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Dos capítulos del libro Hablemos, de Octavio Santana Suárez
Hablemos de la Libertad

sábado 2 de febrero de 2019
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Octavio Santana Suárez
“Frente a la libertad como necesidad, defendamos en el bando de Ernest Bloch la libertad como posibilidad”, dice Octavio Santana Suárez.

“Hablemos”, de Octavio Santana Suárez

Nota del editor

Publicado el año pasado por la mítica editorial canaria Baile del Sol, Hablemoses un libro de ensayo con una estructura particular, en el que cada tema es analizado en dos capítulos consecutivos y con una prosa en la que abundan las preguntas, pues son las preguntas el motor esencial de la filosofía. Hoy, por una gentileza de su autor, el escritor español Octavio Santana Suárez, entregamos a nuestros lectores la dupla de capítulos dedicados a la libertad.

Cuanto más sepamos de nuestros semejantes, más nos comportaremos libre y cabalmente… ¿libres?, de importar la importancia de lo que interpretamos, por supuesto; Aristóteles nombra libre al que tiene en sí el principio de sus actos, Galluppi insiste en que la libertad consiste en no querer cosas que queremos y en querer cosas que no queremos… vivir implica un libre concurso de la voluntad que nos impele a ejercer de mortales con vocación de inmortalidad. Diferenciar la verdad del error lleva a gozar de la libertad, ¿cabe mérito en ausencia de libertad?; ¡por Cristo!, a pesar de que los problemas fragüen las soluciones, repliquemos a los imprevisibles desafíos del ambiente que nos rodea votando por las que mejor encajen, porque disponer de tal disposición donde las circunstancias oprimen nos pertenece, ¿la decisión de hoy no orienta después los hechos en un sentido apetecido y permitido por las inquietudes que acechan desde el futuro?; ¿queda aclarada la variedad de conductas constatables?, leí que “apenas el hombre escoge, es lo que escoge ser”, ¿y acertamos a escoger algo que no hayamos ya escogido? No, no faltó entre los antiguos maestros quien pretendió reconocer en nuestras frágiles iniciativas chispas de libertad que rompían con el ordenamiento cósmico, y el propio Erich Fromm sentenció que avanzamos y crecemos mediante gritos de desobediencia, por tanto, ¿la capacidad de desobedecer, requisito de libertad?

Distingamos el producto de la libertad, ¿por su intercesión no nos autoconstruimos?

¿La necesidad?, postulado de la ciencia, restricción de los sistemas, ¿las leyes no reducen siempre los horizontes?; la marcha general marcha de acuerdo con un encadenamiento minucioso, pero ninguna premisa sentó cátedra desde la eternidad: persistimos ilimitados en desear y representar vanidad, y limitados en poder, satisfacción, realidad, inteligencia —deterministas cuando pioneros, atrevidos cuando colonos. ¿La libertad?, postulado de la conciencia, restricción del entendimiento, ¿practicarla no impone barreras en cualquier dirección?; define su carácter el seguir sin menester ni coacción lo que la razón establece: desistimos del insolente necesarismo de los obcecados naturalistas y del polémico indeterminismo de los comienzos del historicismo —traducen inadecuadamente las facultades del alma. ¿Qué encarna lo necesario?, lo que no puede no ser: la menor expresión de lo dable; en caso de despertar de repente de su largo sueño, ¿la piedra no experimentaría libertad mientras cae?; en el naufragio total de toda contingencia no llegaríamos más que a inclinar la cabeza, y a que el silencio acogiera en paz la evidencia de una exigencia incomprensible, ¿qué restaría?, una honda resignación. ¿Y lo posible?, el campo abierto a la audacia, lo que puede ser: el límite superior de lo humano; ¿el impulso propinado a un cilindro no lo pone a girar según la forma cilíndrica?, ¿por qué extraña que respondamos a lo que nos sucede según nosotros?, la causalidad somete exclusivamente a lo que sucede, no a las pautas morales.

¿Libertad coincide con necesidad?, ¿a medida que baja el sol no aumenta la sombra? Aunque de unas pocas reglas de juego deduzcamos las partidas, aquellas indispensables relaciones lógicas no contienen estas ocasionales conexiones de éxitos y fracasos, ¿acaso el conocimiento de un acontecimiento presente lo decreta?, tampoco el de uno futuro obliga a que ocurra —ocurre lo que puede ocurrir, no lo que debe ocurrir—; y entonces, ¿qué indican las inexcusables normas?, el camino que muestra en su trazado la meta a cubrir: el bien —constituye la sustancia del mundo. De Jaspers aprendimos que la historia habla de una intencionalidad aceptada incondicionalmente que despeja lentamente su letargia, de Epicteto que nada sacamos de oponernos a lo que no conseguimos evitar, y sí de pujar por lo que logremos obtener. Distingamos el producto de la libertad, ¿por su intercesión no nos autoconstruimos?; de elegir en consecuencia acabaríamos en la auténtica elección, dediquemos muchas horas a sopesar los sentimientos, las opiniones, los caprichos descabellados, ¿volveremos sobre un buitre que roe el hígado de un Prometeo atormentado por robar el fuego celestial o anunciaremos un amor que tiende a regresar a la unidad primera?, ¿y si la necesidad no fuera más que apariencia?, ¿que sólo bulle por doquier una rabiosa espontaneidad?, ¿y si la liberalidad no fuera más que un punto de equilibrio entre avaricia y prodigalidad?

Los valores interiores, ¿secuelas accidentales de choques mecánicos?, no, igual que la obra de arte con su artista sugiere a Dios; ¿y qué abarca el hábito?, depende de cuándo y cómo nos empuje a proceder, ¿no degrada lo rescatado a instinto, el espíritu a materia? ¿De qué manera casan los inceñibles dominios de Dios con la autonomía ética de sus ceñidas criaturas?, Pringle-Pattison señaló el misterio último que la palabra Creación dejó inexplicado, ¿permanecemos a oscuras como el centro de la llama?, de no habernos manumitido, ¿estaríamos tratando ahora de una deidad creadora? ¿Qué predica el determinismo?, un áspero abandono en lo revelado, ¡qué amargo fruto el de un privilegio negado!; ¿y qué instituye la trascendencia?, un ceremonial de libertad, ¿o quizá libertad misma parafraseando a Heidegger?, Bonhoeffer apuesta por que trascender signifique alcanzar lo próximo alcanzable, concedido una y otra vez, no asir el inasible infinito, ¿la existencia, esencia de trascendencia? De un modo que escapa a los preceptos que rigen el pensamiento, creo conciliable presciencia divina y opción personal, ¿con la afirmación de que el Ente origina lo existente y lo existente retorna al Ente, Gioberti no soslaya la identificación propuesta por los panteístas..? Aspiro a la soberanía interior de Rogerio Bacon, aspiro a moverme por el tiempo con la facilidad con que el aire corre por la luz.

 

¿Sólo rendimos honores a los incorruptibles cuando aprietan el gatillo a nuestro favor?, ¿por qué los líderes de opinión no corrigen tal conducta?

más de la Libertad

¿En qué punto del Universo reina una mayor libertad?, Pico de la Mirandola señala al hombre, ¿y Feuerbach no le echa en cara su odiosa mezcla de carencias y urgencias, su ociosa capacidad de gozo y frustración?, una débil criatura, que crece al crear y que recrea con preceptos distintos a los de la naturaleza, aporta solera y efectividad a un paisaje inexcusable; por concordancia con los fenómenos, cumplimos con las leyes que guardan el resto de los fenómenos, y por concierto con los noúmenos, anchamos el horizonte que compartimos con los libres, ¿condenados a libres, o libres de no considerarnos libres? Frente a la libertad como necesidad, defendamos en el bando de Ernest Bloch la libertad como posibilidad: “el hombre es la posibilidad real de todo aquello en lo que se ha convertido a lo largo de la historia y, sobre todo, de aquello en lo que puede convertirse en el futuro” —golpe a golpe, marchamos del “no poder ser de otro modo” al “poder ser de otro modo”. Aunque el proceso parezca respetar un curso trazado y su previsión parezca factible, ningún mortal alcanza a predecir lo que ocurrirá porque siempre tropezaría con la determinación autodeterminante, ¿pretender lo contrario no la supondría predeterminada? Si extraña que una verdad abandone su trinchera de verdad, ¿no extrañaría más que una inteligencia sucumbiera a los disparos?, progresa con bastante desigualdad: durante los períodos de estancamiento corre de noche y excava a la manera de los topos, en las épocas de estallido destapa violencias contenidas y avanza arrolladoramente a pleno día; ¿y cómo llegar a campeón en autonomía?, con lograr independizar por entero re-acción de acción fracasarían las presiones y opresiones emprendidas con el insano propósito de quebrar ansias de libertad —Tracy entronca libertad con satisfacer la voluntad y complementa a Paracelso con “no sea de otro quien pueda ser suyo”.

A pesar de que en “la historia es lo que la historia era”, el pasado “era” carga sus espaldas con la estabilidad —su fatalidad— y el presente “es” lleva a que la historia constituya el principio de la historia. Del juego de las opciones deriva una honda problematicidad: una auténtica fuerza que encamina el alma a la bondad fértil y un desgraciado sentimiento que trae consigo desgarros estériles. ¿A qué preferir el mal?, obedece a la repulsión por el coraje que exige la práctica del bien y a las coerciones de codicia o de hambre de algo, ¿no valdrían más reposos ordenados en aquiescencia con goces constructores que agitaciones desordenadas en condescendencia con placeres destructores?, el irremediable anverso suena más a una deficiencia inevitable que a característica; ¿sólo rendimos honores a los incorruptibles cuando aprietan el gatillo a nuestro favor?, ¿por qué los líderes de opinión no corrigen tal conducta? ¿Cabe pensarnos artífices de la historia?, los insensatos que crean tamaña insensatez menosprecian la trascendencia de los ideales, reducen el derecho a la justicia a mero pretexto y acaban profanando el cuerpo sagrado de la vida: imaginemos que un perfeccionista del dibujo trace a la perfección extremidades, cabezas, torsos y demás miembros de modelos diferentes y trate de completar una figura humana…del bosquejo que obtenga saltará a los ojos el molesto yerro de la desarmonía —en vez de representar a un semejante, encarnó a un monstruo. ¿Vendremos de la degeneración de esencias racionales por pereza y rebelión?, no conviene elevar las ecuaciones seculares a ecuaciones lógicas, ¿por encerrar tanta riqueza no crujirían hasta reventar?; en el acontecer de los tiempos, Orígenes observó la redención de nuestro destino primero que nadie, ¿el espíritu no despliega sus alas según la medida de cada época?, y así, época a época, el mundo visible regresará al invisible.

¿Respiramos libertad mientras consintamos en seguir la necesidad que alguien escribió secretamente en nuestra condición?

¿Estimamos simple un centro?, ¿las inabarcables líneas que confluyen en él no forman una infinidad de ángulos?, ¿y hacemos de la historia un ejercicio de libertad sobre el escenario de una múltiple libertad en lucha?, ¿la forjamos necesidad por no existir empeño personal sin meta?, no permitamos a Maimónides que exagere el papel de la libertad, ¡cuidado con atribuir a disposiciones protagonistas más de lo necesario para desbaratar necesitarismos filosóficos!, no admitamos de Gersónidas que rodee la libertad con una tupida red de implicaciones, ¡cuidado con aceptar engañosos mecanicismos que adquieran aspecto de finalidad!, Kant habla de un proyecto orientador en el que los individuos inspiran las propias intervenciones y los filósofos demuestran un suceder prescindible e infalible. ¿Respiramos libertad mientras consintamos en seguir la necesidad que alguien escribió secretamente en nuestra condición?; ¿no dijo Homero que los episodios de un héroe mantienen correlatos con la obra de un dios?, el esquema de Pomponazzi, que atenúa la ruptura entre los ámbitos terrenal y celestial, ¿no sostiene un causalismo astrológico que aminora el incontrolable componente fortuito?; ¿nuestra alternativa consiste en avisar con Epicteto de que “las cosas son lo que son y nada más”?, ¿una moral de aceptación que aspira a dar asentimiento y apenas intenta cambios?, y ya que no enseña su rostro más que en el instante de decidir, ¿debemos descubrir bajo la necesidad una espontaneidad más persistente que cualquier elección o insistir en el clinamen de Epicuro —eventualidad de escapar a un movimiento de caída por gravedad—? Por resultar intolerable explicar la historia apelando a automatismos, apostemos con Bernstein por una ética indispensable antes de obstinarnos con Marx en impregnar de pragmatismo jacobino unas despiadadas concepciones —jamás los tejedores hundieron sus dedos en las calidades que acostumbra el pianista.

Octavio Santana Suárez
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