Hoy peligra tu envoltura
A Olga Araníbar
Tenia que gritar fuerte para comunicarme, tenía que respirar hondo antes de
pasar por tu rincón del recuerdo, pues el olor de tu maquinaria destilaba algo
así como humedad y pudredumbre.
Hoy parece ser que tu rostro ya no es más porcelana. Los surcos que guardan
algunas ilusiones, rebeldías y sueños, son ahora la más clara indicación de
tu camino al sepulcro.
Estas ahí monumento de humildad, estas ahí calentando las encías en tu tan
adorada esquina, sin saber siquiera que la luz que te calienta ignora tu destino
y más aun tus desgarradoras plegarias en silencio.
Sé que tendría que llorar o quizás callar, pero la verdad, morir en vida
es más doloroso que mis lágrimas saladas, o tal vez pueriles, que adornan el
paisaje cotidiano de mi indeferencia. Me mantengo en esta angustia
verdaderamente teatral, cuando ya no puedes verme y mucho menos escucharme.
Tenía que evitar fusionar juventud y dolorosa experiencia, tal vez porque
esto permitía respirar el aire mío y solamente mío, no el purificante olor de
muerte que ahora inunda tus pasillos.
Hoy callo y no por reverencia o tal vez respeto, callo porque lloro sin
saberlo, porque se me hace mierda el cerebro, porque el féretro está tras la
puerta, porque maldigo, mil veces maldigo y aún sonrío sin tú saberlo.
Hoy escupo mi conciencia, la recojo humildemente, mientras tú ya hueles a
osamenta. Sé que ya no hace falta más reflexión o lectura, sé que ya no
interesa repetir las plegarias iniciales del tiempo. Si no hay plegaria que
exista, peor aun, ni siquiera hay espacio que ayude a calmar el bendito olor del
tiempo, tan humano, ¡carajo!, tan tuyo, tan de miedo y tan de vida.
Vuelvo a oír tus gritos nocturnos, vuelvo a vivir el silencio de tu
encierro, de tu carne ya gastada, de tu alma que no espera, mientras creo
comprender el milagro de la derrota que hoy alberga la maquinaria desgastada.
Tal vez por eso no valía la pena crear algún misterio que calmara las
ansias de esperanza y desvarío que callaban en tu mente, cuando en realidad tú
entera eras jubilo y absurda existencia, tú eras náusea y carne.
Tal vez por estos pequeños misterios crea que hoy ya no importa crear la
fantasía de un dios consolador de los suicidas, cuando tú respiras aire
pasajero y muerte que te espera.
Izalco
Empezar a orar en silencio al mar de los rendidos, dejando las líneas volar
y hacer luego una pausa. Encontrar luz en la espesa niebla que se eleva a la
hora de duendes y brujos, para correr el telón disolviendo la silueta del
monstruo, llevándolo al profundo espacio donde oran los muertos con Farabundo.
Este ritual se repite persistente al despedir al sol y saludar la luna.
Entonces emerge altivo el Dios de los Mayas, preparando un nuevo día, un
nacimiento en el cual sepultar en azufre el oxígeno profundo de El Salvador.
No me preguntes cómo fue que humedecí mis ojos en su esperanza. No me digas
cuánto di, corriendo la sed de tus calles. Me queda la fuerza de sus días de
veredas que aún llora sangre y muerte.
Regresaré en sal, seré la mirada muda en cal que tú ofreciste, la ofrenda
de siglo perdidos que no entiendes.
Volveré en maíz y vida para lavar la sangre y resguardar la mirada limpia
del que calló regando la tierra con esperanza.
Volveré en el cáliz que tiñó Romero. Volveré en el sueño que grabó
Farabundo, en las piedras de Izalco.