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La Danza de la Muerte sigue para siempre

lunes 1 de febrero de 2016
“Una danza de muerte”, por Michael Wolgemut
“Una danza de muerte”, por Michael Wolgemut

Hace más de cinco siglos el mundo era el mismo, aunque con muy poca tecnología y, tal vez, el yoísmo menos exacerbado, pero ya en cierta poesía se dejaba ver el descontento por tanta desigualdad y tanta injusticia, como las que hoy se disfrazan con jerga cientificista e hipócrita. A esa forma de reclamar con versos, ocasionalmente ingeniosa, suele llamársele poesía social, porque nos cuesta vivir sin el calmante empeño de clasificar, incluso lo desconocido. La llamada crisis espiritual de la Edad Media europea encontró un desahogo y una legítima expresión en la vieja verdad de que la muerte iguala todo y a todos. Creo que no fue un mero consuelo y sobró talento de muchos seres humanos, cuyos nombres resume el anonimato, para urdir una gran metáfora con un gozo un tanto vindicativo.1 Y no de otra manera, me parece, puede considerarse La Danza de la Muerte.2

La Muerte, con todo su poder, como realidad omnipresente, resulta pavorosa, es verdad, para la gente de ego henchido, de vanidad desmedida.

Ya no bastaba con el muerto al hoyo y el vivo al bollo, la muerte no repara en distinciones de cuantas criaturas han vivido, viven y vivirán, y su Danza es más que un pretexto para criticar y decir verdades. La Muerte dice y avisa que tengan en cuenta la brevedad de la vida: de nada valen ambiciones ni títulos, porque todos aquellos que son en el mundo de morir han forzado. Y aunque su prédica, su buen y sano consejo, señala una manera de cumplir perdón para lavar los pecados, el sustento de su temible cantar está lejos de la caducidad. Poco importa si anhelamos el Reino de los Cielos o queremos llegar purificados ante Dios; importa que en este mundo, como al principio de este nunca bien celebrado siglo XXI, unos pocos dejan a muchos sin nada.

Desde un principio, la Muerte deja sentir el peso de su reinado, su condición inevitable:

Avísate bien, que yo llegaré
a tú a deshora, que non he cuidado
que tú seas mancebo o viejo cansado
que cual te fallare tal te llevaré.

Después los convida a su Danza, a su Danza también llamada macabra:

A la danza mortal venid los nascidos
Que en el mundo soes, de cualquier estado:
El que non quisiera a fuerza e amidos
Fazerle he venir muy toste parado.

De allí en adelante deben presentarse uno por uno todos sus convidados, nada menos que todos los mortales, y a cada quien le hace saber sus críticas y comienza a ser la voz acusadora de la mayoría, pero también es la voz de una justicia que pocas veces se ha presentado en la Tierra. Luego de llamar a las doncellas, a quienes por los palacios daré por medida / sepulcros escuros de dentro fedientes, / e por los manjares, gusanos royentes / que coman de dentro su carne podrida, humilla el engreimiento del Santo Padre, asegurándole que de nada le valdrá el bermejo manto ni echar la Cruzada, ni proveer de obispados nin dar beneficios. Así, la máxima autoridad de la época queda desprovista de su pompa y orgullo; también será polvo de nuevo, ¿y no es ése acaso un principio bíblico? Ciertamente, pero pocas veces sentido.

En seguida le toca al Emperador, quien sabe que nadie puede defenderlo, ningún rey nin duque esforzado. La Muerte, ya a punto de abrazarlo, profiere un reclamo tan viejo como la Historia:

Aquí perderedes el vuestro caudal
que atesorastes con gran tiranía.

La Muerte, con todo su poder, como realidad omnipresente, resulta pavorosa, es verdad, para la gente de ego henchido, de vanidad desmedida, y por eso la orgullosa hermana, como siglos después la llamó Thomas Wolfe, es la gran moralizadora, sin pacatería. Gracias a ese poder sus palabras son severas, aleccionadoras y nunca arrogantes. Ella no alberga resentimientos: invita a darnos cuenta, a borrar espejismos, a esquivar las trampas de la inmortalidad, a librarnos del bello embuste y el ardid piadoso.3 Nada ni nadie entre cielo y tierra queda fuera de su dominio: cualquier gloria es poca, cualquier ambición es soplar contra el viento, ¿por qué, entonces, no decirle al Rey?:

Rey fuerte, tirano, que siempre robastes
todo vuestro reino e fenchistes el arca,
de fazer justicia muy poco curastes,
según es notorio por vuesta comarca.

Esa clarísima acusación, ese reproche sin tapujos, ¿no es, acaso, pan nuestro de cada día?, ¿no es texto idéntico al guion de la historia contemporánea? Nada nuevo bajo el sol: sin lujo de metáforas, porque la retórica de la Muerte es su certeza. Y, aunque por creencia arraigada, le hagan decir que ella se debe al pecado original (esto vos ganó vuestra madre Eva / por querer fruta devedada), no deja en punto alguno de ser real y única razón de tanto agite y tanto miedo en el corazón de los seres humanos.

También el temor al infierno confiesan algunos convidados a la Danza, sobre todo el Arzobispo, pero más llama la atención que sea el mismo Arzobispo quien muestre mayor apego a los goces de este mundo:

Viviendo en deleites nunca te temí,
fiando en la vida quedé engañado…

En su desesperación, en su último (o único) arrepentimiento, declara con amargura que siempre fue amador del mundo, y la muerte, que no cree en llantos de última hora, replica con su invariable talante:

Señor Arzobispo, pues tan mal registes
vuestros súbditos e clerecía,
gustad amargura por lo que comistes
manjares diversos con gran golosía…

Los personajes de la Iglesia, de cualquier rango, reciben las palabras hirientes de la Muerte y ellos, en ese trance final, reconocen sus faltas a la fe que aparentan. En ese momento la mentira ya no les sirve y la Muerte, ama y señora de sus pobres almas, los fustiga:

Obispo sagrado que fuistes pastor
de ánimas muchas, por vuestro pecado
a juicio iredes ante el Redentor…

Don abad bendito, folgado, vicioso,
que poco curastes de vestir cilicio;
abrazadme agora, seredes mi esposo
pues que deseastes placeres e vicio…

Don rico avariento, deán muy ufano,
que vuestros dineros trocastes en oro,
a pobres e a viudas cerrastes la mano,
e mal despendistes el vuestro tesoro.

Así llega al sacristán, que pide piedad por ser mozo de pocos días y la Muerte lo juzga de mala picaña y le advierte que ya no tiene tiempo de saltar paredes, nin de andar de noche con los de la caña / faziendo las obras que vos bien sabedes. ¡Qué mal parada deja la Muerte a quienes se han arrogado la representación de Dios en este pequeño y exaltado mundo! Desenmascara su corrupción, sus debilidades terrenales; la voz colectiva, vestida de Muerte, se vuelve jueza, pero no siempre condena ni anuncia castigos; al cura, que se resiste porque quiere folgar con sus parroquianos, ella, segura de su Danza inevitable, sólo le dice:

Ya non es tiempo de yacer al sol
con los parroquianos bebiendo del vino…

que muchas ánimas tuvistes en gremio,
según las registes habrades el premio.

De alguna manera, quien va llegando a la Danza decide su propio castigo según se ha comportado, según su propia conciencia. La muerte sólo se encarga de hacer pública la conducta de cada mortal que comparece ante ella, porque muestra por experiencia lo que dice y ella mata sólo por justa razón y porque a morir habemos / de nescesidad sin otro remedio.

Sólo el labrador y el monje van al encuentro con la Muerte sin pena ninguna, ambos confían en la misericordia divina y son representantes, precisamente, de las clases inferiores.4 El labrador non cura de oír la conseja de la Muerte porque es su trabajo e afán arar las tierras para sembrar pan. La devoción del monje parece indiscutible, salvo por cierta advertencia que la Muerte no pasa por alto:

Pero si fezistes lo que fazer veo
a otros que andan fuera de la regla,
vida vos darán que sea más negra.

Pero el monje de la Danza no alberga dudas, y podría decirse que va a su fin con regocijo:

De cárcel escura vengo a claridad
donde habré alegría sin otra tristura;
por poco trabajo habré gran folgura:
muerte, no me espanto de tu fealdad.

Aquí aparece la otra cara de la muerte, la que poco se ve, y tal vez la verdadera. Ni siquiera puede decirse que el monje se place de la seguridad de llegar a Dios; simplemente la Muerte no lo espanta, en ella ve la claridad, la realísima luz de su existencia. Entonces, morir no es perder, no es perderse, no es castigo ni consecuencia del pecado original. Es la muerte grande, que cada uno lleva por dentro, / la fruta alrededor de la que gira todo, como diría Rilke con cabal sentido religioso en El libro de horas. Surge, así, a pesar del dogma cristiano medieval, el desafío a la gran creencia de esa época; y en su Danza, la Muerte, por boca del monje, deja de ser camino a premios o castigos, aunque él inicie su intervención alabando al Señor que con piedad lo lleva a su santo reino, donde contemplará por siempre jamás la su majestad. Su humildad reside en saber que es mortal, forma perecedera de Dios.

Pero la crítica social nunca se olvida durante la Danza. El abogado recela ir al lugar do no valdrá libelo ni fuero y peor es, amigos, que sin lengua muero: / abrazóme la muerte, non puedo fablar. Y le replica la orgullosa hermana:

Don falso abogado prevaricador,
que de ambas partes llevastes salario,
véngasevos miente cómo sin temor
volvistes la foja por otro contrario.

El físico (o médico) repara en que de nada valen tantos cuidados ni recomendaciones y bien le enfatiza la Muerte que, llegada la hora, no hay Galeno ni Hipócrates que puedan librarlo de comer del feno:

non vos valdrá fazer gargarismos,
componer xaropes nin tener dieta;
non sé si lo oístes: yo só la que apreta.

Y la que aprieta, sin dejar de reconocer que el ermitaño sirvió con diligencia al Señor, le recuerda que con todas sus contemplaciones y oraciones no puede esquivar la Danza, de matara todos aquesta es mi caza. Una vez más, y esa insistencia nunca se olvida durante la Danza, la muerte hace sentir el peso de su primado, no siempre por su propia boca; dice el contador:

Llegué a la muerte e vi desbarato
que fazía en los omes con gran osadía:
allí perderé toda mi valía,
haberes y joyas y mi gran poder…

El recaudador, uno de los personajes más abyectos de la vida medieval, súbdito que ahora ha cambiado su rostro por uno de hombre graduado y civilizado, aparece por demás orgulloso, queriendo excusarse con la prisa que le impone su trabajo; pero la Muerte le echa en cara que su vida se le fue en trabajar cómo robaríedes al ome cuitado. Ese reclamo, como otros expresados en la Danza, se halla en otros textos de la época y posteriores a ella, pero aquí tienen la virtud de no ceder a la tentación de la diatriba personal, del mero odio; también procuran la enseñanza, con ganas de convertirse en verdades señeras. Si no fuese así, no vería en esta Danza, en su representación y protesta, una similitud tan grande con casos y hechos de nuestros días: su valor es la perduración del mensaje articulado por la amargura colectiva y, además, ¿no es la muerte quien le da el más completo sentido a nuestra existencia, sin que por eso deba volverse motivo de penas y desencanto?

A quienes no nombra, de cualquier ley, estado o condición les manda a venir pronto y sin excusas: no hay excepción. A su danza muy dura debemos presentarnos, sea cual fuere nuestro arrebato o nuestra posición, porque jamás cesa, porque siempre están contados nuestros días, aunque nos comportamos como inmortales. Y no habrá escudo ni ciencia ni vanidad ni artimaña que se imponga a nuestra brevedad en este mundo, donde pareciera faltar tiempo para urdir evasivas, para negar que este poco tiempo es el milagro y la eternidad. También hace cinco siglos, cuando apareció la Danza de la Muerte en Europa, sólo el morir emparejaba a todas las criaturas del orbe.

Mario Amengual
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Notas

  1. Pedro Salinas, Jorge Manrique o tradición y originalidad.
  2. Anónimo, La Danza de la Muerte, en Julio Rodríguez Puértolas, Poesía de protesta en la Edad Media castellana, Historia y antología, Editorial Gredos, Madrid, 1968.
  3. Paul Valéry, El cementerio marino.
  4. Julio Rodríguez Puértolas, op. cit.