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Cinco poemas de María Teresa Bravo Bañón

miércoles 9 de mayo de 2018
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En la piel de tu memoria

En este espacio donde esperé tu sentencia de amor
entre los centinelas del amanecer.
Aquí y ahora, donde recobro tu adolescencia
entretejida en jirones colgados de los líquenes.
Donde los deseos se me asoman
cual espejismos de otro tiempo,
cuando el amor se nos manifestó
como vadear la gran Barrera de Arrecifes.
Entonces nunca tuvimos paz.
Era como avanzar sigilosos, de puntillas
sobre un campo minado,
viviendo de sábado a lunes el armisticio
del que ha de volver después a las trincheras.
En cada adiós parecía el último, sin mañana,
arrancándonos el corazón
en eternas despedidas en los andenes,
como aquellos que no tuvieran la seguridad
de volver vivos a encontrarse.
Hasta que llegó la Gran Glaciación:
un largo invierno de cuarenta años de puñales,
en el limbo de la esquivez
y de extraviadas ausencias.
Después, una tarde venturosa,
volví a encontrarte tras el camino de mi casa,
rumbo hacia el bosque donde nos fugábamos
los de entonces, amantes clandestinos.
Casi ni te reconocí:
(En qué torpes criaturas nos transfigura el tiempo)
Me bastó una ráfaga de lucidez
y un pellizco en el corazón,
para tener la valentía de cruzar los límites de la niebla
y rescatarte hasta la cálida orilla de mis versos,
antes que una nueva inhóspita glaciación
pudiera cuartearnos la piel de la memoria.

 

Mar de Aral

“Y pongo mi boca en tu corazón
pero tú no lo sabes”.
Rolf Jacobsen

¿Y si yo ya fuera de ti una estrella muerta?
¿Y si el brillo y mi luz que te acaricia las pupilas
se hubiera extinguido hace mil siglos?
¿Y si mi amor es la huella fósil atrapada en arenisca?
¿O el vuelo de insecto en sepulcro de ámbar?
¿Y si vienes a mí cuando lo terrenal
me haya derrotado hasta mutarme en ceniza de luna?
¡Oh, vuelve, vuelve,
antes que sea el Mar de Aral
con los esqueletos de sus barcos
anclados en tierra yerma.
Vuelve, antes que mi boca
sea una cicatriz de sal en la arena.

 

Las uvas de mis parras

Las uvas de mis parras alcanzaron su translucidez,
entre sus hojas correteó la noche en forma de salamanquesa.
El agua del Noguera Pallaresa les destiló una canción de ranas,
el calor del estío las granó invitando a las avispas;
pero sólo sus manos les concedieron el dulzor perfecto,
cuando las cortó para mí desde los atrios del Sol.
Al llegar hasta las mías, extendidas, pedigüeñas,
sus dedos las rozaron suavemente…
Me llevé el racimo hasta los labios
y ya eran un vino embriagador.
Ebria de él,
zigzagueaba mi lengua
y de mi cabeza se escaparon pájaros.

 

Rosa sufí

“Tu imagen está en mis ojos
y en mi boca tu nombre.
Moras en mi corazón
¿Pero dónde te escondes?”
Ibn Arabí

Por amor he vuelto de la nada
y hacia la nada bogo,
en el esqueleto de una nave de sombra.
Sobre las tonsuradas frentes de las jirafas
se tatúa la Cruz del Sur.
Se fugan colibríes
hacia el paraíso de la consciencia.
Alguien me sueña bajo el trígono perfecto
del laurel y el azahar.
Te busco.
Soy tu arcano mayor,
tu inmolada memoria.
Quiero dar vueltas como un derviche,
diluirme en el alma de las rosas de Ibn Arabí,
trazar el círculo de mi última frontera
alrededor de tu corazón.
Vamos hacia el fuego de las estrellas,
soy tu pulso de antílope y de viento.
Un solo cuerpo de arena desmembrado
de las clepsidras del Cosmos.
Que el amor infinito sea mi mantra
sobre el ensueño de la noche.
Que toda mi danza sea existencia.

 

Patchwork*

“Nada puede durar tanto,
no existe ningún recuerdo por intenso que sea que no se apague”.
Juan Rulfo, Pedro Páramo.

Vamos cotejando los recuerdos,
como si cosiéramos una inmensa manta
de cuadrados de patchwork.
Demasiadas piezas que no encajan
en esta pretendida memoria histórica
que nos vamos recomponiendo.
¡Cuántos retales ni coinciden!
¡Qué subjetivos somos al narrar los hechos
que hubiéramos debido guardar
en el mismo y común pasado
si hubiéramos tenido la paz provinciana
de envejecer juntos!
Quizás cada uno lo deshilachó o bordó
después de tantos naufragios como vivimos.
Quizás lo que para uno fue terciopelo,
para el otro fue barata arpillera.
Quizás cada uno sólo guardó una sola parte
y el otro se inventó la mitad que falta.
Tú recuerdas el primer beso
y yo cuando me plantaste para casarte con otra.
En algo sí coincidimos: tú, en mis afrodisíacos
estofados de conejo con chocolate
y yo, después en la quemazón
de tus manos desnudándome con urgencia.
Así poco a poco, riéndonos de la vida,
con un hilo de amor-hermoso,
y la larga hebra de cariño-caramelo
nos vamos remendando, mutuamente,
la piel de la memoria.

* Tejido hecho por la unión de pequeñas piezas de tejido cosidas por los bordes entre sí; con él se confeccionan colchas, tapices, alfombras, etc.

María Teresa Bravo Bañón
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