Letralia, Tierra de Letras Año VIII • Nº 100
22 de septiembre de 2003
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Dos textos
Paúl Tellería

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Hoy peligra tu envoltura

A Olga Araníbar

Tenia que gritar fuerte para comunicarme, tenía que respirar hondo antes de pasar por tu rincón del recuerdo, pues el olor de tu maquinaria destilaba algo así como humedad y pudredumbre.

Hoy parece ser que tu rostro ya no es más porcelana. Los surcos que guardan algunas ilusiones, rebeldías y sueños, son ahora la más clara indicación de tu camino al sepulcro.

Estas ahí monumento de humildad, estas ahí calentando las encías en tu tan adorada esquina, sin saber siquiera que la luz que te calienta ignora tu destino y más aun tus desgarradoras plegarias en silencio.

Sé que tendría que llorar o quizás callar, pero la verdad, morir en vida es más doloroso que mis lágrimas saladas, o tal vez pueriles, que adornan el paisaje cotidiano de mi indeferencia. Me mantengo en esta angustia verdaderamente teatral, cuando ya no puedes verme y mucho menos escucharme.

Tenía que evitar fusionar juventud y dolorosa experiencia, tal vez porque esto permitía respirar el aire mío y solamente mío, no el purificante olor de muerte que ahora inunda tus pasillos.

Hoy callo y no por reverencia o tal vez respeto, callo porque lloro sin saberlo, porque se me hace mierda el cerebro, porque el féretro está tras la puerta, porque maldigo, mil veces maldigo y aún sonrío sin tú saberlo.

Hoy escupo mi conciencia, la recojo humildemente, mientras tú ya hueles a osamenta. Sé que ya no hace falta más reflexión o lectura, sé que ya no interesa repetir las plegarias iniciales del tiempo. Si no hay plegaria que exista, peor aun, ni siquiera hay espacio que ayude a calmar el bendito olor del tiempo, tan humano, ¡carajo!, tan tuyo, tan de miedo y tan de vida.

Vuelvo a oír tus gritos nocturnos, vuelvo a vivir el silencio de tu encierro, de tu carne ya gastada, de tu alma que no espera, mientras creo comprender el milagro de la derrota que hoy alberga la maquinaria desgastada.

Tal vez por eso no valía la pena crear algún misterio que calmara las ansias de esperanza y desvarío que callaban en tu mente, cuando en realidad tú entera eras jubilo y absurda existencia, tú eras náusea y carne.

Tal vez por estos pequeños misterios crea que hoy ya no importa crear la fantasía de un dios consolador de los suicidas, cuando tú respiras aire pasajero y muerte que te espera.


Izalco

Empezar a orar en silencio al mar de los rendidos, dejando las líneas volar y hacer luego una pausa. Encontrar luz en la espesa niebla que se eleva a la hora de duendes y brujos, para correr el telón disolviendo la silueta del monstruo, llevándolo al profundo espacio donde oran los muertos con Farabundo.

Este ritual se repite persistente al despedir al sol y saludar la luna. Entonces emerge altivo el Dios de los Mayas, preparando un nuevo día, un nacimiento en el cual sepultar en azufre el oxígeno profundo de El Salvador.

No me preguntes cómo fue que humedecí mis ojos en su esperanza. No me digas cuánto di, corriendo la sed de tus calles. Me queda la fuerza de sus días de veredas que aún llora sangre y muerte.

Regresaré en sal, seré la mirada muda en cal que tú ofreciste, la ofrenda de siglo perdidos que no entiendes.

Volveré en maíz y vida para lavar la sangre y resguardar la mirada limpia del que calló regando la tierra con esperanza.

Volveré en el cáliz que tiñó Romero. Volveré en el sueño que grabó Farabundo, en las piedras de Izalco.


       

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 6 de octubre de 2003 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes