Palabra ligera
Los hombres dicen: allí va la muerte. Póngale el ojo a esa vivaracha. Todo lo absorbe, todo lo arrincona. Llega a cualquier lugar, oronda, con su astucia de coordenadas: manos de fuego y de viento y de agua y de hielo en el norte y sur y este y oeste. Sus dedos son tan largos como la absurda vida. Nada se le escapa. Es, como quien dice, una diosa cardinal. Cumple su fin y deja colgando las dudas en los hombres. ¿Qué si tiene extremidades? ¡Sólo lamentos! Su silbido, salvaje, es de lamento. En el bosque contiguo, donde habita su despojo, el aceite del desconsuelo forma una nube voraz decidida a cargarse de llovizna sin parar. Guarecidos, aguardamos. ¿Qué se espera? La palabra ligera sosteniendo la primavera ignorada. La muerte sólo se abastece de la lúnula del silencio: sin palabra biforme que la reclame.
Tópico insalvable
Nació como quien ha perdido la razón y viene a este mundo desquiciado, en su protagonismo ludita, para dar una lección de desvarío. Llevó una carta firmada por la ventisca amable, escrita con la sangre del nonato herido por la lanza de Céfalo, suspicaz e infame, dando con la diestra maternidad del error. Hizo de su cuerpo, gusano de fuego alimentado por las cenizas futuras, subrepticio aliento en haberes, primitivo en aciertos, serpenteando las tablas viejas: erial de salvación abisal en su tópico insalvable.
El crucificado
De la cabeza a los pies era la figura de un hombre. De agónica propiedad, robustecida en único verbo. Las burlas y difamaciones no ausentaron su lucha de inconforme labor; de críptica clarividencia. Llevó el amor a puertos mellados por los extravíos de la naturaleza. Supo, en rostro calcado de túnica audaz, que la victoria y derrota son por igual sangre humana. Los curiosos, de dubitativo andar, secretearon las lecciones de la parturienta historia: los héroes sacrifican el rebaño del porvenir y aterrizan la muerte, en sermón de pan matutino, a bocas díscolas hambrientas; gazuza penitente en su omisión incesante.
Magnicidio
El arma oculta en el véspero del silencio
el hombre firme tras la roseta pérfida de su alma
el connubio de alegrías y lamentos
en la plazoleta transitada de las palmas
de aquel prestidigitador solitario sonriendo ante la
predicción mancomunada. La Gran Deidad
en el abogue desdeñado por los vientos
generales marchando la tiranía de las nubes
instruyendo en el agur de sus pasos lo que en alguna
habitación del corazón apeamos,
altar peripuesto ante el fusco
fogonazo certero. Las estrellas torpes acendradas
en tapiz ilusorio del cielo. La mancha
humana girando en el ojo inocente
sin testimonio insigne encalabrinando
la vetusta estatua yaciente
la cual adoramos.
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