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El ensayo de un yo

domingo 11 de julio de 2021
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Michel de Montaigne
Montaigne había hecho mucho más que mostrar su rostro individualizado: reveló a los hombres una manera de utilizar su voz. Grabado de J. C. G. Fritzsch (1753)
“Tengo mis leyes y mi corte para juzgarme; a ellas me dirijo más que a las otras”.
Miguel de Montaigne: Ensayos
“No hay parte en nosotros en que no repose la eternidad y sus mundos, el pasado y el advenir. El universo exterior es el reino de las tinieblas, que proyecta su sombra en nuestro interior, la región luminosa”.
Novalis: Granos de polen
“La curiosidad universal es signo de vitalidad únicamente si lleva la huella absoluta de un yo, de un yo del que todo emana y en el que todo acaba: comienzo y fin que puede, soberanía de lo arbitrario, interpretarse según los criterios que se quiera”.
Emile Cioran

El historiador de arte Pierre Francastel recuerda que “el retrato más antiguo que se conoce al norte de los Alpes —fuera del dominio italiano— es una pintura sobre madera que representa al rey Juan el Bueno ejecutada hacia 1360”. A todo lo largo de la Edad Media, no pareció existir voluntad por identificar o perpetuar imagen particular de personaje alguno. Retratar un rostro se acercaba a la convicción de que en ese rostro pudiese existir algo de único, de original, de distintivo; de que él lograse representar la irrepetibilidad de un camino, de una conciencia. El descubrimiento de la conciencia individual es, de alguna manera, la proyección de la razón en la visión que un ser humano posee de sí mismo: algo cercano a la noción de personalidad, cercano al célebre “¡Conócete a ti mismo!” de los pitagóricos y a esa racionalidad que, a partir de algún momento, hizo que los hombres llegaran a percibirse como solitarios protagonistas dentro de un mundo y de un tiempo terrenales.

“El yo es aborrecible”, escribió Blas Pascal un siglo después de que Montaigne hubiese publicado sus Ensayos. En realidad, Montaigne había hecho mucho más que mostrar su rostro individualizado: reveló a los hombres una manera de utilizar su voz; no sólo para decirse sino, acaso sobre todo, para reconocerse a sí mismos al hacerlo. “Yo me estudio más que cualquier otro tema —había dicho el señor de Yquem—, es mi metafísica, es mi física”. Con sus Ensayos, Montaigne señaló que ante las confusiones y la indescifrabilidad del mundo la escritura podía convertirse en centramiento: ubicación de un ser de palabras alrededor de su propia lucidez. Conocimiento y memoria desde el yo y propósito de comunicarlos: punto de partida del ensayo. Esencialmente, él es el reflejo de una faz sobre una voz. Como dice el propio Montaigne: “No hay nadie que, si se escucha, no descubra en sí una forma suya, una forma matriz, rectora…”. Sin embargo, casi como una especie de advertencia, aclara: “Nadie puede ser a sí mismo su propio fundamento; si pretende ser el maestro de sus propios valores, si se esfuerza por despejarlos de su devenir íntimo, se lanza a una empresa tan vaga como la de agarrar el agua con el puño”. O sea: el yo necesita aferrarse a sí mismo, pero sin perder la conciencia de su frágil transitoriedad, de sus desdibujamientos posibles, de su evanescencia real. Con Montaigne, con el tiempo renacentista, daba comienzo una escritura que trataba de enfrentar la percibida complejidad del mundo desde la fragilidad del yo: esfuerzo de los seres de palabras por entender y entenderse dentro de un universo cada vez más inabarcable y distante. Recientemente, leí un comentario acerca de la coincidencia temporal entre el descubrimiento que los hombres hacían de su yo y el descubrimiento de los espejos: esos objetos que devuelven, reflejada hasta en sus más mínimos detalles, la imagen proyectada sobre ellos. No ya el incierto reflejo de las láminas de metal que fueron los espejos de la antigüedad, sino esa nueva superficie de brillante cristal recubriendo azogue y que permite reflejar cualquier objeto con absoluta exactitud. Un yo que se contempla sobre un espejo y un yo que se dibuja por entre las páginas del libro que ha escrito parecieran ser, de muchos modos, semejantes: testimonio de un mismo ser humano que se mira y se reconoce, y que, en ambos casos, tal vez se haga la misma pregunta: ¿quién soy yo realmente?

Varios siglos después de Montaigne y del Renacimiento, el Romanticismo hubo de llevar la noción del yo hacia nuevas alturas. De hecho, el culto al yo se convertiría en uno de los hallazgos centrales del movimiento romántico. Como dijo Novalis: “No hay parte en nosotros en que no repose la eternidad y sus mundos, el pasado y el advenir. El universo exterior es el reino de las tinieblas, que proyecta su sombra en nuestro interior, la región luminosa”. Era otra versión de la mirada del yo sobre sí mismo: si en cada ser humano reside la humanidad, en cada persona puede distinguirse el universo. En las épocas cambiantes, en los tiempos donde violentamente se transforman las viejas verdades y las tradicionales confianzas, los individuos precisan aferrarse a sí mismos; de lo contrario, será para ellos la amenazante presencia del extravío o la desesperación. Escritura del yo y ensayo del yo: un ser de palabras escribe y, haciéndolo, se refugia en el espacio de sus miradas, de sus obsesiones, de sus convicciones. Cuando Federico Schlegel, el filósofo del Romanticismo, escribió: “Nada hay más necesario a esta época que un contrapeso espiritual a la revolución y al despotismo… Pero ¿dónde encontraremos tal contrapeso? La respuesta no es difícil: incontestablemente en nosotros mismos…”, no hacía sino repetir el esencial propósito de un individualismo superviviente: la búsqueda de un refugio personal frente a las amenazas de un tiempo en el que se desmoronaban viejas verdades y tradicionales confianzas.

Nuestro presente “posmoderno”, crecientemente dominado por incertidumbres de porvenir y certezas de caos e imprevisibilidad, rodeado de desorientación y abundancia de todo, plantea una vez más para el ser humano el regreso a su propia individualidad.

El Renacimiento señaló profundas rupturas frente a las aceptadas jerarquías y seculares obediencias del tiempo medieval con sus normas encargadas de traducir los designios del cielo. De pronto, el ser humano renacentista se descubrió a sí mismo solo: súbitamente alejado de la protección —o del agobio— de poderosos e indudables sistemas religiosos que por mucho tiempo le habían ofrecido confianza a cambio de libertad. A la larga, esa nueva libertad hizo a los hombres más independientes pero también más solitarios, más autónomos y a la vez más vulnerables. El Romanticismo fue, de muchas maneras, la conclusión de la libertad abierta por el tiempo renacentista. Fue, entonces, el comienzo del conflicto entre una necesaria autonomía a la que los hombres ya no podrían renunciar y la angustiosa conciencia de su soledad. Fue entonces, también, el comienzo de la rebelión y de la crítica de quienes no compartían los generalizados valores de un mundo burgués que todo parecía rasarlo en función al beneficio económico.

Nuestro presente “posmoderno”, crecientemente dominado por incertidumbres de porvenir y certezas de caos e imprevisibilidad, rodeado de desorientación y abundancia de todo, plantea una vez más para el ser humano el regreso a su propia individualidad. Ante la percepción de un mundo desasosegante, abrumador, ajeno a las decisiones, proyectos y voluntades individuales, los hombres regresamos a la minúscula significación de nuestras propias opciones, encerrándonos en el ínfimo espacio de nuestras vivencias y memorias. El aislamiento y el egoísmo, dos formas de supervivencia, parecieran hacerse talante y costumbre para muchos, acaso para la mayoría. “Cada cual llevaba los ojos fijos ante sus pies”, escribe T. S. Eliot en Tierra baldía. Llevar los ojos fijos ante los propios pies: mirar desde nuestros límites, contemplar desde nuestros adentros; acaso una respuesta tanto como una actitud. En su libro La emboscadura, Ernst Jünger relaciona la figura del artista con la del “emboscado”: ese personaje que, dentro de las primitivas sociedades germánicas, y tras haber cometido alguna falta grave, era desterrado y condenado a huir al bosque, lejos de la sociedad humana. Emboscarse o permanecer emboscado significaba apartarse de los hombres y de sus leyes. En nuestra época, Jünger ha identificado esa figura del desterrado que se “embosca” con ciertas individualidades capaces de sobrevivir y de sobresalir hasta convertirse en referencia para muchos. Acaso en la imagen del artista capaz de proyectar su individualidad en una obra original y reconocible, capaz también de apartarse de muchas cosas para acercarse esencialmente a él, encarne el símbolo de ese “emboscado” al que alude Jünger.

Mientras vive, mientras va aprendiendo a vivir, el ser de palabras escribe y, haciéndolo, parodia ese inacabable ensayo que es la vida. En nuestros días, el ensayo ha llegado a convertirse, mucho más que en un género literario, en una forma de vivir la escritura. Estética de la palabra vivida: no necesariamente voz de la confidencia o la confesionalidad, sino, esencialmente, de la voz que es presencia, que señala una presencia. Doble apuesta del ensayo: nombrar las cosas y dar fe de quien las nombra, al igual que esas “fes de vida” o documentos oficiales encargados de proclamar que quienes los llevan consigo existen y están vivos. El ensayista escribe y desde sus voces se describe, se expresa, dice su presencia. Paradójicamente, el ensayo, cada vez más comúnmente utilizado, a la hora de calificar y clasificar a los seres de palabras, suele ser colocado a la zaga de otros géneros literarios. Poetas o cuentistas o novelistas que escriben ensayos son, primero y sobre todo, poetas o cuentistas o novelistas, y sólo después, se acepta para ellos el calificativo de ensayistas. Pero el ensayo pareciera vivir más y más por sí mismo, protagonista creciente e invasor de otros géneros. Numerosas novelas de nuestro tiempo no cesan de incorporar testimonios muy directamente cercanos a las vivencias biográficas de sus autores: reflexiones que, de hecho, constituyen genuinos ensayos al interior de la ficción; forma del universo expresivo de un yo que ensaya su propia vida, que nombra y dice a partir de eso que es su vida y de eso en lo que él la ha convertido.

Rafael Fauquié
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