo su esplendor. Parece un amanecer lleno de destellos multicolores cuando las cortinas del escenario se corren para dar fin al espectáculo. La gente aplaude a rabiar y de repente lo ve. Juan Luis está ahí, en primera fila, aplaudiendo como todos, absolutamente embobado por la calidad del espectáculo.
Tiene ya buen tiempo de no verlo, desde que se distanció de su hermana. Fueron novios por un largo período, hasta que el pensamiento de uno y los anhelos de la otra hicieron una especie de cortocircuito. Pero, aunque los hechos se dan de esa manera, en su mente y su corazón aún permanece el recuerdo de su amigo y lo evoca como buena persona.
Son tiempos felices, de compartir deportes —ambos son aficionados al fútbol, aunque de equipos contrarios—, las fiestas, el teatro, la música y tantas cosas. Por eso cuando Juan Luis se hace novio de su hermana Clara, ya no lo ve más como un amigo, sino como hermano, alguien de su misma sangre con quien compaginan en todo.
Juan Luis y Clara son felices mientras dura su noviazgo y él, sentimental como es, se imagina jugando con sus sobrinos a las carreras, fútbol, juegos de mesa que tanto le encantan. Los tres salen juntos a las discotecas, restaurantes, paseos por el campo que son su ilusión, celebran sus cumpleaños con exquisita comida, licor del bueno, música bailable y tantas cosas más.
Clara se hace actriz. De las buenas. Las obras de teatro que interpreta le caen como anillo al dedo, pues hace de emperatriz, reina, y todos esos personajes femeninos de la realeza que tan bien le quedan.
Juan Luis la acompaña a todas sus prácticas, la estimula y ella, complacida, siempre lo ve con admiración y sueña que al casarse serán la pareja más feliz del mundo, con hijos a los que enseñan todas las artes y meten de lleno al mundo de la cultura.
Suelen ir, Juan Luis y él, no sólo a las prácticas de obras de teatro en las que Clara es la actriz principal, sino a conciertos a escuchar buenos cantantes, orquestas fabulosas y cuanta actividad de cultura se da en la ciudad o en todo el país que los vio nacer, o las repúblicas vecinas que afortunadamente están a la vuelta de la esquina.
No sabe, la verdad, qué es lo que pasa, pero el distanciamiento entre Juan Luis y Clara se va haciendo más evidente cada día. Ya no se les ve juntos en cumpleaños o fiestas familiares, ni en espectáculos que antes solían frecuentar, y él, siempre apartado de problemas ajenos, observa y lame sus heridas en solitario pensando en lo inútil de una relación tan linda que termina abruptamente, como si la vida fuera eso: un desbarajuste total.
Sin embargo, no hay ruptura plena porque ellos siguen hablándose, se saludan como si tal cosa, a veces asisten a espectáculos de teatro, pero ya no con el entusiasmo que tanto generaba en él y, por qué no decirlo, le entusiasmaba sobremanera.
Clara es como su hermano, reservada con sus problemas personales, y jamás comenta el motivo de su distanciamiento con Juan Luis. Intuye que a lo mejor él tiene otro amor y ella lo ha descubierto, o ella ha dejado de quererlo como lo quería —como hombre— y su amor se convierte en filial, es decir, amor de hermanos.
Al principio se siente desconcertado, pero poco a poco acepta la situación y comparte con ellos ya sea de manera individual o con ambos en alguna cena, celebración de cumpleaños u otra de esas actividades triviales a las que la sociedad en que viven los tiene acostumbrados.
Hasta que llega el día en que Clara le habla: le dice que sus aspiraciones son otras distintas a las que un día tuvo con Juan Luis. No quiere hijos de momento, sino estudiar música, teatro, baile, pintura y cuantas artes estén a su alcance, y no desea interferir en la felicidad de él. Que todo lo que desea está divorciado de un matrimonio como el que en un momento dado ambos desearon y que, a lo mejor, más adelante se da la oportunidad de retomar el sendero ideal que un día habían soñado.
Queda estupefacto, mas no quiere interferir en su decisión. Le dice que apoya cualquier disposición suya, aunque él quiere a Juan Luis como un hermano y está seguro de que esa determinación que está tomando lo hará trizas.
Juan Luis cambia. Desde ese momento no va más a su casa. Deja de platicar con él, ya no lo frecuenta con la asiduidad que lo hacía, hasta que paulatinamente renuncia a verlo y sólo queda dentro de él el recuerdo de días felices en que ya lo consideraba de la familia, padre de sus sobrinos.
Sabe por otros amigos que se ha vuelto taciturno, ya no acude a fiestas ni a las actividades culturales que antaño le encantaban, que se ha vuelto admirador del dios Baco y ya no es ni la sombra del Juan Luis que todos conocen. Tiene que confesar que lo inunda un manto de tristeza inconmensurable.
La vida es así. Es consciente de que cada persona es un ser individual, con sentimientos, que toma sus propias decisiones, y él las respeta. Cuando Juan Luis deja de frecuentar su casa, buscarlo para ir de farra o cualquier tipo de acercamiento, le duele mucho, pero lo acepta.
Deja de verlo, hasta el día de hoy, en el teatro, cuando se da cuenta de que es él, en primera fila, quien aprecia el espectáculo magistral de esa noche.
Se alegra de que vuelva a los caminos de la cultura, olvide los males de amor que su hermana, sin quererlo, le ocasiona, y lo imagina lejos de los bares, de las fiestas con amigos poco recomendables, y desea ardientemente que la ruta tomada en dirección a la cultura y el perfeccionamiento espiritual sea eterna.
La obra que culmina es impresionante. El elenco, de lo mejor que ha visto en su vida. Los actores, de primera línea, le gustan, lo impactan, lo introducen con su actuación dentro de la obra misma; alucina y se eleva a alturas insospechadas. Flota, deslumbrado, en la inmensidad del universo.
Levanta, impresionado, la mirada hacia Juan Luis, que sigue de pie y aplaude, conmovido, en homenaje al fabuloso espectáculo presentado ante sus ojos.
Se cierra el telón y Juan Luis alucina, evoca a su amada Clara.
La mejor —indiscutiblemente— primera actriz del país.
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