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Internarnos en lo desconocido, a solas con nosotros mismos

jueves 27 de junio de 2019
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Internarnos en lo desconocido, a solas con nosotros mismos, por Rafael Fauquié

“Tiene que haber un punto, una salida;
el sitio del seguir más verdadero”.
Juan Ramón Jiménez: Espacio
“El que cierra los ojos se convierte en morada
de todo el universo. / El que los abre
traza las fronteras y permanece a la intemperie”,

dice Olga Orozco.

En alguna parte de su obra, dice el novelista Graham Greene: “Ser humano es también un deber”. Un deber que, esencialmente nos conduce a la más digna consecuencia de nuestros aprendizajes: el reconocimiento y aceptación de nuestra realidad: perspectiva personal que suma miradas, sueños, elecciones, comprensiones, memorias, temores, proyectos… Perspectiva que describe un sentido de continuidad y crecimiento en nuestro tiempo.

Todo cuanto nos ha sucedido y nos sucede significa, contribuye a hacer de nosotros lo que hemos sido y somos. Todo forma parte de esa realidad que es la nuestra: historia personal donde tienen cabida también lo deseable, lo ilusorio, lo esperanzador. Junto a lo que nos rodea, lo que quisiésemos que nos rodease; al lado de nuestras experiencias vividas, los espejismos de los que no podemos separarnos; cercanos a memorias y referencias, los sueños, las esperanzas, las ilusiones… Todo es parte de nuestra perspectiva, de nuestra sabiduría de vida.

La curiosidad hace de cada individuo un aventurero en pos de sus sueños y sus búsquedas.

En una entrevista concedida a Octavio Paz, el poeta Robert Frost menciona la necesidad de mantener vivo “el deseo de internarse en lo desconocido y el deseo de quedarse a solas con uno mismo”. Doble intención de un mismo propósito: construir un camino siempre cercano a los espacios —a veces amplias superficies, a veces profundos y confusos escondrijos— de nuestra conciencia. Internarnos en lo desconocido apoyándonos en eso que fuimos eligiendo, conociendo, valorando; apegándonos a verdades parecidas entre sí porque todas se relacionan con eso que somos y eso que creemos; respondiendo nuestras preguntas necesariamente apoyados por la curiosidad y alejados de la amenazante indiferencia.

La curiosidad hace de cada individuo un aventurero en pos de sus sueños y sus búsquedas. Es fuerza que lo proyecta fuera de sí mismo, más allá de sus ahoras y hasta esos lugares donde residen para él la promesa y la ilusión. Su mayor reto: permanecer curioso, abierto siempre a nuevos aprendizajes y saberes; conservando inalterable la intención de iniciar proyectos, de continuar aprendiendo…

Opuesta a la curiosidad, la indiferencia es vacuidad y conformismo, pasividad estéril, apatía y desinterés, inercia e inconsistencia. La indiferencia rutiniza gestos y pasos, visiones y actos. Iguala rostros y comportamientos. Rasa acciones y destinos. Desvanece iniciativas y descubrimientos. Inmoviliza al indiferente clausurándolo dentro de estrechos límites y haciendo de su entorno estéril escenario sin finalidad ni significado. El indiferente es un ser desdibujado. Condenado por voluntad propia a la resignación y al desinterés, es incapaz de comprometerse. No se compromete porque ni cree ni valora.

Curiosidad o indiferencia: moverse en el sentido de la una o de la otra, actuar de acuerdo a la una o a la otra. El curioso, llevado por su necesidad de entender, imagina rumbos para sus pasos y horizontes. El indiferente, ciego y sordo a cuanto no sea su inmediata instantaneidad, sobrevive en medio de una errabundez de ahoras, rodeado de hábitos y comportamientos siempre iguales a sí mismos.

Al curioso le es impensable no responder a las interrogantes que lo acosan. El indiferente, sumergido en la imitación de muchos lugares comunes y muchísimos gestos reiterados, permanece al margen de casi todo. Mientras el curioso no cesa de indagar en su tiempo, el indiferente se resigna al sinsentido de su tiempo.

Curiosos, siempre curiosos, nos aventuraremos “en lo desconocido”, pero necesariamente cercanos a nosotros mismos, a nuestra experiencia, a nuestra memoria. “La nuestra —ha dicho Octavio Paz— es la primera época que se apresta a vivir sin una doctrina metahistórica; nuestros absolutos —religiosos o filosóficos, éticos o estéticos— no son colectivos sino privados”. Nuestros absolutos pertenecen, cada vez más, a la esfera de lo individual. Postulan respuestas muy cercanas a esas experiencias que nos ha tocado vivir. Hablan de recuerdos y esperanzas, de vocación y proyectos de vida, de sentimientos y emociones, de aprendizajes e ideales; en suma: de tiempo individual.

La desconfianza hacia los absolutos viene de muy antiguo en nuestra cultura occidental. Ya en sus Confesiones, san Agustín recomendaba a los hombres no perderse en la indescifrable vastedad de los afueras, sino más bien orientarse hacia el propio mundo interior. Muchos siglos después, Miguel de Montaigne propuso en sus Ensayos mirar y entender siempre desde la propia experiencia y, sobre todo, desde la propia ética.

Montaigne, un pensador moderno que se esforzó por mostrar a los seres humanos que la razón existía para ayudarlos a entenderse a sí mismos y desde sí mismos, volvía una y otra vez en sus escritos al viejo dicho de Protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas”. Lo que en modo alguno suponía afirmar que el hombre fuese el centro de todo sino que, una vez que el destino humano había dejado de reposar en la voluntad de un Dios todopoderoso e inalcanzable, las grandes preguntas de los hombres sólo podrían respondérselas ellos mismos. Era el comienzo de un nuevo saber para la humanidad: menos grandilocuente, más vulnerable; emparentado con sentimientos de soledad y, sobre todo, con la terrible, con la desoladora sospecha del sinsentido de la existencia.

Sobre uno de los más antiguos y profundos absolutos del ser humano, la fe en lo divino, recuerdo el certero consejo de Rilke en la sexta de sus Cartas a un joven poeta: buscar a Dios depende de cada voluntad individual. La idea misma de una deidad deja de ser referencia absoluta para convertirse en algo mucho más “humano”: creación o respuesta de una persona ante su vulnerable soledad, una consecuencia de su desamparo o su temor. En fin, Dios —¿dios?— existe, esencialmente, en la conciencia de cada individuo. ¿Nos resulta Dios necesario? Entonces busquémosle. Hagamos nuestros mayores esfuerzos para encontrarlo e incorporarlo a nuestra realidad personal. De lo contrario, acaso en su lugar nos basten esos aprendizajes propios que nos fueron conduciendo hacia razones y verdades que hemos llegado a considerar irrefutables.

A la palabra del verdadero pensador, eterno aprendiz de la vida, se opone el soliloquio de ideólogos que actúan en favor del adocenamiento de muchos.

Sin embargo, y de manera absurda, en nuestro tiempo occidental aún escuchamos frecuentes vociferaciones encargadas de proclamar absolutos ideológicos. Contemplamos, así, el reiterado espectáculo de ideólogos promotores de sistemas de pensamiento garantes de felicidad colectiva, preconizadores del sentido y la lógica de la historia; seres embarcados en la aventura de esclarecer el pasado y el porvenir humanos gracias a ideologías demandantes de credulidad y, sobre todo, de obediencia. Propagandistas lamentables de poderes que los alimentan o alientan, estos “pensadores” suelen encarnar en dos seres opuestos: el sumiso esclavo o el brutal verdugo; bien esclavos de alguna doctrina o rostro gobernante, bien verdugos de sus propios conciudadanos: desenlaces contrarios de consecuencias igualmente deshumanizadoras.

Inconcebible resulta que personas que debieran permanecer cercanos a verdades surgidas de su tiempo y de su camino, terminen míseramente reducidos a la condición de divulgadores de tesis sobre la incapacidad humana para enfrentar la vida por ella misma. A la palabra del verdadero pensador, eterno aprendiz de la vida, se opone el soliloquio de ideólogos que actúan en favor del adocenamiento de muchos. Lo que desmentiría su condición de creadores imposibilitados —paradójicamente, puesto que se consideran a sí mismos pensadores— de pensar por sí mismos. Sólo la afirmación de lo individual, el respeto a la libertad y la dignidad de la persona humana, lograrán enfrentar la inhumanidad de sistemas de pensamiento dogmáticos y alienantes.

Es difícilmente predecible el tiempo construido por los hombres, y es grotesco predicar a éstos solitarias verdades, y, muchísimo más grotesco aún, relacionar dichas verdades con algún rostro humano o algún determinado partido político. Existen y existirán siempre seres muy mal avenidos con ciegos acatamientos: individuos empeñados en obedecer a sus intuiciones, a entenderse con su memoria y dispuestos a no abandonar nunca ciertos sueños. Personas apoyadas, por encima de cualquier otra cosa, en su libertad, y que, frente a toda impuesta alienación, se acogen al refugio de su conciencia.

En la primera de sus Cartas a un joven poeta, Rilke alude la conciencia humana como el único lugar donde encontrarnos a solas con nosotros mismos y realmente ser capaces de entender, de entendernos: “Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie —dice al joven que le pide consejo—. No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo”.

En otra carta, la sexta, fechada en Roma en diciembre de 1903, Rilke relaciona el tema del amparo de la conciencia con el de una necesaria soledad. Sólo ésta —dice— permite a los hombres apartarse de la confusión exterior y reconocerse en el espejo de sus recuerdos. Recuerdos como los de esos momentos de la infancia cuando comenzábamos a vivir y nacían para nosotros actitudes y visiones que acaso nos acompañarán por siempre. Acogernos, por ejemplo, a la evocación de nuestra entrega a esos juegos infantiles que todo lo abarcaban y fuera de los cuales nada parecía tener sentido.

Se pregunta Rilke: “¿Por qué no seguir mirando todo con los ojos de la infancia, desde la profundidad de nuestro propio mundo, desde las extensas regiones de nuestra propia soledad? ¿Por qué empeñarse en querer cambiar el sabio no-entender del niño por un espíritu constantemente en guardia… ya que no comprender es estar solo, mientras defenderse y despreciar equivale a tomar parte en aquello de lo cual uno quiere precisamente desligarse?”. En fin: no esforzarnos por entender lo innecesario, precisamente para poder entender lo verdaderamente necesario; rescatarnos en la realización de lo que pueda apasionarnos; negarnos a tanta absurda obsesión por imponernos cosas que no nos conciernen; refugiarnos o preservarnos dentro de la memoria de nuestro camino andado…

“Escribir es trazar un camino”, dice Octavio Paz en El mono gramático. Camino diseñado por el propósito de dar un sentido a nuestro tiempo vivido; y, también, como una manera de aprobarnos junto a ese sentido. Se trata de escribir voces cómplices de nuestras experiencias; eventualmente relacionadas con la esperanza más que con el desaliento, con las convicciones más que con las dudas, con las promesas más que con las omisiones…

Suele definirse a la escritura como el más solitario de los oficios Afirmación algo cuestionable. Si bien es cierto que solitariamente escribimos, lo hacemos siempre con el convencimiento de un destino y la convicción de un destinatario para cuanto nos resulta imposible callar.

“Las verdades que se callan se hacen venenosas”, dijo Nietzsche. Y acaso ése sea uno de los puntos de partida de la escritura: poner nuestro amor por las palabras al servicio de la comunicación de descubiertas verdades; a medida que vivimos y vamos aprendiendo de la vida, utilizar nuestras voces para nombrar certezas junto a las cuales dibujarnos nosotros mismos.

Al comparar la escritura con el diseño de un camino no puedo sino evocar el largo poema Espacio de Juan Ramón Jiménez, escrito ya hacia el final de su vida. Espacio es una amplia construcción de voces donde el poeta escoge habitar. Es la forma construida por una conciencia que busca respuestas a las más trascendentes interrogantes: ¿por qué vivo? ¿Para qué vivo? ¿Qué sentido tiene mi existencia? Respuestas que el poeta responde a su manera: “Cualquier forma es la forma del destino… Todos somos actores aquí, y sólo actores, y el teatro es la ciudad, y el campo y el horizonte, ¡el mundo!”.

Toda escritura es, a la vez, fijeza y desplazamiento; detenida palabra sobre la página que la acoge y, también, paulatino avance en voces siempre sucesivas.

Reflejo de una conciencia que ha acumulado muchas experiencias, Espacio es testimonio de pasos y actos, de paisajes y horizontes. En él memorias, verdades y comprensiones se hacen argumento que concluye cerrándose sobre sí mismo. Por ello, simbólicamente, el poema finaliza de la misma manera como había comenzado: reconociendo la importancia de la propia humanidad; de algún modo, divinizando la condición humana: “Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo”.

Toda escritura es, a la vez, fijeza y desplazamiento; detenida palabra sobre la página que la acoge y, también, paulatino avance en voces siempre sucesivas. En su factura misma, Espacio evoca esa dual condición: memoria de definitivas imágenes y, a la vez, ritmo de una existencia construida por recorridos y propósitos. La escritura sostiene al poeta en su caminar, a la vez que ella misma va haciéndose territorio protector.

Exiliado en los Estados Unidos, tras la guerra civil española, Juan Ramón Jiménez, alejado de esos sitios a los cuales la vida lo había llevado a renunciar —Palos de Moguer, Madrid, España—, necesita hablar, precisa decir y decirse. Y lo hace comunicándose —“en español”— con los perros, los gatos y los árboles de Nueva York. A estos últimos los compara con los árboles de Madrid: “En el jardín de St. John the Divine, los chopos verdes eran de Madrid; hablé con un perro y un gato en español”.

Desde su exilio, el poeta dibuja con sus voces un espacio en el cual resistir, dándose fuerzas para seguir aventurándose por entre un rumbo predecible en el presagio de ciertos desenlaces: “(Soy) fuga raudal de cabo a fin”. Es un caminante empeñado en preservarse al lado de cuanto lo fortalezca; por ejemplo en el recuerdo de afectos y vivencias esenciales al lado de una presencia femenina: “…Te miro como me miro a mí y me acostumbro a toda tu verdad como a la mía”.

Importancia de la mujer: de su realidad, de su influencia; de su compañía al lado del poeta, quien reconoce haber descubierto junto a ella horizontes, paisajes y coloraciones que quizá nunca hubiese descubierto por sí mismo. Un reconocimiento que, generalmente, llega solo con los años y junto a un sentimiento difícilmente perceptible al comienzo del camino: la imposibilidad de atravesar el tiempo sin una compañía que nos afirme, que nos ayude a entender. Imposible sumar recorridos sin voces y miradas que sostengan las nuestras. Imposible —o invivible— la vida sin un ser que nos ayude a reconocernos en nuestra propia espiritualidad. Imposibles —o inconcebibles— actos y pasos desvaneciéndose en el aislamiento.

“Suma es la vida, suma y dulce”, escribe hermosamente Juan Ramón. Y es que todo en el camino se trata, efectivamente, de sumar, de reunir, de agregar; y, sobre todo, de no repetir nunca el error —producto de la inexperiencia— de absurdamente empeñarnos en restar, preterir, ignorar… Acaso por ello, más que cualquier otra vivencia, el amor está hecho de tiempo capaz de traducir la experiencia de vivir en suma de humanísimos sentidos. Pero tan contundente como la verdad del amor es la verdad dolorosa del adiós: a cosas y a lugares, y, sobre todo, a ciertos rostros, a relaciones perdidas para siempre y que se niegan a ser olvido.

Espacio es forma de imaginarios que proyectan una vida principalmente a partir de dos referencias: un centro donde se ubica el poeta y un camino evocador de itinerarios andados. Centro y camino: morada y trayecto: espacios de vida apoyados sobre una humana voluntad; lugares construidos junto al tiempo, inseparables de esa libre temporalidad que va dándoles forma; escenarios que aferran al poeta a su presente, obligándole a mirar hacia delante, un adelante que se adivina efímero, dolorosamente cargado de recuerdos y de nostalgia.

Refiriéndose al centro, Nietzsche habló alguna vez de ese sitio personal e íntimo que los hombres construíamos a lo largo de nuestra vida y terminaba por convertirse en una mezcla de morada y de prisión. Ese lugar evocado por Juan Ramón cuando éste afirma: “Todo se ve a la luz de dentro, todo es dentro”.

Nuestros adentros, nuestro centro: compleja realidad donde residen pasado, presente y una voluntad de porvenir. Nuestra voluntad nos impone ese centro en el que conviven, lado a lado, alegrías y tristezas, confianzas y sospechas, equilibrios y desasosiegos. Un centro donde somos, a la vez, permanencia y cambio; donde interpretamos el mundo; hilvanamos recuerdos, a veces con amable parsimonia y a veces en medio de remordimientos y conflictos.

Sin centro permanecemos como a la deriva: frágiles ante el afuera y vulnerables frente a las circunstancias. Opuesto a lo céntrico está lo periférico, lo límite, lo ajeno. En su texto La búsqueda del presente, Octavio Paz evoca la condición “céntrica” de su infancia: “Vivía en un pueblo de las afueras de la ciudad de México, en una vieja casa ruinosa con un jardín selvático y una gran habitación llena de libros. Primeros juegos, primeros aprendizajes. El jardín se convirtió en el centro del mundo… todos los tiempos, reales o imaginarios, eran ahora mismo… todo era aquí: un valle, una montaña, un país lejano, el patio de los vecinos”. Paz describe su mundo infantil como un inmenso centro donde todo era “aquí” y “ahora”, donde el mundo y el futuro pertenecían al presente de un niño y donde se percibían —demasiado densos y terribles— el desamparo y la separación. Sobre todo la separación.

Entre el ruido de la irracionalidad y el silencio de la ausencia de significados, nos centramos en nuestras voces.

Tal vez el primer y más doloroso recuerdo de un ser humano sea un sentido de lejanía ante la confusión o impredecibilidad de lo exterior. Cito de nuevo a Paz, ahora en el comienzo de uno de sus últimos libros, Itinerario: “Me veo, mejor dicho: veo una figura borrosa, un bulto infantil perdido en un inmenso sofá circular de gastadas sedas, situado justo en el centro de la pieza… Hay un ir y venir de gente que pasa al lado del bulto sin detenerse. El bulto llora y nadie lo oye. Él es el único que oye su llanto. Se ha extraviado en un mundo que es, a un tiempo, familiar y remoto, íntimo e indiferente. No es un mundo hostil: es un mundo extraño, aunque familiar y cotidiano…”. Un adulto recuerda a ese niño que fue. Un niño que intuye la absoluta necesidad de una morada capaz de dar sentido a todas las cosas, a todos los impulsos, a todas las formas de la imaginación.

“Sobreviene la angustia cuando se pierde el centro”, ha dicho María Zambrano. De allí que la expresión “centrarnos” aluda siempre a definición, ubicación, adaptación. El centro, dijo alguna vez Confucio, es armonía y rectitud; preludio de la paz, de la serenidad y de la virtud. Ese centro que pretendemos conquistar y que al final —si fuésemos afortunados— pudiésemos alcanzar, será lo que nos conduzca hacia nuestra propia aceptación.

Uno de los mayores atributos de la escritura bien pudiese ser la configuración de nuestro centro. Y es que las palabras son, también, centro. Entre el ruido de la irracionalidad y el silencio de la ausencia de significados, nos centramos en nuestras voces. Con ellas nombramos una voluntad de metas y designios. Con ellas dibujamos la legitimidad de nuestro camino.

Si el centro es ese lugar donde, como dice Juan Ramón, “todo es dentro”, el camino sería el espacio donde todo es comunicación con el afuera; travesía en la que, mucho más que de avanzar, se trata de entender, de alcanzar la coherencia, de conquistar una armoniosa continuidad…

El caminante avanza en medio de ese presente que lo envuelve, empeñado en convertir su camino en diseño de vida. Una de sus mayores satisfacciones será la potestad de comenzar, de crear cosas nuevas, de aventurarse hacia recorridos que lo conducirán hacia otros horizontes. Protagonista de sus ahoras, el caminante se sabe eterno aprendiz obligado a extraer de cada logro y de cada fracaso un mayor conocimiento de sí mismo. Entre la confianza y la sospecha, entre el optimismo y el desaliento, a veces alimentado por el coraje y en ocasiones debilitado por el temor, el caminante intuye que diseñar de lejos el camino, a imagen y semejanza de sus deseos, pudiera lucirle fácil, pero aprenderá que puede resultarle muy difícil el transitarlo.

Nietzsche definió certeramente una de las principales máximas del camino: “Lo que no te destruye te fortalece”. Si no es destruido y logra continuar su marcha endurecido por la superación del error o la asimilación del fracaso, el caminante se afirmará sobre experiencias traducidas en beneficiosa enseñanza.

Fuerza del caminante capaz de extraer del camino cuanto pudiera enriquecerlo.

Afortunado el caminante que logre reunir certeramente arrojo y lucidez.

Construir para luego destruir: pesada carga del caminante torpe o demasiado seguro de sí mismo.

Opuesta a la imagen del caminante está la del transeúnte. Mientras aquél ha sabido otorgar un sentido a su tiempo y un significado a cada uno de sus itinerarios, el transeúnte no es sino un dilapidador de tiempo; un sumador de desplazamientos sin secuelas. El transeúnte —eventualmente rebajado aún más a la condición de tránsfuga— ni permanece ni construye.

Para todo ser humano se tratará siempre de ser caminante, nunca transeúnte; jamás convertirse en un fútil hacedor de desmemorias…

Rafael Fauquié
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