Macualo se despierta con la acidez
que le llega hasta la garganta y recuerda que ese día cumple cincuenta y cuatro
años y no ha hecho algo que en realidad valga la pena. Abre los ojos y observa
en el techo las manchas abultadas, caras de viejos, producidas por las
filtraciones. Recuerda el día en que se despertó, abrió los ojos y vio cuando
se desprendió un trozo de la pintura del techo, le cayó en la frente y le
salpicó los ojos, y aquellas incontables noches en que se ha despertado con los
pies mojados y la cama húmeda, por las goteras que caen siempre que llueve,
desde hace diez años.
Se baja de la cama, busca las pantuflas entre los periódicos regados en el
piso, se envuelve en la toalla, abre la puerta y ve la figura triste y
desamparada de la Nena, su casera, que aún ronca en el colchón tirado en el
piso que le sirve de cama, y se pregunta por qué no ha intentado poseerla.
Atraviesa la sala, mira a través de la ventana, el tronco del árbol que
cortaron el día anterior, un árbol que se cansó de vivir y se murió de
viejo. Recorre el pasillo hacia la cocina, se da cuenta de que las telarañas
siguen creciendo en el ventanal de bloques huecos, abre la puerta descuadrada
del baño que en los buenos tiempos de esa casa era el baño de la sirvienta, se
encuentra con las cinco cucarachas que ni siquiera tienen la delicadeza de
esconderse cuando entra, pues saben que Macualo es incapaz de pisarlas o
rociarles insecticida. Se quita los dientes postizos, los coloca al lado de la
llave del lavamanos, le pone pasta dental al cepillo de dientes y comienza a
limpiarse las pocas muelas que le quedan. El sabor a menta de la pasta dental lo
reconforta un poco. Se afeita y se mete debajo de la regadera: un chorro triste
de agua comienza a mojarle los pocos cabellos que tiene y la cabeza inmensa que
le ha crecido en los últimos tiempos. Enjabona su cuerpo flaco y macilento, sus
músculos contraídos, su abdomen que parece un balón de fútbol, sus flacas y
lampiñas piernas, sus pies planos y ahongados.
Cuando sale del baño, la Nena, con su aliento pestilente, con su nariz
inmensa, le ofrece la taza de café que siempre le ha ofrecido desde hace diez
años. Da las gracias entre dientes tal como lo ha hecho todas las mañanas, y
la Nena suelta, como un a la orden, un chorro de aliento que siempre le recuerda
la acidez de su estómago. Termina su café en el cuartuchil y coloca la taza
debajo de la silla, como siempre lo ha hecho, y sabe que en la noche la llevará
a la cocina con otra cucaracha ahogada en el asiento.
Cincuenta y cuatro años y nada que valga la pena. Cincuenta y cuatro años y
sigue con los mismos recuerdos, con la misma cara de bolsa que le permite a los
perros orinarse en sus pies, con las mismas costumbres y dolencias, con el mismo
susto que le producen los tipos más aptos que él, con las mismas ganas de
romperle la cara a su jefe y mandarlo a la mierda, con las mismos deseos de
sacar el pipí frente a la secretaria del jefe y orinarse en su cara,
masturbarse y lanzarle el semen en la cabeza, con el mismo hombre que una vez se
apoderó de él y no ha sido capaz ni de aceptarlo, ni de sacudírselo, ni de
coñacearlo, ni de mandarlo a la mierda.
Cierra la puerta de la casa, como siempre, metiendo la llave en el cerrojo
para no provocar los gritos asfixiados y chillones de su casera. Baja los
escalones, ya son pocas las baldosas que quedan. Observa el tronco del árbol
fantasma que siempre estuvo allí, sin que él se diera cuenta. Decide alterar
sus hábitos y se acerca a detallar el tronco, lo roza con sus temblorosos
dedos, de tanta resaca seguida, de tanta bebentina solitaria, y le brilla un
recuerdo: el día en que con Miriam, la miona de la escuela, hace cuarenta y
siete años, sembró un pino detrás de la única aula de aquella escuela
primaria.
Toma su ruta hasta la avenida Libertador, donde está la parada de autobuses.
Piensa, como todos los días desde hace diez años, que hay ochocientos pasos
exactos desde la casa donde está su cuartuchil, hasta la parada donde aborda el
autobús.
Camina por la acera izquierda de la calle 11 de la urbanización más vieja
que existe en la ciudad. Puede cerrar los ojos e ir diciendo el color de las
rejas de las casas, los números con los cuales están signadas y el momento en
el cual tiene que voltear a la izquierda, en la esquina. La cuadra que deja
atrás es sucia, las casas llenas de moho negro por tantos años sin pintar,
esta cuadra no: las casas tienen cuidados sus jardincitos, recién pintadas sus
fachadas y rejas, y limpia la calle. En la siguiente esquina cruzará a la
derecha y allí está La Macarena, la casa donde viven las morochas que desde
hace cinco años le hacen recordar a Ana, la única mujer que le ha permitido
besar y sentir un cuerpo debajo de él. En el momento justo en que cruza en la
esquina, desde hace cinco años, ve a las morochas regresar de sus trotes
matutinos, unas tipas altas y con culos y tetas de anuncio publicitario, con
unas bocas grandes, labios pronunciados y sensuales. Los próximos doscientos
treinta y dos pasos pensará en Ana, recordará el único día en que la vio
desnuda, un cuerpo hermoso, piel de durazno, un pecho lleno de pecas y unos
senos hechos con pincel, perfectos. Cuando pasa justo al frente de la escuela,
recuerda cómo su cuerpo de mierda no le funcionó. Sus manos se pusieron
mantecosas, contrastaban con la suave piel de Ana, sintió ganas de ir al baño,
sus labios se resecaron, pero Ana se los besó. Se puso con torpeza encima de
ese cuerpo bello, con dolor de barriga. Ana le acarició la espalda, con sus
suaves manos y le tomó la cabeza, le acarició los cabellos y le dijo mi amor,
la única vez que escuchó un mi amor de una dama, salvo el de la secretaria del
jefe que se lo decía, pero de seguro lo llamaba mi amor y pensaba plasta de
mierda, perro sarnoso, culo de perra parida y otras lindezas de ese estilo. Ana
no, Ana lo había llamado así con cariño, quizás con un poquito de amor, el
único poquito que había tenido en su vida. Pero cuando él trató de
penetrarla, cosa que había ensayado tantas veces, había visto películas
pornográficas y se había masturbado una y otra vez, ensayando cómo la iba a
penetrar y lo rico que la iba a hacer sentir, tuvo que aflojar el culo, pensando
que se trataba de una pequeña ventosidad inoportuna que de seguro Ana le
perdonaría. No, ¡coño!, ¡no!, no era un viento como decían las chamas de la
universidad, sino mierda, pana, mierda fututa, y la acidez se le hace
insoportable, como todos los días, en la esquina donde cruza a la izquierda y
le quedan doscientos sesenta y ocho pasos para llegar hasta la parada.
Él sabe que el perro lo espera. No tendrá tiempo ni voluntad para darle una
patada. No, el maldito perro se acerca cuando él llega a la parada. Macualo se
para en el rinconcito, junto a la foto de la rubia de la Cerveza Regional, tan
buena que le ofende y que de seguro lo mira con asco. El puto perro no lo ha
perdonado durante los malditos diez años que tiene viviendo en esta
urbanización. Ni siquiera ha determinado si se trata de diferentes perros o es
uno solo, a Macualo ya no le importa, para él es el mismo hijo de puta que se
acerca moviendo la cola, levanta la pata, apunta y zapatos chorriados de miaos
de perro.
Cinco minutos, diez minutos, media hora o una hora después se para la buseta
que lo dejará a tres cuadras de la oficina. Esta vez no tiene tanta mala
suerte: le toca como vecina de asiento una señora limpia, olorosa a jabón
Camay, que lo mira con cierto dejo de lástima, de pobrecito mijito, se queda
viéndolo un rato y Macualo entiende que debe saludar, buenas, musita y la
señora, buenas, cómo le va mijito, por qué tan tristico, usted no sabe que
Cristo lo ama y una cháchara evangélica lo invade durante los treinta y cinco
minutos que dura el recorrido de la pinga buseta hasta la calle 13, con carrera
23. Y Macualo amén hermana, es cierto hermana, aleluya hermana, hasta prontico
más nunca hermana. Se baja arrecho de la buseta, camina una cuadra y se mete en
una panadería a revolver su acidez con el primer negrito cortico del día.
Compra la primera caja de cigarrillos Cónsul, la destapa mientras sale de la
panadería, enciende el primero de los cuarenta y tres cigarrillos que se
fumará, y recuerda, como siempre, desde hace treinta años, el día en que
llegó a buscar trabajo en el escritorio jurídico. Muerto de hambre y con ganas
inmensas de fumar, sin medio en el bolsillo, sacó fuerzas de donde no tenía,
entró en aquella casa vieja que cinco años después se convertiría en una de
las oficinas más pretenciosas de la ciudad. Una tipa desabrida lo atajó con un
a la orden, que le sonó al revés. Pero la necesidad tiene cara de perro y dijo
que necesitaba trabajo. Justo en ese instante entró el doctor, simpaticón, un
tipo chiquito, moreno y con ojos verdes. Mire doctor Cancino, dijo la Dilcia con
sorna, que así se llama la ahora flamante recepcionista y mandadera del otro
doctor, el cojo, este señor —y el señor le sonó a vasito de pupú— viene
a buscar trabajo. El doctor Cancino puso la sonrisita seductora, manipuladora,
que luego resultaría mierdosa, y le dijo que pasara a su oficina. Macualo se
sienta, nervioso, inseguro, sintiendo el estómago arder, y responde que sabe
redactar documentos, libelos, informes, amparos, interdictos, intimaciones,
diligencias, separaciones de cuerpos, rupturas fácticas, que, en fin, incluso
sabe redactar sentencias, pero que no era abogado y que tenía muchísima
hambre. La sonrisita mierdosa se le dibujó de nuevo en la cara al doctor
Cancino. Hagamos una prueba, recuerda que le dijo y llega al garaje de la
oficina, se fuma otro cigarrillo antes de entrar, abre el candado de la puerta
de su lugar de trabajo.
Desde las ocho de la mañana hasta el mediodía, Macualo estará redactando
documentos de compraventa, pretensiones cambiarias ficticias, contestaciones,
cuestiones previas, recusaciones y decisiones judiciales, que tantas
congratulaciones y plata le producen a su jefe. Si pudiera, piensa, entre copias
de documentos y expedientes, si le mentara la madre, si lo coñaceara, si le
dijera lo mierda que es, lo bruto que es. A las diez de la mañana llama el
doctor, da órdenes e instrucciones que Macualo no obedece, pues el tipo es
ignorante, es un burro togado y cargado de plata. Si en vez de explicarle por
escrito, con citas de jurisprudencia y doctrina calificada, si en vez de
enseñarle derecho, lo insultara, le dijera que es un jumento en materia
jurídica, que es un belitre, que merece ser fornicado por un asno. Pero no, a
Macualo le apasiona el derecho y cumple con sobras sus obligaciones, por lo cual
gana lo necesario para comer, tomar cerveza, fumar y pagar el alquiler, aunque
los últimos tres días de cada quincena, aguante hambre, pero fuma y toma.
Al mediodía sale del mohoso cuarto adonde lo destinaron desde hace treinta
años, recorre una cuadra y allí está el restaurancito donde almuerza.
Mientras espera que la mesonera marimacha y mal encarada le sirva, recuerda que
allí supo el día en que se jodió el país, fue como una sombra que le cayó
encima, como una premonición, como un temblor, como si le hubiese caído
tierrita del techo. Recuerda que entonces decidió irse a las guerrillas,
luchar, matar, por un país más justo. Pero no lo hizo y ahora está allí con
las manos temblorosas que apenas le permiten llevarse la cuchara a la boca.
Recuerda el día en que su madre se murió de hambre e indigencia en una mierda
de hospital, con unos médicos mediocres, con unas enfermeras rebuznosas.
Termina el almuerzo, paga y se dirige a la panadería por el segundo y tercer
negrito cortico. Se fuma tres cigarrillos, compra el segundo paquete de Cónsul
y regresa a su trabajo. Y si se armara una verdadera revolución, una
revolución guevarista, piensa. Este país sería otra vaina, no sabe si una
vaina mejor, pero sería otra, distinta, sin tantas sonrisas mierdosas como la
de su jefe.
Desde la una hasta la seis y media de la tarde, Macualo estará metido entre
documentos con errores ortográficos y horrores de sintaxis (una vez leyó una
sentencia de cinco páginas con quinientos treinta y dos errores ortográficos).
Redactará tres solicitudes de separaciones de cuerpos, dos contestaciones de
demandas, una sentencia, una denuncia mercantil y una demanda de rendición de
cuentas. Corregirá los documentos redactados por la secretaria del doctor y
recibirá dos mariquiadas, dos hijoeputadas y tres mentadas de madre, pues es la
forma como el doctor se desestresa de las labores tribunalicias. Y si pudiera
meterle un coñazo, piensa al salir de la oficina a las seis y media de la
tarde.
Camina dos cuadras hasta la panadería y pasa al frente de la casa donde
residió durante veinte años. Recuerda a doña Carmen, una viejecita que le
pareció simpática durante la primera semana e insufrible, aunque buena gente,
durante el resto de los veinte años. Se le dibuja la sonrisa mientras recuerda
que un día le contó cuarenta y cinco palabras en un minuto: hablaba hasta por
el culo. Él llegaba, turulento como siempre, y ella se apostaba en el marco de
la puerta del cuarto y comenzaba una perorata que duraba hasta que a ella le
daba sueño y se despedía sin esperar respuesta, pues Macualo se dormía con la
cantaleta de doña Carmen en los diez o quince minutos de haber llegado.
Recoge El Nacional en el quiosco que está al frente de la panadería,
entra, saluda a Antonio, el nuevo mesonero, se sienta y le traen el cenicero y
el cuarto negrito cortico del día. Enciende un cigarrillo, se da cuenta de que
cada vez le cuesta más levantar la taza de café, maldito pulso, abre el
periódico y comienza a sufrir con las noticias, a maldecir a los imbéciles
políticos, a las asquerosas y rebuznosas sonrisas de los diputados y hombres
del gobierno. Llega a las páginas de opinión, y se divierte leyendo una
parodia que le hacen a una expresión del doctor Escarrá, uno de los más
lúcidos constituyentes en la dramática Asamblea Nacional Constituyente. El
doctor Escarrá había pedido silencio en una de las reuniones más jacobinas
que se vivieron, pues, según él, un niño está por nacer. Un niño está por
nacer y el articulista se imagina a la Soberana pujando en una cama asistida por
el doctor Escarrá, quien luego de recibir al niño, pone una cara de terror y
anuncia que al niño hay que hacerle algunas operaciones, pues salió con un
brazo más gordo y largo que el otro, unas piernas gruesas y muy cortas, un
corazón muy grande y un ojo en la frente.
A las siete y media de la noche se para, paga los dos cafés y se dispone a
recorrer las ocho cuadras que hay desde la panadería hasta la Cervecería
Reiner, como lo ha hecho desde hace diez años. Camina por la acera de la
carrera 21, donde hay dos edificios inmensos y abandonados producto de la
última crisis financiera. Cuántas familias que habitan en la inmundicia
podrían vivir aquí, piensa.
Llega al semáforo de la avenida Morán, cruza y camina por la acera
izquierda. Observa las casas y recuerda el día en que llegó hasta la quinta
donde vivía Ana. Muerto de la borrachera y pidiendo perdón en susurros. Nadie
se enteró, pues no tuvo el coraje de gritar lo que sentía, lo que comenzó a
matarle de a poquito. Pasa al frente de la Facultad de Ciencias Jurídicas y
sabe que le quedan tres cuadras para llegar hasta la cervecería. Recuerda que
ya tenía aprobadas todas las materias del tercer año de la Carrera de Derecho
allá en la Universidad Andina, pero lo ocurrido con Ana y la muerte de su
viejecita lo descoñetaron y tuvo que salir huyendo de los Andes, luego huyó de
los Llanos y paró el trote y decidió morirse en esta ciudad, emborrachándose
todos los días para poder soportar esta vida tan arrecha que le tocó. Esas
heridas, piensa, lo dejaron sin piel ante la vida, y así iba, sintiendo en
demasía.
Entra a la cervecería y lo recibe Oswaldo, con un abrazo y una felicitación
ebria. Se ve envuelto en humo y un cumpleaños feliz que sus compañeros de
palos le dedican. Hay una torta pequeña en la barra, justo en el sitio donde
acostumbra sentarse flanqueado por Oswaldo y Juan. Don Rafael, el dueño de la
cervecería, lo felicita y le sirve la primera Polar vestida de novia que tanto
lo reconforta. Cantan nuevamente el cumpleaños feliz y Macualo sopla la velita
que ya languidece. Oswaldo aprovecha para abrazarlo nuevamente y Juan, con su
ojo de vidrio, sonríe. Brindan por Macualo y comienza la ingesta que terminará
quince o veinte cervezas después. Macualo se sorprende, como lo hace todos los
días, con los adelantos de la telenovela que escribe Oswaldo desde hace diez
años, y se alegra porque Juan promete que mañana sí traerá la guitarra y
cantará Mujeres divinas y Viejo, las canciones favoritas de
Macualo. Oswaldo le pide que le hable sobre el último amparo constitucional
interpuesto por voceros de la sociedad civil, en contra de alguna decisión del
gobierno. Macualo se toma un trago de la tercera cerveza y comienza a explicar,
con erudición, con voz de profesor veterano, los avances del amparo
constitucional en el nuevo texto magno y en las recientes decisiones del
Supremo. Cuando ya explicaba los alcances de la decisión en el caso mencionado
por Oswaldo, los hábitos de los tres contertulios son interrumpidos por un tipo
relativamente joven, pequeño y con un flux que no se sabe si le quedaba
pequeño o grande, quien se dirige a Macualo: Caramba, doctor, me da mucho gusto
conocerlo. Domina usted la materia constitucional. Yo soy Luis Tascón, soy
juez. El tipo le agarra la mano a Macualo y le da unas palmadas en la espalda.
Macualo se desconcierta, no sabía que alguien más lo escuchaba. No sabe cómo
reaccionar. Dice gracias, pero yo no soy doctor. Veo que usted es modesto, a los
abogados nos llaman doctor sin serlo. Tampoco soy abogado, disculpe. El tipo se
queda perplejo, se disculpa y se retira a la mesa donde hay dos personas más.
La interrupción deja en silencio a los tres compañeros de palos. Oswaldo trata
de romper el silencio hablando de las mismas lecturas de las que ha hablado
desde hace diez años y pregunta por los nuevos libros que Macualo de seguro ha
leído. Cuando Macualo se dispone a hablar sobre la novela más reciente de su
admirado Vargas Llosa, es nuevamente interrumpido por el juez, quien se limita a
decirle: Me gustaría que fuese a verme, de repente me puede ayudar con el
enorme trabajo que tengo en el tribunal. Aquí está mi tarjeta, llámeme y nos
ponemos de acuerdo para hablar. Disculpe la interrupción. El juez se retira a
su mesa y Macualo no sabe qué hacer con la tarjeta.
Mientras escucha los denuestos de Oswaldo sobre Vargas Llosa, a quien tilda
de camaleón, poco serio, acomodado y etcétera, Macualo se desconcierta con la
posibilidad de trabajar en un tribunal. Siete cervezas después, Macualo decide
retirarse y ante el asombro de Juan y Oswaldo, se disculpa alegando tener un
sueño espantoso. Pide tres cigarrillos y paga la cuenta.
Atraviesa la avenida Venezuela, retoma la Morán, camina por la acera derecha
y se descubre pensando en el futuro. ¿Por qué no trabajar en un tribunal?
¿Por qué no terminar su carrera? Lo hará, buscará los papeles en la
Universidad Andina y se inscribirá en la Facultad de Ciencias Jurídicas, y
mandará a la mierda a su jefe rebuznoso. Tres cuadras después, cruza a la
derecha y toma las calles de una urbanización por donde saldrá justo a la
avenida Libertador, a la altura de La Botella. Claro que puedes, Macualo,
piensa, claro que puedes. Serás abogado y te harás respetar, y vivirás como
gente, y no tendrás que verle crecer más la nariz a tu casera. Claro que
puedes, Macualo, claro que puedes, y llega a la Libertador, observa el barcito
de la esquina donde ha entrado pocas veces y decide completar las quince
cervezas diarias. No hay Polar, pero no importa, hoy puede hacer una concesión,
pide Brahma, se toma tres cervezas y sigue pensando en el futuro, cosa que no
hacía desde hace treinta años. Cuando se para, siente un mareo extraño, sale
del barcito, le dan ganas de vomitar, siente la acidez revuelta con cerveza en
la garganta, pero no desiste del hábito de encender en esa esquina el
cuadragésimo tercer cigarrillo del día. Ya se te pasará Macualo, serás
abogado, tú puedes Macualo, se dice y se dispone a atravesar la avenida
Libertador, caminará los setecientos pasos que hay desde la otra esquina hasta
la casa donde vive, y serás abogado, Macualo, tú puedes, pasará por el frente
de la escuelita y se acordará del primer día en que fue a clases, pasará por
el frente de La Macarena y sentirá una erección, recordará a Ana por última
vez en el día, Macualo, tú puedes, y comienza a atravesar la avenida, pensará
en lo sublime que significa estar dentro de la mujer deseada, y no ve los
semáforos, Macualo, tú puedes, le encandila la luz de una gandola y le aturde
un cornetazo, Macualo, tú...