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Atributos imperecederos

lunes 23 de febrero de 2026
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Atributos imperecederos, por Rafael Pérez Ortolá
La idea social se tambalea tergiversada por la presencia de las multitudes; los números se han empoderado a la hora de las valoraciones. Si enumeramos verdaderos fantasmas, será difícil conseguir un funcionamiento adaptado a las circunstancias.

La vida nos provoca, nos permite reaccionar, sin facilitar para nada la reflexión. En determinados momentos, variables según las personas, nos alcanza la inquietud referente al papel que desempeñamos por estos territorios. Se mezclan las sensaciones de lo más rutinario hasta el mayor imprevisto, como puede resultar la desolación ante los grandes enigmas. Al revisarnos las alforjas encontramos escasos recursos; hemos de apañarnos con la mejor inventiva para seguir existiendo. Sin embargo, no siempre reconocemos la importancia de esos APAÑOS pergeñados de manera inteligente; cuando se llegan a despreciar, ya no se entienden los rumbos diseñados por esa gente supuestamente inteligente.

Sobre estas consideraciones en torno a la vida real, las carencias, perspectivas, errores y vicisitudes, con toda clase de artificios injustificados, asimilamos que forman parte de aquello que nos constituye como humanos, lo veamos como lastre o como recursos. A principios del siglo pasado, sí, pasado, ya Robert Musil nos regaló El hombre sin atributos, con una serie de apreciaciones relacionadas con el olvido de las maneras de comportarnos y servirnos con respeto, los mencionados arreglos convencionales elaborados como personas. Su obra nos ayuda a observar la DIFERENCIA entre las sociedades respetuosas con las cualidades de sus ciudadanos y las que desarrollan su actividad desprovista de esos miramientos.

Ha llegado la época en que los indicadores climáticos nos auguran mucho más que las inclemencias del tiempo. Las insospechadas broncas de las ventiscas o bochornos ya no sorprenden a nadie. Frialdades y sofocos acechan sin ninguna regulación equilibrada. Rezuma el enorme PARALELISMO con las mentalidades desprovistas de fundamentos consolidados. Las respuestas heladas comparten protagonismo con los acaloramientos de los peores agobios. Los azarosos expertos se agarran a los asideros momentáneos y las explicaciones son evanescentes. Mientras la realidad cotidiana disfruta con el esplendor de las sorpresas y la sucesión de los eventos, sin pausas para los replanteamientos.

Observamos un desgaste muy generalizado que, por otra parte, es vital porque nos mantiene vivos. Las partículas en sus actividades incesantes, los pensamientos en sus divagaciones sin dirección, las gentes a su aire y las agrupaciones como culminación dispersa. Asistimos a ese desorden energético de inevitables pérdidas, sobrenadamos en esa entropía, y esa rutina puede conducirnos a la indiferencia. De donde, al percibir el detalle de que somos personas, emerge la necesidad de posicionarnos, de activar el atributo de ser capaces de prestar ATENCIÓN, como manera de exprimir las cualidades elementales, los recursos propios. En una palabra, testimoniar sobre aquello que significa nuestra presencia existencial.

En las trayectorias individuales surgen las venturas más variadas. Algunas pocas, plácidas en su conjunto, son verdaderas rarezas. Abundan los tropiezos en forma de penosas desventuras. Incluso la prolongada placidez acaba en el descalabro de una atonía insulsa. El simple registro de semejantes aconteceres vividos por cada individuo no adquiere la consistencia vital deseada. El asentamiento personal requiere del engarce a través de un RELATO íntimo, ese que logre la unión de las condiciones propias con los entornos correspondientes, para hacer las cosas lo mejor posible. A los estímulos se añade el estilo peculiar, siendo imprescindible la proyección personal; de lo contrario, no podremos hablar en propiedad de personas.

Para dicho relato, en general para el conjunto de las actuaciones humanas, conviene entender cómo se manifiestan las diferentes expresiones del lenguaje y cuál es su verdadero alcance. Desde las frases más simples a las elaboradas con razonamientos complejos, incluyendo los gestos o modismos; ninguna consigue la comunicación total. Funcionamos con la limitación del hiato comunicativo, separa lo que se dice y cuanto ocurre en realidad. Se impone la adaptación esmerada a la estructura LINGÜÍSTICA, de la cual nos servimos. A pesar de ser muy artificiosa, es el mejor vehículo para comunicarnos entre las personas; no podemos tergiversar dicho instrumento, las relaciones se basan en esos hilos expresivos, frágiles, pero eficaces.

Al considerar los distintivos fundamentales de una persona cabal, queda patente el de su relación con sus entornos. Si observamos sus obras, dependen de numerosas circunstancias y factores externos. Quizá lo apreciemos mejor en una obra de arte; además del autor, destaca algo colectivo en su ámbito, desde su mensaje, los conocimientos requeridos, los materiales o su percepción desde el exterior; algo que no es de nadie y es de todos. El hombre no se entiende sin el rasgo COMUNITARIO, está implícito en sus múltiples facetas. Desde su composición material hasta los funcionamientos, están involucrados en la esfera comunitaria; ignorarla o prescindir de sus conexiones, además de ser imposible, se adentra en la enajenación sin ambages.

Entusiastas o frustrados, según asumimos el trato de la vida, con frecuencia nos desorientamos, hasta el punto de desquiciarnos. Siguiendo las ideas de Albert Einstein, sabemos que somos parte del universo, ilusionados de ser conscientes de ello, pero desviados a una serie de pensamientos, acciones y sentimientos efímeros. Nos recomendaba salir de ese círculo reduccionista de las pocas personas cercanas, para adentrarnos en aquella noción universal, involucrados con toda la humanidad y la naturaleza. La persona ÍNTEGRA participa de esa aspiración cualitativa, encaminada a liberarse de esa encerrona de los límites, a base de una mejor fundamentación de la paz interior. Es una aspiración valorativa, de indudable repercusión en la vida cotidiana.

Proliferan una serie de ambientaciones sociales un tanto curiosas, sus tendencias apuntan a la dispersión sin escrúpulos; queda en el riguroso olvido el engranaje común de raíces cósmicas. La lógica de semejantes orientaciones nos aboca a la disgregación más absoluta. En busca de una cierta reconversión unitaria, lanzamos los anzuelos en direcciones poco resolutivas; quizá porque están contagiadas de las tendencias dominantes. Como contraste, disponemos de un foco con el principal recurso ante estos dislates, el de la INTIMIDAD intransferible de cada persona. Lo apagamos en la medida de exponer sus recovecos por todos los medios. De todas formas, el potencial del foco interior, íntimo, no desaparece jamás.

La jerigonza en torno a las aglomeraciones, sean niveles de audiencia, manifestantes o vociferantes, nos impulsa a unas tareas enfervorizadas infiltradas de una confusión alarmante. La idea social se tambalea tergiversada por la presencia de las multitudes; los números se han empoderado a la hora de las valoraciones. Si enumeramos verdaderos fantasmas, será difícil conseguir un funcionamiento adaptado a las circunstancias. Todo conjunto se basa en la composición; si reúne sólo burbujas, ya me dirán. Una sociedad auténtica requiere las mejores PERSONAS, dotadas de las más excelentes cualidades, y esos atributos radican en su intimidad, su vinculación con el mundo y ejercicio libre.

Ante la presencia de tantas maldades, comportamientos desleales, ideas perversas y malos tratos, puede surgir el desánimo, con la consiguiente sensación de impotencia para resolver las situaciones. Se mezclan ignorancias y complicidades con las mayores escenificaciones estratégicas. También en estos asuntos las soluciones parecen inexistentes, las búsquedas se entretienen en diversos sectores. Por los mentados caminos de la intimidad y la atención suficiente no parece imposible atisbar el atributo del DISCERNIMIENTO individual, con capacidad para separar los inconvenientes de las ventajas. Su utilidad se basaría, en todo caso, en la activación de dicho recurso desde el interior de cada persona.

Es incesante la aparición de nuevos factores a tener en cuenta, mientras no desaparecen los condicionantes previos; percibimos los numerosos estímulos que nos asaltan. La sensibilidad impide que podamos considerarnos aislados de ese ingente acompañamiento. Somos capaces de establecer ciertos engarces entre ese panorama y el amplio sector de nuestros pensamientos, conseguimos esbozar algunas figuraciones por medio de la RAZÓN. Enlazamos las decisiones y sus consecuencias, sin lograr el control efectivo en su totalidad. Por los mismos mecanismos notamos desde el primer momento los impedimentos para su desarrollo y el desbaratarse cuando los rumbos sólo se ciñen a la razón y prescinden de otras consideraciones.

Desde que aterrizamos en este mundo, notamos los exteriores y la propia presencia; los detalles de semejante percepción se muestran en un panorama evolutivo heterogéneo. Se almacenan rasgos y se proyectan fantasías, en una mezcolanza de una descripción un tanto críptica. Una de nuestras características principales es la de poder captar esa presencia en sus diversas facetas, al completo o sólo parcialmente; esa es otra conjetura. Disponemos de esa CONCIENCIA imprecisa, indefinible e inaprensible. La utilización de la misma es un atributo importante de los humanos, que nos sitúa también ante la imposibilidad de evadirnos de cuanto acontece. Irnos detrás de las posibilidades será siempre una tarea pendiente.

Sin las certezas pretendidas, abundan las dificultades para emprender con garantías cualquier actividad; con mayor inseguridad al afrontarlas entre la enorme variedad de mentalidades y planteamientos sociales. Las elucubraciones sirven de poco por sí solas. El punto de partida es imprescindible que asiente en las experiencias reales, para poner en marcha las inteligencias en busca de las mejores líneas directrices para la vida humana. Es decir, la MORAL basada en lo concreto de lo que somos y para el bien general. No hay otra manera, es una exigencia radical el establecimiento de esas orientaciones básicas, sin aditamentos sectarios, de carácter universal y las menos excepciones posibles.

Las mencionadas directrices no sólo tratan de evitar los descalabros existenciales, intentan orientar los comportamientos hacia una convivencia satisfactoria. Como es evidente, las situaciones muestran una diversidad inestable, sometidas además a innumerables circunstancias heterogéneas; las actuaciones de los individuos apenas son una parte de las influencias, las áreas geográficas y la variedad de los recursos son determinantes. Partiendo de la orientación moral, las personas, en su momento y ámbito convivencial, tratarán de adaptar las disposiciones más convenientes. Entra en acción el concepto de la ÉTICA al aplicar las directrices. Sin el núcleo moral, la ética se devalúa a meros criterios individuales.

El arte nos aporta un reconocimiento de las realidades inmateriales involucradas en la presencia humana en el mundo. Las creaciones artísticas evidencian toda una manera existencial, en comunicación permanente con las esencias, en sus amplias manifestaciones que no admiten cerrazones. Con toda clase de sensaciones estéticas, emocionales y descubridoras. Nos introduce en la sublime DIALÉCTICA, que nos conviene mantener activada para mantenernos en contacto real con cuanto nos rodea. Con sus efectos, nunca se cierra el ámbito universal ante las percepciones interesadas. La normalidad rutinaria es una falacia. Desde la comunicación artística, la mencionada dialéctica renueva los mensajes vitales.

Actores, pues sí. Alejados de actuaciones insolventes, ajustados a sus papeles, valorando sus circunstancias radicales, sus condiciones, sus atributos. Por el contrario, enajenados de cualquiera de sus raíces constituyentes, no pasamos de ser un espantajo en plena ventolera. Aunque saquemos a relucir las impresionantes MULTITUDES. El juicio y comportamiento de las mismas derivará de la presencia de sus elementos constituyentes, con sus atributos y actuaciones. Sin la debida consideración de los individuos, se deforma la vivencia comunitaria; que se autodestruye cuando avasalla el pálpito de las personas incluidas en su ámbito, que son todas. Hay cargas imposibles de soslayar, porque son la misma esencia.

Quizá el acuerdo sensato llegue a demostrar que se trata de atributos imperecederos, pero sometidos al desdén de los orgullosos representantes de las sociedades modernas. Enarbolan las más curiosas preguntas referentes al significado de la civilización; a pesar de sus variantes, acumulan interrogantes similares. Por otra parte, no tan novedosas en sus fundamentos inquietantes. El anquilosamiento predomina entre los criterios. Los deberes han desaparecido. Impera la plenitud de los dioses vacíos y los humanos vacíos endiosados. ¿Dónde se sitúan los desfavorecidos? El enigma de las soluciones se engrandece al servicio de las indolencias. Resuenan los clarines de la INTEMPERANCIA.

Rafael Pérez Ortolá
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