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(Nota del editor: trotamundos por su desempeño como diplomático, el
colombiano Dixon Moya, primer secretario de la embajada de su país en Managua,
Nicaragua, participó en la organización de una exposición fotográfica sobre
Gabriel García Márquez, inaugurada recientemente en el Teatro Nacional Rubén
Darío, donde podrá ser visitada por todo el mes de septiembre. Cada imagen se
acompaña con una cita extraída de algún texto del premio Nobel de Literatura
1982 y, como colofón, La Prensa Literaria, el suplemento literario del
diario La Prensa, publicó el
presente artículo de Moya en torno al garciamarquiano libro de
memorias Vivir para contarla, artículo que hoy, con la anuencia de su
autor, nos complace publicar en Letralia). |
La
memoria suele ser antónimo de amnesia. Esta palabra dicha en plural y
condensada en libro puede ser síntesis de una vida o sinónimo de otra palabra
clave: historia. En cierto libro de reconocido autor universal, hay un pasaje en
donde se narra que los habitantes de un pueblo de nombre mítico, sufren del mal
del olvido aunado a la enfermedad de insomnio y para no claudicar ante la falta
de memoria, deciden escribir los nombres de objetos, seres y sucesos.
El anterior prefacio es buen pretexto (pre-texto), para comentar la lectura
muy personal del libro Vivir para contarla, primer volumen de la
autobiografía del maestro Gabriel García Márquez. En la presente y breve
nota, enfatizaré en la relación estrecha entre literatura (ficción) e
historia (realidad). Ante todo debo aclarar que no pertenezco al coro de
áulicos que cada vez que sale un libro de García Márquez exclaman que se
trata de su mejor obra, aquellos que le llaman Gabo o Gabito con
sorprendente confianza. Tampoco soy miembro del ejército secreto de cazadores
de gazapos e imprecisiones en sus textos, grupo que sospecho se mueve por el
combustible de la envidia.
Hay una anécdota que resume muy bien el juego entre lo real y lo ficticio
que en manos de García Márquez se convierte en obra de arte. Se trata del
episodio de la matanza de las bananeras, relato que su abuelo coronel no se
cansaba de contar y marcó por su crudeza al niño, futuro premio Nobel. El
problema es que a pesar de consultar diferentes fuentes, el reportero nunca pudo
establecer el número real de muertos, algunos hablaban de pocos, decenas o
centenares. Entonces el escritor, para darle visos de magnitud literaria le puso
cifra concreta: tres mil muertos. Sin embargo, el recurso novelístico se ha
convertido en el dato oficial, pues maestros y libros de historia retoman el
número de la novela para enseñarlo como información cierta.
Encuentro tres grandes capítulos: los años de infancia mágica, el hallazgo
del frío con violencia, y finalmente su nacimiento como escritor. La primera
parte de la obra rastrea los orígenes de García Márquez y su entorno
familiar, es el retorno a las horas dichosas de la infancia. El lector habitual
de García Márquez reconoce las claves y huellas del mapa que luego trazaría
en cuentos y novelas. Macondo es la niñez, si quisiera ubicarse
geográficamente trasciende el perímetro de Aracataca para confundirse en un
mundo mágico llamado "el Caribe"; tal vez por ello esta parte
pareciera ser un relato más, producto de la mente calenturienta y creativa de
García Márquez, sin embargo se concluye que esa mente es producto de aquel
medio.
El segundo capítulo es la metáfora del recuerdo de un niño cuando su padre
lo llevó a conocer el hielo, pues se trata del descubrimiento de una nueva
realidad matizada por el frío y la violencia política de un país
descuadernado. La narración del encuentro con una ciudad triste, disfrazada de
elegante, Bogotá, centro introvertido de la nación, desde cuyos cafés se
pontificaba y legislaba sobre esa colcha de retazos llamada Colombia, considero
que es la mejor parte de estas memorias. Como dije antes, el primer capítulo de
la infancia ya se conocía por sus obras de ficción, pues como dice el escritor
sus cuentos y novelas no son más que fantasías sobre su vida. En cambio, su
estancia en Bogotá, sus recuerdos de la Universidad Nacional, la primera
máquina de escribir que nunca utilizó, pero sobre todo el recuento del 9 de
abril de 1948, posee una fuerza y un tono nuevo de una historia mil veces
contada. De nuevo García Márquez juega con la historia, sobre el asesinato de
Jorge Eliécer Gaitán, lanza un dato (dardo) para los investigadores, la
presencia de un misterioso hombre elegantemente vestido, que dirige en la
penumbra las primeras acciones de violencia para luego desaparecer en un auto
negro.
La tercera parte es su doble nacimiento (reconocimiento) como literato y
reportero, sin que prevalezca una actividad sobre la otra. Los inicios
inciertos, las horas sin reposo frente a las máquinas de escribir de los
periódicos costeños, las tertulias con los amigos inclementes frente a sus
primeros escarceos, la lenta consagración en la sala de redacción de El
Espectador, en donde a fuerza de narrar historias de desastres, desplazados por
la violencia y náufragos rescatados, se va convenciendo de su vocación como
contador de historias.
Vivir para contarla se convierte en lo que podría llamarse la
"crónica de una vida anunciada". Al leerla se descubre de nuevo la
naturaleza, el estilo, la forma y el fondo de un autor cuya propia vida se
mezcla con la historia de nuestra patria. El libro ofrece además una grata
noticia sobre este híbrido entre novelista y reportero, pues confiesa que está
dispuesto a vivir cien años. Y conociendo la legendaria longevidad de las
gentes del Caribe, creo que no se trata de otro verso de ese poeta de la
exageración.
En mucho tiempo no se veía que una noticia cultural eclipsara las cotidianas
informaciones sobre nuestro conflicto, la política, los goles y las dosis
diarias de silicona ambulantes. Noticieros audiovisuales, periódicos de papel e
intangibles (Internet), abrieron sus reportes con la noticia de un libro que no
es sólo la memoria de un hombre, sino la de un pueblo, famoso por su mal de
amnesia. Esa quizás es su mayor virtud, como en el legendario libro que cito
sin nombrar en el primer párrafo, Vivir para contarla es un buen remedio
contra el insomnio y el olvido.
Bogotá, noviembre de 2002.